Capítulo 4
Susana Vélez no se percató de la llegada de los inspectores.
Apoyada en el reborde de la ventana de la cocina, su mirada se perdía en algún punto indeterminado del patio interior.
La mujer apuraba con mano trémula un cigarrillo mientras su pensamiento parecía llevarla a lugares lejanos.
Ander identificó inmediatamente el estado de conmoción que sufría.
Por desgracia, le había tocado vivir muchas situaciones similares.
La pérdida de un familiar cercano es imposible de asimilar a corto plazo.
—Buenos días. —Ander estableció contacto visual con el agente que acompañaba a la viuda de César Contreras y le hizo un gesto con la cabeza para que abandonara la estancia.
—Buenos días, inspectores. —El agente saludó a sus superiores y salió sin mayor dilación.
Susana se giró hacia el interior del habitáculo, en el que apenas cabía un frontal compacto de muebles y una mesa con dos taburetes, cuya superficie total, el inspector estimó, no superaría los siete metros cuadrados.
La mujer los observaba con ojos acuosos y cansados.
Era alta, esbelta, muy guapa, de una edad claramente inferior a los cincuenta y ocho años de su marido.
Apagó el cigarrillo en un pequeño cenicero de latón que se mantenía en precario equilibrio en un costado del alféizar.
—Por favor, tomen asiento —les convidó con un ademán. Una tristeza inmensa acompañaba cada uno de sus gestos.
Ander tomó asiento, Gardeazabal decidió apoyarse contra la encimera. Al ver que la silla quedaba libre, la mujer optó por sentarse frente al inspector jefe.
—Señora Vélez, sentimos enormemente su pérdida.
—Gracias. —La mujer negó con la cabeza mientras trataba de contener las lágrimas que se le agolpaban en los ojos—. ¿Quién ha podido hacer esto? ¡Dios mío!
Hundió la cabeza entre las manos y prorrumpió en un sollozo que únicamente pudo reprimir pasados unos segundos.
—Lo siento —acertó a decir en pleno ataque de hipo.
—Lo entendemos. No se preocupe por nosotros. Tómese su tiempo.
La voz de Gardeazabal sonaba más conciliadora que nunca.
Ander le miró fugazmente y le hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza.
Esta versión de Garde era la que siempre había estado buscando.
Era más que notorio el cambio que en él habían ejercido la pérdida de Arregui y la irrupción de Isabel en su vida.
—Permítame que le haga una serie de preguntas. —Ander sacó el bloc de notas y lo posó sobre la mesa.
—Adelante, inspector.
La silla crujió por su peso cuando el policía cambió de posición. Apoyó los codos en la mesa y miró fijamente a los ojos de la mujer.
—Usted fue la persona que dio el aviso en emergencias, ¿cuándo supo que su marido había fallecido?
—Sí, yo di el aviso. —Su voz sonaba lacónica, distante, como si se hubiera transportado al momento en el que descubrió el cadáver de César—. Cuando volví de mi turno de noche…
—Perdone —interrumpió Ander—, ¿significa eso que usted no estaba en casa cuando sucedieron los hechos?
Susana negó con la cabeza. Sus ojos marrones oscuros se mantenían firmes ante el escrutinio del policía.
—Trabajo a turnos en una residencia de ancianos.
Ayer inicié un ciclo de tres noches. Cuando llegué a casa vi que la puerta no estaba bien cerrada.
Al acercarme más observé que había sido forzada.
El miedo se me disparó al percibir el olor que procedía del interior de la casa.
—Hizo una pausa en la que trató de reprimir otro sollozo.
Apretaba los puños con fuerza y se mordía el labio inferior, como si así contuviera el torrente de lágrimas que luchaba por salir.
Logró calmarse y continuó con su relato ante la atenta mirada de los inspectores—.
Era un hedor horrible. Una peste que conozco bien; no han sido pocas las veces que he tenido que lidiar con la muerte en mi trabajo.
—Bajó la vista hacia las manos—. Como usted bien sabe, los médicos no siempre acuden con rapidez a certificar las muertes.
En ocasiones hay que taparlos con una sábana y rezar por que la espera no se dilate demasiado.
—Entiendo.
—Pero no sé, mi mente se negaba a atender a los indicios. Pensé que tal vez el olor provendría de otro lugar, quizá de la casa de otro vecino. Jamás pensé encontrarme a mi César asesinado en la sala. ¿¡Quién ha podido hacerle esto a mi amor!?
El cabello negro y ondulado de Susana cayó sobre su rostro cuando claudicó y se abandonó al llanto con la cabeza gacha. Ander esperó un instante antes de formularle la siguiente pregunta.
