Capítulo 8
Ander salió de Ríos S. L. con la inquietante sensación de que estaba desatendiendo algún detalle de la investigación. Tenía el pálpito de que algún indicio clave se le había escurrido entre los dedos de un modo inadvertido.
El registro de las taquillas de César Contreras y de Evaristo Nieto no les había proporcionado ninguna información relevante.
Dentro tan solo guardaban la ropa del trabajo y diversos utensilios de aseo y limpieza.
Le agradeció la colaboración a la áspera secretaria y abandonó el local con la intención de abordar dos entrevistas.
—Entiendo que quieras hablar con la madre de Evaristo, pero ¿crees que es necesario volver a interrogar a Susana Vélez?
—Dicho así suena como si la fuera a arrinconar. —Montaron en el coche y se incorporaron al flujo de la ciudad—. Tan solo quiero hacerle un par de preguntas. Me intriga mucho la baja de su marido. ¿Era real?
—Y ¿por qué no iba a serlo? Que nosotros no apreciásemos hinchazón en el cuerpo no significa que el esguince no existiera.
—No sería la primera vez que alguien se inventa una baja, Garde.
—En eso tienes razón. Mi excuñado programaba el año en tres periodos de reposo: las vacaciones de Semana Santa, las de verano y la baja de invierno. El tío se sacaba así cuatro meses de asueto todos los años.
—Lo que me preocupa en este caso es la coincidencia entre la baja, la desaparición de Evaristo y la muerte de César.
Son tres variables cuyo punto de conexión tenemos que descubrir cuanto antes.
—Ander apoyó la cabeza en el cristal de la ventana mientras exponía su reflexión.
A lo lejos asomaba de nuevo el barrio de Miribilla.
—¿Crees que existe tal punto?
—Sí.
—¿Qué piensas que le ha sucedido a Evaristo? Primero desaparece sin dejar rastro. Luego su cartera aparece en el trastero vandalizado de su tío.
Ander bajó del coche y esperó a que su compañero hiciera lo propio para reanudar la conversación.
—No lo sé. Después de hablar con Susana nos pasaremos por la casa del joven. He enviado un mensaje a la comisaría para que nos faciliten su dirección.
Subieron al domicilio de los Vélez. Los policías percibieron las miradas de curiosidad y las respiraciones contenidas de los vecinos con los que se cruzaron.
La muerte, cuando sacude tan de cerca, hiela la sangre incluso del ser más impasible porque nunca se sabe si su voracidad habrá sido saciada o si, por el contrario, volverá a por más.
—Inspectores, qué sorpresa. —Susana los recibió en delantal mientras se afanaba en limpiarse las manos con un trapo de cocina—. Justo estaba haciendo un pastel de manzana. —Con una sonrisa tímida se señaló el atuendo.
Ander observó con mayor atención a la mujer. Parecía más joven. La expresión de miedo que atenazaba su rostro el día de la muerte de su marido había desaparecido por completo. «Incluso parece relajada», pensó.
—No le robaremos mucho tiempo, señora Vélez. —El inspector hizo el amago de dar un paso adelante.
—Ah, por supuesto. Pasen, pasen, qué desconsiderada por mi parte.
La mujer los condujo al salón. La alfombra había sido retirada; el parqué color cerezo había quedado a la vista. Los tres tomaron asiento casi al unísono en el sofá en forma de ele.
—Pues ustedes me dirán.
—Susana, necesitamos contrastar una información. —Gardeazabal se revolvió en la esquina. Intentaba no hundirse en la incómoda pieza de mobiliario—. Hoy hemos sabido que César estaba de baja, ¿es eso cierto?
La mujer entrecerró los ojos y desvió la mirada hacia la pared.
—¿De baja? No, mi marido estaba de vacaciones. Me dijo que se había cogido el mes entero libre.
Ander y Gardeazabal intercambiaron miradas de perplejidad. El inspector jefe carraspeó para reclamar la atención de Susana.
—¿En mayo? ¿Su marido se cogió el mes de vacaciones en mayo? ¿Acaso tenían pensado irse a algún lugar?
La mujer hizo un ademán de resignación.
—De vacaciones no. Últimamente no nos íbamos a ningún sitio.
