MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Ander consultó la pantalla de su teléfono móvil por enésima vez.

Ningún mensaje nuevo. Maldijo en silencio la lentitud de la jueza para firmar las órdenes.

Sabía que sería cuestión de minutos, pero su impaciencia no lo acababa de entender.

Presa de la ansiedad se mordió un padrastro hasta el punto de provocarse una pequeña herida.

Escupió hacia un lado el pellejo y estiró la espalda hasta sentir una tensión estimulante en los músculos dorsales.

«¿He de acosar con falsas acusaciones a una viuda que acaba de enterrar a su marido solo para ver de qué modo reacciona?

». El inspector negó con la cabeza mientras esperaba que el semáforo que tenía enfrente cambiara a verde.

Gardeazabal era de esa opinión, pensaba que Susana Vélez les ocultaba algo, que no estaba siendo franca con ellos.

«Te escudas en la estadística», le había recriminado su jefe haciendo referencia al alto porcentaje de ocasiones en las que la pareja era la culpable de la muerte de su cónyuge.

—La estadística no miente —le había recriminado de vuelta.

—La estadística solo sirve para rellenar informes y que así los políticos tengan bien ordenaditas las ideas que tienen que soltar ante la prensa.

—El gesto de desprecio de Ander reafirmó el sentido de sus palabras—.

Para nosotros cada caso es único, independiente, no sujeto a categorizaciones.

Sé que Arregui enarcaría la ceja ante mis palabras, pero lo que te digo es lo que siento.

Solo podemos juzgar sobre la base de hechos irrefutables.

Hasta entonces todo el mundo es inocente.

El recuerdo de la expresión de enfado de Gardeazabal le provocó la risa, aunque rápidamente la ahogaron las estelas sonoras de los automóviles.

El piloto verde se encendió y cruzó el paso de cebra que salvaba la amplia calle Autonomía.

Ander tenía la intuición de que los historiales de llamadas de Susana Vélez y de Evaristo Nieto aportarían luz al caso.

La espera a la autorización era a la que le achacaba la culpa del estado de ansiedad que le acompañaba desde que se despertara esa mañana.

Pero el policía sabía que esa incertidumbre no era la responsable real de su desazón.

Alcanzó el portal de la casa de su padre y sacó el llavero del bolsillo.

Cuando iba a meter la llave en la cerradura titubeó.

¿Estaría sola Amaia? Ander frunció el ceño ante la mera posibilidad de que no fuera así.

Su hija, la niña a la que había tenido entre algodones desde que naciera y cuyo bienestar había primado por encima de todo, se había convertido en una mujer de gran fortaleza.

Padre e hija compartían el mismo tipo de carácter, lo cual les había traído más de un choque.

Cuando colisionaban, solía ser a Ander a quien le tocaba levantar el pie del acelerador.

Devolvió las llaves al bolsillo y pulsó el timbre.

—¿Quién es?

La voz de hombre que le contestó le hizo dudar. ¿Había marcado el piso correcto? El tono agudo y cantarín de su hija cortó de raíz su vacilación.

—¡ Aita , qué sorpresa! ¡Sube!

El pitido prolongado desbloqueó el cierre de la puerta.

El policía accedió al interior del vestíbulo del portal con la cabeza baja y la mente bullendo como un volcán.

Oier, así se llamaba el novio de Amaia. Un chico del que había analizado hasta el más mínimo detalle de su vida en busca de algún antecedente que le invalidara como candidato para su hija.

Ella se enfadó muchísimo cuando se enteró de los movimientos de su padre.

Pero ¿qué se esperaba? Había perdido a su madre siendo joven y a su hermana Enara unos años más tarde; no permitiría que Amaia engrosara la nómina de esa maldición fatal que parecía pender sobre las cabezas de las mujeres de la familia.

—Señor Crespo.

El joven le esperaba en el umbral de la puerta con el brazo extendido y una expresión pretendidamente relajada.

Ander retrasó su respuesta de manera intencionada para incomodar al muchacho.

