Capítulo 26
Ander no había pisado una iglesia desde el día en el que hallaron el cadáver de Víctor Hermoso en San Antón.
Lo que para muchos era un lugar sacrosanto, para él no pasaba de ser una amplia estancia diáfana saturada de piedra, cristal e imágenes.
Aunque no podía negar que había una característica en esos lugares de recogimiento que sí valoraba: el silencio.
Sentado en el extremo del banco más alejado del presbiterio, disfrutaba de una vista completa de la nave principal de la Catedral de Santiago.
No pudo menos que admirar las esbeltas arcadas que sostenían el triforio de la catedral y que servían de base, asimismo, para las altas bóvedas de crucería, orgullo del arte gótico.
Era una visión majestuosa, independientemente de la creencia de cada uno.
El arte era arte, y, como tal, había que admirarlo siempre.
El sonido de unos pasos a su espalda interrumpió el hilo de su pensamiento. Ander no necesitó girarse para conocer la identidad del recién llegado.
—Cuánto tiempo, inspector. Pensé que nunca más llegaríamos a coincidir en público. —Iskander Alonso se dejó caer con todo su peso sobre la bancada, haciendo que esta emitiera un crujido que sonó a lamento.
—Yo también me alegro de verte. —Ander miró por encima del hombro para cerciorarse de que no había nadie lo suficientemente cerca como para poder oír la conversación.
—Ahora en serio, Ander. Le he dado muchas vueltas a la cabeza a nuestra conversación.
Como te he dicho antes, me juego mucho en esto.
Por eso quisiera cerciorarme antes de que valga la pena.
—Bajó la vista al suelo y tomó aire antes de retomar la conversación—.
¿Qué sucedió en realidad en Miribilla? Necesito saber la identidad de la víctima y vuestras líneas de investigación.
¿Qué relación con el crimen guardan los objetos por los que me preguntas?
El inspector se enderezó y miró fijamente a los ojos de su interlocutor.
Iskander estaba madurando a pasos agigantados.
El joven reportero larguirucho con el que tuvo aquel encontronazo años atrás se había convertido en un periodista de prestigio, de los que buscan la verdad más que la medalla.
Por más que le fastidiara, eso se lo tenía que admitir.
En un principio lo había menospreciado, eso era cierto, pero también lo era que su colaboración a lo largo del tiempo le había obligado a recomponer su opinión sobre él.
Ander tuvo que reconocerlo: su instinto de sabueso también erraba. Iskander era de fiar.
—Antes te he avanzado tanto lo que te puedo dar como lo que necesito de ti.
Luego estará en tu mano que me ayudes o no.
—La voz de Ander, un mero susurro, pareció deslizarse por la nave principal y alzarse serpenteando hasta los exvotos que colgaban, compasivos, de las capillas aledañas—.
Necesito localizar a ese perista. Es vital para la resolución del caso.
Iskander se arrodilló en el reclinatorio y fingió estar rezando. Con las manos entrelazadas, la cabeza gacha y los ojos cerrados, no difería mucho de un buen cristiano practicante. Ander siguió su ejemplo y se situó a su lado. El crujido de las rodillas actuó como fiel recordatorio de la edad.
—Es un caramelo —dijo al fin el redactor—. Me imagino que te habrá costado mucho ceder tanto.
—No lo sabes bien.
Iskander emitió un ruido gutural con la garganta. Reía. El inspector se movió para equilibrar mejor el peso en las rodillas. Aún le mortificaba la pierna del accidente.
—¿Cabe la posibilidad de que el trato alcance información interna sobre casos cerrados?
Ander negó con la cabeza. Intuía cuáles eran los casos a los que el periodista querría hincarles el diente.
—No es así como funciona. Hablamos de las investigaciones de este año; el resto queda fuera.
El revuelo de un grupo de turistas los interrumpió.
Una docena de personas, ataviadas con ropa cómoda, sombreros de paja y viseras, seguían las explicaciones de su guía.
De sus hombros colgaban bolsos y mochilas.
El kit de superviviente de todo buen trotamundos.
A Ander no dejaba de sorprenderle cómo Bilbao, una ciudad que una vez fue maltratada por la industria en la que se basaba su economía, se hubiera convertido, gracias al tan manido efecto Guggenheim, en un referente turístico del sur de Europa.