Mi marido era muy celoso. Ya saben, yo soy más joven y se pensaba que todos los hombres pretendían flirtear conmigo.
—Frunció los labios creando una trama de arrugas en sus comisuras.
Por un instante pareció perderse entre sus recuerdos—.
Él no me daba explicaciones. No me correspondían, era el hombre de la casa.
Una lejana alarma se abrió paso en la mente de Ander.
César Contreras había fingido la lesión para disponer de tiempo y no le había dado ninguna explicación a Susana.
¿En qué enredo andaba metido? Y, lo que le llamaba aún más la atención, ¿por qué la trataba de esa forma tan denigrante?
¿Estarían ante un caso de violencia machista?
—¿Cómo era su relación de pareja?
El inspector comprobó que la mujer se puso rígida como una tabla al plantearle la pregunta. Su mirada saltó de Ander a Gardeazabal. Tragó saliva.
—¿Ustedes están casados?
Ambos negaron. Pero Gardeazabal respondió.
—Lo estuvimos.
—Entonces ya saben lo que es eso. Flores regadas al inicio del matrimonio, hojas secas que se marchitan con el avance del tiempo. César era celoso y reservado.
Ander esperaba que Susana continuara, pero parecía que había dicho su última palabra al respecto. Percibió que el brillo de sus ojos revelaba sentimientos reprimidos, frases silenciadas.
—¿No hay nada más que nos quiera decir? —Los ojos del inspector jefe la atravesaron como dos esmeraldas ardientes.
La barbilla de la mujer tembló ligeramente. Luego se dio una palmada en la pierna y se alzó de golpe.
—¡Sí, claro! La piedra.
—¿La piedra? —Gardeazabal abrió mucho los ojos—. ¿Qué piedra?
Susana se adentró en el pasillo hablando a lo lejos.
—La encontré en el cajón de su mesilla cuando limpiaba.
Reapareció en el salón con expresión triunfal. Sostenía una pequeña piedra negra con forma de cilindro.
—Esto no estaba allí antes de sus vacaciones.
Ander se acercó y tomó la piedra. Le hizo una foto sobre la mesa de café y la introdujo en una bolsita de pruebas.
La cadena de pruebas era sagrada. La miró al trasluz.
Tenía signos y dibujos tallados. Jamás había visto nada igual.
Se la guardó en el bolsillo, no era el momento de hablar sobre ello.
—¿Me necesitan para algo más?
—No, Susana. Muchas gracias por su colaboración —dijo Ander.
—A ustedes, inspectores. No duden en contactar conmigo cuando así lo necesiten.
—Así lo haremos, señora Vélez.
Se despidieron con un apretón de manos. Ander sintió que el escozor de la sospecha comenzaba a derivar en urticaria.
—Miente —soltó Gardeazabal cuando regresaron al coche patrulla.
—Lo sé. Tenemos que descubrir en qué.
La siguiente parada era el domicilio de Evaristo Nieto. El chaval vivía con su madre cerca, en el barrio de Zabala. En el camino llamaron a la comisaría para preguntar por los antecedentes del chico. No constaba ninguno.
—¿Dónde está mi hijo?
Nada más atravesar el umbral de la puerta la madre aferró los brazos de Ander y lo zarandeó.
La desaparición de Evaristo había sido denunciada diez días antes en la comisaría de Zabalburu.
Desde entonces la policía vasca no había hecho nada por investigar el paradero del joven.
Estaban sobrepasados de trabajo. Era una excusa pobre, como se empeñaba en repetirse Ander.
Pero era la realidad del cuerpo policial.
Pocos recursos disponibles y muchas tareas que realizar.
—No lo sabemos, señora. Estamos tratando de localizarle.
La miró con ternura y esperó a que la fuerza de su agarre mermara.
Al final, la mujer se abandonó a un llanto desconsolado.
Ander la abrazó y permitió que se desahogara.
Entendía a la perfección el desasosiego provocado por la pérdida de alguien cercano, él lo había sufrido en sus carnes dos veces y no quería ni imaginarse lo que sería pasar por la misma tortura con su hija.
Porque, a pesar de que no es justo medir el dolor, no cabe duda de que las desgracias acaecidas a los hijos duelen mucho más.
