MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Sus párpados se asemejaban a dos telones de plomo.

Ander los masajeó en un ingenuo intento por sacudirse el cansancio y el sueño crónico que le venían acompañando en los últimos días.

«¿Cuánto durará este tormento?», se preguntó desesperado.

No había noche en la que no despertara en medio de una pesadilla, desorientado, queriéndose aferrar a algún pensamiento o estímulo capaz de calmar su corazón galopante.

La algarabía provocada por una columna de escolares le conectó de un modo forzado a la realidad circundante.

Una ligera sonrisa asomó a sus labios. La inocencia de los niños que, en parejas, avanzaban siguiendo las indicaciones de sus monitores le devolvió, aunque tan solo fuera por un instante, la esperanza en el ser humano.

Esas almas aún no habían sido retorcidas por el anverso tenebroso de la sociedad.

El odio, la envidia, el ansia por infligir dolor, por controlar el destino de los demás tan solo permanecían latentes, a la espera de un desencadenante que los hiciera emerger de las profundidades.

Los años dedicados a la erradicación del crimen en su tierra le habían enseñado una lección muy valiosa: la maldad es un pozo que se puede cegar, pero jamás secar.

Condujo hacia su destino entremezclando esa reflexión con la imagen de César Contreras abrazando el sueño eterno.

La muerte del operario de mantenimiento seguía siendo un enigma.

Las últimas revelaciones apuntaban a la existencia de asuntos turbios que embarraban el caso.

¿Por qué mintió el fallecido? ¿A qué estaba esperando esos días en que decidió dejar de acudir al trabajo?

¿Estaba siendo su viuda sincera con la policía?

¿Estaría la pareja implicada en negocios oscuros?

¿Dónde estaba Evaristo Nieto? ¿Habría sido él realmente el que apuñaló a su tío?

El torrente de preguntas no ayudó a calmar el dolor de cabeza, más bien al contrario.

Ander notaba una pulsión en las sienes que le provocaba una presión en el cerebro difícil de soportar.

¿Estaría nervioso? «Te comportas como un adolescente», le recriminó su conciencia cuando alcanzaba el portal y pulsaba el timbre apropiado.

El portero automático emitió un pitido prolongado.

El inspector miró a la cámara y sin decir nada más accedió al interior.

En el ascensor repasó mentalmente las palabras que elegiría, los gestos que las acompañarían y, contemplándose en el espejo, simuló la sonrisa con la que dotaría al conjunto de una fingida naturalidad.

Todo en vano. La fachada de Ander era un verdadero desastre.

Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Desalentado, salió al descansillo.

Ella le esperaba apoyada en el marco, con las gafas en la mano y la cabeza ladeada.

Supo que lo estaba analizando. Esa mirada suya se hundía en el alma del inspector como cuchillo en mantequilla.

Pasaron varios segundos sin que ninguno de los dos abriera la boca.

Al final fue Ander quien decidió romper el hielo.

—Hola, Julia.

La psicóloga guardó silencio mientras mordisqueaba la patilla de la gafa de forma distraída.

—Eres la última persona que me esperaba.

—Supongo que sí.

—La última vez que nos vimos me dio la sensación de que solo te volvería a ver el día que vinieras a detenerme por algún crimen horrendo.

Ander apretó los labios. Sus anchos hombros daban una imagen de fortaleza de la que carecía en su interior.

—Dime, ¿has venido a detenerme? —continuó Julia con tono burlón.

—No. —El inspector le sostuvo la mirada y se hundió en sus iris melifluos—. Vengo por un tema personal.

La sonrisa de la mujer suavizó su expresión. Relajó los hombros y adoptó una postura más cómoda. Se hizo a un lado y le invitó a entrar con un ademán de la mano.

—Sígueme, entonces. Ahora estoy libre.

Pasaron al despacho de Julia Romero. La estancia estaba tal cual recordaba Ander cuando, meses antes, había acudido junto a Miren a cuestionar a la psicóloga sobre su relación con la víctima en un caso que estaban investigando.

Como entonces, la atmósfera minimalista imperaba.

El orden imponía su jerarquía distribuyendo los elementos del escritorio y las estanterías con una precisión milimétrica.

Julia ocupó su silla y el inspector tomó asiento en una de las dos que estaban dispuestas frente a ella.

—Cuéntame. —Abrió un cuaderno de piel y apoyó la punta del bolígrafo sobre una hoja en blanco de papel milimetrado.

—Hay algo que no me deja avanzar. —Ander se revolvió nervioso en el asiento.

Le costaba mucho abrirse a otras personas.

Sabía que era un problema que no iba a poder cambiar, por mucho que se esforzara.

Sin embargo, esta vez estaba mentalizado para llegar al fondo del asunto.

Estaba harto de lamentarse de los problemas; el tiempo de las soluciones había llegado.

