MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—¿Así fue como sucedió? —preguntó Alday.

La anciana asintió. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo y se secó las lágrimas.

—Guillermina, ¿estaba Begoña Linaza implicada en uno de esos secretos de los que habla? —preguntó Miren.

La mujer se sonó la nariz. Luego devolvió el pañuelo a su bolsillo. Asintió de nuevo. Miren contuvo la respiración antes de formular la siguiente pregunta. Sabía que podía ser su única oportunidad.

—¿Fue ese secreto el responsable de su desaparición?

—Sí, agente. —La voz ronca de Guillermina sonó como el aire liberado por un muelle de forja, fuerte y envolvente—. Pero no pienso contarles nada más. No soy ninguna chivata.

—Por supuesto que no, Guillermina. No pretendemos incomodarla ni empujarla a una situación que le pudiera acarrear problemas en la comunidad.

—Miren maniobró con rapidez para retomar el dominio de las riendas de la conversación—.

Tan solo queríamos comunicarle en persona que Begoña Linaza ha sido vista con vida.

—Lo sé, me lo dijo su hijo, su compañero, cuando me vino a entrevistar hace unos meses.

El leve temblor del párpado de la anciana no pasó desapercibido al ojo analítico de Miren.

Guillermina entrecerró ligeramente los ojos y los dirigió hacia el recuadro de vegetación exuberante que se mostraba a través de la ventana más próxima.

Un núcleo arracimado de robles protegía el invernadero próximo al caserío.

—Ella nunca desapareció —susurró la mujer—. Está en el valle. En cada planta, en cada árbol, en cada roca y peña. Es el río que fluye desde los altos montes, el aire que mueve las alas de las águilas. La voz del que guarda silencio. Begoña Linaza jamás nos abandonó.

Alday y Miren intercambiaron miradas de reojo ante la solemnidad de aquellas palabras. La mujer prolongó su silencio, absorta, con la vista perdida en algún punto del paisaje que solo ella parecía ver.

—¿Usted sabía dónde estaba?

La pregunta de Miren quedó suspendida en el aire, sin respuesta.

—Ha identificado a nuestro compañero, el inspector Ander Crespo. Supongo entonces que conocerá a la familia de Begoña, ¿no es así? —insistió la agente.

Miren interpretó el pestañeo de Guillermina como una afirmación.

—Entonces sabrá la suerte que corrieron todos ellos tras la desaparición, ¿verdad?

—Miren apoyó las palmas de la mano sobre la mesa y se incorporó hasta quedar muy por encima de su anfitriona—.

No creo que ninguno de ellos sintiera que su madre o esposa estuviera en el valle, en el aire o en las rocas, como usted ha dicho.

Más bien todo lo contrario. La angustia los consumió y desgarró sus entrañas.

La policía giró la cabeza y su mirada recorrió la estancia hasta volver a hundirse en los ojos ausentes de Guillermina.

—La esperanza dio paso a la desolación y, esta, al desengaño y, después, a la ira. Acabaron huyendo de este valle para poder poner fin a su duelo.

—Su hijo vino a mí en busca de una respuesta que anida en su interior —dijo Guillermina sin apartar la vista de la ventana.

Miren se quedó con la palabra en la boca.

La respuesta de la anciana la había cogido a contrapié.

Incapaz de articular las palabras que tenía en mente, balbuceó una sarta de sílabas en una asociación incoherente.

Guillermina se giró hacia ella y le sonrió.

La inteligencia volvía a asomar a través de esas retinas veladas.

—Tanto él como su padre sabían a la perfección quién era Begoña Linaza y a qué causa había consagrado su vida.

El graznido agudo de un ave rapaz descendiendo a gran velocidad entre las copas de los robles rasgó la calma del exterior. El ave pasó como una centella entre los troncos y retomó el vuelo desplegando su bello plumaje con la elegancia natural que solo poseían los reyes de los cielos.

Alday dio un respingo y se giró hacia la ventana. Miren, sin embargo, mantenía el foco de su atención en Guillermina, quien le aguantaba la mirada con expresión serena.

—¿De qué está hablando? Begoña era enfermera. A eso consagró su vida, al cuidado de los enfermos de su hospital, a la vigilancia de la salud de la comunidad.

La anciana se encogió de hombros y alzó levemente las cejas.

—Begoña era mucho más que eso.

Volvió a guardar silencio. Miren empezaba a entender que esa mujer vivía con y para el silencio, que los pocos momentos en los que las palabras interrumpían sus pensamientos eran tan efímeros como la floración de los brotes del cerezo.

— Aterpe. [5]

—¿Perdone?

—Investíguenlo si quieren conocer lo que era Begoña. No hay nada más que pueda añadir.

Miren sacó el bloc de notas del bolsillo y apuntó la palabra.

—Guillermina, ya le he dicho que Begoña era enfermera. Concretamente, matrona. —Cerró el bloc y lo devolvió a su bolsillo.

La anciana sonrió hasta dejar a la vista dos hileras perfectamente conservadas de pequeñas piezas dentales nacaradas. Soltó una risita divertida y apuntó a Miren con un dedo índice presa de la artritis.

—Begoña no era una matrona cualquiera. Era una sorgina. [6]