Capítulo 12
Gardeazabal tenía el rostro desencajado por el dolor. Ander le vio salir del bar soplándose la mano izquierda y avanzando a paso firme, como si la vida le fuera en ello.
—¡Cógelo! —Extendió el brazo con el café de su jefe, con un gesto de indisimulado alivio al deshacerse de él—. Bien caliente, como a ti te gusta. ¡Por el amor de Dios! Casi me desuella la palma de la mano.
Ander sonrió y sacudió la cabeza.
—Te tenía por más duro.
—Sabes que soy duro como el acero. Pero las palmas de las manos son mi tendón de Aquiles.
—Dirás talón. —Ander levantó la tapa de plástico y sopló dentro.
Gardeazabal lo miró con el ceño fruncido.
—¿Estás seguro de eso?
Ander soltó una carcajada.
—Muy seguro, compañero. El talón de Aquiles es el punto débil de algo o de alguien, mientras que el tendón de Aquiles es aquello que nos rompemos los cincuentones cuando tratamos de jugar al fútbol desafiando el paso del tiempo.
—Supongo que tienes razón —admitió Gardeazabal deseando que un buen sorbo de café ayudara a recomponer su orgullo herido.
Dejaron atrás los jardines de Albia, con sus palmeras exóticas y el cadencioso gorjeo de los gorriones urbanos, que a esas horas de la mañana apenas se oía por culpa del denso tráfico de la capital.
Continuaron su camino hacia la parte trasera del Palacio de Justicia, hacia la sede del Instituto Vasco de Medicina Legal, donde Javier Gamboa los había citado para compartir los resultados de la autopsia de César Contreras.
Ander sorbió su café con cautela. No quería quemarse.
Paradójicamente, le gustaba tomárselo caliente en verano y frío en invierno.
Su exmujer le solía decir que esa costumbre nacía de su necesidad innata de ir a contracorriente, de hacer siempre aquello que rompiera con lo convencional.
Ander torció el gesto; el café y el recuerdo compartían una cosa: su amargor.
—Está fortísimo. ¿No le has echado azúcar?
Gardeazabal negó con la cabeza.
—Eso es veneno blanco.
—¿¡Cómo!? —Ander se paró en seco en medio de la acera—. ¿Un café sin azúcar? ¿Nos hemos vuelto locos o qué?
Su compañero se encogió de hombros.
—Sigo los consejos de Isabel. Ella sabe muchísimo de nutrición.
—Pues me parece fantástico, Garde —dijo Ander dándole una palmada en el hombro a su compañero y reanudando la marcha—. Pero la próxima vez sálvate tú y a mí déjame elegir el veneno con el que quiero morir.
Doblaron la esquina de la calle Bertendona. Al fondo estaba el acceso lateral al instituto forense.
—Por cierto, ¿qué tal os va la convivencia?
Gardeazabal e Isabel llevaban viviendo juntos desde principios de año. Ander había apreciado un gran cambio a mejor en su compañero desde entonces, como si su compañera de vida hubiera abierto una esclusa por la que entró la felicidad a borbotones en el espíritu del tosco inspector.
—¿No se me nota?
—Supongo que sí. —El inspector jefe le guiñó el ojo—. Solo que no me acostumbro a verte así.
—Bueno, no pierdas la esperanza; estoy seguro de que tú también encontrarás el amor. Nunca es tarde. —Le dio una palmada en la espalda que casi logró que Ander soltara el café.
Llegaron a la puerta. Hicieron sonar el timbre.
—¿Quién es? —preguntó una voz enlatada.
—Los inspectores Crespo y Gardeazabal. Hemos quedado con el doctor Gamboa.
Un pitido agudo indicó la apertura de la puerta. Accedieron al sanctasanctórum de la medicina legal vizcaína.
—¡Qué gozada! Hoy los inspectores me vienen a pares. —El vozarrón de Gamboa tronó desde el fondo del pasillo, proyectando sus ondas por todos los rincones del inmaculado corredor—. Venid conmigo.
