Capítulo 21 #3
Salvador entrecerró los ojos. Nadie le había comunicado nada al respecto.
Durante los meses transcurridos desde la muerte de Moncho Lopategui y del resto de los Itzalak, hallar al responsable del desastre ocurrido en ese caserío fue su máxima prioridad.
Despachó informantes, hizo llamadas a las instancias más altas del Gobierno vasco, frecuentó los mismos lugares que aquellos agentes encargados de la investigación, trató de comprar voluntades… Todo lo intentó, sin resultado alguno.
—¿Quién fue?
La risa apagada de Nadim heló la sangre de Salvador más que un grito en la oscuridad.
—Mejor que no sepas más, abogado. Te necesitamos para otros menesteres. En cuanto a Sahagún, dile que nos pondremos en contacto con él.
Nadim dio por terminada la llamada, dejando a Salvador con la palabra en la boca y un regusto amargo en los labios.
Era el sabor del miedo. El mismo que experimentaba cada vez que miraba directamente al pozo oscuro de la Mocro Maffia.
Alzó la cabeza y dejó que su mirada recorriera la pared hasta llegar al cuadro cuya visión siempre lograba subirle el ánimo.
La dama vestida de rojo lo observaba desde la distancia del espacio y del tiempo con gesto adusto.
A los pies del trono yacían sendos animales salvajes, en su pecho el disco solar, sobre su cabeza un león alado, símbolos del gran poder de la diosa.
La pintura constituía parte de los rescoldos de un pasado que nunca regresaría.
Salvador sintió el amargor de las lágrimas en la boca.
No se había percatado de que estaba llorando.
Apartó las lágrimas con la palma de la mano.
Sentía pena y rabia por los amigos perdidos en el camino.
Vidas que valían más de lo que uno pudiera imaginar.
Nadie podría remplazar jamás a Astrid Nilsson, a Gálvez o a Aingeru Elguezabal.
¿O sí? Por primera vez un destello de esperanza alumbró el corazón de Salvador Sánchez de Bustamante.
Los fieles eran pocos, se habían dispersado y estaban asustados.
Tal vez lo único que necesitaban era un nuevo pastor al que seguir para volver a profesar sus votos a la gran dama.
Cuando reapareció en el despacho, Rodolfo aguardaba con un rictus rígido en su silla, apurando el café que le había llevado su secretaria.
Salvador sonrió hacia sus adentros. Carmen sabía que, cuando tenía que hacer una llamada fuera de la oficina, las bebidas debían tardar en templarse al menos cinco minutos.
Había cumplido su mandato a la perfección.
—Disculpe la espera, señor Sahagún. La gestión que tenía que encauzar era de vital importancia. Espero que lo entienda.
El policía se puso en pie y dejó la taza sobre la mesa del abogado, visiblemente molesto. Los pómulos estaban rojos de rabia contenida. Había estado esperando durante demasiado tiempo.
—No me trate como si fuera un imbécil. He venido aquí con la mano tendida, ofreciéndole a su cliente un trato ventajoso. Creo que me merezco más respeto del que me ha mostrado.
Salvador se desabrochó el botón que cerraba la americana. Sentado sobre el canto del escritorio, mostraba una actitud sumamente relajada a diferencia del ánimo inquieto de Sahagún.
—En realidad, lo que he hecho es hablar con nuestros amigos en común. Como entenderá, la situación requería confidencialidad y discreción.
—Sí, claro. —El policía reculó y volvió a tomar asiento. El gesto de enfado había desaparecido de su rostro, sustituido por otro de genuino interés.
—Me han trasladado que están dispuestos a iniciar con usted una nueva colaboración similar a la que mantuvieron con Lopategui.
—Estupendo.
—Sin embargo, hay una condición que ha de cumplir antes de eso. Que, en realidad, fue el motivo por el que le hicieron llegar el paquete en su día. Quieren que se someta a un rito de pasaje. Si lo supera, será merecedor de su confianza.
—¿Un rito de pasaje?
—Eso es. Un día recibirá una llamada que no podrá eludir. Esa será su gran oportunidad, pero también su condena. Usted lo ha querido —dijo con una media sonrisa que le tensó los labios.
El policía tragó saliva, conocedor del camino de no retorno en el que se disponía a adentrarse. Era una apuesta de doble o nada a la que el destino le había avocado. Apretó los puños y rezó para sí una plegaria.
—No los defraudaré. —Endureció la mirada y se la sostuvo al abogado—. ¿Volveremos a vernos?
Salvador volvió a componer esa misma sonrisa de labios apretados que no proyectaba calor ni pretendía reconfortar. Más bien parecía la expresión de quien conoce el futuro negro que le depara a su interlocutor.
—El tiempo lo dirá, amigo.
Sin más preámbulo, le dio la espalda y quedó observando las nubes de evolución que comenzaban a encapotar el cielo de Neguri y, tal vez también, el destino de Rodolfo Sahagún, el último itzala . El nuevo peón de la Mocro Maffia entraba en juego en Bilbao.
Con el alma henchida al constatar que los negocios volvían a encarrilarse y el corazón rebosante de júbilo por el recuerdo de la Gran Dama, el abogado dejó que su mente regresara a los asuntos más mundanos. La gloria de la diosa podía esperar, el solsticio de invierno quedaba lejos.