Sí, se llevaría a su hija, pero él no se lo pensaba poner fácil.

Tendría que sufrir y aguantar. Era el modo que había elegido el inspector para descubrir si el chico iba en serio con su pequeña o si no era más que otro ligue.

—Tú debes de ser Oier.

Al final le devolvió el saludo y se estrecharon la mano. El cuerpo le pedía estrujar esas falanges escuálidas; sin embargo, prefirió dejar a un lado la violencia gratuita y optó por taladrarle los ojos con una mirada intensa, marca de la casa.

— Aita , ya está bien. —La cara de Amaia asomó por encima del hombro de Oier. Su expresión de hartazgo significó el fin del pulso de Ander.

—Hola, laztana . No sabía que estuvieras acompañada.

—¿Acompañada? Oier vive aquí desde hace dos meses.

Ander sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía de golpe. No pudo evitar que el labio inferior le cayera a plomo pintando en su cara una expresión de asombro de manual. Parecía un emoticono. Su hija se rio y continuó hablando:

—¡No seas antiguo! Anda, entra, que estábamos a punto de desayunar.

Pasaron a la cocina de la casa de su padre.

Carmelo llevaba meses ingresado en La Misericordia, concretamente desde que el alzhéimer mostrara signos de un avance galopante.

Cuando la enfermedad evidenció su alcance, Ander supo que no tenía sentido que viviera solo en casa y la solución de meter una interna ni la contemplaba.

Quería que su padre tuviera a su disposición todos los cuidados asistenciales necesarios. La residencia se los garantizaba.

—Qué buena pinta tiene todo.

Los jóvenes habían dispuesto sobre la mesa un surtido de galletas, bollería y tostadas recién hechas. Alrededor, mantequilla, mermelada, azúcar e incluso una jarra de zumo de naranja.

—Has venido en el mejor momento. —La joven miró hacia el techo con desconfianza—. No habrás instalado cámaras, ¿verdad?

—Sabes que jamás haría eso.

—Bueno, no pondría la mano en el fuego.

Oier cogió una tostada y comenzó a untarla con mantequilla para mantenerse ocupado. Estaba visiblemente incómodo.

—Como quieras, hija. En realidad, he venido a informarte de una cosa.

Un silencio tenso siguió a las palabras del inspector.

—¿Informarme tú de algo? Uy, uy, uy… ¿Y bien? —preguntó Amaia.

Ander lanzó una mirada al chico, que procuraba meter el pedazo más grande de pan para tener la boca llena.

—Oier es de confianza. —Un brillo burlón refulgió en los ojos de Amaia—. Si no, jamás habrías permitido que estuviera conmigo.

—¿Sabes qué, hija? Igual sí que quiero una taza de café.

—Eso, tú lanza cortinas de humo. —Su risa reverberó por toda la cocina mientras se dirigía hacia el fuego donde habían puesto a calentar la cafetera italiana.

Llenó la taza de su padre y la posó en la mesa tras darle un beso en la mejilla.

—¿Qué me quieres decir?

—Voy a reanudar mis sesiones de hipnosis terapéuticas.

El rostro de su hija mudó de repente, pasando de una sonrisa amable a una expresión de miedo.

—¿Hipnosis terapéutica? No será con Julia Romero, ¿verdad?

Ander tensó los labios y entrelazó las manos. Sus perfiles angulosos se suavizaron hasta alcanzar un semblante de pura inocencia.

—Ay, no. ¿Cuándo empiezas?

El inspector comprobó la hora en su reloj de pulsera.

—Exactamente dentro de cuarenta minutos.

—Voy contigo.

Amaia se levantó y desapareció de la cocina. Oier la siguió con los ojos muy abiertos. Ander sonrió para sus adentros.

—Bienvenido a la familia.

El inspector no pudo evitar una sonrisa triunfal al ver que el joven derramaba en el mantel parte de la mermelada de su tostada.

«Pronto aprenderás cómo se las gastan los Crespo», pensó en pleno regocijo.