Capítulo 23
Al día siguiente el sol volvió a salir puntual a su cita.
Ander entendía que era ley de vida, solo que había días en los que lo llevaba mejor que otros.
Por fortuna, la mano de Julia había obrado el milagro de aliviarle la carga que le impedía descansar por las noches.
Aunque eso no impedía que se cayera del cansancio.
El cuerpo le exigía descanso, pero la mente sabía que tenía que activarse para afrontar las tareas planificadas.
La primera de ellas le llevaría a reencontrarse con un viejo amigo.
Se puso en marcha sin pensárselo dos veces.
El policía tamborileaba en el volante con los dedos mientras observaba el tránsito de los peatones por el barrio de San Ignacio, donde estaba estacionado.
Siempre le había parecido curioso ese lugar de Bilbao.
Concebido como un barrio obrero, gran parte de sus edificios habían sido construidos siguiendo un patrón similar, acorde a los mandatos del Ministerio de Vivienda franquista.
Los viandantes que paseaban por primera vez por aquellas calles sufrían en muchas ocasiones la incómoda sensación de estar pisando las mismas aceras una y otra vez, como si se hubieran perdido en un laberinto de ladrillo, hormigón y asfalto y fueran incapaces de hallar la salida.
Por suerte, en pleno siglo XXI , eso no suponía ningún problema. Al menos ninguno que no pudiera solventar un buen navegador, pensó Ander. Apartó de la mente esa digresión y trató de centrarse en el asunto que le había conducido hasta allí.
El inspector era de la opinión de que pocas cosas resultaban más nocivas en una investigación policial que la estrechez de miras.
Lo había sufrido en sus propias carnes en varias ocasiones, la última de ellas hacía apenas cuatro años, cuando, de no haber sido por su rebeldía, jamás habría llegado a encontrar a los gemelos Jauregui Nilsson en el caso de H9.
En realidad, ese fue el motivo por el que volvió a hacer oídos sordos al procedimiento policial.
Muchos pensarían que desobedecer las indicaciones de los superiores supondría un desacato a la autoridad imperdonable, pero, en el fondo, Ander estaba convencido de que sus jefes no esperaban otra cosa de él.
El director Torres, por ejemplo, pese al corsé de corrección política que insistía en vestir, era un policía de la vieja escuela, que anteponía el fin a los medios más o menos ortodoxos utilizados para su consecución.
Quienes, como Ander, tenían la suerte de haber servido muchos años a sus órdenes, conservaban esa cualidad única de saber detectar las ocasiones en los que ese velo de legalidad debía ser rasgado por el bien del caso.
Sonrió al ver a Iker Arteaga aproximándose por la acera contraria.
El profesor no había cambiado mucho en los últimos años. Estaba igual a como lo recordaba: aire dubitativo y aspecto de quien acaba de salir del claustro universitario. Ander le hizo un gesto con la mano, abrió la puerta del copiloto y le invitó a entrar en la cabina del automóvil.
—¡Cuánto tiempo, Ander! —Iker estrechó con energía la mano del inspector y se apoyó en el asiento resoplando—.
Perdóname el retraso, pero he tenido un contratiempo con el grifo del fregadero.
No he podido salir antes de casa. —Las mangas de la camisa empapadas daban fe de ello—.
Dime, ¿qué es eso tan importante que me querías enseñar?
Por teléfono todo ha sonado muy misterioso.
—Discúlpame si ha podido sonar extraño. Me hubiera gustado ser más explícito —Ander se estiró hacia la guantera y sacó una bolsa de pruebas de dentro—, pero, si te soy sincero, no podía; este objeto es una prueba de un caso abierto.
Le pasó la bolsa a Iker Arteaga, que observó el objeto de su interior con una expresión mezcla de asombro y de escepticismo.
—Ander, sigo sin entender nada —dijo mientras se giraba para mirarle a los ojos—. ¿De dónde ha salido esto?
—¿No podemos saltarnos esa parte? Me contento con que lo investigues y me cuentes lo que descubras.
—¿Estás seguro de que quieres jugar esa carta conmigo? —preguntó Iker endureciendo la mirada.
Ander asintió.
—Lo prefiero así.
—Está bien. —El profesor lanzó la bolsa sobre el regazo del inspector y abrió la puerta del coche—. En ese caso, nuestra conversación ha terminado.
Ander lo detuvo, sujetándole del brazo con firmeza.
—Vale, vale, perdona. Únicamente trataba de protegerte. No quiero arrastrarte conmigo por cometer una irregularidad.
—¿Te refieres a una irregularidad como la de Suecia?
—Sí, tal vez. —El inspector puso los ojos en blanco. Eso había sido un golpe bajo, pero no tuvo más remedio que encajarlo en silencio.
Iker sostuvo la puerta abierta mientras calibraba las opciones. Al final, tomó una decisión: cerró y se acomodó en el respaldo.
—De acuerdo, Ander. —Compuso una máscara de fingida indiferencia—. Pero has de entender que, cuanta más información reciba sobre la procedencia de la pieza, más fácil me resultará identificarla. Dicho lo cual, soy todo oídos.
