MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Las oficinas de Ríos S. L. ocupaban una amplia lonja situada en los soportales de la calle Antonio de Trueba, junto a las antiguas vías que otrora separaran, cual trinchera, los barrios de Rekalde e Irala.

Ander no podía evitar recordar sus tiempos de patrullero cada vez que transitaba por ese punto negro de la capital bilbaína.

Fueron numerosas las ocasiones en las que allí se requirió la presencia de la policía.

Los bajos de las escaleras que salvaban el antiguo obstáculo y que llevaban a los peatones de un barrio a otro representaban un refugio propicio para los yonquis y los delincuentes de la zona.

Sin embargo, desde que Bilbao había optado por lavar su imagen para presentarse ante el mundo como un destino turístico internacional atractivo, reductos como aquel, que retrotraían a la urbe industrial de los años ochenta, fueron borrados del paisaje urbano.

Hoy el ciudadano podía disfrutar de un amplio paseo que discurría sobre las vías ahora soterradas.

Eliminadas las trincheras, la accesibilidad se había convertido en la nueva reina de la ciudad.

Traspasaron el umbral de la puerta y se dirigieron al escritorio que se encontraba enfrente. A Ander le valió un rápido vistazo para hacerse una composición del lugar: el mobiliario carecía de encanto, la decoración de la oficina también y la secretaria no desentonaba en el conjunto.

—¡No, señor, no se lo permito! —bramó la mujer acompañando sus gritos con un sinfín de aspavientos—. El presupuesto estaba desglosado, concepto por concepto. No consiento que nos acuse de haberlos engañado.

Cuando fue consciente de la presencia de los inspectores los invitó con la mano a sentarse en sendas sillas dispuestas frente a su mesa. Luego compuso una sonrisa que se quedó a medio camino cuando su interlocutor le dijo algo que no era de su agrado.

—Vamos a ver, Chema. ¿Cuánto hace que nos conocemos?

¿Quince años? —Esperó la respuesta del hombre y su cabeza acompañó las palabras con un gesto de asentimiento—.

Entonces me puedes explicar por qué cada vez que te pasamos la factura del mantenimiento del muro del palacete nos vienes con esa monserga de que te hemos vuelto a estafar.

La mujer se echó hacia atrás y el respaldo crujió con su peso. Bizqueó con claridad cuando trató de leer una hoja que sujetaba en la mano a un palmo de la cara. Al final emitió un bufido y cortó bruscamente la conversación.

—Ahora no estoy para perder el tiempo, Chema. Llama al jefe y háblalo con él.

Colgó con tanta fuerza que Ander se irguió en su asiento sobresaltado.

Se retrepó en la silla y se apartó de la frente un mechón cano que le había caído en el calor de la discusión.

Dos pequeños ojos brillantes observaban a los policías.

Las arrugas de la mujer mostraban una preocupación que el resto de su semblante intentaba ocultar.

Finalmente les dirigió una sonrisa franca y abrió los brazos cortos en un ademán conciliador.

—¿A qué se debe su visita, caballeros?

—Venimos en busca de respuestas. —Ander imitó el tono directo de la mujer.

—¿Respuestas? —Una carcajada sofocada amplió la sonrisa de oreja a oreja—. No sé si han venido al lugar apropiado para ello. ¿Respuestas de qué?

Ander se sentó en el borde de la silla, inclinando su peso hacia delante.

—César Contreras y Evaristo Nieto.

La mujer frunció el ceño y adoptó una expresión más severa.

—Hace días que no vienen a trabajar. ¿Qué pasa con ellos?

Los policías se miraron asombrados.

—Ah, pero ¿no se han enterado? —intervino Gardeazabal.

La mujer le miró de arriba abajo como si no se hubiera percatado de su presencia hasta ese instante.

—Oigan, si pretendían asustarme, lo han conseguido. ¿De qué nos teníamos que haber enterado?

—Del fallecimiento de César Contreras.

Las palabras de Ander hicieron que la mujer se hundiera en la silla. Se cubrió el rostro con las manos y emitió un lamento silencioso.

—Pensé que Susana Vélez, la viuda de César, los avisaría.

Ander respetó el momento de dolor de la mujer. Sentía el movimiento nervioso del pie de su compañero que comenzaba a impacientarse. Pero él sabía que no todo el mundo absorbía los golpes del mismo modo; esperarían.

—¿Cómo ha sido? —La mujer se puso en pie. Se estiró los pantalones a la altura de los muslos, arrugados por el prolongado tiempo que había permanecido sentada, y dirigió a Ander una mirada cargada de tristeza.

—Sucedió en su domicilio. No podemos comentar nada más, la investigación está bajo secreto de sumario.

—Por supuesto. Antes ha dicho que venían en busca de respuestas. ¿Qué necesitan en concreto?

El inspector jefe se incorporó y sacó el bloc de notas del bolsillo trasero del pantalón.

