MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Bilbao, tres semanas antes

Amanecía en el barrio de Altamira.

La tormenta de verano nocturna había limpiado el ambiente viciado de la canícula del día anterior, asentando el polvo y brindando una brisa reconfortante bajo la luz plomiza del alba.

En la terraza de su habitación, Ander Crespo permanecía sentado de espaldas al horizonte reverberante, ajeno al canto de los gorriones más tempraneros.

Su atención se centraba en el revoltijo de sábanas en el que se había convertido su cama tras otra noche de desvelos.

El inspector fijó los ojos enrojecidos en el interior del dormitorio e imaginó, por un instante, extendida a lo ancho de la cama, la silueta de la mujer que ocupaba sus pensamientos en los últimos días: Julia Romero.

«Pero ¿por qué demonios pienso tanto en ella?», chasqueó la lengua y se reprochó a sí mismo que su mente siempre regresara al recuerdo de esa mujer. A su figura, a su olor, a su mirada…

Hacía años que el inspector no se sentía así.

A sus pies, Gorritxo alzó la cabeza y le miró con melancolía, como si leyera sus pensamientos. Un leve gemido le sirvió de recordatorio de que los celos no eran patrimonio exclusivo del ser humano. Ander sonrió y acarició el hocico de su fiel compañero.

Las cosas habían cambiado mucho en los últimos meses.

El inspector hundió de un modo distraído los dedos en el pelo firme del perro.

Dejó que sus pensamientos viajaran libres por los rincones de su memoria.

Como solía sucederle cada vez que echaba la vista atrás, sintió un nudo en la garganta; como si una mano invisible le advirtiera de que los hechos pasados debían guardarse bajo llave. Lejos. Confinados.

Negó con la cabeza y emitió un gruñido de queja que provocó una reacción de alerta en Gorritxo.

El animal le observaba expectante, pero él continuaba rehén de sus pensamientos.

En ocasiones Ander sentía que la vida se empeñaba en demostrarle que el destino tan solo le depararía dolor y que la esperanza era un lujo vedado para él.

Durante años había intentado redimirse de la culpa por no haber podido salvar a su hermana.

Secuestros resueltos, asesinos detenidos antes de cometer su siguiente crimen…

, parecía como si, cada vez que se enfrentaba cara a cara al mal y salía victorioso del envite, su alma se acercara un poquito más al espíritu de Enara y a la posibilidad de que, allá donde estuviera, ella lo perdonase.

Así lo sentía; la herida de su hermana había comenzado a sanar.

Las rodillas protestaron al ponerse en pie.

Accedió a la vivienda; atrás quedaron las bellas imágenes del despertar de la ciudad.

Necesitaba una taza de café para ponerse en marcha.

O tal vez para poner en orden sus ideas.

Esas que se habían convertido en un compendio de emociones cada vez más heterogéneas.

Descendió hasta la planta baja y dejó que la cafetera de cápsulas que le había regalado su hija por su último cumpleaños hiciera el trabajo por él.

«Por una vez, las piezas del puzle de mi vida comenzaban a encajar», susurró mientras aspiraba el aroma intenso del café.

Entonces apareció su madre, y el mundo se le volvió a derrumbar. Para muchos había supuesto una gran noticia: estaba viva. Pero para Ander era la prueba de la mayor de las traiciones.

Su madre los había abandonado.

No había dudas de que era ella: un ojo de cada color.

Uno verde esmeralda como los de Ander y otro negro como los de Enara.

«¿Cómo pude ignorar las señales? —Se mordió el labio inferior frustrado por su descuido.

Su padre se lo había advertido, le había hablado de las visitas de su madre—.

Y ¿qué hice yo? Tratarle como a un viejo demente».

En cuanto fue consciente de su error, el inspector se esforzó en seguir el rastro de aquella mujer, aunque el tiempo le demostraría que sería en vano. En la residencia La Misericordia habían inscrito a su madre con un nombre falso: Garbiñe Landeta.

Sopló en el interior de la taza y le dio un fuerte sorbo al líquido caliente.

El subidón de cafeína avivó el recuerdo, que le transportó al momento en el que la revelación de la enfermera de la residencia le hizo comprender la realidad: su madre había acudido al encuentro de su padre.

Pero ¿por qué aparecer entonces?, ¿por qué no antes?

Y, sobre todo, ¿por qué les había abandonado?

Las preguntas se le agolpaban, sentía su peso, le arrastraban de nuevo hasta el fondo del pozo.

No podía volver a caer en ese estado de amargura y de rabia.

No ahora que tenía a Amaia. Su hija le necesitaba, no estaba dispuesto a repetir las equivocaciones del pasado.

Ander se había obligado a apartar los sentimientos a un lado y a tirar del hilo de la identidad suplantada con la que su madre había sido registrada. Pronto descubrió que en realidad pertenecía a una enfermera de Elorrio.

En cuanto lo supo, no tardó en acudir adonde Garbiñe en busca de respuestas.

Necesitaba escrutar sus pupilas para descartar cualquier indicio de contradicción.

Sin embargo, la enfermera se mostró igual o más aturdida y conmocionada que él por la suplantación y no solo respondió a todas sus preguntas, sino que también se brindó a ayudarle a desvelar la verdad.

