MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

La mesa parecía un campo de batalla. Restos de pizza y latas de refresco deformadas por la presión convivían sobre la encimera que ocupaba el centro de la sala de investigaciones de la comisaría de Durango, con informes, fotos, registros y demás documentos del caso.

Alday había dejado abierta la única ventana que tenía la estancia, un exiguo rectángulo horizontal de un metro de ancho por treinta centímetros de alto.

El agente observaba el horizonte a través de ese visor de búnker, tratando de recordar el motivo por el cual un buen día había decidido dejar de lado su prometedor futuro como diseñador de software informático para ingresar en la policía.

A su espalda, su compañera trepanaba el hueso en el que se había convertido el expediente de investigación de Begoña Linaza.

Y era en momentos como aquel cuando su vocación chocaba frontalmente con su deseo.

Miren transpiraba confianza, mientras que él, en cambio, trataba de ocultar su alarmante escasez de ideas.

Alday sobresalía en el análisis de datos, en las correlaciones, las inferencias; trillaba la cosecha, por así decirlo, pero se sentía un auténtico inútil cuando tocaba buscar la trufa en terreno yermo.

Carecía de esa clase de instinto que distingue a los buenos policías del resto.

¿Se habría equivocado al tomar la decisión de entrar en la Ertzaintza?

El joven se pasó la mano por la barbilla, hurgando en la idea.

En el fondo, conocía la respuesta, solo que esperaba que fuera otro quien emitiera el veredicto.

—Hemos leído más de diez veces las transcripciones de las entrevistas que hizo nuestro jefe —recordó Alday—. No hay nada que llame la atención. Ningún cabo suelto, ningún hilo del que tirar.

Miren se incorporó en la silla y alargó el brazo hasta coger una carpeta marrón gruesa. Dentro estaban archivadas las transcripciones de las entrevistas a las que se refería Alday.

—Los veteranos dicen que la clave en toda investigación suele estar escondida en estas carpetas.

—Sonrió a su compañero—. No niego que en parte tengan razón.

Pero estoy empezando a sospechar que esa es una burda excusa para dejar que los jóvenes les hagamos la ingrata labor de zapa, que cavemos las trincheras.

Alday inspiró pesadamente y tomó asiento frente a ella. Se apartó el flequillo de las cejas y la miró divertido.

—¿Insinúas que somos el nuevo cuerpo de zapadores de la policía vasca?

Miren soltó una carcajada ante la ocurrencia. Se frotó los ojos y echó mano a una lata de refresco.

—Llevamos horas sin salir de esta sala. Ahora mismo no sé si soy zapadora, policía o trapecista del Circo del Sol. Solo tengo una certeza: vamos a encontrar a Begoña Linaza.

Apuró el trago sin apartar la vista de Alday. Este asintió y cogió otra carpeta.

—Empecemos de nuevo. —Un brillo de determinación asomó en sus ojos—.

Begoña desapareció el 15 de junio de 1987.

Era un día húmedo para esas fechas. Cogió ropa de abrigo y se despidió de su marido con un beso.

Comentó que iba a hacer unos recados al pueblo.

Después, tomó el camino del bosque que rodea la casa. No se volvió a saber más de ella.

Una algarabía proveniente de la calle los interrumpió. Voces de adolescentes que trataban de llamar la atención de sus compañeros jugando al juego universal de quién es capaz de decir la mayor barbaridad. El ruido murió en la distancia.

—Nadie la vio caminar por la carretera comarcal que enlaza el sendero del caserío con el pueblo —continuó Miren una vez recobrado el silencio—.

En junio los días se alargan. Con lo cual, a pesar de lo mustio que fue aquel día, la visibilidad era buena.

De haber llegado a la calzada, cualquiera de sus vecinos la habría visto.

Begoña Linaza nunca alcanzó la carretera del valle.

Alday ojeó los informes mecanografiados. La investigación había sido bastante exhaustiva para los estándares de la época, especialmente en un caso de desaparición, a los que no siempre se les daba la relevancia debida.

—Inspeccionaron el camino de tierra y grava que daba acceso al caserío de la familia Crespo.

No encontraron otras huellas de neumáticos distintas a las del Citroën familiar —dijo Alday—.

La policía peinó con diligencia las inmediaciones de la casa.

Tampoco encontraron nada inusual. Ningún indicio de forcejeo, tampoco rastros de tejido, sangre o pelo de la desaparecida.

Fue como si Begoña se hubiera volatilizado.

Miren se reclinó en la silla y enlazó las manos detrás de la nuca.

—Interrogaron a los compañeros de la maternidad del Hospital de Cruces, donde trabajaba Begoña.

Entrevistaron a sus amigos, incluso al cura del pueblo.

Acudieron también al ultramarinos, a la frutería, a la pescadería, en definitiva, a todos los establecimientos donde solía hacer la compra.

Todo el pueblo estaba consternado por la desaparición.

Nadie conocía una razón por la que Begoña hubiera decidido abandonar a su familia.

