Capítulo 20
Miren entrenaba a conciencia en el gimnasio de la Brigada Móvil.
Había estado corriendo alrededor de las instalaciones, colina abajo y colina arriba, durante las horas previas al alba.
En ese momento, trataba de llevar sus músculos al límite con ejercicios de fuerza.
Todo con el objetivo de alejar las preocupaciones que ocupaban su mente desde el día anterior.
No había podido pegar ojo en toda la noche.
La posibilidad planteada por Celestino Sangroniz de que Begoña hubiera sido secuestrada o asesinada por el grupo de punkis era demasiado remota para ser tomada en serio.
Sin embargo, allí estaba ella, dándole más vueltas a la idea que a una peonza.
Debía romperle el servicio al destino si no quería que ese caso acabara con el mismo resultado de un mal partido de tenis.
Pero no era eso lo único que desvelaba a la agente.
Ese maldito secretito de Alday la traía por la calle de la amargura.
No es que pensara que su novio tuviera una doble vida o un hijo abandonado en algún puerto; nada de eso.
Lo que más le reventaba era su mutismo y la insistencia en que le desvelaría el secreto a su debido tiempo.
«Tiempo», eso era lo que a ella la inquietaba.
Porque su mente de criminóloga de forma automática había asociado esa palabra a otra que ahora alumbraba sus entrañas como si estuviera escrita con luces de neón: prescripción.
Lo que Alday le ocultaba estaba relacionado con un crimen o un delito.
Su intuición le hacía descartar el primero y decantarse por el segundo.
Por eso, desde que le había sonsacado esa confesión, Miren se veía en la necesidad de machacarse al amanecer para poder amansar, así, a la leona en su interior.
Esa misma leona que luchaba por salir y abalanzarse sobre su presa.
—Me lo tenía que haber imaginado.
La voz de Alday pareció provenir de su conciencia. Miren se levantó sobresaltada de la máquina de remo. Alday la miraba desde el vano de la puerta con expresión divertida y un café humeante en cada mano.
—Como sigas así vas a acabar pareciéndote a la teniente O’Neil.
La joven echó una ojeada rápida a su alrededor. Afortunadamente, a esa hora de la mañana no había nadie en el gimnasio.
—No seas paranoica. —Alday interpretó con precisión su gesto—. Estamos solos. Nuestros amables anfitriones están en pleno cambio de turno.
Respiró aliviada. Alcanzó la toalla roja que colgaba de una de las máquinas y se quitó el sudor de la frente y los hombros. Luego miró a Alday a los ojos y sus desvelos parecieron evaporarse. ¿Cómo iba a dudar de un ser tan angelical? Alargó el brazo a modo de aceptación del café.
—Templado, como a mí me gusta —dijo tras apurar un buen sorbo del líquido reconstituyente.
Alday esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Hoy hemos de salir pronto. —Miró de soslayo al reloj que colgaba de una de las paredes del gimnasio—. Aún nos quedan entrevistas que hacer.
Miren asintió. Los días previos habían logrado reducir el largo listado conseguido en el ayuntamiento.
La labor de la jornada consistía en volver a revivir con esa gente los hechos de 1987.
Esperaban que la suerte se pusiera de su parte y lograran dar con una pista de la que tirar.
De lo contrario, su investigación estaba condenada al fracaso, como ya le sucediera a Ander.
—Empezaremos por Guillermina Latasa —sentenció Miren—. En las transcripciones de las entrevistas se mostraba evasiva en sus respuestas.
Alday rio en alto. Tomó asiento en una máquina para ejercitar las dorsales y dejó que su mirada recorriera los muslos torneados de Miren hasta llegar a su bello rostro.
Era una mujer fabulosa. Todas las noches, antes de conciliar el sueño, se recordaba lo afortunado que era por haberla encontrado y, sobre todo, por que ella hubiera aceptado compartir con él su tiempo y su vida.
Deseaba que los acontecimientos futuros no acabaran por echar al traste ese tesoro de relación.
Aunque, en el fondo de su mente, una voz distante no hiciera más que advertirle de que el pasado es un prestamista incómodo.
Y que siempre regresa para cobrarse sus deudas.
—En ese valle todas las respuestas son evasivas, Miren. ¡Qué novedad! Nadie nos quiere merodeando por allí.
La agente se encogió de hombros.
—Guillermina declaró que conocía a la madre de Ander de vista, de cruzarse con ella en el pueblo…, porque en Atxondo todo el mundo se conoce. —Miren hizo una pausa para apurar medio café de un trago.
Alday la miró con cara de extrañeza.
—¿Qué hay de raro en esa declaración? Lo que dice es cierto. En los pueblos se conocen todos por su nombre, familia de procedencia e, incluso, por la matrícula del coche. Herri txiki, infernu handi , [4] eso es lo que dicen, ¿no?
Miren asintió.
—No niego que lo que dice Guillermina sobre los pueblos pequeños sea cierto.
—¿Entonces?
—Lo que te quiero decir, si me dejas terminar, es que Guillermina no aparece en el censo del 87 que sacamos del ayuntamiento de Atxondo.
