MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Ander y Gardeazabal abandonaron el Instituto Vasco de Medicina Legal y se dirigieron al juzgado, al despacho de la jueza Dolores Ríos, que había sido nombrada instructora del caso.

—¿De qué humor estará hoy Ríos? —Gardeazabal lanzó la pregunta al aire. Quizá tan solo se trataba de una pregunta retórica, pero Ander recogió el guante.

—No tengo la menor idea. Hace mucho que nuestros caminos no se cruzan.

Ander recordaba bien la última vez que coincidió en un caso con Dolores Ríos.

Había sido hacía más de tres años, en Carranza, en la casona que Astrid Nilsson poseía en la montaña.

Desde entonces Ander había traído de cabeza a la judicatura con sus actuaciones.

Su manera de entender la ley no siempre se ajustaba a los dictados de los magistrados.

La muerte del lendakari tampoco ayudó a calmar las aguas.

Entraron a la antesala del despacho de la magistrada.

Frente a la puerta, un secretario tecleaba sin cesar el contenido de un documento posado sobre su escritorio.

A primera vista, Ander calculó que rondaría la edad de jubilación; el pelo cano y un cutis lastrado por las arrugas así lo atestiguaban.

El secretario dio un respingo al percatarse de la presencia de los policías.

—Buenos días, señores —saludó al tiempo que se atusaba la camisa de lino. Se había repuesto del sobresalto dignamente—. ¿Alguno de ustedes es el inspector Crespo?

—Soy yo.

—En ese caso, pasen. —Extendió el brazo hacia una puerta próxima—. La señora Ríos los espera.

Desde el umbral del despacho pudieron percibir un intenso olor a lavanda.

Golpearon en la puerta dos veces por cortesía y entraron sin esperar respuesta.

Ante ellos se desplegaba una estancia que en nada tenía que envidiar al célebre despacho oval de la Casa Blanca.

La menuda figura de Dolores Ríos apenas sobresalía de su escritorio de madera de ébano.

A su alrededor, varios armarios de baldas combadas por el peso de gruesos tomos de leyes.

Una alfombra persa de grandes proporciones servía como soporte a todo el conjunto.

La jueza les indicó con un gesto que tomaran asiento en las sillas frente a su escritorio mientras finalizaba la llamada telefónica que estaba atendiendo.

—No me tiene que explicar nada más. Entiendo la situación a la perfección.

—Su tono sonaba a salva de cañones—. Es usted quien parece no entenderla, querido.

¿Quiere la orden judicial? Entonces tráigame la causa probable.

¿Ve qué sencillo? Orden judicial, causa probable.

Muy sencillo. Por cierto, si vuelve a intentar colármela sin una base sólida para sustentar el caso, le enviaré mi minuta a su superior.

A ver si así espabila… o le hacen espabilar.

Colgó el auricular con un golpe seco y se quedó mirándolo unos instantes. Luego se arrellanó en su sillón de cuero negro, entrelazó los dedos y apoyó la barbilla sobre ellos mientras observaba la reacción de Ander y Gardeazabal.

—Como ven, no me gusta que me hagan perder el tiempo —dijo con una media sonrisa—. Inspector Crespo, ¿qué novedades hay en su caso? ¿Han realizado algún avance en la investigación?

Ander se enderezó en la silla y cruzó las piernas.

—Estamos en una fase preliminar, señoría. Recopilando indicios de la escena del crimen, los resultados de la autopsia y las entrevistas realizadas. Nos estamos formando una idea del caso, pero aún existen muchas dudas alrededor de la muerte de César Contreras.

La jueza enarcó la ceja.

—¿Fase preliminar, inspector?

—De momento sí.

Dolores Ríos hizo bascular levemente su silla de ejecutivo de lado a lado. Saltaba a la vista que su mente procesaba ideas a una velocidad a la que jamás podría aspirar ninguno de los dos policías.

—Ese modo de actuar me resulta extraño en usted, señor Crespo. No se ofenda, pero me esperaba algo más…, cómo decirlo…, sí, atrevido. No concuerda con sus actuaciones en el caso de H9 ni con su… peculiar forma de gestionar el incidente con el lendakari.

Ander descruzó las piernas y se irguió aún más en el respaldo de la silla. Los pequeños ojos de la jueza lo atravesaban como un cuchillo lo haría con la mantequilla.

—Será que la edad me está cambiando, señoría.

La jueza soltó una risita entre dientes.

—Seguramente —dijo inclinándose sobre la mesa. Sus dedos rescataron una carpeta del fondo de una torre que alcanzaba una altura de medio metro—. Le diré una cosa, Crespo. Yo apreciaba mucho a Aingeru Elguezabal.

