MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Alcanzaron el barrio de La Peña cuando el sol de junio asomaba en el cenit del cielo raso de Bilbao.

La salida atropellada de la comisaría no le había impedido a Ander encargar a un agente la escucha de los teléfonos intervenidos.

Como en toda investigación policial, el celo era un atributo ineludible si se quería conservar el control sobre el caso.

Bien sabía que en cualquier momento podía saltar la liebre desde el hoyo más inesperado.

—¿Estás seguro de que esta es la dirección correcta? —Gardeazabal miraba con extrañeza el inmueble junto al que habían aparcado el coche patrulla.

—Es la que consta en la base de datos; la casa de los padres de Lázaro. El chico vive con ellos.

El corpulento policía emitió un gruñido al tiempo que se acercaba a la casa.

—Es muy vieja. —Ander adivinó el pensamiento de su compañero, no hacía falta ser un genio de la arquitectura para caer en la cuenta de que el riesgo de derrumbe era una posibilidad.

La vivienda que se alzaba delante de ellos parecía una réplica vulgar de la Casa Usher.

Dos plantas de paredes desconchadas salpicadas con un número escaso de ventanas que observaban a los policías como los ojos inertes de una muñeca de porcelana.

Un solar descuidado repleto de basura y deshechos se extendía colina abajo.

En el otro extremo, la propiedad lindaba con el propio monte, en cuya ladera rocosa parecía apoyarse.

—Voy por detrás, por si el chaval intenta escapar.

Gardeazabal rodeó el edificio sin aguardar a la confirmación de su jefe. En los trabajos de campo, ambos inspectores funcionaban como un reloj suizo perfectamente engrasado.

Ander buscó el timbre del piso de Lázaro. Al cabo de unos segundos una voz grave, con evidentes signos de fatiga, le contestó.

—¿Diga?

—Policía. Ábrame, por favor.

Tras un momento de vacilación, la puerta se abrió.

Lo que Ander se encontró en el umbral de la vivienda al subir las escaleras superaba toda expectativa. Un anciano de pequeña estatura y figura encorvada le esperaba con una expresión de azoramiento marcada en el rostro. El hombre se ayudaba de un bastón de madera rematado en goma.

—¿Y tú quién eres?

—Me llamo Ander Crespo, señor. Soy inspector de la Ertzaintza. ¿Hay alguien más en casa con usted?

El policía miró detrás del hombre. Al otro lado no había más que oscuridad y un reflejo discontinuo de luz que identificó como los fogonazos de la televisión.

—La Puri ha salido a hacer unos recados. —Las palabras salían silbantes entre la multitud de espacios vacíos de su dentadura—. ¿Quieres tomar un vino? Por cierto, me llamo Gregorio.

El brillo en sus ojos le indicaron que ese placer, el de beber vino, era un acto que la Puri le tenía vedado.

—Claro, ¿por qué no? —contestó Ander con una sonrisa. El policía siguió los pasos del anciano a través de la oscuridad.

Una luz vibrante le dio la bienvenida a la cocina cuando el viejo activó el interruptor.

—La Puri guarda la botella de vino detrás de las latas de tomate. —El hombre se agachó con cautela y abrió un armario bajo. Luego estiró el brazo y extrajo una botella de vino a medio beber del interior del mueble—. La usa para los cocidos. La pobrecita no se entera de las sisas que le hago.

Ander tomó asiento. Aguardó a que Gregorio cogiera los vasos. Aprovechó la pausa para enviarle un mensaje a Gardeazabal para que se uniese a él cuanto antes.

—¿Tiene usted un nieto que se llama Lázaro?

—Sí. Es mi único nieto.

—¿Dónde está?

El anciano le miró con gesto aprensivo. Unas lágrimas incipientes tomaron forma en sus ojos. Con una mano trémula señaló hacia una de las paredes de la estancia.

—Se lo ha llevado el fantasma de la mina. Ha sido Expósito, el minero loco.

El policía desplegó sobre la mesa su bloc de notas.

—¿Quién es Expósito?

Gregorio se apoyó en la mesa y le hizo gestos para que bajara la voz.

—No lo miente en vano. Es peligroso. —Miró a izquierda y derecha presa del miedo que parecía haberse instalado en él. Luego continuó su relato—. Es el fantasma de la mina Malaespera.

—¿Una mina?

—Una mina, sí. Este barrio está asentado sobre varias vetas de mineral.

—Dio un trago largo a su vaso de vino—. Durante años las han explotado.

