MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

—¿Hasta cuándo piensas tenerle así? —La pregunta del subcomisario Sánchez sonaba a reproche.

Ander consultó el reloj de pulsera. La una del mediodía.

—Es la hora del almuerzo.

Su superior soltó un bufido y negó con la cabeza. Luego se inclinó sobre el escritorio y leyó con atención el informe que le acababa de entregar el inspector.

Ander se recostó en la silla y aguardó a que su jefe procesara los últimos avances habidos en el caso de César Contreras.

El policía había acudido raudo a la comisaría tras la visita extraoficial a Iker Arteaga.

Necesitaba verter en un documento los hechos que les habían conducido a la detención de Lázaro Garrido.

Gardeazabal había iniciado la redacción mientras él estaba fuera, pero al inspector jefe le gustaba tener la última palabra en los informes de aquellas intervenciones policiales en las que hubiera tomado parte.

Satisfecho con la tarea completada, subió al despacho de su superior a entregárselo en persona.

—He hablado con los del turno de noche. El chico ha debido de armar un escándalo las primeras horas, pero luego se ha calmado. Creo que incluso ha logrado conciliar el sueño en un par de ocasiones.

—¿En un par de ocasiones? —Sánchez interrumpió la lectura y le miró por encima de sus gafas de cerca.

—Sí, ya sabes que hay mucho trajín ahí abajo. Muchas entradas y salidas, los sospechosos habituales de siempre que van llenando el resto de las celdas. Dormir en esas condiciones es misión imposible.

—Supongo que eso era lo que esperabas cuando resolviste no entrevistarle después de la detención.

—La experiencia me dice que es la mejor decisión en estos casos.

—Siempre y cuando no se le conculquen sus derechos. ¿Me garantizas que estos están siendo atendidos? —Su superior le señaló con un dedo acusador.

Ander asintió con tranquilidad.

—Conoce los motivos de su detención, lo que se le imputa. Se le ha ofrecido alimento, bebida y ropa de abrigo para pasar la noche.

—¿Y un abogado?

—El chico no lo ha solicitado.

El subcomisario frunció el ceño.

—Ofréceselo.

—Por supuesto.

—Hazlo ahora. No me vengas con esa tontería de que es la hora del almuerzo. Quiero que le interrogues ahora, ¿entendido, Crespo?

—Entendido.

—Bien. —Continuó con la lectura del informe. Cuando hubo finalizado se enderezó en la silla con gesto reflexivo—. ¿Tenemos pruebas para enviarle a prisión por homicidio?

—Las huellas dactilares le sitúan en el escenario del crimen y tenía en su poder una gran cantidad de objetos robados que, en estos momentos, estamos procesando para comprobar si contienen huellas dactilares de César. De confirmarse, Lázaro Garrido tendría un serio problema.

—¿Intentarás sacarle una confesión?

—Esa es la idea, señor.

—Bien, pues hazlo. Si lo logras y los análisis de la policía científica nos son favorables, pon al detenido a disposición de la jueza Ríos. Pero, recuerda, siempre atendiendo a la legalidad. Gardeazabal y tú venís de un mundo que ya no existe. Nuevos tiempos, nuevas reglas, Crespo.

—Me gusta el lema, señor, creo que me lo tatuaré a la altura del coxis.

—Muy gracioso, inspector.

Ander abandonó el despacho de la máxima autoridad de la comisaría de Deusto. Se dirigió hacia la sala de investigaciones donde le esperaba Gardeazabal comiéndose una manzana.

—¿Qué, Ander? ¿Bajamos adonde el chico?

—No, nos vamos a almorzar —le dijo guiñándole el ojo.

Una hora después ambos inspectores se encontraban sentados a la mesa de la sala de interrogatorios. Al otro lado, la figura desaliñada de Lázaro Garrido los contemplaba con gesto nervioso.

—¿Por qué no han venido antes? ¡He estado toda la noche metido en un agujero!

—No creo que sea peor que el piso del que te sacamos a rastras. —Gardeazabal le miraba con frialdad. Si el chico pretendía encontrar comprensión en él, más le valía buscarla en otro lugar.

—Soy inocente de lo que se me acusa. Quiero dejarlo bien claro desde el principio.

No he cometido ningún crimen. No entiendo nada.

—El joven hundió el rostro entre las manos.

Los dedos agarraban mechones de pelo largo y mugriento.

Ander se fijó en varias magulladuras que tenía en el cuero cabelludo.

