MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Miren y Alday consumían los días rastreando el valle de Atxondo en busca de hechos o detalles en los que Ander no hubiera reparado en su investigación previa.

La agente adoraba el entorno. Cada vez que permitía que la vista vagara por los verdes prados y las orgullosas cimas su corazón se henchía de felicidad y el aire puro inflaba sus pulmones.

Durante ese instante, parecía que la vida le hubiera transportado a un refugio de paz y serenidad.

Pero al tratar con los habitantes del pueblo el hechizo se derrumbaba y se hacía añicos.

—Hagámosle una visita.

Las últimas jornadas no habían sido muy productivas.

Miren continuaba tachando nombres. Cada vez les quedaban menos, solo tres nombres restaban en la lista.

La fase de volver sobre los pasos del inspector jefe llegaba a su fin.

Después comenzaría lo bueno para la agente: la ocasión de brillar o, por el contrario, de no ser merecedora de la confianza que su jefe había depositado en ella.

«Puedo hacerlo», se animó mientras salvaba los últimos metros que los separaban de la panadería.

Un avisador casero hecho con las placas multicolor de un xilófono anunció su entrada en el establecimiento.

El olor a pasteles recién horneados envolvía el lugar, arrastrando la memoria de la agente a su infancia.

La fragancia a mantequilla, vainilla y limón rallado inundó sus fosas nasales.

Por un momento creyó encontrarse en la pastelería de doña Eugenia, donde cada viernes su madre la llevaba de la mano para celebrar el comienzo del fin de semana.

Se acercó a los expositores acristalados junto a la caja registradora.

Arqueó las cejas al comprobar que tenían sus bollos de mantequilla favoritos.

—¿En qué les puedo servir?

La voz que la trajo de vuelta de sus ensoñaciones correspondía a un hombre corpulento cuyos hombros apenas cabían por la puerta de la que había emergido.

Una nariz del tamaño de un pomelo y de tonalidad violeta resaltaba en su rostro agrietado.

El delantal que cubría su prominente barriga cervecera mostraba restos de harina y pegotes de crema pastelera.

Sin saber exactamente por qué, a Miren le cayó bien de forma automática.

La policía dio un paso al frente y tomó la voz cantante:

—¿Es usted Celestino Sangroniz?

—El mismo.

—Querríamos hacerle un par de preguntas.

—¿Más preguntas? ¿Sobre qué?

—Begoña Linaza.

—¿Begoña? Le conté todo lo que sabía a su hijo. —El hombre apoyó los brazos en el mostrador y los miró con desinterés.

—Señor Sangroniz, en la conversación que tuvo con nuestro compañero usted le contó que Begoña era muy querida en la comunidad, que era clienta suya, igual que lo era del resto de los comercios del pueblo, pues la señora Linaza era una mujer que rara vez salía de los confines del valle para realizar las compras.

El panadero asintió con un gruñido.

—También relató que estaba muy involucrada en el día a día de la comarca y que se prestaba voluntaria cada vez que la colaboración vecinal era requerida.

—Así es.

—No le conocía enemigos.

—Era una mujer maravillosa, ¿quién iba a querer enemistarse con ella?

—No sé, tal vez alguien que deseara sentirse tan querida por el pueblo como ella —intervino Alday—. Alguien que, desde la distancia, se reconcomiera de envidia cada vez que Begoña recibía el cariño popular.

Sangroniz frunció el ceño y giró la cara hacia el agente.

—En Atxondo somos gente de bien. Quizá usted piense que los pecados de la gran ciudad contaminan todos los rincones de nuestro territorio. Pero déjeme decirle una cosa: pondría la mano en el fuego por todos y cada uno de los habitantes de esta quebrada.

—No es nuestra intención sembrar la sombra de la duda sobre sus vecinos, señor Sangroniz. —La voz de Miren rebajó por el momento el chispazo de tensión—. Pero, sea sincero conmigo, ¿qué cree que le pasó a Begoña Linaza?

El hombre pareció vacilar por un instante. La agente percibió un leve brillo de discernimiento en sus ojos. Una idea le había cruzado por la mente.

—Cuéntelo en confianza —insistió la policía.

La barbilla del panadero tembló antes de que un apretón de la mandíbula hiciera desaparecer la duda. Al final, el hombre carraspeó y habló en voz baja.

—Había un grupo de colgados que hacían acampada libre al fondo del valle, junto a la mina. Desaparecieron poco después de que lo hiciera Bego. No me extrañaría que estuvieran involucrados de algún modo.

