MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

La calle lo recibió como si no hubiera notado su ausencia.

Las conversaciones de los viandantes flotaban en las aceras, fusionándose con el rumor de los automóviles, que circulaban al ritmo característico de una vía de Bilbao, tan lento como una tortuga reumática.

Ander caminaba con la cabeza gacha tratando de asimilar lo vivido en la consulta de Julia Romero. A su lado Amaia le miraba preocupada.

—¿De verdad que no te ocurre nada? ¿Qué te ha hecho esa harpía?

—Nada, hija. Te lo he dicho, me ha ayudado muchísimo.

—¡Madre mía! Ahora resulta que la señora va a ser santa Teresa de Calcuta.

Ander se encogió de hombros. Era absurdo razonar con su hija porque su instinto de protección la bloqueaba.

No toleraba que le pudieran hacer daño a su padre.

No después de todo lo que había sufrido los últimos años.

Resultaba paradójico el cambio de tornas: la hija que cuidaba de su padre cuando en realidad tendría que ocurrir lo contrario. El policía sonrió.

—Encima te ríes, esto es de locos. —La joven se resignó—. Bueno, al menos dime qué es lo que pasó dentro de esa sala de torturas.

—Lo sabes, laztana . Fue una sesión de hipnosis terapéutica. Julia me ayudó a rebuscar en mi subconsciente. Necesitaba encontrar aquello que me impedía dormir, pensar con claridad y centrarme en la tarea para poder llevar a cabo mi trabajo del modo que siempre lo he hecho.

—¿Y dices que funcionó? —Su hija le miró de soslayo, mostrando su desconfianza.

—Funcionó. —Ander le pasó el brazo por el hombro y la atrajo hacia él. Le dio un beso en la mejilla y le removió el pelo del modo que le gustaba hacer cuando la quería hacer rabiar—. Tenías que haberte quedado con Oier, sé cuidar de mí mismo.

—Mira, aita . Oier ya sabe con quién está saliendo. Lo toma o lo deja. Yo tengo mis prioridades. Ama y tú estáis en lo alto de la pirámide. Me atrevería a decir que tú más que ama , porque ella tiene a Peru, y tú estás solo.

El policía soltó una carcajada.

—Pobre chaval, algún día comprenderá dónde se ha metido.

Abrazados se dirigieron al coche entre risas.

Ander llevó a su hija a casa. De camino a comisaría hizo balance de la sesión de hipnosis.

Su mente tenía mucho que procesar. La aparición onírica de Arregui le había causado una impresión muy profunda.

Notaba un pesar tremendo por la pérdida de su compañero.

Se sentía responsable de lo que les pudiera suceder a los miembros de su equipo.

Como líder tenía la obligación de guiar al Grupo 4 de Homicidios y predicar con el ejemplo.

Sin embargo, tenía la convicción de que, en el caso de Arregui, había fallado en su cometido, que se había acomodado por el pudor de interferir en los problemas personales del sociólogo.

En su día le resultó más cómodo pensar que lo que le sucedía a Arregui era un asunto de salud mental y no una consecuencia directa de su gran labor como agente del orden.

La regresión hipnótica le había mostrado en boca de su excompañero lo que su subconsciente llevaba meses tratando de decirle: la caza no había finalizado.

Los crímenes del solsticio no habían sido hechos aislados.

Cuando cerraron el caso de Astrid Nilsson las muertes no se detuvieron.

Gálvez cayó, pero los asesinatos continuaron en otro lugar, con otros testigos.

Y ese era el quid de la cuestión. Que la muerte de Akerbeltz, verdugo auténtico de esas pobres chicas, no suponía el final del caso.

Las fotos borrosas del mural del sueño le indicaban que, en el fondo, Ander estaba convencido de que hubo gente implicada directa o indirectamente en los rituales que había logrado evitar el foco.

«Tarde o temprano os encontraré. Quizá no hoy ni dentro de un mes. Pero, al final, caeré sobre vosotros», el inspector se hizo esa promesa. El alivio que le recorrió el cuerpo en ese momento fue la constatación de que la labor sanadora de Julia había dado sus frutos.

Aparcó el coche en el garaje de la comisaría y se dirigió hacia la sala de investigaciones, donde le aguardaba Gardeazabal.

El veterano inspector tenía puestas las gafas de cerca que únicamente utilizaba en la oficina.

Miraba con expresión concentrada la pantalla del ordenador y pareció no percatarse de la llegada de su jefe.

—¿Alguna novedad? —lanzó Ander tras dejar la chaqueta en su silla.

Su compañero le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio. Al acercarse más a él descubrió el motivo de su concentración: tenía unos auriculares inalámbricos puestos. Se situó detrás de él para ver qué era lo que absorbía la atención de Gardeazabal de ese modo.

