Capítulo 5
—Otro nombre que tachar de la lista.
—¿No será que estamos persiguiendo un fantasma? —se aventuró a cuestionar.
—¿Por qué no se lo preguntas a Ander? —le espetó ella.
—Chica, cómo te pones. —Alday redujo la velocidad al aproximarse a un semáforo en rojo. Cuando se detuvo, se volvió hacia su compañera—. Tan solo era un comentario.
Miren bufó y se le quedó mirando durante el rato que tardó el semáforo en ponerse en verde.
—Entonces guárdate para ti ese tipo de comentarios —dijo finalmente—. Necesito que sumes, no que restes.
—Entendido, jefa. —Alday acusó el golpe.
Llevaban varios días en Durango al frente de una investigación que se remontaba a casi cuarenta años atrás y que había sido reabierta en fechas recientes: la desaparición de Begoña Linaza, la madre de Ander Crespo.
En un principio, fue el propio Ander quien había tomado las riendas de la investigación; se había desvivido porque resurgiera cual ave fénix de sus cenizas.
Se vació como solo él sabía hacerlo, ahondó en los detalles y calibró todas las bifurcaciones, todas las sendas por las que sus esfuerzos le condujeran hasta un desenlace feliz.
Pero no pudo ser. En su inmensa sabiduría, el inspector fue consciente de que el mayor impedimento en las pesquisas era su propia presencia.
Redactó informes exhaustivos de sus avances, transcribió la totalidad de las entrevistas y le pasó el testigo a una abrumada Miren.
Miren sintió una honda tristeza al pensar en su jefe, en una situación de todo menos envidiable.
La muerte del lendakari había situado el foco de los mandos superiores de la Ertzaintza sobre él.
La mayoría hubiera querido ver su cabeza clavada en una estaca y expuesta en la plaza mayor.
Sin embargo, tras meses de investigación interna, el asunto se saldó con una sanción leve, una amonestación.
Una resolución inusual. Porque, en circunstancias normales, una decisión como la que tomó Ander en décimas de segundo en esa carretera comarcal de Urdaibai habría supuesto su cese fulminante y, con toda probabilidad, su ingreso inmediato en prisión.
Pero nada en torno a la muerte del lendakari podía considerarse normal.
El partido en el poder movió todos los hilos para echar tierra sobre la implicación del máximo mandatario del País Vasco en los crímenes rituales del solsticio de invierno.
A pesar de las afirmaciones que salieron en algunos medios de comunicación, ningún portavoz oficial confirmó que Aingeru Elguezabal y Akerbeltz fueran la misma persona.
El tiempo acabó por diluir la atención mediática y el público, ese soberano sin corona, pasó a interesarse por otros acontecimientos recientes más morbosos.
Porque, como solía suceder en estos casos, lo nuevo terminaba imponiéndose sobre lo conocido.
—De todos modos, hay una cosa que no me podrás negar. No existe constancia de que la madre de Ander siga viva —dijo Alday con la vista fija en la carretera.
Miren echó la cabeza hacia atrás con brusquedad y la dejó así, apoyada contra el reposacabezas. Hizo tres respiraciones profundas para calmar a la tigresa que pugnaba por salir por su boca y permitió que la corriente de aire que entraba en la cabina meciera su furia.
—En efecto, no existen pruebas de que Begoña Linaza esté viva. Pero tampoco las hay de que esté muerta.
Alday asintió.
—Hay un elemento que pasas por alto —continuó Miren—: la enfermera de la residencia describió con todo lujo de detalles los ojos de la madre de Ander. A mi juicio, eso constituye una identificación positiva.
Alday torció el gesto, escéptico.
—Pero ¿por qué iba a reaparecer ahora? ¿Por qué no seguir oculta?
Cuando hablamos con los antiguos amigos de Begoña todos estaban tan sorprendidos como nosotros al saber de su supuesta reaparición.