Los agentes intercambiaron miradas de asombro. Lo que les estaba contando era algo nuevo, que no había salido a la luz ni en la investigación original del 87 ni en la conversación mantenida con Ander meses atrás.

—¿Por qué no planteó esa sospecha en su día? —El rostro de Alday mostró un enfado que cogió por sorpresa a la policía, poco acostumbrada a esas reacciones de su compañero.

—Lo hice.

—¿Está usted seguro? Esa declaración no consta en el expediente original. Tenga en cuenta que nos lo hemos leído de cabo a rabo, conocemos cada palabra vertida sobre este asunto, y jamás nadie mencionó a los campistas.

El panadero rio entre dientes y dirigió una mirada felina a Miren.

—Para entonces ellos ya tenían a su culpable.

—¿Carmelo? —preguntó Miren.

—Sí. No tardaron en dejar a un lado la engorrosa tarea de preguntar e investigar; era mucho más sencillo colgarle el sambenito al bueno de Crespo.

—¿Cree que no hicimos bien nuestro trabajo?

—Mire, señorita. Ustedes son demasiado jóvenes para acordarse de esos tiempos.

Baste decir que entonces la desaparición de una mujer era un tema al que no se le daba demasiada importancia.

No hicieron más que lo justo. Cuando no encontraron pruebas contra Carmelo, desplegaron las velas y desaparecieron del valle.

Miren se frotó la barbilla mientras trataba de dar con la pregunta llave, aquella que pudiera abrirles la puerta hacia una habitación que permanecía cerrada hasta entonces.

—¿Conoce usted la identidad de alguno de esos campistas?

El hombre negó con la cabeza.

—Eran pies negros. Punkis de los de antes, orgullosos de que su cuerpo no tocara ni una gota de agua. Olían peor que una pocilga.

—¿Sabe si entre ellos había alguien del pueblo?

—No que yo sepa. Quizá deberían preguntarle al hijo mayor de Sabin Larrabaso, las tierras en las que acamparon esos guarros eran de su propiedad.

Miren memorizó el nombre. No recordaba haberlo visto mencionado en los informes. Aunque, a la luz de las declaraciones de Sangroniz, había muchos aspectos del caso de Begoña Linaza en los que no se había guardado el celo profesional necesario.

—Tomo nota. ¿Hay alguna otra cosa que quiera añadir?

—No, tan solo me preguntaba si, aparte de hacerme perder el tiempo, querrían llevarse algo de mi panadería.

Miren le hizo un gesto a su compañero, que captó la indirecta a la primera. Segundos después abandonaban el local con una hogaza de pan y media docena de bollos de mantequilla bajo el brazo.

—¿Te has creído lo de los punkis? —preguntó Alday al entrar al coche.

—No, creo que nos ha lanzado un señuelo para que busquemos por otra parte.

—Quieren que nos larguemos de aquí. Desde que aterrizamos en Atxondo no hacen más que dirigirnos miradas despectivas. No somos bienvenidos.

—Lo sé. Pero tendrán que aguantarse. No me pienso marchar hasta encontrar a Begoña Linaza.

Alday arrancó el coche y dejó el motor al ralentí.

—¿Qué hacemos?

—Regresar a comisaría. Quiero consultar la información que tengamos sobre los grupos de pies negros de finales de los ochenta.

—¿No prefieres pasarte por el caserío de los Larrabaso?

Miren negó con la cabeza.

—Si esa entrevista ha esperado treinta y seis años, por que lo haga un día más no creo que pase nada.

—De acuerdo, jefa.

Miren sonrió ante el gesto burlón de su compañero, lo agradeció de corazón.

Porque, en el fondo, la desazón de la duda mordisqueaba su instinto.

¿Estaría en lo correcto al intuir la mentira en las palabras del panadero?

Miró a través de la ventana. El influjo del sol inundaba el horizonte creando un juego de luces y sombras que avanzaban hasta cubrir todo lo que abarcaba la vista.

Cerró los ojos y trató de atrapar ese instante de recogimiento que le brindaba la naturaleza.

«¿Puede residir el mal entre tanta belleza?». Su mente se hizo esa pregunta mientras Alday conducía por la carretera nacional que los llevaría de vuelta a la comisaría de Durango. La agente suspiró.

El valle de Atxondo albergaba tantos secretos como estrellas tenía el cielo.