—¿Una llamada? ¿De quién?

—Susana Vélez. —Gardeazabal le indicó un número en la pantalla correspondiente al teléfono intervenido. Ander lo reconoció como el de la viuda.

—¿Con quién habla?

—Con su madre.

—¿Hemos comprobado ese extremo?

El veterano inspector asintió. Luego le indicó un nombre en la lista que tenía sobre la mesa.

Ander reconoció el listado al instante: eran los contactos más frecuentes que habían hallado en el historial de Susana.

También comprobó que el teléfono destinatario de la llamada correspondía al de la madre. La agenda de la viuda no mentía.

—Ha colgado. —Gardeazabal se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa—. Llama todos los días a su madre para contarle cómo está.

—Y ¿cómo está?

—Muy triste. Todas las llamadas terminan del mismo modo; madre e hija llorando y maldiciendo su mala suerte.

—¿Te las crees?

—Sí, Ander. Llámame blando. No sé, tal vez la edad esté haciendo que pierda el olfato de policía y que no sepa diferenciar entre una mentira trabajada y una verdad simple. Pero creo que Susana está realmente apenada por la muerte de su marido. En esto, al menos, parece que no nos miente.

—Entonces ¿has cambiado de opinión en el tema de las estadísticas?

—Para nada, sigo opinando lo mismo. Solo digo que, en esta ocasión, la mujer parece sincera.

Ander asintió. Cogió las notas de su compañero y ojeó el resto de las llamadas.

—¿Qué hay de estas?

—Trabajo, amigas, negocios… —Gardeazabal estiró el brazo y le pasó un grupo de folios grapados—. Aquí están las transcripciones.

El inspector jefe tomó asiento en su silla y dedicó unos minutos a la lectura de los documentos.

Luego encendió el ordenador y comenzó a redactar las últimas novedades del caso que, en resumen, consistían en las revelaciones expuestas por Javier Gamboa en el informe definitivo de la autopsia.

Cuando hubo completado la tarea consultó la hora en el reloj de pared de la sala.

—¿No tenía que haber llegado ya Hidalgo?

—Hace un cuarto de hora —confirmó su compañero, que seguía enfrascado en su tarea de monitorizar el movimiento de los teléfonos móviles intervenidos por orden judicial.

José Hidalgo, el jefe de la Policía Científica de la comisaría de Erandio, había asumido personalmente el análisis y procesado de todos los indicios encontrados en el piso de César Contreras.

Le unía una relación de amistad con Ander que se había ido afianzando con el paso de los años hasta alcanzar el grado de confianza absoluto del que gozaban en la actualidad.

El inspector jefe del Grupo 4 de Homicidios le debía muchos favores personales a ese hombre.

—¿Crees que su informe nos aclarará algo?

Ander se masajeó las sienes, comenzaba a sentir el peso de la carga emocional de la consulta con Julia. Estaba cansado física y mentalmente.

—Eso espero, Garde. Porque en estos momentos vamos dando palos de ciego.

Podríamos señalar a Susana Vélez como culpable, pero la mujer tiene coartada para la hora del crimen y la benzodiacepina que encontró Gamboa en el cuerpo del operario podría habérsela administrado cualquiera, incluso el propio fallecido la podría haber ingerido.

—¿Y el sobrino?

—¿Evaristo? Para saber el alcance de su implicación necesitamos encontrarle primero.

—Recuerda que hallamos su cartera en el trastero de la víctima.

—Sí, pero cualquiera la podría haber dejado allí. Tenemos que dar con el chaval.

Tres golpes secos al otro lado de la puerta interrumpieron su conversación. Hidalgo irrumpió en la sala mientras apuraba una manzana. Se acercó hasta el escritorio de Ander, se pasó por encima de la cabeza el bolso que llevaba en bandolera y lo apoyó pesadamente sobre la mesa.

—¡Por fin he llegado! —logró decir cuando hubo masticado los últimos restos de la fruta—. Se me ha ocurrido venir por el camino de la ría y me he encontrado de morros con un camión cruzado. Nos han tenido parados una hora.

—Esa carretera es una ratonera. —Ander acudió al encuentro de su compañero y le estrechó la mano de modo efusivo—. Pero aquí estás. Dime que traes buenas noticias para nuestro caso.

—El objeto que me entregaste solo tiene huellas de César. Es muy peculiar, parece antiguo. Pero, aparte de eso, no nos muestra ningún otro dato relevante. —Dejó sobre la mesa el cilindro de piedra con las inscripciones raras que Susana Vélez les había entregado la última vez que la visitaron.

—¿Antiguo? En ese caso conozco a la persona perfecta para asesorarnos. —Le dirigió una mirada de entendimiento a Gardeazabal. Este asintió y se aclaró la garganta antes de hablar.