La agente cerró los ojos y apretó los labios. Alday conocía bien ese gesto de su novia: estaba procesando la información. Volvió a abrir los ojos y retomó el relato de los hechos.

—La entrevista con su marido, Carmelo Crespo, fue la más dura.

Un vecino muy querido en el valle, todo el mundo subrayaba lo unida que estaba la pareja.

En un principio, la policía no sospechaba de él.

Pero como suele suceder en estos casos, cuando no hay ningún sospechoso cerca al que echar el guante, el foco se desplaza inevitablemente hacia el marido.

Aparcaron todas las líneas de investigación que los habían encaminado a callejones sin salida y concentraron toda la artillería en minar la resistencia de Carmelo, con la esperanza de que tarde o temprano confesara el supuesto crimen y, de paso, revelara el lugar en el que había escondido el cadáver de Begoña.

Miren compuso un gesto de dolor. Conocía a Carmelo y no podía evitar empatizar con él por el sufrimiento que había padecido en aquellos funestos días.

—Aquel acoso y derribo hizo mucho daño a Carmelo.

Tuvo que recurrir a un abogado para evitar que le endosaran un crimen que él jamás cometió.

Cuando la policía comprendió que ese camino tampoco los conduciría a la verdad, decidieron levantar el pie del acelerador y dar el caso por cerrado.

Pero el daño ya estaba hecho. Carmelo cayó en una depresión profunda de la que logró salir cuando cambió de domicilio. Tuvo que abandonar Atxondo.

Alday silbó asombrado.

—¿Huyó?

Miren endureció la mirada. Negó con la cabeza y se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

—Creo que esto es algo que le reprocha Ander. No haber hecho lo suficiente por encontrar a su madre.

—Yo también me cabrearía —afirmó Alday.

—No le juzgues tan a la ligera, guapo —le reprochó Miren—.

A la salud mental hay que darle la importancia debida.

En aquel momento, Carmelo no podía ayudar a su mujer de ninguna otra manera.

Habían pasado meses desde su desaparición.

Estaba claro que Begoña no volvería. Él, por otra parte, tenía que hacerse cargo de Ander y Enara.

No podía hundirse en la pena porque la familia entera se habría hundido con él.

Dejar Atxondo y mudarse a Bilbao fue una decisión dura pero necesaria.

Sacrificó su propio duelo por el bienestar de sus hijos. A mi entender, hizo lo correcto.

Alday se frotó las manos, pensativo.

—Durante la persecución de H9 no quise preguntarle a Ander por la desaparición de Enara.

Me limité a consultar el expediente de desaparición y dejar caer alguna pregunta a Gardeazabal cuando la ocasión se presentaba propicia.

Pero nunca reuní el valor necesario para preguntárselo a Ander directamente.

Es un gran jefe, pero una persona hermética.

Unas arrugas finas asomaron a la comisura de los ojos de Miren.

—¿Que él es hermético? ¿Y qué hay de ti? Aún estoy esperando a que me confieses ese pecado de juventud cuyos pormenores mantienes a buen recaudo en tu caja fuerte. —Se señaló la cabeza con el dedo índice.

—Es una tontería. —Alday miró al suelo.

—¿De verdad? ¿A qué esperas entonces para contármelo?

Alday esbozó una sonrisa franca con la que trató de suavizar la expresión inquisitiva de su pareja.

—Ya hemos hablado sobre este tema más de una vez. Te lo contaré… a su debido momento.

Miren endureció de nuevo su semblante.

—Esa respuesta me incomoda más aún que el silencio.

Alday carraspeó y se pasó la mano por el pelo.

—Entonces ¿cuál es tu impresión inicial sobre la suerte que corrió Begoña? —preguntó en un torpe intento de desviar el tema.

Miren le dirigió una media sonrisa, negando con la cabeza, pero prefirió dejarlo correr y centrarse en lo que en realidad importaba: la verdad sobre Begoña Linaza.

—Pienso que jamás salió del valle de Atxondo. —Juntó las manos sobre la mesa y hundió la mirada entre los papeles que la cubrían—. Independientemente de si la mujer que estuvo en La Misericordia era ella o no, Begoña no salió del valle tras su desaparición.

Alday se acercó a ella. Cogió una silla y se dejó caer en el asiento.

Observó fijamente a Miren. El cansancio comenzaba a hacer mella en el rostro de la agente.

Las ojeras estaban cada día más pronunciadas por culpa de las horas que robaba al sueño para releer los archivos de forma obsesiva, en busca de la pieza que se les escapaba.

Alday contempló ese semblante cansado y sereno, y sintió que no podía haber nada más bello en el mundo.

—¿Crees que sigue allí? —Contuvo la respiración.

Miren guardó silencio. Tomó un pelo castaño que reposaba sobre una transcripción mecanografiada.

Lo puso a contraluz, aprovechando un rayo de sol que surcaba la sala desde la ventana.

La tonalidad del pelo cambiaba de castaño a rojizo en función de su posición. Sonrió para sus adentros. Era de Alday.

—Sí, lo creo —contestó Miren hundiendo sus preciosos ojos en los de él—. Begoña sigue en el valle.