Las botas de los inspectores dejaban a cada paso una estela sonora suspendida en el ambiente como la nota prolongada de un fagot.
Ander y Gardeazabal intercambiaron una mirada rápida antes de entrar en la sala de autopsias.
A pesar de las muchas que habían presenciado, no podían evitar la sensación de estar profanando el tabernáculo de un templo cada vez que cruzaban ese umbral.
El inspector jefe del Grupo 4 conocía a la perfección el antídoto a ese sentimiento de culpa: resolver el caso que los había llevado hasta allí.
El olor a desinfectante no lograba escamotear por completo los miasmas de los difuntos que habían terminado tendidos sobre las frías mesas de acero.
César Contreras yacía en una de ellas. De su semblante pétreo emanaba esa sensación de paz que tanto le removía por dentro a Ander.
Una paz que, supuso, no le había acompañado en sus últimos instantes de vida.
El inspector sabía que la muerte, temprana o tardía, no debía inspirar más que rabia, dolor y ansias de retribución.
Apretó la mandíbula y se aproximó al lateral de la mesa.
Gamboa había finalizado la autopsia y César mostraba las costuras que atravesaban su torso como si se trataran de cremalleras de gran formato que permitían al forense leer su interior.
Un libro de piel y huesos, eso era en lo que se había convertido el operario de mantenimiento.
—Falleció debido a un fallo cardiaco. —Gamboa posó el dedo enguantado sobre el costado derecho del hombre.
Sacó una lupa de grandes dimensiones del bolsillo de su bata y la acercó a la zona señalada.
A su alrededor podían observarse con gran nitidez media docena de líneas negras que Ander rápidamente identificó como las marcas de las puñaladas.
Estas heridas resaltaban ante la palidez del cuerpo—.
Pero ahora volveremos sobre ese tema. Primero quiero que observéis las incisiones por arma blanca.
Los tres guardaron silencio. Durante unos segundos, el respeto se impuso sobre la curiosidad profesional.
—El ancho varía entre ellas. —Ander se agachó sobre el torso desnudo de César y comprobó cómo, en efecto, algunas de las perforaciones habían dejado atrás un canal de entrada más amplio que otros.
—Así es.
—¿A qué se puede deber? ¿Utilizaron dos armas? ¿Hubo dos atacantes? —Gardeazabal se pasó la mano por la coronilla, parecía confundido ante la evidencia que les acababa de mostrar el forense.
—Desde un punto de vista forense, ambas hipótesis son factibles. Pudo haber más de un arma blanca o más de un atacante. Aunque yo me inclino por otra opción.
Ander le dirigió una mirada inquisitiva.
—Quien llevó a cabo el apuñalamiento no había matado con anterioridad.
—Gamboa señaló dos marcas a la altura de las costillas flotantes en el costado izquierdo del fallecido—.
Las dudas, el miedo o tal vez el remordimiento le llevaron a comenzar pinchando aquí de forma superficial; las primeras dos puñaladas fueron vacilantes.
Gardeazabal indicó las cinco restantes que iban ascendiendo hacia el corazón como si de una escalera mortal se tratara.
—En estas otras se sacudió las dudas, los miedos o los remordimientos. Parece que le clavó el arma hasta la empuñadura.
El forense asintió.
—Sí. En la última, la que acierta en pleno corazón, incluso quedó una transferencia del arma en la piel. La he enviado a analizar.
—¿Pintura? —Ander le miró extrañado.
—Tal vez, aunque más bien parece algún tipo de herrumbre, pigmento o mineral. En cuanto conozca el resultado del análisis os lo haré llegar.
—¿Puedes darle prioridad?
—Lo intentaré, Ander. Sabes que llego hasta donde llego; no sois los únicos que utilizáis esos servicios y son muy escrupulosos en lo que al orden de ejecución de las pruebas se refiere.
—Me vale con que lo intentes.
Gamboa asintió.
—Cuenta con ello.
—De todos modos, has empezado diciendo que César murió de un fallo cardiaco.