—Gracias, amigo. —Ander respiró aliviado.
Le devolvió la bolsa al profesor, y este la examinó con atención académica—.
Este objeto apareció en la escena de un crimen.
Supuestamente, era un amuleto de la víctima.
Pero su mujer dice que no lo había visto hasta hace poco.
Sospechamos que puede haber sido parte de un lote mayor que fue robado a algún coleccionista particular o, tal vez, a una tienda de antigüedades.
—Interesante. —Iker aprovechó un rayo de sol que penetraba a través del parabrisas para analizar la superficie de la pieza al trasluz—.
Soy consciente de que la delincuencia en Euskadi ha evolucionado, pero jamás pensé que a las mafias les interesaría desvalijar a coleccionistas.
¿Y entre ese lote mayor había más piezas como esta?
Ander negó con la cabeza. Se sacó un par de guantes de látex del bolsillo de su pantalón y se los pasó al profesor.
—No. Esta es la única de este tipo.
Iker apenas pudo componer una media sonrisa mientras se enfundaba los guantes mecánicamente. El profesor había sacado la pieza cilíndrica de la bolsa y se daba palmadas en la frente con la otra mano.
—¡Joder, otra vez no! Esto no puede volver a suceder.
—¿De qué estás hablando?
—¿Quieres saber de qué estoy hablando? —dijo Iker con la cara desencajada—. Estoy hablando de la estafa arqueológica de Iruña-Veleia, ¿la recuerdas? De eso estoy hablando. —Su tono fue subiendo hasta que la última sílaba trazó un agudo enfático.
Ander asintió. Recordaba haber leído sobre aquella polémica de principios del milenio.
Unos arqueólogos habían redactado varios informes que daban validez a unas piezas desenterradas en el yacimiento de ese lugar.
Las piezas mostraban inscripciones en latín, euskera y un jeroglífico egipcio: un descubrimiento que, de haber sido auténtico, habría revolucionado la historia y adelantado en varios siglos el origen documentado del euskera.
Finalmente, se demostró que todo había sido una estafa.
Los culpables fueron sancionados, pero desde entonces sobrevolaba un nubarrón de sospecha sobre los arqueólogos vascos.
Ander entendía a la perfección la indignación del profesor.
Era el equivalente a cerrar un caso fabricando pruebas falsas.
—Iker, ¿qué es exactamente esta pieza? —El inspector bajó el tono.
—Esta pequeña pieza de mineral es un sello cilíndrico. —El profesor sostenía el fragmento entre el dedo índice y el pulgar—. Un sello cilíndrico mesopotámico, para ser más precisos.
—¿Mesopotámico? —Ander pronunció la palabra separando las sílabas con claridad—. ¿De Mesopotamia?
—¿Ves por qué te decía que esto no puede ser más que otra falsificación? —Iker devolvió el cilindro a la bolsa de plástico—. Es imposible que un objeto como este haya sido encontrado en Euskadi. O bien es fruto del expolio, o bien de la falsificación.
El inspector suspiró y se encogió de hombros.
—Está bien, Iker, no te preocupes. Tenía que intentarlo. Deja la prueba en la guantera. La devolveré a su sitio.
El profesor se inclinó hacia delante, pero no finalizó el gesto. Lentamente, cerró el compartimento y se giró en el asiento, encarando a Ander. Apoyó la bolsa sobre las rodillas y se mesó el pelo de las sienes con las manos. El conflicto interno que sufría no pasó desapercibido para el inspector.
—Por otra parte, quizá no perdamos nada por probar una cosa —dijo con un brillo en los ojos—. ¿Podrías esperarme cinco minutos?
Ander consultó el reloj de pulsera y asintió.
—No tardo. —Iker posó el sello cilíndrico sobre el asiento y abandonó el coche.
Regresó antes de que se agotaran los cinco minutos prometidos con una bolsa de una ferretería cercana.
De su interior sacó una lámina de arcilla blanda.
Se volvió a colocar los guantes de látex y extrajo el sello de la bolsa de pruebas ante la atenta mirada de Ander, que prefirió no interrumpirle.
Con sumo cuidado, hundió el sello en la arcilla y lo hizo rodar hasta que todo el relieve quedó impreso en la superficie.
—Ahora te la puedes llevar. —Esbozó una sonrisa satisfecha—. Si esto es real, creo que nos vendría bien saber la identidad de la persona a la que hace referencia este sello. Te aviso cuando sepa algo.
—Gracias, profesor —se despidió Ander sin acabar de comprender todo el sentido de aquellas palabras. ¿Acaso se encontraba ante una especie de DNI de la antigüedad? Por desgracia, no tenía tiempo para aclarar esas cuestiones; la cuenta atrás era inflexible.
Se estrecharon la mano. Iker dejó el sello en la guantera y abandonó el coche.
Un sol espléndido despuntó entre las nubes justo cuando Ander puso el coche en marcha. Tenía que apresurarse; Lázaro Garrido le esperaba. Probablemente el chico estaría hecho un mar de dudas.
«No hay mejor penitente que la noche en vela», pensó el inspector. Se incorporó al tráfico de la ciudad y aceleró a fondo.