Primero de forma salvaje, desordenada, como un sálvese quien pueda, y, luego, de un modo organizado.

Lo sé de buena tinta porque, en mi familia, tres generaciones nos hemos dedicado a ello.

Pasamos más de la mitad de nuestras vidas en las profundidades.

—No lo sabía.

—Claro que no lo sabías, chaval. —Gregorio posó el vaso vacío sobre la mesa—.

Porque a los de vuestra generación el pasado os da igual, ¿no es así?

Es cosa de viejos, decís. Pero no os dais cuenta de que las calles que pisáis ahora se construyeron sobre los huesos de vuestros ancestros.

Gracias al sudor de su frente y a la sangre derramada por ellos, podéis hoy ser dueños de vuestro futuro.

El inspector hizo caso omiso a la alusión a la irresponsabilidad de su generación y apuntó las referencias útiles en la hoja. Alzó la vista y conectó con la mirada del anciano. Se le notaba agitado. Ander supuso que el recuerdo del pasado le había alterado.

—De acuerdo, Gregorio. Pero ¿qué tiene que ver todo este episodio del fantasma con su nieto?

El hombre suspiró y entornó los ojos, como si la respuesta a esa pregunta fuera evidente.

—Hace unos días se me apareció el fantasma de Expósito en plena noche. Le vi con total claridad. Como te veo ahora a ti. Se me quedó mirando, inmóvil, cubierto de la cabeza a los pies del polvo de la mina. No abrió la boca, porque nada tiene que decir quien infringe la ley de la mina.

—¿La ley de la mina?

—Sí. Un minero siempre ha de respetarla.

—¿Qué dice esa ley?

—Vigila dónde pisas y guarda las espaldas de tus compañeros.

Es sencilla, pero Expósito fue avaricioso y entró en la galería que no debía porque pensaba que allí encontraría una veta de hierro más pura.

Pero solo encontró su muerte y la de aquellos mineros a los que había arrastrado siguiendo su fiebre del oro.

El techo de la galería cedió. Media montaña se les vino encima.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Hace muchísimos años. Yo aún no había nacido, para que te hagas una idea. Desde entonces su aparición es señal de mal fario entre los que hemos sido mineros o nuestros familiares, significa que alguno de los nuestros ha muerto o está a punto de hacerlo.

—¿Y les ha sucedido alguna desgracia desde entonces?

—¡Por supuesto! Creía que habías venido por eso.

—No entiendo. —Ander frunció el ceño sin terminar de comprender lo que el viejo le quería transmitir.

—Lázaro desapareció hace dos días. No sabemos nada de él.

Un alboroto proveniente del pasillo hizo que los dos girasen la cabeza hacia la puerta. La imponente presencia de Gardeazabal precedió a la figura apocada de una mujer cargada de bolsas. Ander supuso que se trataría de Puri, la hija de Gregorio.

—Ya le he dicho que no tengo ni idea de dónde puede estar. —El rostro de la pequeña mujer estaba enrojecido por el enfado.

—Entonces ¿por qué no lo han denunciado? —se quejó Gardeazabal.

—Porque no es la primera vez que lo hace.

—¿El qué? ¿Desaparecer?

—Sí. A veces se pasa días fuera. No sé dónde, porque nunca me lo dice.

Ander se levantó de la silla y se acercó a la mujer.

—Lázaro tampoco ha acudido a trabajar desde hace más de dos semanas. ¿Qué está pasando aquí?

Puri dejó caer las bolsas al suelo y se cubrió el rostro con las manos. El llanto amortiguado sacudió su cuerpo como un terremoto. Cuando se repuso, se secó las lágrimas con el brazo y le sostuvo la mirada al inspector jefe.

—Mi hijo es un buen muchacho. La culpa es de ese maldito camello.

Él le arrastró a su mundo y a mi pobre niño le está costando Dios y ayuda salir de allí.

—Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz antes de continuar—.

He intentado criarle de la mejor manera posible.

Pero él no colabora, el mundo turbio de la calle le atrae como un imán.

Sé que en ocasiones vende drogas con su amigo.

Las veces que lo he descubierto le he echado de casa.

En esta ocasión no descubrí nada, pero él se fue de todos modos.

Ander posó sus manos sobre los hombros de la mujer. Se agachó para situarse a su altura.

—¿Cómo se llama ese camello con el que trapichea?

—Josu Urbina. Ese es el nombre del malnacido. Encuéntrenle y sabrán dónde está mi hijo.