—Lo siento. Sé que ustedes no tienen la culpa, pero es que estoy desesperada. No sé qué le ha sucedido a mi niño y mi hermano ha muerto. —Se sonó la nariz con un pañuelo.
—Sentimos su pérdida, señora —añadió Gardeazabal.
—No entiendo nada. ¿Qué está sucediendo?
—Eso es lo que tratamos de aclarar. —Ander la ayudó a sentarse en una silla del comedor. La mujer estaba destrozada por los nervios y la ansiedad. Le pasó la mano por la espalda con cariño y se sentó junto a ella—. Necesitamos hacerle unas preguntas.
—¿Qué necesitan saber?
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su hijo?
—Hace once días. César le llamó para trabajar en una reparación de urgencia en la estación de tren de Miribilla.
—¿Era eso habitual? ¿Solían trabajar de noche?
La mujer se encogió de hombros.
—De noche, de día, su presencia podía ser requerida en cualquier momento. Trabajaban en mantenimiento y se les solía llamar por urgencias de distinto tipo.
—¿Sabe si César y Evaristo acudieron solos a la reparación? —preguntó Gardeazabal.
Ella negó con la cabeza.
—También iba otro muchacho de la edad de Evaristo. Mi hermano los metió a los dos en la empresa, siempre tuvo un gran corazón. No quería que los jóvenes se perdieran en la calle, ya saben lo que les quiero decir.
—Por supuesto, señora. ¿Cómo se llamaba ese otro chico?
—Lázaro. No sé el apellido.
Ander apuntó la referencia en su cuaderno.
—El trabajo de reparación finalizó la madrugada de ese mismo día. Su hijo no volvió a casa, pero César sí. —Ander hizo una pausa—. ¿Le pidió explicaciones a su hermano?
—¡Por supuesto! Es lo primero que hice cuando vi que mi hijo no regresaba y que tenía el móvil apagado.
—Y ¿qué le dijo su hermano?
—Que le había ofrecido traerle a casa, pero que él no quiso porque tenía un asunto que resolver en el centro de la ciudad.
El bolígrafo de Ander raspaba las hojas. Las puertas de la investigación comenzaban a abrirse.
—¿Sabe si su hijo tiene algún problema en el trabajo o fuera? ¿Enemigos?
La mujer negó enérgicamente. Miró a los policías con enfado.
—No hay chico más adorable que mi hijo. Siempre con una sensibilidad especial por los desamparados. Es voluntario en la Fundación Síndrome de Down. Por desgracia, los estudios no eran lo suyo. Por eso empezó tan pronto a trabajar.
—Perdone si le hago esta pregunta —intervino Ander—, ¿sabe si su hijo consumía algún tipo de droga?
—No, ni hablar. —El rostro de la mujer se enrojeció fruto de la rabia.
El inspector se maldijo por haber actuado de una manera tan poco empática, más aún cuando esa madre se hallaba en la misma situación que él cuando desapareció Enara—.
Mi Evaristo no era de esos —concluyó dedicándole a Ander una mirada despectiva.
El policía tragó saliva y asintió con lentitud antes de proseguir con el interrogatorio.
—¿Colaboró su hermano en la búsqueda de Evaristo?
—Le hubiese gustado, pero no podía. Tenía un esguince en el tobillo que le impedía moverse. Pero mi marido y yo no hemos parado ni un solo instante. Sé que tarde o temprano aparecerá. Seguro que le ha dado uno de esos ataques de rebeldía de los jóvenes, ¿no creen?
Ander quedó conmovido por la mirada anhelante de la mujer. Un nudo se le formó en el estómago. Conocía a la perfección ese grito de auxilio que buscaba un atisbo de esperanza en el prójimo. Se levantó de la silla y la cogió de los hombros mientras la miraba a los ojos.
—Señora, le prometo que lo encontraré. Aunque sea la última cosa que haga en esta vida, encontraré a Evaristo. Se lo aseguro, aparecerá.
—Dios le escuche. —Una lágrima gruesa recorrió el rostro de la mujer y se precipitó sobre la encimera.
Minutos después abandonaban el domicilio de Evaristo con la impresión de que el caso se aclaraba y se complicaba en la misma proporción. ¿Quién había matado a César?, ¿dónde estaba Evaristo? Ander sentía que algo terrible estaba a punto de suceder.