La expresión de Alday mutó de la extrañeza al asombro. Miren se deleitó con esa capacidad de su compañero de transmitir las emociones con todos y cada uno de los músculos faciales, como si tuviera pegada con Loctite una máscara de tragedia griega.
—¿Me estás diciendo que Guillermina no vivía en Atxondo cuando desapareció Begoña Linaza?
—Eso mismo.
Miren se sentó en el asiento de la máquina que estaba enfrente de Alday. Apoyó los antebrazos en los muslos y bajó el volumen de la voz.
—Por algún motivo que desconozco, Guillermina le mintió a Ander. Nuestro objetivo de hoy será descubrir cuál es ese motivo.
El relente de la madrugada se mantenía suspendido sobre Iurreta cuando abandonaron el complejo de la Brigada Móvil.
Dejaron atrás prados verdes en los que la punta afilada de la hierba cimbreante aparecía coronada con gotas minúsculas de rocío.
A las puertas de un futuro en el que el calentamiento global se haría cada vez más notorio, disfrutar de un verdor tan exuberante resultaba un lujo gratificante.
El asfalto oscuro de la carretera nacional rompió el hechizo, devolviéndolos a la realidad. Miren conducía en silencio mientras Alday repasaba los datos del censo en su teléfono móvil.
—Mis padres quieren conocerte.
La bomba de Miren cayó dentro del coche patrulla sin previo aviso.
Alday creyó sentir que su corazón realizaba un triple salto mortal.
Dejó a un lado el teléfono y clavó sus ojos en Miren, consciente de que su relación se encontraba ante una encrucijada.
Sentía que cualquier cosa que dijera podría molestarla. Optó por guardar silencio.
—¿Qué? ¿No tienes nada que decir? —Miren se apartó un mechón fino de pelo que se había escapado de la prisión de su coleta.
—Sí, claro. —Alday sintió que el rubor le subía desde el cuello hasta las orejas. Los lóbulos le ardían como si los hubiera sumergido en lava candente—. Es fantástico. Por fin sabré de dónde viene una belleza como la tuya.
—¡Ja! ¡Serás zalamero! —Miren no pudo evitar sonreír a pesar de la tensión que la atenazaba.
Alday esbozó una tímida sonrisa. Por lo que Miren le había contado, sus padres estaban chapados a la antigua y consideraban que su hija realizaba un trabajo propio de hombres.
—Perdona —se disculpó—, no sabía qué decir porque soy consciente de que tu relación con tus padres ha pasado por muchos altibajos. No me he atrevido a interpretar si para ti esa era una buena noticia o no.
Miren sonrió y le pasó la mano por el cabello.
—Qué mono eres. No te preocupes, solo quieren invitarnos a comer después de San Juan. Para ellos es una fecha muy especial.
—¿San Juan? ¿No querrán hacer un akelarre conmigo?
Miren rio con ganas, hasta que se le saltaron las lágrimas.
—No me tientes, guapo, que estás acumulando muchos puntos para que te lance a la hoguera. —Miren tomó el desvío hacia Atxondo—. Mi padre se llama Juan. Mi abuelo se llamaba Juan. Por eso, en mi familia siempre se ha celebrado ese día con una buena cena.
—¿Una cena, entonces? —Alday elevó las cejas.
Miren asintió.
—Una buena cena.
Atravesaron el pueblo y penetraron en el valle en dirección al barrio de Axpe, donde estaba situado el domicilio de Guillermina Latasa.
—En 1987, Guillermina vivía en Alaquàs, un pueblecito cercano a Valencia —explicó Miren mientras trataba de buscar el acceso hacia el caserío de los Latasa—.
Abandonó Atxondo diez años antes, en 1977, para trabajar de camarera en un hotel de la capital valenciana.
Regresó en el año 2000, tras la muerte de su madre.
—Sigo sin entender por qué mintió sobre eso. Hubiera bastado con decirle a Ander que no se encontraba en el pueblo en la fecha en la que desapareció su madre.
—Salvo que con esa mentira tratara de proteger a alguien.
—Sí, pero ¿a quién?
—¿A sus padres, quizá? Piénsalo, atrae el foco sobre su persona para evitar que Ander investigue lo que pudieron hacer sus padres en el 87.
Aparcaron el coche en la cuneta de la carretera local.
A escasos cien metros a su izquierda, se alzaba un caserío de dos plantas de cuya chimenea salía una fina hilera de humo que serpenteaba hacia el cielo azul.
El caserío tradicional hubiera parecido mucho más imponente si no fuera porque a sus espaldas se alzaba la ladera rocosa del Astxiki, que lo empequeñecía.
Miren apagó el motor y bajó del coche. Esperó hasta que se apeó su compañero y entonces apuntó hacia la casa con el dedo índice.
—La respuesta está ahí dentro.
El sendero de gravilla de acceso al caserío crujía bajo las botas de los ertzainas.
El edificio tenía una doble entrada en un zaguán al que se accedía pasada una columna que lo dividía en dos.
A cada lado, un banco de madera brindaba reposo tanto para el morador como para el visitante.
Sendos eguzkilores colgaban de los marcos de ambas puertas.
—Ahuyentan los malos espíritus —dijo una voz a su espalda.