MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Ander y Amaia avanzaban a paso ligero por la calle Rodríguez Arias en dirección a la consulta de Julia Romero.

El policía se empeñaba en vano en sacar a colación temas de conversación que pudieran mitigar el enfado indisimulado de su hija, que no había abierto la boca en todo el trayecto.

Agarraba con fuerza su bolso de piel negro; los labios fruncidos exteriorizaban su enojo.

La figura estilizada y el porte elegante le conferían el aura de una dama distinguida de la Edad Media.

—¿Vas a pasarte de morros todo el día?

La joven frenó en seco y se giró hacia su padre provocando el movimiento rotatorio de los pliegues de su vestido negro largo.

—¿Y te extraña? —Sus ojos refulgían de rabia. Ander sintió una punzada de culpa al observar el modo en el que su hija trataba de tragarse las ganas de llorar—. Me prometiste que no te volverías a acercar a esa mujer. Aita , es muy peligrosa. Recuerda lo que hizo con esas chicas.

—No fue ella, Amaia. —El inspector bajó la voz al comprobar que habían llamado la atención de varios viandantes que los miraban con desconfianza.

—Quizá no fue la autora material. Pero sabes mejor que nadie que ella fue el cerebro detrás de esos crímenes. —La joven se estiró el vestido, tomó aire y continuó el camino junto a su padre.

—La sospecha sin pruebas no nos lleva más que a la desolación y a la rabia.

—Pero ¿qué sucede cuando esa sospecha es lo único que tenemos, aita ? Vuestras investigaciones no lograron implicarla en los crímenes de ninguna forma.

—Quizá eso sea la mejor prueba de que Julia está limpia, de que, en realidad, no tuvo nada que ver con los hechos.

—¿Me vas a decir que una pobre chica como Olga Revuelta lo planificó todo?

Ander se encogió de hombros.

—Y no me cuentes lo de la confesión, que no cuela. Quizá el testimonio de Julia de mujer doliente, amante de su hija y de su protegida sirviera para camelar al juez, pero a mí me sonó a pura farsa.

Ander tomó aire. Supo en su día que no había sido buena idea dejar que su hija asistiera al juicio en el que se juzgaba a Olga por los hechos delictivos cometidos en el caso de las youtubers suicidas; sin embargo, Amaia fue tan insistente que cualquier cosa que no hubiera supuesto darle la razón se habría transformado en una salva de reproches hacia su padre que habría acabado con sus nervios maltrechos.

Al final no tuvo más remedio que acceder y, en ese preciso instante, se arrepentía más que nunca de su decisión.

—Mira, hija, ya eres mayorcita para sacar tus propias conclusiones.

Me parece genial tu determinación y esa obsesión tuya por insistir en tu verdad.

Supongo que, en cierta medida, lo has heredado de mí.

—Llegaron al portal. Ander sostuvo el dedo índice a escasos centímetros del llamador—. Solo te pido una cosa.

—¿El qué?

—Compórtate, no me hagas quedar en evidencia delante de Julia. Necesito su ayuda y también tu apoyo —dijo intensificando su mirada—. ¿Lo tengo?

Amaia asintió con lentitud. Luego se inclinó sobre su padre y le dio un beso en la mejilla.

—Siempre lo tendrás, aita .

Una fuerte fragancia a incienso los recibió al entrar a la consulta. La intensidad de la luz había sido modulada para favorecer un clima de sosiego y armonía.

—Amaia, qué sorpresa verte. —Julia Romero avanzó hacia la joven con una amplia sonrisa y los brazos abiertos. Ander tragó saliva, temeroso de la reacción de su hija—. Mírate, estás guapísima.

La joven acudió a su encuentro y le dio un sentido abrazo.

—Mi padre me dijo que iba a acudir a tu consulta y yo no he querido dejar la oportunidad de venir a saludarte. Eres una inspiración para todas las mujeres que aspiramos a lograr nuestros sueños.

A pesar de que la voz de su hija no lo transmitía, Ander captó al instante el tono irónico en sus palabras. «No vas a permitir que Julia te controle. Cámbiale el paso, que no sea ella quien lleve la iniciativa». El inspector sintió una punzada de orgullo; la había educado bien.

