MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Ander se desperezó en el asiento mientras Gardeazabal sorteaba las curvas de la ladera del monte Cobetas. Pronto dejaron atrás el somnoliento barrio bilbaíno y se adentraron en la urbe.

—Estaba la comisaría bonita; parecía el mercado de Santo Tomás.

Ander le lanzó una mirada inquisitiva a su compañero.

—¿Y eso?

—Reunión de urgencia del Grupo Antidrogas.

—El corpulento inspector activó la sirena y las luces estroboscópicas del coche patrulla iluminaron la calle Autonomía.

A partir de ese momento se abrieron paso con facilidad entre la masa de vehículos—.

Se está convirtiendo en costumbre. Esos pobres chavales llevan semanas doblando turnos.

—La calle está muy revuelta. —El inspector jefe se rascó la mandíbula con el dedo pulgar—. Da la sensación de que la desaparición de los Itzalak ha creado un vacío mayor de lo esperado.

Gardeazabal se giró hacia su jefe y le sostuvo la mirada durante un instante. Su ceño mostraba el conflicto que se estaba librando en el interior de su mente.

—¿Qué?

—No, nada. —Aferró el volante con fuerza y centró su vista en la carretera.

Ander observó con gravedad a su compañero. Le posó la mano en el hombro.

—Suéltalo, Garde.

—Es que aún no me puedo creer lo que le sucedió a Lopategui. Me parece tan turbia su muerte y su implicación en la trama de los Itzalak.

—Te entiendo, amigo. A mí también me resulta increíble. Pero las pruebas son concluyentes: él estaba al mando de la organización.

Ander se mordió el labio inferior consciente de que no podía desvelarle la verdad a su compañero. Lo que pasó aquel día en el caserío del exdirector de la División de Investigación Criminal era un secreto que se llevaría a la tumba. Nadie debía saberlo; esa cruz tendría que portarla en soledad.

—Pero ¿por qué querría matarlo Rosales?

—Ambición, codicia, avaricia…, ¿quién sabe?

—El policía se agarró con fuerza al asiento cuando Gardeazabal pasó volando sobre los resaltos del asfalto—.

Por lo que indica la investigación, parece que la raíz del problema residía en el alijo que almacenaba Lopategui en el cobertizo.

Tal vez el bueno de Rosales pensara que él solo se valdría y bastaría para gestionarlo todo, y, al final, acabaron a tiros.

Cuando hay dinero de por medio, el hombre se convierte en lobo.

Gardeazabal asintió con un gruñido sin desviar la atención de la carretera.

El inspector jefe suspiró en silencio conocedor de que el escozor de una mentira, en ocasiones, era mejor que el dolor irreparable de la verdad.

Confesarle a su compañero que él había sido el responsable de esas muertes habría sido un dilema demasiado complejo incluso para un amigo tan fiel como Gardeazabal.

«No puedo ser tan egoísta, bastante ha sufrido por mi culpa —se dijo mientras recordaba el episodio en el que su compañero había estado a punto de fallecer—. Que le siga escociendo el instinto de policía», concluyó para sus adentros.

Accedieron a la rotonda que conducía al barrio de Miribilla sin reparar en los gestos inquisitorios de los peatones. Instantes después aparcaron junto al portal en el que se había cometido el crimen.

—Aquí es. —Gardeazabal señaló con la cabeza a los curiosos que se agolpaban tras el cordón policial—. Míralos, los amantes del morbo. Son como un puñado de moscas que revolotean alrededor de la mierda.

Ander siguió los pasos de su compañero en silencio. Un policía local alzó el cordón para que los inspectores de la Ertzaintza accedieran a la zona reservada a los agentes a cargo de la investigación. Enseguida suavizó su expresión al reconocer al hombre.

—Claudio, cuánto tiempo.

Se dieron un apretón de manos.

—Años, Ander. —La sonrisa afable del veterano policía municipal había permanecido inalterada, como si el tiempo no hubiera logrado desgastar esa bondad tan marcada en su semblante.

No obstante, al inspector no le pasó desapercibido el deterioro físico sufrido por su compañero—.

A Miren la veo más a menudo. Aunque con ella también las quedadas cada vez se van espaciando más en el tiempo.

Es normal, está ascendiendo en su carrera y yo ya estoy pensando en la jubilación.

Claudio Biurrun y Miren Zarandona habían sido compañeros de patrulla años atrás, cuando la ahora miembro del Grupo 4 de Homicidios iniciaba su andadura en los cuerpos policiales vascos.

De hecho, ellos fueron los primeros en acudir a la escena del crimen de la primera víctima de H9, el asesino en serie que aterrorizó la capital bilbaína entre noviembre y diciembre de 2019.

Gardeazabal irrumpió en la conversación con una palmada sonora en la espalda de Claudio.

—No te había visto. He pasado como un miura cuando me has franqueado el paso. —Soltó una risa socarrona—. Ni me había fijado en que eras tú. ¿Qué tal? ¿Has estado arriba?

Claudio negó con la cabeza.

—Los primeros en llegar fueron unos compañeros vuestros de la comisaría de Zabalburu.

—¿Quién dio el aviso?

El policía local miró alrededor antes de contestarle a Ander, como si temiera que la gente que se encontraba tras el cordón pudiera llegar a oírlos.

—La esposa de la víctima, se llama Susana. Susana Vélez. Creo que aún está arriba.

Gardeazabal frunció el ceño.

—¿La conoces?

Claudio asintió con la cabeza.

—Es amiga de mi mujer.

