MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Linda articuló un sonido ininteligible por respuesta. El «mierda» que siguió a un golpe en el suelo, sin embargo, sonó alto y claro. Escucharon los giros de la llave y, al fin, la puerta se abrió.

—No son horas, señores. —Los escrutó de arriba abajo con los ojos cansados y, tras un breve asentimiento, les hizo un gesto para que pasaran—. Les prepararé un café. Seguro que están teniendo una noche dura.

Avanzaron acompañados por los crujidos de la tarima envejecida que recubría el pasillo hasta el interior de la casa. A ambos lados del corredor se abrían las puertas de varios dormitorios. Más de media docena de cabezas, de adultos y niños, se asomaban con curiosidad.

—¡Está bien, muchachos! ¡Todo el mundo a la cama, que esto no es un cabaré! —La voz de Linda rasgó el aire como un látigo y, al instante, todas las cabezas desaparecieron en el interior de sus habitaciones.

—Bonito truco casero, Linda. Con este suelo no le hace falta instalar ninguna alarma. —Ander pisó con fuerza para enfatizar el sentido de sus palabras.

La anciana le miró sin parpadear esbozando una expresión de perplejidad en su rostro rugoso.

—Estas casas son muy viejas, señor. Seguro que usted vive en un apartamento moderno en el centro de la ciudad con todo tipo de comodidades y donde no se oye ni el vuelo de una mosca.

Aquí, sin embargo, las paredes y los suelos no aíslan los ruidos, los amplifican.

—Se encogió de hombros, encendió el interruptor de la cocina y se dirigió hacia los fuegos.

Un cazo azul celeste, ennegrecido en la base por la acción de las llamas, descansaba sobre el fogón más pequeño.

Linda tomó una caja de cerillas y prendió una.

Abrió la llave de paso del gas y acercó con cuidado el fósforo.

Observó cómo el círculo de fuego azul rodeaba el hierro negro del quemador.

Posó el cazo encima y sonrió satisfecha.

—Café de olla. Espero que les guste, es de Colombia. —Linda abrió un armarito bajo y sacó un táper cubierto con papel transparente que guardaba un buen número de galletas caseras—. Cookies hechas esta misma tarde por mi nieta favorita.

Ander y Gardeazabal se sentaron a la amplia mesa que ocupaba la mayor parte de la cocina: un tablero rectangular de formica blanca flanqueado por varias sillas y taburetes.

—Gracias, Linda, seguro que están deliciosas. —Gardeazabal iba a añadir algo más cuando, de reojo, vio el rictus serio de su jefe. Selló los labios y contuvo la respiración.

—Linda, ¿quiere dejar de interpretar ese papel de abuelita entrañable?

—Los ojos verdes de Ander destellaban al reflejo de la luz amarilla de la cocina—.

Acabamos de detener a un delincuente que estaba alojado en un piso de su propiedad.

Ha de entender una cosa —apoyó los codos en la mesa y señaló a la anciana con el dedo índice—: no saldremos de esta casa si no es con la verdad en el bolsillo.

La anciana se lo quedó mirando con expresión de franca curiosidad.

Durante unos segundos, que a Gardeazabal se le hicieron eternos, el borboteo del café y su intenso aroma parecían los únicos elementos animados de la estancia.

Al final, Linda sonrió levemente y apagó el fuego.

Sacó un par de tazas de porcelana blanca de un armario sobre la encimera y las colocó frente a los inspectores.

—¿Lo quieren con leche y azúcar?

Ander asintió.

—Mitad café, mitad leche y un terrón de azúcar, por favor.

—Yo igual —convino un Gardeazabal que intentaba pasar lo más desapercibido posible en ese pulso que libraban Linda y su jefe.

La anciana sirvió los cafés con leche con calma y eficiencia.

Retiró el papel transparente del táper y dejó el recipiente con las galletas en el centro.

Luego se sentó a la mesa, entrelazó las manos y respiró con profundidad.

Las facciones del rostro se le relajaron, marcando con mayor intensidad las arrugas que le cruzaban la frente.

Ander admiró en silencio el aplomo con el que esa mujer llevaba las riendas de la familia.

—¿Saben lo que he aprendido todos estos años, señores?

—La mirada de Linda pasó de un inspector al otro ardiendo con un fuego interno—.

