Capítulo 6
—César Contreras está más limpio que una patena. —Gardeazabal señalaba la foto del hombre mientras masticaba con parsimonia un pedazo de sándwich.
—No tenía antecedentes de ningún tipo, pagaba religiosamente sus impuestos, era un marido ejemplar y un amigo entrañable.
—Gardeazabal apuntaba a los documentos que confirmaban sus afirmaciones: registros policiales, certificados de Hacienda y las notas tomadas sobre el terreno al entrevistar a la esposa y a los amigos del fallecido con los que lograron contactar el día anterior.
—Y, sin embargo, ese dechado de virtudes fue acuchillado como un gorrino en el salón de su casa. —Ander oprimió el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice como solía hacer cuando quería descargar la tensión del rostro.
—De un modo salvaje. —Gardeazabal estiró el brazo hasta un grupo de fotos. Apartó todas menos la que en realidad le interesaba: un primer plano del torso del finado—. Mira esto, no parece propio de un crimen casual.
—Estoy de acuerdo. Más parece un crimen pasional.
—¿Te refieres a Susana Vélez?
—No hay que descartarlo, Garde.
El inspector negó con la cabeza.
—No lo creo, Ander. De verdad. Llevo mucho tiempo analizando las mentiras del ser humano, las he visto de todas las formas y colores. Todas ellas tienen un rasgo en común: el lenguaje corporal las contradice. La viuda no mentía, estaba muy afectada; no creo que estuviera fingiendo.
Ander se encogió de hombros.
—Veremos.
—Además está el carnet que encontrasteis en el trastero —insistió el corpulento inspector—. Evaristo Nieto. Tal vez ese sea el hilo del que haya que tirar.
—Me parece demasiado conveniente que apareciera esa cartera en el trastero, ¿no crees?
—Pero ¿por qué, Ander? El asesino estaba buscando algo, acabó con Contreras porque se interpuso en su camino y, como el hombre le opuso resistencia, se ensañó con él.
No encontró lo que buscaba en casa y decidió bajar al trastero.
Luego, con el caos de los objetos caídos, perdió su cartera.
Bien la aparición de un vecino, bien que encontrara lo que buscaba, bien su propia ansiedad le empujó a huir de un modo precipitado dejando atrás la prueba que le incriminaba.
—No es mala hipótesis. Pero se te olvida un pequeño detalle.
—¿Cuál? —Gardeazabal frunció el ceño anticipando una de las clásicas vueltas a la tortilla de su jefe.
—Gamboa nos adelantó en la autopsia preliminar que el fallecido estaba muerto antes de que fuera apuñalado.
Gardeazabal cerró los ojos y se mantuvo en silencio.
Pasados unos segundos se puso en pie y comenzó a caminar por la sala a grandes zancadas.
Él también estaba agotado tras una jornada de catorce horas, pero su mente no le permitía desconectar de la investigación ni un solo instante.
Ander observaba desde su posición el movimiento de los labios de su amigo y la crispación que reflejaban sus manos cada vez que un pensamiento equivocado parecía atravesar su mente.
De pronto se paró en seco y chasqueó los dedos con énfasis.
—¡Ya lo tengo! Un ajuste de cuentas. Eso es, César no era tan legal como todos creían. El hombre guardaba en su casa mercancía para algún traficante y tal vez se pasase de listo y tratase de robarles droga.
—Esa hipótesis me gusta mucho más que la del allanamiento que fue mal. Aunque tampoco resuelve la paradoja de la causa de la muerte.
El inspector sofocó un quejido lastimero y se dejó caer con estrépito sobre la silla. Un sonido seco desvió la atención de los inspectores. Alguien llamaba a la puerta. Ander se apresuró a contestar.
—¡Adelante!
Una joven agente asignada a Seguridad Ciudadana se le acercó y le dio una carpeta marrón.
—Señor, hemos cruzado la información que nos pidió el subcomisario y hemos hallado concordancias.
—Gracias.
—Un placer, inspector.
Tamborileó distraídamente en la tapa de la carpeta hasta que la agente hubo salido de la estancia.