—Ha comentado que llevaban días sin venir a trabajar. ¿Desde cuándo?

La mujer asintió con vehemencia, feliz de poder ocupar su mente en una tarea que ahuyentara el sentimiento de pena que la embargaba.

—Déjeme comprobarlo. Guardamos registro de los fichajes de nuestros empleados.

—Señaló un reloj de fichar que había en la pared más próxima a la entrada—.

Tienen la obligación de marcar la salida y la entrada, de lo contrario se les penaliza.

No sería la primera vez que dejan de cobrar por eso.

—Sus ojos nerviosos recorrieron el monitor.

Su dedo no dejaba de pulsar en el ratón y el cursor saltaba de un programa a otro—.

Evaristo lleva once días sin aparecer. A ver qué ha puesto el encargado.

—Sus ojos saltaron por las líneas que había escrito el hombre a modo de comentario—.

Eso es. Ambos dejaron de acudir al trabajo desde el aviso de desprendimiento en la estación de Miribilla.

César presentó un parte de baja. Pero el chico no ha dado señales de vida.

Ander la miró con extrañeza.

—¿Qué desprendimiento?

—Hará dos semanas colapsó una pequeña sección de la caverna, junto al andén de la estación de cercanías de Renfe.

—La mujer guardó silencio mientras leía con atención un documento—.

Según el parte que rellenó César, la reparación se alargó durante toda la madrugada, aprovechando que el tren no ofrecía servicio a esas horas.

No reportó nada extraño, apartaron los cascotes, taparon el pequeño boquete de la pared y dejaron la superficie enlucida.

—¿Sufrió César un accidente mientras trabajaba en la reparación? —preguntó Ander.

La mujer negó con la cabeza. Continuó buscando información en la pantalla, solo que esta vez su expresión se había vuelto más desconfiada. Había algo que no parecía cuadrarle.

—Esto es muy curioso.

—¿El qué? —La voz de Gardeazabal atronó en la estancia.

—César nos envió un parte médico de baja al día siguiente. Me extraña porque no había informado de incidente alguno cuando rellenó el informe.

—¿Se sabe cuál es la causa de la baja? —insistió el veterano inspector.

—El parte no lo indica. Sin embargo, en el correo electrónico en el que nos hizo llegar el documento César explica que sufrió una caída al salir de la estación y que a consecuencia de esta se hizo un esguince.

—¿Es normal que alguien no dé señales de vida en el trabajo y ustedes no se pregunten qué narices le haya podido pasar?

—Ander notaba que la rabia se le empezaba a acumular en el abdomen.

No toleraba la dejadez en el trabajo, mucho menos en alguien que gestionaba los recursos humanos.

Estaba harto de ver cómo algunos trataban a sus subordinados como si fueran meros números.

—Mire, señor. Aunque no lo parezca, nosotros somos una empresa de grandes dimensiones.

Gestionamos decenas de obras y reparaciones, contamos con una plantilla de más de cien trabajadores que puede llegar a aumentar hasta los trescientos en épocas de mucho trabajo.

Como entenderá, yo no puedo actuar como la niñera de esa gente. Ni puedo ni quiero, vamos.

Ander bajó la cabeza. Por mucho que le molestara, sabía que en el fondo la mujer tenía razón.

La mente del policía recorría otros caminos en ese momento.

Trataba de hilar la nueva información obtenida con los datos que ya conocían del apuñalamiento de César Contreras.

«¿Qué sucedió en realidad esa noche en la estación de Miribilla?

—se preguntó—. ¿Por qué desapareció Evaristo?

». Frunció el ceño del modo que hacía cuando buscaba una imagen en el fondo de su mente.

No recordaba ninguna venda en los tobillos del fallecido.

Pero ¿por qué habría de mentir en el trabajo?

Los hechos se estaban complicando por momentos.

En ese punto de la investigación, lo único que tenía claro era que las preguntas se iban apilando de un modo alarmante.

Si no les daban respuesta pronto, corrían el riesgo de que cayeran sobre sus cabezas y arrastraran su caso al olvido.

—Está bien, señora —masculló Ander.

—Alberta. Ese es mi nombre. No me llame señora, que me hace sentir mayor.

Ander le dedicó una sonrisa amarga.

—Como usted mande, Alberta. ¿Nos podría mostrar las taquillas de nuestros hombres?

La mujer tamborileó sobre la mesa. Su expresión nerviosa mostraba el conflicto que vivía en su interior. El inspector reconoció a la primera el origen de la duda: para alguien que está acostumbrado a obedecer cualquier atisbo de iniciativa es una amenaza latente.

Al final asintió con solemnidad, compuso una sonrisa forzada y les indicó que la acompañaran con un ademán.

—Los vestuarios están por aquí. Síganme.

Ander y Gardeazabal entraron en un oscuro pasillo con la esperanza de que, entre tanta incertidumbre, los objetos personales de César y Evaristo les aportaran la tan necesaria luz.