—¿Quieres presenciar la sesión de tu padre? Puedes sentarte en una esquina del gabinete.

—No hace falta. No quiero interferir en la terapia, le esperaré en la sala de espera.

—Como quieras. Puedo ofrecerte té, café o refrescos, si lo deseas.

—Estoy bien así, Julia. Muchas gracias.

—No hay de qué, querida. —La psicóloga la cogió de la mano en un gesto maternal. Luego se giró hacia Ander—. ¿Pasamos a la consulta?

—Por supuesto.

La estancia era la sala adyacente al despacho de Julia, aquella en la que, meses antes, habían permanecido agazapados Miren Zarandona y Mikel Alday mientras grababan la confesión de Olga Revuelta.

El espacio estaba dispuesto tal cual lo recordaba el policía.

Sobre una consola alargada prendían tres varillas de incienso enganchadas a sendas bases de madera.

Las hileras de humo que desprendían serpenteaban hasta el techo impregnando el ambiente de bienestar y tranquilidad.

En el centro de la consulta estaban dispuestos un diván de cuero negro y una butaca a juego, junto al reposacabezas.

Ander se acomodó y cerró los ojos. El corazón le latía a toda velocidad. Necesitaba respirar en profundidad y bajar las pulsaciones. El frufrú de la falda de Julia le indicó que la psicóloga había tomado asiento y que se disponía a iniciar la sesión de hipnosis terapéutica.

—Bien, Ander. Estamos aquí porque tú lo has querido así. Una espina ha entrado en tu corazón y no sabes dónde está. Nuestro único objetivo de hoy será buscar dónde se te ha clavado esa punta de madera, ese resto de culpa enquistada que permanece oculto en ti.

Las últimas palabras de Julia quedaron suspendidas en el aire. Inmerso en ese oasis de silencio, Ander comenzaba a tomar las riendas de sus emociones, notaba que la tensión abandonaba sus músculos y que la mente emprendía el camino que le llevaría a un espacio sin pensamientos disruptivos.

—Recorrerás las alamedas de la memoria, te adentrarás en los callejones olvidados en los que residen las vivencias que solo tú conoces, te sumergirás en las frías aguas de la pérdida, nadarás para llegar a tierra firme y te secarás con los rayos de sol de la felicidad que tu corazón alberga.

La voz acompasada y monocorde de Julia actuó como una canción de cuna a cuyo vaivén la conciencia se retiraba hacia un lado y permitía el abandono de la voluntad. Ander sintió que descendía en los niveles de percepción y que, de modo gradual, perdía contacto con el entorno físico. Abrazó el sueño.

—Tu instinto te guiará en el rastreo. Sigue sus mandatos, es tu perro fiel, aquel cuyo olfato no falla. Mira en tú interior, busca una prenda que pueda oler el animal y corre tras él.

Ander se vio en lo alto de un cerro. Junto a él se materializó un sabueso que lo miraba con ojos expectantes.

El animal movía la cola a izquierda y derecha sin parar, esperando a que su amo le indicara el siguiente paso.

Pero el inspector no sabía qué darle a oler.

No tenía ni la menor idea de lo que debía hacer ni dónde buscarlo.

Comenzaba a sudar de la angustia. Le costaba respirar. Se palpó la ropa en un acto reflejo.

Y allí estaba.

Enganchada en un pliegue del bolsillo del pantalón, la cápsula de semilla de eucalipto que encontraron en el cadáver de Arregui.

Aquella que resultó clave para desenmascarar a los Itzalak y sacar a la luz una trama de corrupción cuyas raíces bebían de los manantiales del poder.

Extendió la mano y la abrió mostrando el objeto sobre su palma.

El sabueso no perdió tiempo. Se acercó y lo olisqueó.

Luego giró sobre sus patas traseras e inició una carrera desenfrenada.

—No permitas que nada te detenga. Vuela. —La voz de Julia sonaba como un susurro lejano.

Corrió tras el animal con todas sus fuerzas, en un intento por no perderlo de vista.

Pero el sabueso avanzaba a una velocidad increíble para sus cortas patas; por momentos parecía que flotaba y era arrastrado hacia delante por una ráfaga de aire.

