MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

El telón de la noche había caído sobre la capital bilbaína. Ander se ajustó el chaleco antibalas antes de acceder al inmueble. Las tiras de velcro estaban desgastadas, pero el agarre le pareció suficiente. En realidad, el policía no pensaba que lo fuera a necesitar. Era el protocolo el que mandaba.

—¿Están todos en posición? —La voz del inspector jefe llegó a los receptores de los policías desplegados bajo el alojamiento clandestino de la mujer que, según Josu Urbina, era conocida como la Vieja.

—A la espera de sus órdenes, inspector. —La voz que sonaba distorsionada en el receptor era la del mando de la Brigada Móvil al frente del operativo de intervención.

—Seguidme.

La puerta del portal estaba abierta. Tan solo tuvo que empujarla para entrar. Miró hacia su espalda y vio a Gardeazabal haciéndole un gesto afirmativo con la cabeza mientras aferraba la pistola con las manos con un gesto de preocupación en la cara.

«Espero que no flaquee en el momento de la verdad», se dijo Ander al recordar el trauma que había desarrollado su compañero tras el incidente en Gordexola. Tomó aire en profundidad y se dispuso a subir las escaleras que llevaban hasta el piso franco.

Al final, les había resultado más fácil de lo imaginado encontrar la pensión en la que podría estar escondido Lázaro Garrido.

En cuanto Ander dio el aviso a sus colegas del Grupo Antidrogas estos habían pulsado todas las teclas.

Los informantes fueron puestos sobre aviso; tenían que revelarles el nombre de esa misteriosa Vieja.

No hizo falta esperar demasiado. Pronto se supo que bajo ese seudónimo se escondía una antigua prostituta de las Cortes llamada Linda Salazar.

En cuanto supieron la dirección montaron con toda celeridad el dispositivo policial, el tiempo corría en su contra.

—Estoy junto a la puerta.

La voz de Ander, apenas un susurro imperceptible, elevó el nivel de adrenalina de los policías. El inspector esperaba apoyado contra la pared junto al marco de sapelli que señalaba la entrada al apartamento.

Pegó la oreja a la pared y trató de captar cualquier ruido de movimiento del otro lado.

El problema radicaba en que los muros del inmueble eran finos como el papel de fumar; era imposible separar los sonidos emitidos del interior del piso franco de aquellos provenientes del resto de las viviendas.

De todos modos, a Ander le pareció escuchar música.

El inspector tenía la boca reseca. Se encontraba ante una encrucijada.

La jueza Ríos no le había concedido la orden judicial para entrar en el piso al carecer de causa probable.

Era algo con lo que contaba. Ese imprevisto le dejaba únicamente con dos opciones: que Linda les abriera la puerta voluntariamente o que Lázaro lo hiciera.

Los efectivos de la Brigada Móvil habían llegado. Esperaban en los peldaños de la escalera a que Ander tomara su decisión.

—Jefe. —Gardeazabal le puso una mano en el hombro y asintió con suavidad. Luego señaló la puerta con la cabeza—. Es el momento.

Ander apretó la mandíbula. Llamó con tres golpes secos. La música del interior dejó de sonar.

—¡Lázaro Garrido! ¡Policía, abra la puerta!

—¿Por qué? Yo no he hecho nada. —El lamento del joven llegó tras un momento de silencio que se les hizo eterno.

—No temas. Abre y te lo explicaremos todo.

No hubo respuesta. Ander se imaginó al muchacho dando vueltas por el apartamento, presa de la ansiedad. Solo esperaba que no cometiera ninguna tontería. Por si acaso, desenfundó la pistola, le quitó el seguro y se alejó un poco de la puerta.

Durante unos segundos interminables el inspector se vio a sí mismo pasando de nuevo por encima de la legalidad y echando abajo la endeble puerta de una patada. Por fortuna, no hizo falta llegar a esos extremos.

—Está bien —claudicó el joven—. Voy a abrir.

Los policías contuvieron la respiración al escuchar el sonido del cerrojo al deslizarse.

La puerta se abrió con lentitud, al otro lado aguardaba con los brazos en alto un muchacho de barba corta e irregular, ojos saltones y nerviosos, figura enjuta y ropa desgastada.

Lázaro Garrido los observaba con la boca a medio cerrar, como aquel al que le acaban de descubrir copiando en pleno examen.

—Dios mío. —Los ojos se le abrieron como platos al verse rodeado por los miembros de la Brigada Móvil, que le llevaron en volandas al interior del piso y le colocaron bocabajo con las manos detrás de la espalda.

—¡Cuidado!

—Chicos, lleváoslo a comisaría. —Ander esperó a que sus compañeros enderezaran al detenido.

Cuando pasaron por su lado le puso la mano en el pecho y se acercó a dos palmos de su cara—.

No te creas que vas a salir de rositas de esta.

Me lo vas a contar todo; lo que muestras y lo que ocultas.

—Le dio una fuerte palmada en el pecho. Luego les indicó a sus compañeros que siguieran su camino con un ademán.

