Capítulo 19
Aparcaron junto a la iglesia del Santo Nombre de María, en pleno corazón del barrio de Otxarkoaga.
Antes de bajarse del coche patrulla, Ander revisó por última vez la ficha policial de Josu Urbina, que sus compañeros de la comisaría le habían enviado al móvil mientras se dirigían a su destino.
El sujeto en cuestión era uno de los sospechosos habituales con los que Lázaro deambulaba por las oscuras noches bilbaínas.
Ander volvió a analizar la foto del informe. Luego apagó la pantalla.
—No puede estar muy lejos. Mira ahí enfrente.
Al otro lado de la carretera, unos chicos se arremolinaban en torno a un banco.
Chicos que pasaban las horas alrededor de los móviles, comentando la vida que florecía, como un ser con entidad propia, en los límites de ese dispositivo de seis pulgadas.
A los policías les pareció un terreno bien abonado para que un camello como Urbina repartiera su mercancía.
Avanzaron con decisión hacia el grupo. Uno a uno, los chavales fueron girando la cabeza, alertados por la presencia de los inspectores que se aproximaban a paso ligero.
Entonces Ander lo vio: un joven enjuto, vestido con una sudadera negra, echó a correr. El muchacho esprintaba hacia la bocacalle más cercana.
—¡Josu Urbina, detente!
La advertencia de Ander surtió el efecto contrario. Josu aceleró la marcha, estirando cada vez más la zancada.
—¡Maldita sea!
Ander apretó los dientes y se lanzó tras él.
Notaba la presencia de Gardeazabal a su lado, pero, en esos momentos, lo único que le preocupaba era saber cómo respondería su maltrecha pierna.
Después del accidente de Gautegiz-Arteaga —que marcó el trágico final del lendakari—, la pierna de Ander sufrió varias intervenciones de las que creía haberse recuperado por completo.
Al menos eso era lo que él pensaba. Esta persecución iba a poner esa convicción a prueba.
La calle empezaba con un falso llano, pero, progresivamente, la pendiente iba inclinándose hacia arriba sin piedad.
Pronto vieron que el chaval no estaba en plena forma.
Urbina redujo el ritmo en las primeras estribaciones de la cuesta mientras giraba la cabeza con desesperación, tratando de medir la distancia, cada vez menor, que le separaba de sus perseguidores.
Se rindió. Se detuvo a mitad del repecho y apoyó la espalda en un coche, jadeando, consciente de que no tenía escapatoria.
—¿Se puede saber por qué coño has salido corriendo, chaval? —recriminó Gardeazabal cuando llegó a su lado, agarrándole del brazo con fuerza.
Josu se retorció de dolor.
—Suéltale, Garde —intervino Ander lanzándole una mirada a su compañero.
Se situó frente al chico y esperó hasta recuperar el aliento. La pierna se había portado como una campeona. Arrugó la nariz.
—¿Qué tufo es este?
Gardeazabal husmeó a su alrededor como si se tratara de un perro sabueso. Levantó las cejas y asintió con un gesto de reconocimiento.
Josu los miró con cara de no entender nada.
—¿Cómo dice?
—¡Ya lo tengo! Es el gel Dulce María —dijo pasándole a Josu el brazo por el hombro. Luego frunció los labios en un gesto de afectada reflexión—. ¿O será el champú Cannabis Salvaje?
El chaval se zafó del abrazo del policía. Se le veía nervioso, incapaz de mantener los pies quietos y mirando constantemente alrededor, como si buscase una salida.
—No sé de qué me habla. Yo me largo.
Se dio la vuelta y se dispuso a bajar la cuesta. La mano férrea de Gardeazabal se lo impidió. Se le cerró en el antebrazo como un cepo de caza.
—Pero ¿qué hace? Estamos en un país libre.
Gardeazabal se le aproximó aún más hasta echarle el aliento a la cara.
—¿En serio, pimpollo? ¿Se puede saber quién te ha dicho esa chorrada?
Le retorció el brazo y le puso las esposas sin contemplaciones. Josu abrió los ojos atónito, incapaz de procesar la escena.
—Espere… ¿No pretenderá llevarme así por el medio de la plaza?
—Eso es exactamente lo que voy a hacer —contestó Gardeazabal.
Tiró de él y comenzaron a bajar la cuesta.
Una multitud de vecinos seguía la escena desde las ventanas.
La persecución se había convertido en un divertimento más, y algunos se acomodaban en los alféizares, disfrutando claramente del espectáculo.
«Joder, tan solo les faltan las palomitas», pensó Ander mientras lanzaba a su paso miradas inquisitivas a derecha e izquierda.
De pronto Josu se paró en seco y se encaró a Gardeazabal.
—Está bien —susurró—, pero no aquí. —Señaló con la cabeza hacia los bloques circundantes—. No así —concluyó haciendo sonar las esposas.
Gardeazabal consultó con la mirada a Ander y este asintió.
Cuando le quitaron las esposas, Josu se frotó las muñecas con gesto de dolor.
—Me las ha apretado mucho —se quejó.
Gardeazabal se encogió de hombros.
—No exageres, chaval. No han sido más que un par de minutos.
—¿Dónde quieres que hablemos? —preguntó Ander.
No podían seguir perdiendo el tiempo. Necesitaban algún hilo del que tirar para dar cuanto antes con el paradero de Lázaro.