Gardeazabal carraspeó incómodo a su lado.

—Tranquilo, inspector Gardeazabal. Conozco bastante bien la verdad.

Aquella que no ha trascendido a la opinión pública.

Como les decía, apreciaba mucho a Aingeru Elguezabal…

hasta que supe el monstruo que era. Ahora, sin embargo, no tengo más que palabras de gratitud hacia usted, Crespo.

Gracias por haberse atrevido a traspasar todas las líneas para mostrarnos la verdad.

A mi entender, usted ha impartido más justicia de la que yo podré impartir en mis restantes años de magistratura.

Ander sonrió, distendiendo los músculos por primera vez desde que entró en el despacho de la jueza.

—Exagera usted.

Dolores Ríos sonrió negando con la cabeza.

—¿Encontró la paz que buscaba, inspector?

Ander la miró fijamente. Trataba de dilucidar si bajo esa afirmación se escondía una trampa de osos.

—¿La paz? —Negó con la cabeza—. Es difícil sembrar en una tierra devastada.

El teléfono volvió a sonar. La jueza lo observó con expresión gélida y, con un movimiento rápido, descolgó y colgó con fuerza.

—¡Pesados! En fin, caballeros, vayamos al grano.

He leído los informes que me hicieron llegar ayer, así como el que me ha enviado hace unos minutos Javier Gamboa.

—Abrió la carpeta y fue pasando las hojas de los documentos señalados—.

También la petición de una orden judicial para intervenir el teléfono móvil de Susana Vélez, viuda del finado, así como para tener acceso a los movimientos de las cuentas corrientes y demás activos financieros que pudieran tener los miembros de la pareja, en conjunto y por separado.

Ander carraspeó y no se movió de su silla.

—¿Algo más que añadir a la cesta de la compra, inspector Crespo?

—En realidad sí. Quisiera tener acceso a las comunicaciones de otro número. —Ander hizo una pausa en su discurso, sacó una nota manuscrita del bolsillo de su chaqueta y se la extendió a la jueza—. El titular se llama Evaristo Nieto, como indico en el documento.

El rostro de la jueza se ensombreció.

—¿El dueño de la cartera que apareció en el trastero del fallecido?

—Sí, señoría.

—¿Creen que pudo ser el asesino?

—Es una de las opciones en las que trabajamos. Por eso necesitamos conocer las comunicaciones de su móvil, así como su geolocalización.

La jueza Ríos ojeó el exhaustivo informe que le había enviado Ander.

En él se detallaban, con una meticulosidad rayana en la obsesión, los pasos seguidos desde que recibieron el aviso hasta que concluyeron las primeras entrevistas.

El inspector cruzaba los dedos para que el tiempo invertido en la realización de esa tarea administrativa diera sus frutos.

—Aquí dice que está desaparecido.

—Sí, señoría. No se sabe nada de él desde hace más de dos semanas.

La mujer apoyó la mandíbula en la mano y asintió en silencio.

—Conforme. Les concederé todo lo que me piden. Pero quiero que sepa una cosa, inspector Crespo. —Le apuntó con el dedo índice.

—¿Sí?

—Solo lo hago porque es usted quien está a cargo de la investigación.

—Gracias, señoría.

—Ahora, si no les importa… —la jueza señaló hacia la puerta—, tengo muchas tareas pendientes.

Ander asintió con un leve movimiento, ocultando su satisfacción.

Los inspectores se levantaron y abandonaron el despacho.

Cuando se habían alejado lo suficiente, Ander se giró ligeramente hacia la puerta cerrada, custodiada por el veterano secretario, que les despidió con un gesto de la cabeza. Él le devolvió el saludo.

—¿Te esperabas que nos concediera las dos órdenes? —masculló entre dientes Gardeazabal.

—Ni de coña. La de Evaristo ha sido un tiro a ciegas.

—Que ha salido genial. —La sonrisa del veterano inspector no podía disimular su alegría.

—Sí. Ahora veremos adónde nos lleva todo esto.

Aceleraron el paso, querían abandonar el Palacio de Justicia cuanto antes.

Era un lugar que les daba mal fario. No todos los magistrados eran como Dolores Ríos.

Por norma general abundaban más los palos lanzados a las ruedas de la policía por parte de la judicatura que las alfombras rojas.

La justicia y las fuerzas de seguridad debían de ir de la mano, pero Ander sabía que en la práctica la máquina resultante era un grupo de piezas mal ensambladas.

El inspector frunció el ceño al dejar atrás los muros del edificio. Seguía prefiriendo atender a su instinto, ese magistrado sin toga cuyo veredicto siempre acataría.