—¿Sabe si su marido tenía algún enemigo? ¿Gente a la que le debía dinero? ¿Alguna vez le habló de algo de eso?
La mujer negó enérgicamente con la cabeza.
—Mi marido era un buen hombre, todo el mundo le quería.
«Todos los muertos son maravillosas personas», pensó el inspector, hastiado de que esa pregunta habitual de las entrevistas previas siempre obtuviera la misma respuesta.
Luego, cuando la investigación policial rascaba la superficie, la realidad solía encargarse de abrirles los ojos a todos aquellos que vivían en la inopia.
El tiempo le había enseñado que la lucidez de las personas perdía precisión a medida que las relaciones se volvían más cercanas.
Ander esbozó una sonrisa empática y asintió levemente.
—Estoy seguro de que así era, señora Vélez. ¿Ha notado que falte algo en casa? En un primer vistazo no nos ha parecido que hubiese signos de robo.
—Cuando entré en la sala estaba todo patas arriba. Habían volcado el interior de las estanterías y del mueble de la sala. Lo puse todo en su sitio antes de que llegaran ustedes.
El inspector vio que Gardeazabal se movía nervioso y que reprimía sus ganas de intervenir.
—No tenía que haber hecho eso, señora. Alteró la escena del crimen.
—Lo siento de corazón. Pero no pude contenerme. Es un maldito TOC que tengo; soy incapaz de soportar el desorden. Enfermo como vea algo fuera de lugar.
El agente que había estado custodiando a la viuda irrumpió en la cocina cuando Ander iba a recriminarle a la mujer su irresponsabilidad, ya que había podido eliminar las huellas dactilares o muestras biológicas del asesino.
—Inspector Crespo, tiene que ver esto.
Ander fulminó al joven con la mirada.
—¿Acaso no ve que estamos en plena entrevista?
—Lo siento, señor. Pero un vecino acaba de avisarnos de que ha habido un allanamiento en un trastero de esta vivienda. Parece ser el de la familia Vélez.
Aingeru, que era como se llamaba el agente proactivo, y Ander bajaron al trastero que estaba ubicado junto a la plaza de aparcamiento del matrimonio. Gardeazabal se había quedado con la viuda con la consigna de que llevara a término el interrogatorio iniciado por su jefe.
Al llegar a su destino ubicado en la planta tercera del garaje, el inspector pronto se vio envuelto en ese olor a tubo de escape y humedad acumulada que tanto odiaba. No entendía por qué la gente se empeñaba en guardar los trastos en una atmósfera tan perniciosa.
—Han reventado la puerta de una patada. —El joven señaló con la linterna el punto en el que el pie del ladrón había desvencijado la cerradura de un puntapié.
Sortearon el automóvil de la pareja y accedieron al minúsculo recinto. Al pulsar el interruptor se toparon de bruces con un panorama de saqueo total. Las baldas de aluminio que ocupaban las paredes habían sido derribadas, y el amasijo de objetos variopintos, metal y cristal impedía el paso.
—¡Dios! Se han ensañado.
—Parece que no han encontrado lo que buscaban —apuntó Ander. Se tumbó en el suelo y alumbró con la linterna los recovecos a los que la escasa luz de la bombilla que colgaba desnuda del techo era incapaz de llegar.
Por el tosco terrazo se desparramaban libros, ropa, decoración navideña, botes de pintura y disolvente, cuadros viejos…, vestigios de lo que una vez fue útil, pero que el tiempo relegó a un segundo plano.
—¿Qué es eso de allí? —El inspector indicó un pequeño bulto marrón que destacaba al alzarse sobre los restos de una vajilla hecha añicos.
Aingeru sorteó los obstáculos hasta situarse a la altura del objeto indicado por su superior.
—Parece una cartera de cuero, señor. —Se disponía a cogerla cuando la voz de Ander le frenó en seco.
—¡Espera! Primero sácale varias fotos con el móvil.
Quiero una de cerca y otras que documenten en qué lugar y junto a qué objetos la encontramos.
Luego cógela con esto. —Le lanzó un juego de guantes de látex que sacó de su bolsillo.
Siempre iba bien provisto de ellos cuando acudía a la escena de un crimen.
La cartera contenía algo de dinero y la documentación de su dueño. Ander frunció el ceño. No podía ser que tuvieran tanta suerte.
—¿Cree que es la cartera del asesino? Tal vez se le cayó mientras desvalijaba el lugar —se aventuró a sugerir Aingeru.
El inspector se encogió de hombros mientras analizaba la foto del documento nacional de identidad. Un joven sonreía a la cámara mostrando dos hileras de dientes perfectos.
Una trama de arrugas surcó la frente de Ander.
—Evaristo Nieto…, ¿eres tú el asesino de César Contreras?