Josu alzó la vista hacia las ventanas y torció los labios en un gesto de desagrado.
—Por aquí.
El muchacho los llevó por varias calles poco concurridas hasta llegar a un sucio callejón sin salida. «Un lugar perfecto para llevar a cabo una emboscada o un ajuste de cuentas», pensó Ander inquieto.
—¿Qué es lo que quieren de mí? —Josu tomó asiento en una pila de neumáticos gastados. Abrió los brazos, como queriendo demostrar que estaba dispuesto a colaborar.
—Lázaro Garrido —dijo Ander.
—¿Qué pasa con él?
—Está en búsqueda y captura —apuntó Gardeazabal.
Un gesto de extrañeza cruzó el rostro de Josu.
—¿Lázaro? ¿Qué es lo que ha hecho?
—Está involucrado en el asesinato de una persona.
—Ander no apartaba los ojos de él. Escaneaba cada gesto del chico en busca de cualquier indicio que pudiera indicarles que mentía.
Para él el lenguaje corporal era como un salmo que podía desentrañar sin esfuerzo.
Años de práctica habían obrado el milagro. Por ahora, Josu parecía sincero.
El chico soltó el aire con fuerza y dibujó un semblante de incredulidad mientras negaba vehementemente con la cabeza.
—Eso es imposible —murmuró. Su mirada pasó de Gardeazabal a Ander. Al ver que ninguno de los dos abandonaba su rictus serio tragó saliva. Una sombra de preocupación tomó forma en su cara, cual nubarrón preñado de granizo—. Es mentira, ¿no?
—Me temo que no. —Los ojos verdes de Ander perforaron los del chaval—. Necesitamos saber dónde iría Lázaro si quisiera esconderse. Los lugares en los que se siente seguro. Su ratonera. ¿Ves qué poco te pedimos? —concluyó endureciendo la mirada.
Un sonido rompió la tensión del momento; un balón bajó botando por el callejón hasta detenerse a los pies de Gardeazabal.
El inspector miró por encima del hombro y vio en la entrada de la calleja a dos niños vestidos con la camiseta del Athletic de Bilbao, que los observaban con curiosidad.
Gardeazabal giró la cadera y devolvió el balón con pase largo.
Los chavales lo recogieron y desaparecieron sin dar las gracias.
—Qué niños tan majos. —Gardeazabal puso los ojos en blanco.
—Tiene que haber un sitio así, todos los camellos lo tenéis —insistió Ander—. Dame un nombre o una dirección y te dejaremos marchar.
Josu alzó la barbilla, desafiante.
—¿Y qué pasa si no se lo doy?
Ander echó mano a su cadera y situó su juego de esposas frente a las narices del chico.
—Está bien. No hace falta ponerse tan desagradable. —Josu adoptó una postura más recogida—. Les diré todo lo que sé, que tampoco es mucho.
—Habla —espetó Ander.
Josu humedeció los labios con la lengua y se frotó las rodillas.
—Hace semanas que Lázaro dejó el trapicheo. Se ha vuelto legal. Me dijeron que incluso tiene un trabajo. Por eso no me creo lo que me cuentan de que esté implicado en un asesinato.
—Será que no lo conoces tan bien como te creías, chico listo —soltó Gardeazabal dándole una colleja—. Continúa y deja que seamos nosotros los que saquemos las conclusiones.
—Joder, ¿quiere parar ya? ¿No ve que estoy colaborando? —Gardeazabal sonrió con malicia y emitió un gruñido afirmativo por respuesta—. Lo único que les puedo decir es que Lázaro solía ir a una pensión en San Francisco cuando su vieja le pillaba trapicheando y lo ponía de patitas en la calle.
Ander contuvo la respiración. Parecía que habían tocado hueso.
—¿El nombre de la pensión?
Josu se rio con ganas esta vez.
—Es una pensión sin nombre, porque todo aquello que no tiene nombre tampoco existe. —Les guiñó un ojo—. Ni siquiera sé en qué calle está. Lo único que me contó es que lo regenta una anciana. La Vieja, la llamaba.
—¿La Vieja? —preguntó Gardeazabal—. ¿Sabes si era extranjera?
Josu negó con la cabeza.
—¿Cómo quiere que sepa eso? La Vieja, eso es lo único que les puedo contar. Eso y que está en San Francisco.
Ander guardó silencio durante unos segundos mientras analizaba la reacción del chico. Finalmente, asintió con lentitud y sacó una de sus tarjetas de visita de la cartera.
—De acuerdo, por ahora es suficiente. De todos modos, toma mi número de teléfono por si recuerdas algo más…
o por si Lázaro se pone en contacto contigo.
—Le extendió la tarjeta, que Josu tomó como si llevara impregnado algún nuevo tipo de virus letal—.
Ten en cuenta que cualquier atisbo de colaboración con un asesino es un delito.
Así que ya sabes: si te llama, me contactas.
A cualquier hora del día, ¿entendido? —Ander acompañó la advertencia con el gesto de la mano junto a la oreja, simulando un teléfono móvil.
Josu asintió y se hundió un poco más en el asiento de neumáticos.
Los inspectores abandonaron la calle a grandes zancadas, dejándolo atrás con la tarjeta en la mano. Cuando los hubo perdido de vista, la partió en pedacitos minúsculos y los echó en el hueco de los neumáticos.
—Date por contactado, madero.