—¿Tu madre?

—No lo creo.

—¿Tu hermana? Recuerdo que las sesiones de terapia hipnótica que tuvimos sacaron a la luz un fuerte sentimiento de culpa en ti.

El policía negó con la cabeza.

—Esta vez es distinto. La pena por la desaparición de mi hermana va remitiendo, ya no me siento culpable por su muerte. He aceptado que fue la mano del destino la que la cruzó en el camino de gente despiadada. No podía haber hecho nada para evitarlo.

—Me alegra escucharlo.

—En cuanto a mi madre…, hay algo que no sabes.

—¿De ti? Muchas cosas, querido. Pero escucho con suma atención. Cuéntamelo en confianza, de aquí no saldrá jamás. Sabes que la confidencialidad está garantizada conmigo.

El rostro serio de Julia no traslucía resquicio de ironía alguno. Estaba siendo franca con él.

—Está viva.

—¿Viva? —La psicóloga dejó caer el bolígrafo. Abrió la boca en un gesto de genuina sorpresa—. ¿Cómo ha sido? Explícamelo.

—En realidad no la he visto, pero tengo la certeza casi absoluta de que estuvo aquí, en Bilbao, hace unos meses.

—Pero no la has encontrado, ¿verdad?

—No. Lo intenté. —Ander se sujetó el mentón y lo masajeó mientras cerraba los ojos y recordaba las largas jornadas pasadas tras la pista de su madre—. Dios sabe que lo intenté. Pero mi búsqueda fue inútil.

—La volviste a perder, ¿verdad?

El inspector cerró los ojos y asintió en silencio.

—Si quieres mi opinión, parece un caso claro de duelo crónico. Lo tienes encarnado y eso es lo que no te permite avanzar.

—En un principio es lo que pensé también; sin duda es lo que más sentido tiene.

Pero no es eso. Lo siento aquí. —Se agarró el pecho con el puño firme—.

Que haya fracasado en mi misión de dar con mi madre no significa que haya cejado en el empeño.

Esa tarea se la he encargado a otra persona en la que confío ciegamente.

—Y eso te proporciona paz.

—Sí, me deja tranquilo. Mi inquietud viene de otro lugar, uno sombrío, un enemigo invisible.

Julia inhaló aire en profundidad y apoyó los codos sobre la mesa. Entrecerró los ojos, creando una trama de arrugas a su alrededor. Luego exhaló mostrando una sonrisa cínica.

—¿Un caso no resuelto? ¿Es eso, inspector? Lo que te provoca esa angustia vital, esa sensación de ahogo y de no poder avanzar en la vida, ¿es un caso como puede ser, por ejemplo, el de las muertes de Laura Pons y Peru Arriola?

—Esos homicidios se resolvieron. La asesina paga por sus crímenes en la cárcel.

—Olga Revuelta.

—La misma.

La psicóloga negó con la cabeza.

—Tú no piensas que fuese ella. Me lo dejaste bien claro la última ocasión en la que nos vimos.

—La investigación fue meticulosa, la hemos revisado muchas veces desde entonces y el paso del tiempo no altera nuestro juicio, las pruebas eran irrefutables, el juez así lo estimó.

—Ander abrió los brazos en un gesto de rendición—.

Si mi instinto me dicta otra cosa diferente ya será problema mío.

Pero no, el caso de las youtubers suicidas no es la fuente disruptiva.

Es algo más profundo, un elemento que está clavado en un rincón de mi psique, como una astilla que se siente, pero no se ve.

La psicóloga recogió el bolígrafo y escribió algo apresuradamente en la hoja en blanco.

Luego le miró y le sostuvo la mirada durante un instante, como si estuviera calibrando las auténticas intenciones de Ander.

El inspector sintió que le estaban pasando el detector de mentiras.

Notó una gota de sudor bajándole por la espalda.

—¿Quieres que lo trabajemos a través de la hipnosis?

—Sí. Las sesiones en mi casa durante mi convalecencia por el accidente de coche —Ander ocultó conscientemente que ese incidente fue el causante de la muerte del antiguo lendakari— me ayudaron a perdonarme. En cierta medida, me hicieron bien. Creo que fue un error por mi parte dejar el tratamiento.

—No puedo estar más de acuerdo. Pero has de saber una cosa: si aceptas volver a tener sesiones de hipnosis terapéuticas conmigo será bajo mis condiciones. Mi casa, mis reglas, ¿entendido?

Julia le extendió el brazo. Ander se inclinó hacia la mesa y sellaron el trato con un apretón de manos.

—Deja que compruebe los huecos que tengo libres en mi agenda. —Abrió su portátil. Sus largas uñas comenzaron a bailar sobre el teclado.

Ander sintió un cosquilleo que le ascendía del estómago a la garganta. Para su sorpresa, se había sonrojado.