—¿Cómo te hiciste esas heridas?

—¿Qué heridas? —Las ojeras de Lázaro mostraban una tonalidad violeta, su expresión era el ejemplo perfecto del estrés mal llevado. Parecía un gato a punto de saltar a dos metros de distancia.

Ander señaló su cabeza por respuesta.

—Ah, esto. Me caí escalando.

—¿Haces escalada? —Gardeazabal miró de reojo a su jefe.

—Sí, en roca. Hace un par de semanas perdí el agarre y me golpeé contra las rocas. Menos mal que estaba asegurado. De lo contrario hoy no lo estaría contando.

El inspector jefe hizo una mueca al joven con la que le daba a entender a las claras que no le había creído ni una palabra. Dejó pasar la mentira y abrió el dosier que tenía sobre la mesa. Estaba repleto de fotos de la escena del crimen de Miribilla y de informes policiales.

—Antes de nada, queremos dejar claro que tienes derecho a la asistencia de un abogado en cualquier momento. En caso de que no pudieras costeártelo, se te asignaría uno de oficio.

—¿Soy sospechoso?

—En este momento hay varias líneas abiertas para esclarecer la muerte de César Contreras.

—¿Creen que necesito un abogado?

Ander se encogió de hombros.

—Esa es decisión tuya.

—De acuerdo, para que vean mi buena fe, renuncio a un abogado. Les demostraré que soy inocente.

—Estupendo —continuó Ander—. Has de saber que la conversación está siendo grabada y que cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra. ¿Lo has entendido?

—Sí.

El inspector señaló una línea temporal que aparecía al principio de uno de los informes del caso, se apoyó en los codos y fijó su mirada en la del chico.

—Acláranos una cosa, Lázaro. ¿Qué sucedió en la intervención de mantenimiento que tuvo lugar el 27 de mayo en la estación de cercanías de Miribilla?

—¿A qué se refiere?

—¿Quiénes acudisteis?

—César Contreras, Evaristo Nieto y yo.

—¿Era lo normal? ¿Que los tres trabajarais en la misma cuadrilla?

—Evaristo y yo somos los novatos; César, nuestro instructor; adonde iba el veterano le seguíamos nosotros.

—¿No hubo ningún problema esa noche? Tengo entendido que la reparación se alargó durante casi toda la madrugada.

—Sí. Hubo un desprendimiento en una sección del muro de la caverna. Varios cascotes cayeron a las vías. Nos centramos en despejar la zona y en tapar debidamente el boquete.

—¿Y luego cada uno se fue a su casa?

—Así es.

La silla de Gardeazabal emitió un quejido cuando este se movió.

—A ver si lo entiendo, chaval. Todo fue muy bien, de cojones, el día de la reparación, ¿no es así? —Lázaro asintió—. Entonces ¿por qué no volvisteis al trabajo ninguno de los tres?

—Solo puedo hablar de mi caso. No sé por qué actuarían ellos de ese modo, no he vuelto a hablar con ellos desde entonces. Lo que tengo claro son mis motivos.

—Somos todo oídos.

—Mi vida necesitaba un cambio. Estaba harto de trabajar como un desgraciado para cobrar una miseria. Esa madrugada decidí que terminaría mis estudios para aspirar a algo más en la vida.

Ander vio que Gardeazabal comenzaba a ponerse rojo por la ira. El corpulento inspector se volvió hacia él.

—Este chaval se piensa que somos gilipollas.

—Tranquilo, Garde. —Trató de calmarle con un ademán de la mano.

Luego volvió su atención a la hoja que tenía delante.

El cronograma—. Corrígeme si me equivoco, Lázaro.

Estuviste varios días madurando tu nueva etapa formativa y, al final, decidiste abandonar la casa sin avisar a tu familia y alojarte en la residencia universitaria Linda Salazar, próxima a la Universidad de las Cortes, ¿no es así?

—Usted se lo toma a cachondeo, pero para mí era una decisión muy importante.

—Ander… —Las mandíbulas de Gardeazabal se movían espasmódicamente, estaba a punto de saltar.

El inspector jefe insistió en pedirle tranquilidad con un gesto de la mano, sin apartar la vista del joven.

—¿Has estado alguna vez en la casa de César Contreras?

—Diría que no.

—Eso es un sí o un no.

—Un no.

—¿Y si te dijera que hemos encontrado huellas tuyas dentro de la casa?

—Entonces diría que sí.