Aguardaron a que el grupo se adentrara más en la iglesia para reanudar su conversación. Ander retomó la palabra.
—Tú localiza al perista y yo cumpliré con mi parte. —Le puso la mano en el hombro y aprovechó el gesto para volverse a sentar en el banco.
Iskander se persignó y se puso en pie.
—¿Estarás por aquí cerca?
—Sí.
—Estate pendiente del móvil. Te llamaré en una hora.
El reportero le dio la espalda y se encaminó hacia la salida.
Iskander amusgó los ojos para evitar que le estallaran las pupilas ante la claridad exterior.
Una vez que su vista se adaptó a la luminosidad de la calle, el reportero dirigió sus pasos sin dilación hacia el puente de la Merced, pasarela que salvaba la ría y conectaba el Casco Viejo bilbaíno con el barrio de San Francisco.
Aligeró el paso. La mente le elucubraba a mil por hora, excitada ante la posibilidad de poder firmar en exclusiva la información confidencial del crimen de Miribilla y de los futuros casos que investigaran ese año el Grupo 4 de Homicidios.
Su cabeza se había convertido en una calculadora, que multiplicaba los ingresos sin fin ante la futura avalancha de reportajes de investigación.
«Tal vez haya llegado la hora de dar el gran salto a la prensa nacional», pensó mientras pisaba las baldosas bilbaínas.
Todo lo que tenía que darle a cambio a Crespo era un nombre y una dirección, la del perista.
No pudo reprimir una sonrisa de pura satisfacción.
Aunque desconocía su paradero, estaba seguro de quién era el pajarito que podría darle el soplo.
Con sonrisa indisimulada, recorrió las calles del barrio hasta su hombre.
El personaje que buscaba era un tipo de rutinas fijas que repetía a diario para dotar de un mínimo orden a una vida por lo demás caótica que sus numerosas adicciones habían puesto patas arriba.
Frecuentaba las mismas plazas, callejas y tascas con una precisión de marcha de guardia real.
Fue en el rincón de uno de esos tugurios donde Iskander dio finalmente con el Tarántula.
Los ojos temerosos y su indumentaria descuidada le conferían la apariencia de un animalillo abandonado; sin embargo, el reportero jamás caía en esa trampa.
El Tarántula era la persona mejor informada del barrio.
Su complexión endeble y su carácter quebradizo y dubitativo le convertían en un bufón para la mayoría de los delincuentes del lugar.
Una persona de la que reírse, a la que tomar el pelo cada vez que sus pasos se cruzaban en el camino.
Pero, al mismo tiempo, eso le permitía estar en todas las salsas sin que nadie sospechara de él.
Así era como lograba enterarse de todo lo que acaecía en el submundo de la ciudad.
—Viejo amigo —Iskander se sentó a la mesa en la que el hombre apuraba una copa de vino blanco—, sabía que te encontraría aquí.
—¿Qué haces, periodista? —La mirada del yonqui barrió las mesas del local, temeroso de que alguien pudiera verle hablando con el reportero—. No podemos encontrarnos aquí. Creía que teníamos un trato.
Iskander desdeñó las palabras de su interlocutor con un gesto de la mano.
—Es un trato vivo. Se puede cambiar cuando las circunstancias así lo exijan. Como es el caso.
—¡Quedamos en no vernos en el barrio! —El confidente se inclinó violentamente sobre la mesa haciendo tambalear la copa—. Eso quedó muy claro.
El periodista se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa maliciosa.
—Pues ya ves, aquí estamos.
—Joder. —El Tarántula volvió a reclinarse contra el respaldo de la silla y pareció esforzarse por calmar la respiración agitada. Después bajó la cabeza, resignado—. ¿Qué quieres de mí?
—Sí, señor. Esa es la actitud —dijo Iskander apoyándose en la mesa—. Nuestro acuerdo es ventajoso para ambos. No querrás que eso cambie, ¿verdad?
El hombre se estremeció al otro lado del tablero de contrachapado.
Un pensamiento lúgubre pareció cruzar su mente.
El periodista se regocijó en silencio. Había llegado a conocer íntimamente al Tarántula durante los meses que estuvo infiltrado en la banda 3-7.