—Mira lo que escondía este pájaro. —Gardeazabal se había colocado los guantes de látex. Manipulaba dos bolsas de deporte de grandes dimensiones repletas de objetos—. Parece que se ha pasado las horas desvalijando nuestra ciudad.

—Tal vez el trastero de César Contreras —aventuró Ander.

El inspector realizó una inspección ocular rápida.

La pensión clandestina no era más que un cuchitril de mala muerte con una ventilación deficiente y compuesto por una habitación con un catre en un lado, un pequeño recibidor y un minúsculo aseo en el que dos personas no cabrían ni siendo casteller .

Aspiró el aire viciado. «Me pregunto cuántas horas habrá pasado escondido en este agujero y por qué».

—No me extraña que este antro no se publicite —dijo Ander.

La estancia se asemejaba a una celda de aislamiento.

El habitáculo disponía de dos ventanas: una orientada a la calle, y la otra, a un diminuto patio interior.

No había más que abrir ambas para orear el cuarto y renovar el aire viciado, pero el inspector entendió que el pensamiento de Lázaro fue muy claro al respecto: mientras se refugiara allí, las ventanas debían permanecer cerradas.

Ander apartó un par de centímetros la cortina opaca y echó una ojeada a la calle.

Desde su posición alcanzaba a ver parte de la arteria principal de San Francisco, con su constante flujo de tráfico de automóviles y personas y su bullicio multiétnico.

Abajo, las luces de los coches patrulla iluminaban la calle y atraían a los curiosos como la miel a las moscas.

—¿Has llamado a la científica? Esto es la leche.

La expresión de asombro de Gardeazabal devolvió su atención al interior del piso.

Su compañero se afanaba en alinear un conjunto de utensilios dispares.

Parecían muy antiguos; jarras de oro y plata, collares de piedras preciosas, piezas de oro.

De cuclillas e inclinado hacia delante, el inspector parecía un gigante jugando con juegos de té.

Trataba de actuar de un modo delicado, pero sus manos gruesas y espalda ancha hacían que los objetos entrechocaran continuamente.

—Parecen artículos de coleccionista. Habrá que preguntar si se han denunciado últimamente robos en tiendas de antigüedades. —Ander tomó nota en su bloc. Un ruido proveniente del rellano de la escalera le hizo girar la cabeza—. Llegan los chicos de Hidalgo.

Dos agentes embutidos en monos blancos se deslizaron por debajo del vano de la puerta.

Saludaron a los inspectores con la cabeza, posaron sus maletas en una esquina y comenzaron con la tarea de procesar el lugar sin mayor dilación.

La noche no había hecho más que empezar para ellos, les esperaban largas horas de trabajo minucioso.

—¿Has terminado, Garde? Dejemos hacer su trabajo a nuestros compañeros.

—Sí, jefe. —El corpulento inspector se puso en pie. Recorrió con la vista los objetos desplegados en el suelo. Un gesto de aprobación mostró su grado de satisfacción.

—Una vez procesado, enviádnoslo todo a la comisaría.

—Descuide, inspector Crespo —contestó una agente de voz atiplada cuyas facciones apenas se distinguían a través de las gafas empañadas.

—Estaremos en la vivienda de enfrente, por si nos necesita.

La policía asintió con la cabeza y giró sobre sus talones para comenzar a procesar el aseo.

—¿Qué vas a hacer? —Gardeazabal le miraba expectante, el sudor aún le resbalaba por las sienes y las gotas le perlaban la cabeza rasurada, produciendo brillos al trasluz.

—Creo que es hora de hablar con Linda Salazar.

—¿Piensas que tuvo algo que ver con la muerte de César Contreras?

Ander negó con la cabeza. Se pasó la mano por la barbilla y dejó que también cubriera la boca. Varias jornadas de catorce horas seguidas lograban cansar hasta al más avezado de los policías. Afiló la mirada y la fijó en su compañero.

—No lo creo. Lázaro es la llave para resolver ese misterio.

Su declaración es la que llevará el caso a la casilla de resueltos, de eso no me cabe duda.

He dado órdenes muy claras para que le incomuniquen en el calabozo de la comisaría.

Quiero que se vuelva loco dándole a la cabeza. Hasta mañana no pienso interrogarle.

—Así doblegaremos su voluntad. —La sonrisa de medio lado de Gardeazabal era signo inequívoco de que ese lenguaje era muy del agrado del inspector. Se desenvolvía como pez en el agua en los interrogatorios—. La privación de sueño es mano de santo.

—Sí, pero Linda… —Ander señaló la puerta cercana con la cabeza—, ella nos debe una explicación.

Pulsó el timbre y se cuadró frente a la mirilla.

Al cabo de unos segundos oyeron movimiento al otro lado de la puerta. Unos pasos arrastrados primero; el sonido del interruptor al ser activado después. De la mirilla surgió un punto de luz.

—¿Quién es?

—Señora Salazar, somos de la Policía autónoma. —Ander situó sus credenciales cerca de la mirilla—. Queremos hablar con usted.