Nadie sabe nada de esa mujer. Por eso digo que es un fantasma.
Mi intención no es ofenderos ni a ti ni a Ander, solo digo lo que pienso.
Tomaron el desvío hacia Atxondo, internándose en su estrecho valle.
Un paisaje bucólico en el que el verdor de los pastos se fundía con el gris de la sierra que lo flanqueaba.
El municipio, en la comarca del Duranguesado, se formó a mediados del siglo XX mediante la fusión de las anteiglesias de Apatamonasterio, Arrazola y Axpe.
Las cimas altas y desnudas que vigilaban el valle marcaban a fuego su carácter y el de las personas que lo habitaban, como así lo atestiguaba la etimología de los topónimos Axpe («bajo la peña») y Atxondo («junto a la peña»).
Miren percibió la solidez de las cumbres que coronaban la sierra y la espesura de la cuenca. Ese lugar transmitía paz y poder al mismo tiempo; belleza y peligro. Un escalofrío sacudió a la policía. Cerró los ojos y trató de aspirar ese oxígeno sanador.
Sentía un enorme peso sobre sus hombros desde el día en el que Ander le pasó el testigo de la investigación de la desaparición de Begoña.
Llegó a cuestionarse si estaría a la altura de las expectativas que su jefe había depositado en ella, aunque se sacudió esa duda con la misma presteza con la que la había dejado entrar.
No podía fallarle. Ander había sido su mentor, su mayor apoyo en el cuerpo.
Gracias a él había entrado en el codiciado Grupo 4 de Homicidios de la Ertzaintza.
La crème de la crème . La mejor unidad de investigación criminal de la policía autónoma vasca.
El destino al que todo policía con vocación aspiraba a llegar algún día.
Miren no podía fracasar. Lo único que él le había pedido fue que hiciera su trabajo como siempre lo había hecho.
A su manera. Con el corazón y la mente sobre la mesa, con los ojos abiertos y trillando el camino.
«Sigue mis pasos si quieres —le dijo aquel día—, pero no pises sobre mis huellas.
Abre tu propio sendero. Porque son muchos los que llevan a la cima».
Y ahí estaba Miren, tratando de entender el camino trazado por su superior para así descubrir qué pudo haber fallado en la búsqueda de su madre desaparecida.
—Tu postura me ha quedado clara, Mikel. Siempre tan racional. —Sopló hacia arriba para apartar un mechón que se le había soltado sobre la frente—. Siempre tan prudente. Siempre tan comedido.
Alday le dirigió una sonrisa ladeada que dejaba a la vista la hilera superior de la dentadura.
—No siempre soy así de comedido. —Una chispa le brilló en la comisura del ojo y Miren sintió que algo se le movía en el interior. Sonrió.
—Es verdad, gracias a Dios no siempre eres tan prudente. Pero, ahora en serio, piensa lo que quieras. —Miren hizo una pausa.
—Pero…
—Pero no cierres tu mente a la investigación. Te quiero abierto a todas las opciones. Las cabales y las descabelladas. ¿De acuerdo?
Alday asintió. Habían llegado a su destino. Estacionó el coche patrulla junto al ayuntamiento del pueblo, bajaron del automóvil y dirigieron sus pasos hacia el consistorio.
Llevaban tres días tratando de hacerse una imagen del caso.
El objetivo de Miren era trasladarse a ese día de 1987, cuando en ese mismo lugar una mujer desapareció sin dejar rastro alguno.
La agente no descartaba ninguna hipótesis: secuestro, abandono, accidente…
Obviamente el peso de cada una en la balanza era muy desigual.
Porque ¿qué sentido tenía aparecer cuarenta años después de ser secuestrada sin haberle contado a nadie esa experiencia tan traumática?
Del mismo modo, si sufrió un accidente que le provocó amnesia, ¿acaso ningún facultativo habría investigado los registros de mujeres desaparecidas durante su ingreso?