—Entiendo. —Ander le cogió del antebrazo y le miró serio—. No te preocupes por nada; nosotros nos encargamos de todo. Te prometo que llegaré hasta el fondo del asunto.

Los ojos del policía brillaron. El hombre mostraba la emoción que le embargaba en ese instante.

—Lo sé; el caso no podría estar en mejores manos.

Ander se apresuró al interior del inmueble.

El tono de Claudio despertó en él una sensación de apremio.

Tal vez no fuera más que la constatación por parte de su compañero de que las muertes violentas, esos fenómenos que solemos creer ajenos a nuestras existencias, asimismo pueden llegar a sacudir a nuestro entorno más cercano en el momento menos esperado.

Es entonces, y no antes, cuando el ser humano alcanza a comprender su fragilidad.

Una vez que el agente encargado del registro de las entradas y salidas en la escena del crimen hubo tomado nota de sus datos, los inspectores traspasaron el umbral del domicilio de la víctima.

La vivienda mostraba la distribución típica de los pisos de reciente construcción.

Nada de extrañar en un barrio como el de Miribilla, que también era de nueva formación.

En apenas tres décadas habían surgido bloques de apartamentos residenciales, jardines y calles sobre el fantasma de la Mina del Morro.

Ander sabía que, decenas de metros bajo sus pies, la colina que daba nombre al barrio estaba horadada por infinidad de galerías que transformaban el monte en una suerte de enorme queso gruyer.

Un equipo de la policía forense sacaba muestras del canto de la puerta de entrada. Ander observó varias marcas profundas a la altura de la cerradura, como si hubieran utilizado una palanqueta para reventarla.

—Han entrado por la fuerza.

Lo había dicho para sí mismo, pero el compañero que estaba procesando la puerta asintió.

—Eso parece, inspector Crespo.

Se fijó en el agente que se escondía tras la parafernalia de la vestimenta de los policías forenses: el buzo blanco, los guantes, las calzas, las gafas, el gorro.

Aguzó la vista, pero no logró reconocer a ese muchacho.

Últimamente le sucedía mucho. En un principio lo achacó a la marea de agentes nuevos que habían accedido al cuerpo en las últimas promociones.

Sin embargo, en el fondo de su corazón, sabía que el motivo era otro bien diferente: el estrés le estaba convirtiendo en un policía para el que todo aquello que no gravitara alrededor de sus casos carecía de sentido, incluso la interacción con el resto de los compañeros del cuerpo policial.

Gardeazabal caminaba delante de él por el pasillo que distribuía las estancias de la casa a izquierda y derecha.

Se apresuró a seguirle. Pronto llegaron a la estancia en la que más policías se concentraban: el salón.

Una gran ventana de dos hojas filtraba la claridad del exterior y permitía que la luz se extendiera por todos los rincones de la amplia sala.

Se diferenciaban dos ambientes de forma ostensible: una parte estaba presidida por una mesa de comedor rodeada de seis sillas, mientras que en la otra era la televisión de gran tamaño la que llamaba la atención.

A los pies del sofá situado frente al televisor era donde se encontraba la víctima.

—Ahí está Javier. —Gardeazabal señaló a Gamboa, del Instituto Vasco de Medicina Legal, acuclillado junto al cuerpo sin vida del hombre.

El forense se percató de la llegada de los inspectores y se incorporó levemente, reclamando su presencia con un gesto de la mano.

—Acercaos.

Ander sacó un par de guantes de látex del bolsillo del pantalón y se agachó junto al forense.

El olor penetrante de la muerte, la pestilencia que desprenden los cadáveres cuando comienza el proceso de descomposición de las vísceras, se le hizo aún más evidente en cuanto se aproximó al fallecido.

Recordó el consejo que una vez le dio el primer médico forense con el que trabajó: «No entres y salgas de la escena del crimen, o tus sentidos no te permitirán mantenerte en ella; quédate dentro y respira de la forma más natural posible, pronto te acostumbrarás al olor».

El inspector siempre había seguido el consejo a rajatabla, también en esta ocasión.

—Caballeros, les presento a César Contreras. —Les mostró una bolsa de pruebas en cuyo interior reposaba la cartera de la víctima. En primer plano se podía ver su documento nacional de identidad—. Cincuenta y ocho años. Presenta múltiples heridas de arma blanca en el tórax.

—¿Habéis hallado el arma del crimen? —La voz de Gardeazabal sonaba amortiguada tras la palma de la mano con la que tapaba boca y nariz. A él también se le hacía insoportable el olor.

—No. Ni rastro de ella. —La expresión del forense se tornó reflexiva. Su mirada, fija en la sangre reseca que manchaba la camiseta.

—¿Hay algún problema, Gamboa? —Ander conocía lo suficientemente bien al médico forense como para saber que un detalle le estaba perturbando.

—Sí, la sangre.

—¿Qué le pasa a la sangre? —Gardeazabal hincó la rodilla y se situó a la altura de su jefe.

—Que hay poca —anticipó Ander, entendiendo de pronto el flujo del pensamiento del forense.

Gardeazabal se giró con brusquedad hacia sus compañeros y los miró extrañado. Por un momento pareció abstraerse del hedor que impregnaba la sala de estar.

—¿Que hay poca sangre? No entiendo.

—La cuestión, querido Pedro Gardeazabal —Gamboa se puso en pie—, es que la escasez de sangre nos indica que César Contreras estaba muerto cuando lo cosieron a navajazos.

Ander asintió.

—Tenemos que determinar si nos hallamos ante un homicidio o ante una muerte por causa natural.