Que la verdad es una dama ingrata, y la mentira, al contrario de lo que se pudiera pensar, la más fiel de las compañeras.

Lo aprendí en la calle, que es donde se forjan los corazones. Desde entonces no me ha ido tan mal.

Ander asintió. Tomó la taza y sorbió el líquido caliente. Le reconfortó. Al menos, logró templar su ánimo.

—Entiendo lo que me quiere decir, Linda.

No la juzgo. Usted ha vivido años muy duros, seguramente en condiciones difíciles.

—La anciana miró al suelo y sacudió la cabeza de arriba abajo—.

Soy consciente de ello. Ha conseguido sacar adelante a su familia gracias a una encomiable capacidad de supervivencia.

La mujer alzó la vista y la clavó en la del inspector. Sus ojos acuosos mostraron a Ander que algo se removía en la conciencia de la anciana.

—Pero, Linda, no estoy aquí para hablar ni de usted ni de mí. He acudido a su domicilio porque estoy seguro de que, consciente o inconscientemente, guarda una información vital para ayudarnos a resolver un posible caso de doble homicidio.

Gardeazabal se volvió a su compañero. Ander no supo discernir si en su gesto predominaba más la sorpresa o la decepción.

No le culpaba por ello. Cuando entraba en la espiral que le solía conducir a la resolución de una investigación, el inspector jefe no solía compartir con los que estaban a su alrededor el flujo de su pensamiento.

—Necesito saber cuándo acudió Lázaro Garrido a usted en busca de ayuda.

La anciana volvió a bajar la cabeza. Pensaba. Su mirada ausente parecía absorta en un punto indeterminado del canto de la mesa. Sus dedos de piel fina y reseca tamborileaban en la lámina desconchada de formica. Carraspeó con fuerza antes de hablar.

—Me debo a la confidencialidad con mis clientes.

—¿Teme que le pidan la hoja de quejas y reclamaciones?

—Muy gracioso. —A la anciana le entró una tos convulsa. Pasado el mal rato, pareció recobrar el aliento.

—Muy gracioso. Lázaro es un chico que ha venido a mí varias veces. Cuando las cosas en casa no le van bien, se deja caer por aquí.

—Y usted lo acoge.

—No puedo dejar que pase la noche en la calle. Sé lo que es eso, y no se lo deseo a nadie.

—Está bien, no la voy a juzgar por ello, simplemente quiero saber si usted cree que el muchacho sería capaz de acabar con la vida de alguien.

Linda tomó aire. Su rostro mudó a un gesto reflexivo. Juntó las palmas de las manos hasta adoptar la postura de rezo y se encogió de hombros.

—No le conozco lo suficiente. He aprendido a no poner la mano en el fuego por nadie. La maldad no acostumbra a asomar en la superficie. Generalmente permanece agazapada, a la espera de la oportunidad propicia.

—¿Un muchacho convertido en camello y también en asesino? Pero entonces ¿quién es Lázaro en realidad? —preguntó Gardeazabal.

Linda extendió los brazos y abrió las palmas hacia arriba mientras hacía un gesto de indiferencia.

—Lázaro no es nadie y lo es todo. Es el cáncer que corroe la sociedad, la malaria que no tiene cura, el hombre del saco que se lleva a nuestros niños si caen en la tentación del delirio químico.

Es un camello y un conseguidor, un príncipe y un ladrón.

Ustedes podrán acabar con él, pero otro Lázaro ocupará su lugar y retomará la función donde él la haya dejado.

Lázaro es la rueda que nunca para de girar.

Ander se frotó la cara y cerró los ojos. La barba de dos días le raspaba las palmas de las manos. La jornada estaba siendo larga y sentía el cansancio invadiendo su cuerpo, embotándole la mente. Lo último que necesitaba era un discurso críptico como el de Linda.

—De acuerdo. ¿Sabe si el muchacho trabajaba solo? ¿O tenía un cómplice?

La expresión de Linda se ensombreció.

—Lo desconozco, señor. Lo único que le puedo decir es que en este barrio todo es posible. Estamos en la misma boca del lobo. Vigilen sus espaldas al transitar por estas calles.

Ander comprendió que la advertencia de la anciana no era baladí. Las fauces del lobo podían cerrarse en el momento menos esperado. Como le sucedió a César Contreras, y tal vez, también, a Evaristo Nieto.

Un lobo hambriento y despiadado había reclamado sus vidas.