¿Y cómo se explicaba que, tras cuatro décadas, acudiera junto a un marido al que supuestamente no recordaba?
La posibilidad de la amnesia también parecía llevar a un callejón sin salida.
El instinto de Miren le indicaba que Begoña Linaza había desaparecido de forma voluntaria.
Era una conjetura muy cruda, no cabía duda, pero Miren no estaba ahí para juzgar a esa mujer, no era su cometido.
Sin embargo, no podía ignorar que marcharse, así sin más, dejando atrás a un hijo adolescente y una niña pequeña, no debió de ser una decisión sencilla.
Si la madre de Ander era, en realidad, la mujer sensible y entregada que todos recordaban, entonces, en algún momento y lugar, tuvo que surgir una fuerza de succión tan poderosa que no pudo resistirse.
La investigación de Miren y Alday contaba con todo el respaldo del cuerpo.
El mismo director Torres intercedió para que se les asignaran sendas habitaciones en el complejo que la Brigada Móvil tenía en Iurreta.
Así podrían centrarse en rastrear la zona del Duranguesado, donde se suponía que se hallaban las claves del caso.
También disponían de una sala de investigación en la comisaría de Durango.
Allí, en tablones y sobre la mesa del despacho, habían expuesto los avances de sus pesquisas.
Acumulaban mucho papel y, aparentemente, ninguna prueba.
Lo normal en este tipo de investigaciones policiales.
Más aún teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde la desaparición de Begoña.
Los policías entraron en el consistorio y se detuvieron frente a un mostrador tras el cual un hombre corpulento se afanaba por acomodar sus dedos gruesos en el teclado del ordenador de sobremesa.
Alday sonrió para sus adentros. No cabía duda de que el hombre lo intentaba, pero también de que aquello no era lo suyo.
Al percatarse de la presencia de los agentes, el funcionario se irguió en la silla y ajustó sus gafas de pasta negra al puente de la nariz.
— Egun on , [1] ¿en qué puedo servirles?
— Egun on . Necesitamos los datos censales de 1987. —Miren apoyó las manos en el canto del mostrador.
El hombre elevó las cejas en señal de sorpresa.
—¿Es parte de una investigación policial?
—Así es —afirmó Alday.
El funcionario se rascó la coronilla y miró a los agentes con atención. Luego se giró hacia el ordenador y tecleó algo.
—¿1987? Esos registros son muy antiguos. No están digitalizados.
—Contábamos con ello —dijo Alday—. Suponíamos que los conservarían en algún archivo físico.
El hombre volvió a consultar la pantalla y asintió.
—Sí, aquí están. —Señaló una línea en el centro del monitor—. Son dos cajas. Las tenemos guardadas en el sótano.
Dibujó una fina sonrisa y se levantó de la silla. Se dirigió hasta un armario metálico de puertas correderas y sacó dos juegos de guantes de látex y un par de mascarillas que dejó sobre la encimera.
Miren frunció el ceño.
—Las van a necesitar. El sótano es muy húmedo.
Tenemos deshumidificadores instalados, pero da igual, los documentos más antiguos tienen hongos.
Tengan cuidado y no se chupen la yema del dedo al pasar las hojas, no les vaya a suceder como a los monjes curiosos de El nombre de la rosa .
—El funcionario soltó una risotada socarrona, visiblemente satisfecho de su chiste.
Se detuvo al comprobar que la chanza no había calado entre los ertzainas y carraspeó avergonzado.
Con un gesto tímido de la mano los invitó a seguirle—. Los acompañaré hasta el sótano.
—Estupendo. —Alday puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. De nuevo le tocaba picar piedra en la mina, como en el caso de H9.
Miren no compartía su hastío. Una sensación diferente le recorría el cuerpo. Emoción anticipada. ¿Estaría la pista que buscaban, el eslabón perdido, entre esos papeles? ¿Descubrirían el hilo de Ariadna que los llevaría a la localización de Begoña Linaza?