Estaba impresionado. Primero, su superior directo le permitió alejar del grupo a dos agentes tan valiosos como Alday y Miren, ofreciéndoles la garantía de que su trabajo en Iurreta contaría con su respaldo personal y el de la comisaría.
Y, segundo, puso a disposición de Ander los agentes a su mando que estimase necesarios para llevar a cabo las pesquisas en los casos que tuviera entre manos.
El informe que reposaba sobre su pierna era el fruto de ese espíritu de trabajo en equipo.
—¿Qué es? —La impaciencia de Gardeazabal le sacó de su ensimismamiento.
Ander leyó con atención. Elevó las cejas sorprendido.
—César Contreras y Evaristo Nieto no eran dos desconocidos. —Posó el folio sobre la mesa y miró fijamente a los ojos a su compañero—. Eran tío y sobrino, y ambos trabajaban en la misma empresa de mantenimiento: Ríos S. L.
—¿¡Cómo!? Esto no tiene ningún sentido.
—¿Por qué no?
—Eran familia.
—Quizá ese sea el motivo por el que tenga tanto sentido. Las familias no son la Arcadia bucólica que todo el mundo pinta. Es en su seno donde se han cometido las mayores barbaridades —indicó Ander—. Y aún hay más: Evaristo lleva desaparecido diez días. Su madre acudió a denunciar la desaparición.
—La investigación se complica por momentos.
Ander asintió.
—Parece un rompecabezas.
—Pero, insisto, ¿por qué querría matar Evaristo a César? Era su tío. —Gardeazabal pensó en su anciano tío y se le encogió el corazón solo de imaginar algo así—. Es una aberración.
Ander se levantó de la silla y se dirigió hacia el rincón en el que tenían dispuestos los enseres del desayuno. Se sirvió una taza de café recién hecho y, con un gesto, le ofreció otro a su compañero. Gardeazabal declinó la oferta con la cabeza.
—¿Recuerdas a los hermanos Lezaun? —preguntó retornando a la mesa.
—¿Los atracadores del valle de Ayala?
—Esos mismos.
Gardeazabal apretó la mandíbula y entornó los ojos del modo que solía hacerlo en las ocasiones en que lanzaba un cubo al fondo del pozo de su memoria en busca de un recuerdo. Cuando alzó las cejas, Ander supo que había dado con él.
—¿Fue el caso en el que uno de ellos prendió fuego al caserío de su hermano?
Ander asintió.
—Julen y Sebas Lezaun eran hermanos y socios en sus asuntos delictivos.
Uña y carne, los definían. Inseparables, llegué a oír.
—Bebió un sorbo de café antes de continuar—.
Sus mujeres solían quedar todos los días a desayunar juntas en una cafetería próxima al colegio de los críos. ¿Ves adónde quiero llegar a parar?
—Supongo que quieres decirme que, cuando el dinero se interpone, no hay parentesco que valga.
—Pues sí, precisamente. Esa es la moraleja.
Sebas se quiso quedar con el botín íntegro del último atraco.
La cantidad ascendía a las seis cifras; un auténtico pelotazo.
—Ander dejó la última fotografía sobre el resto y las agrupó con cuidado antes de devolverlas al sobre—.
Decidió que la mejor forma de hacerlo era prendiéndole fuego a las cuatro esquinas de la casa de Julen mientras la familia dormía.
No tuvieron ninguna posibilidad de sobrevivir; murieron abrasados por las llamas.
Gardeazabal apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante. Un chasquido metálico delató la tensión con que presionaba el mobiliario.
—¿Crees que estamos ante un caso similar?
Ander le sostuvo la mirada durante varios segundos. Su mente trazaba las líneas de acción más plausibles, tratando de entender el proceso de toma de decisiones de los criminales.
—Aún no me he hecho una imagen fija de lo sucedido. Veo varias opciones revoloteando en el aire. Lo que sí tengo claro es una cosa.
—¿El qué?
—Tenemos que acudir al lugar de trabajo de ambos. Tal vez allí nos proporcionen la clave que resuelva este crimen.