Capítulo 21
Salvador Sánchez de Bustamante sacó lustre a sus gemelos de oro por enésima vez.
El procedimiento siempre era el mismo, invariable: restregaba la punta del pañuelo de seda contra los gemelos, que lucían el blasón familiar, hasta que el oro resplandecía como el día en que sus padres se los regalaron.
Si, por un casual, el canto no refulgía a su gusto o la insignia no transmitía el aura de autoridad que él consideraba pertinente, entonces el proceso comenzaba de nuevo.
Cualquier observador externo pensaría que Salvador era presa de un TOC irrefrenable.
Nada más lejos de la realidad. Cuando se sumergía en el ritual de limpieza de los gemelos, Salvador pensaba.
Ahondaba en los caminos de su mente, tratando de hallar las posibilidades que planteaban los retos que se veía obligado a afrontar.
Como abogado que era, Salvador conocía a la perfección los vericuetos de las leyes, las avenidas de la legalidad, los callejones umbríos de la alegalidad y las cloacas de la ilegalidad.
Lo conocía porque en todos esos lugares había habitado.
Durante los largos años transcurridos desde su graduación, había comprobado que la familia, la fama o el estatus de poco servían si no venían acompañados de dinero para mantener la ilusión ondeando en el mástil más alto.
Su padre, por desgracia, aparte de legarle un apellido ilustre y un chalet de grandes dimensiones en Neguri, también le transmitió una deuda de un volumen colosal.
Una cuantía a la que jamás habría podido hacer frente trabajando interminables horas en un bufete de renombre.
Salvador debería haber sabido entonces que el tiburón huele la sangre a kilómetros de distancia. Ahora ya era demasiado tarde, porque, como le había dicho un amigo ya fallecido, cuando entras en la oscuridad, esta te engulle, la luz deja de existir.
Se detuvo. Alzó los puños y pasó revista a su trabajo. Estaba satisfecho. La decisión ya estaba tomada. Se irguió en el butacón de cuero negro, se atusó el traje de tres piezas azul marino de impecable factura y pulsó el botón del interfono.
—Mercedes. Haz pasar al cliente.
—De acuerdo, señor Sánchez de Bustamante. —La voz pastosa de la mujer se mantuvo suspendida en el aire incluso después de haber colgado el telefonillo.
Salvador se mesó el cabello, distraído. A sus cuarenta años, aún mantenía una cabellera firme y sin concesiones a las canas.
Se podía decir que envejecía con elegancia.
Con la elegancia que te da tener seis cifras en la cuenta corriente.
Tres partidos de pádel semanales, dos sesiones de natación, gimnasio y sauna era todo lo que necesitaba un cuerpo para mantenerse tonificado, en perfecta forma.
Respiró hondo y trató de no anticipar el discurrir de la conversación que iba a tener lugar en su despacho en los siguientes minutos.
Un espíritu templado siempre es capaz de elegir el camino correcto en la encrucijada.
Rodolfo Sahagún traspasó el umbral del gran despacho y se acercó con pasos cortos a la imponente mesa de cerezo macizo que gobernaba la estancia.
Pronto se percató de que su indumentaria no estaba a la altura de la del hombre que le esperaba de pie con el brazo extendido y una sonrisa de zorro dibujada en el rostro.
—¿Así que usted es el Rodolfo Sahagún de quien tanto he oído hablar? —Se estrecharon las manos sin dejar de sostenerse la mirada como dos pistoleros en un duelo a primera sangre—. Es tal cual me lo imaginaba. Por favor, tome asiento.
Salvador le invitó con un ademán a que ocupara la silla de invitados y él regresó a su lugar preeminente tras la mesa. Al policía no le pasó por alto que la silla en la que se sentaba había sido rebajada unos centímetros para favorecer un sentimiento de opresión y nerviosismo en quien la ocupara.
—Ha llegado a mi conocimiento que en las últimas horas ha contactado con unos particulares con los que ambos compartimos intereses.
—Fueron ellos quienes contactaron primero conmigo. Me hicieron llegar un paquete. Pero este venía sin mensaje. Desconozco cuál ha de ser el siguiente paso. —Sahagún carraspeó y se retrepó en el asiento—. En el pasado no era yo quien se encargaba de estos asuntos.
Salvador siguió con atención el movimiento de su interlocutor y mudó el rostro de formas ovaladas en una mueca de afectada sorpresa.
—¿A qué asuntos nos estamos refiriendo?
Rodolfo resopló y apartó la vista, visiblemente disgustado ante la actitud del abogado.
En circunstancias normales, esa payasada le hubiera supuesto un tiro en la rodilla a su interlocutor.
Pero, claro, a ese interlocutor en cuestión no se le podía dar un tratamiento normal, ya que tenía línea directa con los cabecillas de la Mocro Maffia.
Muchos aseguraban —cuando no había oídos indiscretos— que Salvador Sánchez de Bustamante era la columna vertebral vasca de la organización de los Países Bajos.