Al final, cuando su tapadera saltó por los aires y quedó expuesta, recibió dos puñaladas de manos del Argelino, jefe de la banda, que le enviaron al hospital, herido de gravedad.
Durante los interminables días de recuperación, el Tarántula fue el único que se acercó a él para preocuparse por su estado de salud.
O eso creyó entonces. Pecó de ingenuo. Debería haberse imaginado que la mente adaptativa de ese hombre ya había trazado un plan para obtener un beneficio de la relación forjada con Iskander durante los últimos meses.
Con el tiempo, supo cuál había sido el motivo real de aquel acercamiento.
El Tarántula tenía una hermana pequeña alejada del turbio mundo en el que él se movía.
Aunque ella renegaba de su hermano yonqui, él jamás renunció a actuar como el hermano mayor que era.
A cambio de información, Iskander consiguió una beca para ella en El Correo .
Un acuerdo que el Tarántula no estaba dispuesto a romper.
—No, el trato es sagrado. Está por encima de todo. —Se besó la mano y persignó a continuación.
—Exacto. Por eso no te costará nada obtener tanto a cambio de tan poco —dijo Iskander tamborileando en la mesa con las yemas de los dedos—. Lo único que necesito de ti es un nombre.
Ander empleó la hora que le había concedido el reportero para hacer una ronda de llamadas.
Miren le había informado de que la investigación avanzaba pese a la hostilidad mostrada por los habitantes del valle.
Amaia insistió en quedar un día para comer juntos, como en los viejos tiempos.
Se veía que estaba preocupada por su acercamiento con Julia.
El inspector sonrió, no podía culparla, él habría actuado igual si eso le sucediera a su hija.
En la residencia La Misericordia la supervisora le dio su opinión profesional de cómo veía a su padre: la enfermad avanzaba lenta e inmisericorde.
La última llamada, por su parte, le sirvió para conocer que Lázaro Garrido ya tenía un abogado de oficio y que este había solicitado la puesta en libertad inmediata de su cliente.
Por el momento, continuaba detenido. Decidieron estirar hasta el límite las horas de la detención preventiva.
La llamada de Iskander llegó cuando se acercaba al aparcamiento de El Arenal, donde tenía el coche estacionado. Acordaron verse allí mismo.
—Este papel contiene mi parte del trato, Crespo. —El periodista le introdujo en el bolsillo de la chaqueta una servilleta doblada.
—¡Qué elegancia!
—¿Acaso no fue así como Messi firmó su primer contrato con el Barcelona?
—Eso dicen.
—Nadie puede negar que fue el inicio de una gran relación, ¿verdad?
Ander asintió.
—Pues espero que en nuestro caso se repita —dijo mientras perdía la vista en las aguas de la ría.
El inspector sacó la nota y la leyó.
—Manel O’Donnell, Joyería O’Donnell, Gran Vía 74.
—Está intentando colocar material valioso de dudoso origen entre grandes compradores, algunos de ellos asociados con organizaciones delictivas vinculadas al narcotráfico. Al menos eso es lo que ha descubierto mi contacto.
—Me pasaré ahora mismo por su local para confirmarlo.
Iskander le sujetó el brazo, deteniendo su avance.
—No, hoy no. Me ha dicho que únicamente acude por las mañanas. Aprovecha y pásate por allí a primera hora.
Ander le atravesó con la mirada e Iskander soltó inmediatamente su brazo.
—Lo siento.
—No vuelvas a hacerlo. Que tengamos un trato no significa que puedas tratarme con familiaridad, ¿entiendes?
—Sí.
—Bien, mejor así. Mañana me pasaré y tendré una conversación con el señor O’Donnell. Espero que la información sea buena. De lo contrario nuestro acuerdo quedará sin efecto.
—Descuida, Crespo. No te fallaré.
Ander le miró a los ojos y por un instante se vio transportado más de tres años atrás, al callejón de Correos. El lugar en el que, frustrado y presa de un ataque de ira, le asestó un puñetazo al reportero que acabó con este en el suelo.
—Eso espero. —Giró sobre sus talones y descendió las escaleras del aparcamiento.
La visita al perista podría ser clave para determinar la implicación de Lázaro Garrido en la muerte de César Contreras. Cruzó los dedos para que así fuera.