Capítulo 21 #2
Salvador no se molestó en pulsar el interruptor de la lámpara; le bastaba con la luz refractaria para encontrar lo que buscaba.
Se agachó frente a la biblioteca que ocupaba por completo la pared contigua a la puerta y abrió uno de los muebles bajos.
Dentro había una caja de seguridad pequeña.
Con destreza tecleó la combinación que la desbloqueaba. Metió la mano y sacó un teléfono móvil.
Marcó el pin. La pantalla se iluminó mostrando un escritorio vacío a excepción del icono de llamada y de la agenda telefónica.
Salvador apretó los dientes y respiró tres veces en profundidad.
Notaba que los nervios empezaban a crispársele, como siempre le ocurría cuando llamaba a sus patrones.
Finalmente, se sacudió las dudas y encontró en la agenda el número de Nadim.
Se sentó en el borde de la mesa mientras los primeros tonos sonaban a través de la línea.
—¿Qué quieres, abogado? —Una voz áspera con un español de marcado acento le contestó al otro lado—. Espero que sea algo importante porque me pillas en muy mal momento.
Salvador tragó saliva. Le había parecido oír un gemido silenciado de fondo.
—Nadim, no es mi intención molestarte. —Se esforzó por sonar lo más firme posible.
Afortunadamente, llevaba tanto tiempo tratando con los individuos que poblaban el submundo que no le resultaba complicado levantar un muro de aparente tranquilidad.
Sin embargo, con los miembros de la Mocro Maffia, el muro siempre amenazaba con agrietarse—.
Tengo un sujeto que nos propone actuar como catalizador para imponer el orden en el País Vasco.
Refundar los Itzalak y retornar al statu quo que saltó por los aires con la muerte de Moncho Lopategui.
Pienso que ese orden nos reportaría grandes beneficios.
Nadim emitió un gruñido.
—Dame un minuto.
—Por supuesto.
Nadim no esperó a escuchar la contestación de Salvador ni cortó la llamada durante el largo minuto en el que lo único que sonó a través de la línea fueron unos terribles golpes amortiguados que, en un principio, recibían un grito como respuesta, pero que, al cabo de unos segundos, solo provocaban silencio.
Salvador notó unas gotas de sudor frío deslizándose por la espina dorsal. Volvió a realizar ejercicios de respiración para controlar el impulso de lanzar el teléfono por la ventana y huir al país más recóndito del mundo, donde, con un poco de suerte, la Mocro Maffia no pudiera dar con él.
—Soy todo oídos. —La voz entrecortada de Nadim sonó tan cercana que el abogado se vio impelido a mirar a su alrededor. Para tranquilidad de su corazón desbocado, la sala de reuniones permanecía vacía.
—Se llama Rodolfo Sahagún.
—Lo conozco bien. Hace unos días le enviamos un mensaje para que retirara un paquete —replicó Nadim, disipando un poco la incómoda sensación de peligro vital que atenazaba a Salvador.
—Sí, eso me ha dicho. Sin embargo, desconoce las instrucciones. —Salvador hizo una pausa. La respiración cada vez más acompasada de su interlocutor le confirmó que seguía atento a sus palabras.
—Todo a su debido tiempo.
—Desde que cayeran los Itzalak, el caos se ha adueñado de las calles. Se ha generado un vacío de poder que todas las organizaciones menores están tratando de aprovechar. Todos quieren darle una dentellada al pastel.
—Que lo intenten. Que muestre cada uno sus cartas, así sabremos en quién confiar y a quién eliminar.
—Sí, pero para nuestro negocio es una situación nefasta.
Como bien sabes, nos basamos en la subcontratación para suministrar nuestra mercancía fuera de los Países Bajos.
Siempre ha sido así y nos ha ido muy bien.
Reducimos nuestra visibilidad y la posibilidad de perder efectivos al mismo tiempo.
Por otra parte, no importa demasiado si alguno de nuestros socios se extralimita.
En esos casos le respondemos de un modo proporcionado, extirpamos el tumor y pasamos al siguiente cliente. Hasta aquí un negocio redondo.
Nadim gruñó a modo de asentimiento.
—El problema viene cuando no tenemos a quién subcontratar y la gestión directa se convierte en nuestra única opción.
Es un escenario peligrosísimo, ya que nos expondría al escrutinio de las autoridades y la policía, quienes, tirando del hilo, podrían llegar a todos los negocios legales que tenemos en la zona y de los que tan buen rédito sacamos.
—Hizo otra pausa y retiró con los dedos una mota de polvo que se le había posado en la rodilla—.
Sahagún puede ser la solución que buscábamos.
—Era el contable de la organización de Lopategui. Tenemos que actuar con pies de plomo.
—¿Crees que puede ser un infiltrado? —preguntó Salvador, abriendo mucho los ojos. No había contemplado esa posibilidad.
Una nube alta tapó el sol, dejando la sala sumida en las tinieblas. El abogado aguardaba con paciencia a que Nadim tomara su decisión. El futuro de Rodolfo Sahagún se estaba decidiendo en esos instantes a cientos de kilómetros, sin que el policía fuera consciente de ello.
—¿Por qué crees que nos pusimos en contacto con él? Conocemos el modo en el que se libró de seguir la misma suerte que sus compañeros. Todo muy sospechoso. Tenemos que ponerle a prueba —concedió finalmente Nadim.
—¿Cómo?
—Vengando la pérdida del alijo de Lopategui. Tenemos sospechas de quién fue el responsable.