Gardeazabal tiró la silla al levantarse y se abalanzó sobre el joven. Le agarró del pecho y le alzó un par de centímetros del suelo.

—¡Eh! ¡Pare a este animal!

Sus chillidos de pánico llamaron la atención de otros agentes que acudieron a la sala de interrogatorios alarmados. Ander separó a su compañero y le empujó hacia la puerta.

—Lleváoslo.

Los policías se apresuraron a acatar la orden del inspector jefe y se llevaron a Gardeazabal, cuyos ojos parecían proyectar rayos de puro odio.

—Permíteme un consejo, muchacho —dijo Ander mientras retornaba a su silla—. Cabrear a la policía nunca ha sido una buena idea. Tenlo en cuenta antes de soltar la próxima estupidez.

Lázaro parecía aturdido, víctima del momento de angustia que acababa de vivir.

Su respiración agitada le impedía articular palabra.

Al cabo, logró recomponerse. Se echó el pelo hacia atrás, un tic que Ander comenzaba a identificar como un gesto de reafirmación.

El joven había tenido tiempo para preparar su relato y lo había aprovechado bien.

«Mejor, veremos qué hace cuando doble la apuesta», pensó el policía.

—¿Dónde robaste los objetos que te decomisamos en San Francisco?

—No eran míos. Estaban allí cuando llegué.

—¿Y si te digo que en ellos había huellas dactilares de César Contreras? ¿Cómo lo explicarías? —La expresión de zorro de Ander pareció dejar al chico más preocupado que la bravata de Gardeazabal.

—Quiero un abogado.

—Eso me parecía a mí.

El chico bajó la cabeza dando a entender que la conversación había terminado. Ander pensaba lo mismo. Tendrían que esperar a los datos de la policía científica. De confirmarse la sospecha, solicitaría el ingreso de Lázaro Garrido en prisión provisional a la espera del juicio.

Salió al pasillo para que avisaran a un abogado de oficio. Luego se retiró a la esquina más apartada, alejada de oídos indiscretos, y sacó su teléfono. Rebuscó en la agenda del dispositivo hasta dar con el contacto al que necesitaba pedir un favor: Iskander Alonso, el periodista de El Correo .

—Dime, Crespo.

—Necesito tu ayuda.

El silencio se apoderó de la línea. Ander supuso que el reportero estaría tratando de digerir sus palabras. El hecho inusual de que un policía acudiera a un periodista en busca de un favor cuando lo habitual solía ser lo contrario.

—¿De qué se trata?

—Conoces bien los bajos fondos de Bilbao.

—Sí.

—Necesito que me localices al perista que está intentando colocar unos objetos antiguos recién robados. Estamos hablando de mercancía poco habitual. Seguro que ha causado revuelo en el submundo del hampa.

Iskander volvió a guardar silencio.

—Quizá conozca a alguien que a su vez conoce a alguien que pueda conocer al hombre que buscas. La cuestión aquí, Ander, es la siguiente: qué gano yo exponiendo mis fuentes. No quiero quemarlas a cambio de nada.

—Información.

El policía apoyó el teléfono entre el hombro y la oreja y se situó de espaldas a la pared.

—¿Del asesinato de Miribilla?

—Sí.

—No compensa. Lo siento.

Ander apretó los dientes de rabia. Odiaba reconocer que le estaban ganando la mano en la negociación.

Sin embargo, necesitaba saber si el botín incautado a Lázaro Garrido estaba completo o le faltaba algún objeto.

Sabía que, si lograban recuperarlo todo, la resolución del caso sería mucho más sencilla.

—Información sobre ese caso y sobre el resto de los casos que lleve mi grupo este año.

La risa de Iskander sonó clara para mortificación del policía. Se veía a sí mismo pactando con el diablo.

—Esa oferta es mucho más razonable.

—Sabía que te gustaría —admitió Ander entre dientes.

—Muy bien. Necesito algo de tiempo. ¿Te parece que quedemos en el interior de la catedral de Santiago en una hora?

—De acuerdo.

El inspector colgó y apoyó la frente contra la pared. Volvía a estirar las líneas de la legalidad para acomodarlas a su investigación. Había ocasiones en las que le resultaba sencillo; esta, sin embargo, le provocaba un revoltijo en el estómago.

Pensó que no había un lugar menos apropiado para vender la información que el templo cristiano.

«A Dios rezando y con el mazo dando», se dijo a sí mismo mientras subía hacia la oficina del Grupo 4 de Homicidios.