—Por lo visto era el amuleto de César.

—Pues mucha suerte no le ha dado, que se diga —sentenció Hidalgo.

—¿Qué hay del análisis de los tejidos, restos de ADN y huellas? —Ander se apoyó en la mesa junto al policía de la científica, que en ese momento se afanaba con un informe anillado que mostraba numerosas fotos, gráficas y anotaciones. Era el fruto del trabajo minucioso de Hidalgo.

—Nada relevante en cuanto a tejidos. El ADN hallado en la escena del crimen, por su parte, corresponde al matrimonio Vélez. Algo normal si tenemos en cuenta que el lugar del que se obtuvo era el salón de su domicilio.

—Pruebas circunstanciales.

—Así es, Crespo. Pero no todo son malas noticias.

—Extrajo una carpeta marrón del bolso y se la pasó al inspector jefe—.

Hemos encontrado multitud de huellas en el salón, puertas y ventanas.

No todas correspondían a Susana o César.

Había un juego de huellas completo en la mesa baja, junto al cadáver.

Como si se hubiera apoyado toda la mano en un momento de descuido o de miedo.

—¿Y corresponde a este chico? —Ander mostró una foto aumentada de un joven que sonreía a la cámara con insolencia.

—Sí. Se llama Lázaro Garrido.

—¿Lázaro? ¿No se llamaba así el otro joven que acompañó a César y a Evaristo en la obra de reparación de Miribilla?

—Sí, Garde. Es verdad.

Ander revisaba las notas de su libreta. Frunció el ceño. La ecuación volvía a complicarse con la aparición de esa nueva variable.

Hidalgo carraspeó ligeramente y continuó con su exposición:

—Será vuestra tarea determinarlo, pero a mí me parece que este chico es un criminal en potencia. Por ahora se había conformado con el menudeo y la delincuencia de baja intensidad. Pero pienso que ha traspasado la línea roja; ha entrado por la puerta grande en la fraternidad de los asesinos.

Ander se frotó la frente con las yemas de los dedos.

—¿Por qué habría de dar ese salto? Por lo que veo —señaló la carpeta desplegada delante de él—, llevaba un tiempo trabajando en la empresa de mantenimiento. Todo indicaba que había dejado atrás su pasado de maleante.

—Bueno, jefe, ya sabes lo que dicen de la cabra y el monte.

Ander negó con la cabeza ante la implicación de las palabras de Gardeazabal. Él creía firmemente en la reinserción y en las oportunidades que la vida brinda para redimirse de pecados pasados.

—¿Os parece una coincidencia que las tres personas implicadas trabajen en la misma empresa?

—¿Llamo a nuestra querida amiga de Ríos S. L.? Ella nos podrá confirmar que trabajaban juntos.

—Hazlo —apremió el inspector jefe.

Gardeazabal cogió el teléfono móvil y salió de la sala.

—¿Crees que es vuestro hombre, Crespo?

—No lo sé. Por el momento no veo más que una imagen vaga del caso.

Un muerto que no sabemos si ha fallecido por causas naturales o si ha sido asesinado.

Un sobrino que desaparece de la faz de la tierra, pero que aparece para acabar con la vida de su tío y saquear su trastero.

Y un joven con antecedentes que decidió hacer descarrilar su vida cuando parecía que la vida le había dado una segunda oportunidad.

Demasiadas dudas y ninguna certeza, amigo mío.

—El pan nuestro de cada día.

Ander sonrió.

—Sí. Por desgracia es lo único que sé hacer bien, porque te juro que hay veces que lo mandaría todo al infierno.

Esta vez fue el policía de la científica quien sonrió. Le dio una palmada en la espalda.

—El gran Ander Crespo mostrándose humano. —Recogió el bolso de la mesa y se lo puso en bandolera.

En ese momento entró Gardeazabal por la puerta con el semblante serio.

—¿Y bien? —preguntó Ander.

—César, Evaristo y Lázaro fueron los tres operarios que atendieron la reparación de la estación de Miribilla. La madre de Evaristo decía la verdad.

—En ese caso, está claro que tenemos que hablar con Lázaro.

Gardeazabal negó con la cabeza.

—Me temo que no es tan fácil, lleva desaparecido desde el mismo día en que lo hicieron los otros dos miembros de la cuadrilla.

Ander cogió la chaqueta y se la echó al hombro.

—Pasemos por su domicilio. Tanta desaparición está empezando a inquietarme —dijo sin poder quitarse de la cabeza la desaparición de su hermana.

Los dos inspectores se despidieron de Hidalgo y abandonaron la comisaría a la carrera. Ander apretó la mandíbula, conocedor de que la resolución del caso podría estar más cerca que nunca.

Lázaro Garrido era la clave.