Capítulo 24
—¿No es un poco arriesgado? —Alday cerró la puerta del coche patrulla de un portazo.
Se mostraba inquieto desde que Miren le había desvelado su intención de aprovechar que la comida popular reuniría a gran parte de la población del valle para presentarse en ella y plantear varias cuestiones referidas al caso de la desaparición de Begoña Linaza que la alarmaban más que un eccema mal curado.
—En absoluto. Somos policías, recuérdalo.
—Sus miradas de desprecio no hacen más que recordármelo. —Alday señaló con la cabeza a un grupo de jóvenes que los observaban desde el otro extremo de la calle.
—Ni caso. —Miren los miró con gesto desafiante. Giró sobre sus talones y tomó el camino hacia el frontón.
Una banda amenizaba la mañana desde un escenario montado en medio del recinto.
La música y el runrún de las voces envolvían todo el ambiente.
Del lado del frontis les llegaban los aromas típicos de esos eventos.
El origen era una paellera gigantesca alrededor de la cual se movían de modo sincronizado tres cocineros, ocupados en espantar a los curiosos que se acercaban a husmear la comida.
Los miembros de las cuadrillas entre las que se distribuían los habitantes del pueblo se afanaban en montar las mesas.
Grandes manteles enrollables recorrían las superficies de madera.
Sobre estos se disponían hileras de platos, vasos y cubiertos de plástico.
Miren sonrió al comprobar lo bien que se lo pasaban los más pequeños, que iban de un extremo a otro del recinto jugando al balón, a la pelota, al corre que te pillo o a cualquier otro juego que sus maravillosas mentes idearan.
Los altavoces expulsaban las contagiosas melodías de los instrumentos más tradicionales de Euskadi.
La trikitrixa , la alboka y la txalaparta tronaban para el deleite de los parroquianos.
Por un momento, la policía se sintió transportada a su niñez, a las fiestas de su pueblo, que tan buenos recuerdos le traían.
Solo que en su pueblo la gente no la miraba del modo que lo hacían aquí.
—¿Y ahora qué? —La voz de su compañero la hizo reaccionar.
—Ahora agitamos el avispero.
La ertzaina avanzó con decisión hacia el escenario, subió los peldaños de acceso y cuando pisó el entarimado la música cesó de golpe.
Asombrados ante la intromisión de la policía, los artistas observaban expectantes a la mujer que se dirigía hacia ellos con total determinación.
El cantante vaciló y se apartó del micrófono, dejándole vía libre a Miren.
— Eskerrik asko . —La policía agradeció en euskera, aunque a continuación se pasó al castellano para que su mensaje quedara claro.
Temía que el público no entendiera su euskera normalizado, acostumbrados como estaban al dialecto vizcaíno—.
Atención. —El micrófono se acopló y emitió un pitido insoportable que hizo que más de uno se protegiera los oídos con las manos.
Miren se alejó un poco más del micrófono—. Escuchadme, es importante.
La algarabía fue descendiendo de intensidad hasta convertirse en un tenue murmullo, roto por proclamas airadas contra la Policía autonómica.
La agente hizo un barrido visual de su auditorio.
Reconoció muchas caras de entre los presentes; a algunos de ellos los habían entrevistado en el transcurso de la investigación. Tomó aire y se dispuso a hablar.
—Como todos sabréis, hemos reabierto el caso de desaparición de Begoña Linaza, a la que muchos de vosotros conocíais.
—Trató de hacer contacto visual con algunos de los vecinos de la generación de la madre de Ander, pero todos ellos la eludieron bajando la vista—.
Han pasado muchos años desde entonces, somos conscientes de ello.
Pero hoy hemos venido hasta aquí en busca de vuestra colaboración.
Una voz anónima se alzó entre la multitud.
—¡No colaboramos con cipayos!
Siguió una división de opiniones entre la masa: los había quienes asentían y quienes negaban con la cabeza evidenciando su desaprobación.
El pueblo estaba dividido. Miren decidió aprovechar ese resquicio para colocar la cuña.
—Las últimas semanas, los últimos meses, habéis contestado con paciencia a nuestras entrevistas y las del resto de nuestros compañeros. Os lo agradecemos de corazón. Gracias a ello la verdad sobre la suerte que corrió Begoña en 1987 quizá esté más cerca de salir a la superficie.
El silencio se apoderó del frontón. Las palabras de Miren habían generado una expectación que sofocaba cualquier antagonismo. La agente continuó:
—En los últimos días ha llegado a nuestro conocimiento una información que podría ser muy relevante. Podríamos haberla contrastado con todos vosotros uno por uno, pero hemos creído más conveniente ponerla en común aquí. —Hizo una pausa para ordenar sus ideas—. Necesitamos saber qué es aterpe .
Un murmullo se fue abriendo paso entre la gente.
Los vecinos de Atxondo se miraban entre ellos con recelo, asombrados ante la palabra que acababa de pronunciar la policía.
Miren no perdió detalle de esos gestos, sobre todo entre aquellos que conocía bien.
Como era el caso de Celestino Sangroniz, quien la miraba con una mueca de desagrado y negaba con la cabeza.
—¡Dejad de meter las narices donde nadie os llama! —El grito que surgió al amparo de la masa vino acompañado de un pedazo de pan que cayó a escasos centímetros de donde se encontraba la agente.
Miren se llevó las manos a la cabeza instintivamente. Luego buscó con la mirada a Alday, que se dirigía hacia ella con semblante preocupado.
—Tenemos que irnos. —La cogió del brazo.
—¡Ni hablar! —La policía se zafó de la mano de su compañero y volvió a coger el micrófono.
—Pero ¿qué os pasa? ¿Acaso no queréis saber lo que le sucedió a Begoña?
Otro pedazo de pan voló en su dirección. Esta vez tuvo que apartarse para que no le impactara.
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
La proclama comenzó en un extremo del frontón, pero acabó por expandirse por todo el recinto como una ola imparable.
Miren asistió llena de rabia a la escalada del conflicto que había pasado de la hostilidad latente percibida desde el primer día en el que pisaron el valle hasta el rechazo explícito que les manifestaban en ese momento.
—¡Vámonos! —El grito de Alday no dejó lugar a dudas. Su mirada era de puro pánico. Porque ya no era solo pan lo que utilizaban como proyectiles, también les lanzaban vasos de cristal y piedras.
Abandonaron el escenario a la carrera y se abrieron paso a empellones para salir del frontón municipal. No detuvieron su huida hasta sentirse a resguardo dentro del coche patrulla.
—Hay cosas que nunca cambian. —Miren miraba con tristeza por el retrovisor a la multitud que se agolpaba a la salida del recinto deportivo.
—Como el odio a la policía, ¿no?
—Sí, hay lugares en los que jamás seremos bienvenidos.
Alday se estiró la camisa. Tenía la respiración agitada, el pelo revuelto y con migas de pan adheridas a los mechones.
—He temido por nosotros. —Miró a su compañera de reojo.
Esta negó con la cabeza.
—Solo querían asustarnos.
—Pero ¿por qué?
—Porque hemos dado con algo gordo en nuestra investigación. Ha sido mencionar la palabra aterpe y a todos se les ha cambiado el semblante.
—¿El refugio? ¿Por qué es tan importante para la gente del valle?
Miren se encogió de hombros. Aguzó la mirada; sus ojos estaban fijos en la carretera, pero la mente revoloteaba por el valle como un águila.
Tenía la sensación de que tocaba con las yemas de los dedos la hebra de hilo que los llevaría a desvelar toda la verdad sobre la desaparición de Begoña Linaza.
—Eso es, precisamente, lo que tenemos que averiguar.