—El inspector jefe hizo una pausa que aprovechó para ordenar unas ideas que le caían en cascada—.
Lo cual corrobora lo adelantado en tu informe preliminar en la escena del crimen: el apuñalamiento no fue la causa de la muerte.
—En efecto.
—En ese caso mi pregunta es la siguiente: ¿estamos ante un homicidio o ante una muerte natural?
Gamboa dejó la lupa a un lado y tomó una carpeta marrón de un carro metálico adyacente. De su interior extrajo una hoja que depositó sobre el torso del cadáver.
—Solo puedo asegurar que César Contreras no murió apuñalado. Este hombre era una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento. La autopsia ha revelado que padecía estenosis valvular.
—En cristiano, por favor. —Gardeazabal frunció el ceño enfadado.
—Una de las válvulas de su corazón, la tricúspide, para ser preciso, estaba obstruida.
En principio, sus síntomas no pasarían de un poco de fatiga, tal vez sensación de falta de aire o un dolor de pecho molesto.
Signos a los que una persona con el umbral de dolor alto no les daría la más mínima importancia.
—Con lo cual se confirma la muerte natural —concluyó Ander.
—No me atrevería a asegurarlo.
El inspector puso los ojos en blanco y abrió los brazos, molesto ante el circunloquio del forense.
—La sangre muestra altos niveles de benzodiacepinas. Concretamente diazepam; estaba atiborrado de Valium.
—¿Sedado? —preguntó Gardeazabal que se había acercado hasta situarse junto a la cabeza del fallecido.
—Con toda seguridad. El resto de los datos relevantes en este sentido son la hora estimada de la muerte, que nos sitúa a las once y media de la noche anterior al descubrimiento del cadáver; y el contenido del estómago que nos revela que la última cena de César fue una mezcla de canelones, flan y vino. También se aprecia consumo de cocaína.
—¿Cocaína? —Esta vez fue Ander el sorprendido.
—Sí, en altas dosis. Lo que también pudo desencadenar el fallo cardiaco. Caballeros, no os envidio; tenéis un cadáver y múltiples asesinos potenciales.
Ander apoyó las manos sobre el borde de la mesa de autopsias y miró fijamente el rostro sin vida de César Contreras.
—Encontraremos al responsable de tu muerte. —Apretó los labios e intensificó la mirada, como si tratara de sellar así una promesa con el más allá—. Te lo prometo.
—¿De verdad piensas que se trata de un homicidio? —preguntó Gamboa posando la mano sobre el hombro del policía.
—Sí, esta pocas veces falla. —Se señaló la punta de la nariz—. Cuando llevas tantos años codeándote con el crimen como llevamos Garde y yo, el instinto se convierte en el sentido más real.
El forense asintió a modo aprobatorio.
—Seguidlo, entonces. Dejad en mis manos el análisis de la muestra del arma del crimen. En cuanto obtenga los resultados los adjuntaré al informe definitivo de la autopsia y os lo haré llegar.
—Gracias, Gamboa. —Las manos enguantadas de Ander y del forense se unieron en un apretón de manos.
—Este hombre se merece que alguien descubra qué le provocó la muerte. Si hay una mente criminal implicada, echadle el guante y que pague por sus pecados.
Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Ander, como si ya hubiera experimentado esa escena en el pasado.
Bajó la vista y le lanzó una última ojeada al rostro marmóreo del cadáver.
En realidad, el inspector tenía la íntima convicción de que su carrera, su mito en el cuerpo de policía, se había erigido sobre la base de una sucesión de casualidades y casos resueltos casi por sí mismos.
De hecho, podía contar con los dedos de las manos las veces en las que su destreza de investigador se había anticipado a las acciones del asesino.
Fueron tantas las ocasiones en las que se había visto así, como en ese preciso instante, de pie frente a un cuerpo frío, con la esperanza como única aliada.
Una fe que le había servido para vencer al síndrome del impostor que le acechaba recurrentemente.
—Lo encontraremos —dijo apartando toda la negatividad de su mente—. Si hay un culpable, daremos con él.