MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Fueron las mejores vacaciones de su vida.

Su esposa y él disfrutando del relax y del aislamiento como solo puede hacerse en un lugar tan paradisiaco como las islas Maldivas.

Diez años planificando la escapada no podían deparar otro resultado.

Todo salió a la perfección: las mañanas en la playa, las horas de pesca submarina, las excursiones al atardecer, las veladas románticas bajo las brillantes estrellas, arrullados por el rumor de las olas y con los sones de la banda de jazz del resort de fondo.

Ni siquiera el robo del móvil en el aeropuerto de Madrid empañó aquel momento de felicidad total.

Llevaba muchos años doblando turnos, cubriendo a sus compañeros ertzainas caso tras caso.

Muchos años portando la cruz de la insidia, el estigma indeleble de la corrupción.

Muchos años renegando del dios que una vez creyó protector por no haberle advertido de las consecuencias de aceptar el dinero fácil que, mes tras mes, llegaba a sus manos como maná caído del cielo.

Muchos años deseando abrir los ojos y descubrir que todo había sido una pesadilla; tan solo eso, un mal sueño que olvidar en un rincón de su subconsciente.

Se merecía ese descanso. Liberar la presión que amenazaba con arrastrarle hasta el fondo del abismo.

Vivir en el ojo de la tormenta. Así podría haberse descrito su situación esos días de verano.

Porque la tormenta perfecta fue lo que se desencadenó nada más poner el pie en suelo patrio.

Tenía que haberse imaginado que algo iba mal cuando las llamadas a su superior no obtuvieron respuesta.

Algo inusual, aunque bien podría haberlo achacado a los compromisos familiares, que aumentan en época estival.

Pero si algo había aprendido Rodolfo Sahagún en sus años de servicio era que el instinto es como una segunda piel que siempre hay que mantener hidratada.

Una rápida ojeada a las últimas noticias le sacaron de dudas.

El terror le agarrotó los músculos. Atónito ante el quiosco de prensa del aeropuerto de Loiu, Rodolfo sentía que el aire abandonaba los pulmones al ver las fotos aéreas del caserío de Moncho Lopategui y el titular que anunciaba su asesinato.

Iluntasunean itzalik ez . [2]

El lema que los unió entonces pesaba ahora como una losa que le oprimía el pecho y le hundía en la podredumbre.

Con todos sus compañeros muertos, Rodolfo se convertía en el único miembro superviviente de la organización.

Él siempre se había encargado de la distribución de las ganancias y del pago a los proveedores.

De mantener abierta la conexión con sus verdaderos jefes.

¿Qué podría decirles si regresaba vivo de la matanza como Pantiles y Aristodemos?

[3] ¿Acaso no desconfiarían de él? ¿No les parecería de lo más conveniente el robo de su móvil justo antes de su viaje?

Esa idea le rondaba desde el instante en que conoció la muerte de Mauri, Sertucha, Rosales y Lopategui.

La llamada a su contacto de la Mocro Maffia se habría de convertir en una tirada de ruleta rusa.

—¿Qué pasa, Rodolfo?

La voz de su esposa le devolvió a la realidad del aeropuerto.

La miró a los ojos y señaló la portada del diario con un movimiento de cabeza.

La cara desencajada de su mujer fue la muestra clara de que había entendido la magnitud de la situación que afrontaban.

Porque sí, ella conocía perfectamente los negocios de su marido.

De hecho, sin su ayuda no habría podido soportar la presión.

Fue ella quien sugirió la idea de convertir el dinero en oro y de fundirlo todo en reproducciones de figuras y estatuas que luego pintaba con colores vivos.

Su dúplex de Las Arenas escondía a la vista de cualquier visitante millones de euros convertidos en adornos exóticos y estrambóticos.

Rodolfo no postergó la llamada al eslabón más distante con sus socios de los Países Bajos con el que de vez en cuando se comunicaba.

Afortunadamente, la bala ocupaba otra posición en el tambor.

Le dijo que no llamara la atención y que permaneciera quieto hasta recibir nuevas órdenes.

Que fuera discreto y que esperara hasta que sus superiores decidieran qué rumbo tomar en Euskadi.

Rodolfo espantó los recuerdos de aquel día y se centró en la tarea que le habían encomendado.

La Plaza Nueva presentaba una rabiosa actividad a esas horas de la tarde.

Bilbaínos y turistas por igual abarrotaban sus terrazas y los bares más conocidos a la búsqueda de una buena ronda de pintxos , el auténtico tesoro de ese lugar.

Unas pequeñas obras de arte culinarias que embriagan el paladar y las fosas nasales del comensal, transportándole a lugares de placer gastronómico extremo.

Pero Rodolfo no estaba de humor para pintxos .

Aguardaba sentado a una mesa solitaria en el fondo de una tasca poco frecuentada.

Las gafas de acero gris apoyadas en la parte inferior de la nariz y el ceño fruncido por la intensa concentración con la que abordaba el sudoku al que se enfrentaba le conferían la apariencia de un lugareño que consumía la tarde afanándose en aislarse del bullicio.

La madre naturaleza le había obsequiado con un físico común.

Era un hombre de estatura media, cara redonda, pelo ralo y ojos marrones.

Un conjunto de atributos físicos que le facilitaban pasar desapercibido en cualquier lugar.

Esa falta de atractivo, de un rasgo diferenciador que pudiera sobresalir sobre tanta vulgaridad, le había mortificado en la adolescencia.

Pero, con el transcurso de los años, supo convertir esa debilidad en su mayor fortaleza.

«Tú eres la auténtica sombra, Rodolfo. El mejor de todos».

Moncho Lopategui siempre se lo recordaba.

Entró de su mano en la organización en contra de la opinión del resto de los integrantes, que no le veían cualidad alguna.

Era un agente mediocre. No infundía autoridad, era un tirador pésimo, peor conductor y odiaba trabajar en equipo, acomplejado por la impresión de que todos eran mejores que él.

Pero su mentor, su gran amigo Moncho Lopategui, jamás le habría dejado en la estacada.

Bajo su sombra medró en el árbol jerárquico de la policía autónoma del modo que solo él sabía hacer: en silencio.

Rodolfo le devolvería el favor. Por lealtad, porque se lo debía. Continuaría la labor allí donde su maestro la había dejado. Recogería su testigo y lo llevaría hasta la meta.

Una pareja acaramelada entró en el bar agarrándose por la cintura.

Eran jóvenes y muy altos, pasaban del metro ochenta y vestían ropa de senderismo.

Sus botas embarradas atestiguaban que habían empleado el día en darse una vuelta por las montañas que rodeaban Bilbao.

Sus rostros rubicundos estaban enrojecidos por la exposición al sol sin protección.

Se les veía exhaustos, aunque la felicidad que exudaban no mostraba cansancio alguno.

El chico entonó la comanda al camarero en un castellano correcto, pero con un fuerte acento germánico.

La chica le dio un beso en la mejilla y se dirigió a los servicios.

Rodolfo vio por el rabillo del ojo que pasaba de largo el de señoras y entraba en el de caballeros. Un minuto después apareció con una sonrisa franca en la cara y diciendo una frase en alto trufada con una risa musical. Se abrazó a su novio, apuraron la ronda y abandonaron la taberna.

Rodolfo esperó diez minutos. Luego se dirigió al baño de caballeros y tomó el pequeño paquete precintado que la chica había colocado tras la cisterna.

Lo abrió, sacó el teléfono móvil de prepago y se lo guardó en el bolsillo. Pagó en la barra y salió del local.

El engranaje volvía a ponerse en funcionamiento.