Descendieron el cerro y se adentraron en un bosque oscuro y extraño.

La espesa cobertura de los árboles impedía la entrada de la luz y pronto notó que ramas, raíces y arbustos obstaculizaban su carrera.

En más de una ocasión trastabilló, perdió el pie, se dio de bruces o recibió el impacto de un vástago cuya presencia había sido incapaz de percibir.

Una gran congoja le nació en su interior.

Se veía incapaz de seguir a su fiel rastreador.

Sin embargo, cada vez que creía haber perdido la esperanza, el ladrido del sabueso le indicaba el camino.

Al final, tras lo que a Ander le parecieron horas de trote ligero, salió a un claro en cuyo extremo se alzaba una casita de madera. Una hilera de humo ascendía de la chimenea de piedra. Sudoroso, el perro aguardaba junto a la puerta la llegada del policía.

Golpeó la madera para anunciar su presencia. La hoja cedió y quedó abierta de par en par. El calor que emanaba del interior de la vivienda le convidó a entrar. Se trataba de un espacio diáfano de pequeñas dimensiones en el que todo parecía estar amontonado.

Ander se quedó helado al observar que no estaba solo.

Una figura sentada a horcajadas en una silla dada la vuelta observaba el contenido de un extenso mural dispuesto en la pared que tenía enfrente.

El inspector se acercó hacia el hombre que le daba la espalda con pasos dubitativos.

«¿¡Hola!?», dijo con el objeto de anunciar su presencia.

Para su sorpresa la figura permaneció inmóvil.

Ander se echó la mano a la nariz al percibir un fuerte olor que le resultaba demasiado familiar: el olor de la descomposición. ¿Estaría el hombre muerto? Alargó el brazo y cuando estaba a punto de tocar la espalda del sujeto algo captó su atención. Las fotos del mural le resultaban familiares.

Entonces lo vio.

De izquierda a derecha, unidos por hebras de lana de diversos colores, se mostraban las fotos de las personas que habían estado implicadas en los crímenes del solsticio de invierno: Astrid Nilsson, Aleksander Jauregui, Carlos Bonaparte, Gálvez, Tomás Pueyo, el lendakari y el resto de los investigados estaban allí.

Sobre sus fotos una equis roja que los marcaba como eliminados.

Pero las hebras acusadoras seguían su implacable camino y los conectaban con otras instantáneas que no habían sido tachadas.

Ander aguzó la vista, pero le fue imposible discernir la identidad de los señalados; las imágenes estaban demasiado borrosas.

Un sonido desagradable emergió de la figura que tenía a su lado; le rechinaban los dientes.

El hombre giró el rostro hacia Ander y le observó a través de unos ojos velados por la muerte.

Su tez mostraba una tonalidad verdosa que no evitó que el inspector jefe le reconociera.

Era Arregui.

Su antiguo compañero se alzó y señaló con un dedo acusador a la pared mientras con los ojos muy abiertos atravesaba a Ander. Desde las profundidades de su garganta surgió un grito de angustia que heló la sangre del policía.

—¡¡¡No están todos!!!

El chillido actuó como detonante. Como si del mecanismo de una persiana se tratara, la conciencia de Ander retrocedió, recorrió marcha atrás el camino andado hasta alcanzar el cerro del que había partido su búsqueda.

Abrió los ojos de golpe y se aferró al tapizado del diván. El sudor le bañaba las sienes, la respiración agitada le impedía verbalizar el torbellino de ideas que sacudía su cabeza en ese momento.

Julia posó una cálida mano sobre su frente.

—Has regresado, Ander. No estás solo; nunca lo has estado. —Le acarició el cabello mientras aguardaba a que el hombre se recompusiera—. ¿Qué has visto?

Ander tomó asiento con lentitud, tenía el cuerpo anquilosado. Sentía miedo y dolor al mismo tiempo; sin embargo, había encontrado la respuesta que necesitaba. Por fin conocía cuál era el mal que lo corroía por dentro. Su vieja compañera: la culpa.

Tomó de las manos a la psicóloga y reprodujo las palabras de Arregui sin poder evitar que la voz se le quebrara por la emoción.

—No están todos.