Una especie de alquimista que lograba transmutar el dinero negro en blanco con apenas un par de conjuros y rituales secretos.
No, un tiro en la rodilla no era una opción viable.
—A la protección de los intereses de esos particulares —contestó finalmente, tratando de devolverle una sonrisa que pudiera pasar por sincera.
Salvador soltó una carcajada sonora y se impulsó hacia el respaldo de su sillón. Se retiró dos lagrimillas de la comisura de los ojos y apoyó los brazos en la mesa, dejando bien visibles los gemelos de oro blasonados.
—Está bien, señor Sahagún. Dejémonos de preliminares, ¿qué es lo que quiere de mí?
Los ojos marrones oscuros del abogado parecieron taladrar las retinas de Rodolfo hasta llegar hasta el bastión mismo de su alma.
Supo entonces que esa mirada le tenía sujeto como la mandíbula de un perro de presa atenaza la yugular de su pobre víctima.
Solo una buena oferta podría abrirle la puerta hacia el paraíso.
Su jugada no era la mejor de la baraja, pero la sostendría con firmeza, consciente de que, en el ascenso, la escalera era lo único que contaba. Lo único real.
—Ofrezco estabilidad para el negocio —dijo Rodolfo con las manos hacia arriba en señal de entrega de dádiva.
Salvador guardó silencio. Frunció el ceño mientras escrutaba a su interlocutor.
—¿Protección? ¿Y cómo piensa brindársela? Que yo sepa, su organización, los Itzalak, ha desaparecido.
—No ha desaparecido. —La rabia refulgió en los ojos del policía como dos llamas sin control—. Aquí me tienen, dispuesto a recoger el estandarte caído. Mientras quede uno solo de los nuestros en pie, la organización seguirá viva.
Un nuevo silencio se asentó entre ellos.
El abogado estaba inerte; su rostro parecía una máscara esculpida en carne y hueso.
Sin embargo, en su interior procesaba las palabras que Sahagún acababa de articular.
La determinación de ese hombre tenía muchas similitudes con la suya propia.
Salvador, al igual que el policía, también había sufrido pérdidas irreparables.
Bajas que se presumían insustituibles. ¿Supondría eso que sus destinos estaban indisolublemente unidos?
—¿Tiene un plan para volver a erigir el edificio?
—Sí, está en marcha.
El abogado alzó una ceja, sorprendido.
—¿En cuánto tiempo estima que la organización podría volver a estar operativa?
Sahagún asintió con parsimonia. Esa era la pregunta que esperaba desde el principio.
—En un mes —contestó sin titubear. Relajó el gesto y se reclinó en la silla.
El abogado parecía complacido con la respuesta.
Abandonó la mesa y se desplazó hacia el ventanal que daba a la bahía de El Abra.
A lo lejos, varios buques de gran eslora se aproximaban al puerto de Santurce.
El sol del atardecer comenzaba a alejarse por el oeste, creando destellos danzantes en las crestas onduladas de las olas del mar Cantábrico.
—En ese caso, no veo por qué no va a seguir siendo de utilidad a nuestros amigos comunes.
—Salvador se giró hacia Rodolfo Sahagún y le dedicó una media sonrisa no exenta de cinismo—.
Está visto que es un hombre con agallas.
Y mi cliente nunca desdeña a los valientes.
—Volvió a su mesa y pulsó de nuevo el interfono—.
Mercedes, haz el favor de traerle a nuestro invitado un refrigerio.
—Alzó las cejas a modo inquisitivo, esperando la respuesta del policía.
—Un café con leche, por favor. —Este se irguió aún más en la silla.
—Será un café con leche.
—Ahora mismo, señor —contestó una voz apagada al otro lado del aparato.
Salvador se estiró la chaqueta, abrió el primer cajón del escritorio y cogió un juego de llaves de dentro.
—Si me disculpa. He de realizar una llamada importante. En breve le traerá mi secretaria el café. Haga el favor de aguardar aquí hasta mi vuelta.
Nada más atravesar el umbral, Salvador se dirigió hacia la escalinata de madera que, escamoteada tras una puerta de servicio cerrada con llave, daba acceso a la planta superior de la vivienda señorial en la que se alojaba su bufete.
Era la planta en la que se encontraban los aposentos reservados para aquellos clientes que deseaban preservar el anonimato o huir de los curiosos.
Un pequeño ascensor la conectaba directamente con el garaje subterráneo, garantizando esa privacidad.
Volvió a coger otra llave del manojo y abrió la puerta más próxima.
El suelo enmoquetado y la tenue luz de las lámparas de pared del pasillo le conferían al lugar un ambiente de retiro decimonónico, de biblioteca de lo viejo.
Entró en una pequeña sala de reuniones presidida por una mesa ovalada de nogal oscuro y pulido.
Sendos cortinones gruesos tapaban los dos ventanales orientados a la bahía, impidiendo el paso de la luz directa.