MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Miren y Alday se giraron al unísono sorprendidos. Una mujer de avanzada edad los miraba desde la calle. Vestía unos pantalones viejos llenos de remiendos y una camisa de cuadros que llevaba remangada a la altura de los codos. De su brazo colgaba una cesta llena de hortalizas.

—Los he visto llegar desde el invernadero —dijo señalando con la cabeza el recinto plastificado situado a un costado del inmueble.

—¿Es usted Guillermina Latasa? —preguntó Miren acercándose a la señora.

—La misma. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Necesitamos hablar con usted acerca de la desaparición de una mujer acaecida en 1987.

Guillermina apoyó el asa del cesto en la parte interna de su codo y avanzó hacia la puerta derecha del caserío.

—¿La de Begoña Linaza?

Miren asintió.

—Hace unos meses vino un compañero suyo. Le dije todo lo que recordaba. —Sacó un llavero repleto de llaves de diversos tamaños. Descartó un par de ellas hasta que dio con la apropiada y abrió la puerta dejando la hoja abierta de par en par para que los agentes la acompañaran al interior.

Miren siguió sus pasos a través de un corredor oscuro que se adentraba en el vetusto caserío.

—Me gustaría realizarle algunas preguntas más. Si no le importa.

Guillermina se detuvo, la miró de reojo y se encogió de hombros.

—De acuerdo. Acompáñenme al salón. Prepararé café.

Condujo sus pasos hacia una amplia estancia orientada a dos fachadas e iluminada por dos ventanas pequeñas.

Los haces de luz matutina apenas rasgaban la oscuridad.

El sol no se haría fuerte en el valle hasta el mediodía, cuando las altas cumbres pedregosas no pudieran ejercer su protección.

A pesar de encontrarse en el ecuador de junio, el frío era intenso dentro de la casa.

La chimenea consumía un tronco grueso de madera noble al que le quedaba poco combustible que aportar; la fuente del exiguo hilo de humo que habían visto serpentear hacia el cielo desde el exterior.

Miren acercó la mano al hogar, pero apenas se calentó los dedos.

Tampoco avistó ningún radiador. El caserío, que desde fuera se veía en tan buenas condiciones, no mostraba indicios de haber sido reformado en años.

El resto del mobiliario, suelo y paredes así lo confirmaban.

—Es como si el tiempo se hubiera detenido en este salón —susurró Alday.

El tintineo de la cerámica al entrechocar cortó la respuesta de Miren. Guillermina atravesó el umbral de la estancia acarreando penosamente una bandeja de madera repleta de vajilla, pastas y otras fruslerías.

—Permita que la ayude, Guillermina. —Miren se apresuró a asir la bandeja. La apoyó con sumo cuidado sobre la mesa de comedor.

—Gracias. —La mujer se pasó el dorso de la mano por la frente perlada de sudor—. Siéntense a la mesa, por favor.

Miren y Alday tomaron asiento el uno junto al otro y aguardaron a que su anfitriona sirviera el café con leche a demanda en cada una de las tres tazas de fina porcelana blanca que ocupaban gran parte de la bandeja.

—Está bien. Díganme cuáles son esas preguntas.

—Guillermina tomó por fin asiento. Sus ojos pequeños estaban ligeramente hundidos en las cuencas oculares.

Miren observó con pesar el velo de las cataratas que cubrían los ojos de la mujer.

Una tenue luz de inteligencia alumbraba en el interior de esos ojos añosos—.

Estoy dispuesta a ayudar en todo lo posible.

Begoña era una querida amiga de la familia.

Miren irguió la espalda y desplazó el peso hasta la parte posterior del asiento de madera.

—Guillermina, en 1987 usted no residía en este caserío.

De hecho, no lo hizo hasta que murieron sus padres.

—Miren hizo una pausa para observar la reacción de la mujer, que no pareció acusar el golpe de sus afirmaciones—.

Quiero saber por qué le mintió a mi compañero cuando le preguntó por Begoña Linaza.

La mujer la contempló en silencio. Su rostro mostraba las señales propias del paso del tiempo y de la exposición al sol y a las inclemencias meteorológicas tan común entre quienes han pasado gran parte de su vida a la intemperie, trabajando de sol a sol.

Su mirada, sin embargo, no denotaba cansancio ni derrota.

Era una mirada analítica, reflexiva. Los estaba estudiando.

—Son pareja.

Sobre la frase no pendió interrogante alguno. Era una sentencia de alguien cuyo instinto palpaba las mentes y los corazones como si los aferrara con las manos.

—Señora Latasa, limítese a responder a la pregunta que le ha hecho mi compañera —intervino Alday ocultando su inquietud bajo un tono firme.

La mujer extendió las manos sobre la encimera y colocó las palmas bocabajo con los dedos extendidos como quien quiere abarcar la eternidad.

—El amor es el vínculo más fuerte y duradero que existe. —Hizo caso omiso de las palabras de Alday—. Solo quien ama sabe lo que es perder, y solo quien pierde sabe lo que es haber amado.

Miren refrenó la respuesta que su impulsividad le sugería.

Guillermina había mostrado una rendija por la que colarse en su armadura.

Estaba por ver si esa oportunidad había sido fruto del descuido o un acto consciente de la anciana.

El mugido lejano de uno de los terneros que pastaban en la ladera del monte atenuó el silencio y la sensación atemporal de la estancia.

Miren tenía que jugar sus bazas con inteligencia, aproximando el lazo corredero a la presa sin que esta oliera el peligro.

—¿Por qué se marchó de Atxondo? —preguntó finalmente.

Los labios de Guillermina se tensaron. Una trama densa de arrugas se extendió desde su boca hasta la comisura de los ojos. Las palmas de las manos describieron un círculo concéntrico sobre la encimera hasta unirse. Entrelazó los dedos y adoptó una posición reflexiva.

—Por indiscreta. —Los ojillos de Guillermina ardían con un poderoso fuego interno. Una energía que tan solo el amor o el odio eran capaces de avivar—. Nuestro valle es un lugar paradisiaco que alberga secretos inconfesables.

—Y usted confesó uno de esos secretos —añadió Miren.

La anciana negó vehementemente con la cabeza.

—¡No, no lo hice! —Apretó con fuerza las manos, formando dos puños huesudos en los que se intuían unas pequeñas venas finas a través de la piel casi transparente—.

Jamás conté nada, pero mis padres no estaban seguros de ello.

La gente del valle tampoco. —Las lágrimas se deslizaron con lentitud por sus mejillas—.

Lo que yo dijera carecía de importancia; la mera vacilación bastaba para dictar sentencia, y mis padres dudaron.

Un leve temblor sacudió la barbilla de la mujer.

—Marché lejos, muy lejos, todo lo lejos que el dinero me lo permitió. Empecé una nueva vida de cero y juré ante el altar sagrado que no regresaría hasta que mis padres hubieran muerto.