Pero ¿cómo iba a ayudarle ella, una simple enfermera?

No tenía ningún sentido. Ander rechazó su ofrecimiento con amabilidad y siguió su camino en solitario.

El inspector depositó la taza vacía en el interior del fregadero. Abrió el grifo y vio cómo los restos del café se precipitaban por el sumidero.

Necesitaba salir a la calle, respirar aire fresco.

Cogió las llaves del mueble de la entrada y abrió la puerta.

Gorritxo pasó a su lado como una exhalación y se dirigió hacia su rincón favorito de la calle.

La maleza estaba empapada, pero al animal pareció no importarle en absoluto; brincaba entre las hierbas altas y los matorrales presa de una alegría desatada.

Mientras observaba a su perro perderse tras el ancho tronco de un árbol centenario, rememoró los días dedicados a rastrear las huellas de su madre.

Por desgracia el impulso inicial pronto perdió fuelle.

Ese momento soñado en el que su madre le abriría la puerta de una casa ajena embargada por la emoción jamás se produjo.

Los días avanzaron sin que la búsqueda diera fruto alguno.

La investigación se embarró, y la frustración se abrió paso en el interior del inspector.

Descartada la conexión entre Garbiñe y su madre, Ander jugó la única carta que le quedaba en la baraja: reabrir el caso.

Retornar a 1987, al preciso instante en que Begoña Linaza fue vista por última vez, con la esperanza de que así pudiera alumbrar ese abismo de casi cuarenta años transcurridos desde entonces.

Tenía que encontrar la respuesta al enigma, resolver el misterio.

El sonido de un claxon le devolvió a la realidad.

Se retiró de la calzada para que el vecino malhumorado continuara su camino.

El vecindario se había vuelto más hostil hacia él desde el ataque que sufriera por parte de los Itzalak.

Como tantas veces sucedía, la víctima tenía que acabar pidiendo perdón por las molestias ocasionadas.

Ander no soportaba esa hipocresía. Siguió con la mirada la ruta del automóvil hasta que este torció la calle y desapareció de su vista.

Cerró los ojos e inhaló en profundidad; no podía permitirse que las actuaciones de los demás desequilibraran su buen juicio.

Debía mantener la mente templada. Exhaló con suavidad y dejó que su pensamiento regresara al pasado.

Consumió semanas entrevistando a las personas con las que su madre había entablado mayor relación.

Fue como arrojarse al interior de una máquina del tiempo que le transportó al momento en el que el mundo dejó de tener sentido para él.

Los vecinos de Atxondo respondieron a sus preguntas, pero, para su desgracia, ninguno de ellos aportó una brizna de aire fresco a esa habitación cerrada en la que se había convertido el caso de la desaparición de Begoña Linaza.

La falta de resultados, unida a la supervisión estricta a la que sus actos estaban sujetos por las más altas instancias del cuerpo desde el incidente que acabó con la vida del lendakari, tuvo como consecuencia el fin de la indulgencia del director Torres: no podía consentir que los esfuerzos de su mejor inspector se malgastaran persiguiendo a un fantasma.

Tras asumir que su implicación emocional estaba obstruyendo la investigación, Ander desistió de la búsqueda y se la encomendó a Miren. Confiaba ciegamente en las habilidades de su compañera. Una vez tomada la decisión, le resultó mucho más sencillo dar un paso a un lado. Apartarse del camino.

Gorritxo apareció de la nada con un palo entre los dientes. Agachó la cabeza y posó el trozo de madera a sus pies.

—Quieres jugar, ¿eh?

El inspector cogió el palo y en un movimiento rápido lo lanzó lo más lejos que pudo. El perro se abalanzó en una carrera frenética tras él.

Ander lo observó con una amplia sonrisa.

El timbre del teléfono móvil cortó sus pensamientos de raíz. La pantalla iluminada mostraba el nombre de Gardeazabal.

—Dime, Garde. —Bajó la voz para que ningún oído curioso pudiera escuchar la conversación—. ¿Qué pasa?

—Acabamos de recibir un mensaje para que enviemos los efectivos disponibles a una vivienda cercana a la estación de tren de Miribilla. Se ha cometido un crimen.

Ander dirigió la mirada instintivamente hacia el este.

Los primeros rayos de sol perfilaban las siluetas de los montes que guardaban el valle donde se asentaba la capital vizcaína.

A esas horas, la ciudad siempre se mostraba plácida, como una figura perezosa a la que le costara abrir los ojos y emprender ese viaje cíclico que, en veinticuatro horas, la llevaría inevitablemente al punto de partida.

Un nuevo día, una nueva vida que disfrutar.

Tomó aire hasta notar que el diafragma se le hinchaba por completo y después asintió en silencio mientras exhalaba con lentitud.

—¿Qué es lo que sabemos?

—Hay un único cadáver, parece que ha sido apuñalado. Es todo lo que te puedo decir, jefe. —Un portazo sonó al otro lado de la línea. El veterano inspector había entrado en el coche—. ¿Quieres que pase a buscarte?

—¿Dónde estás?

—Saliendo de la comisaría.

Un golpe en el tobillo le advirtió de la presencia de Gorritxo. Volvía a tener el palo entre los dientes y demandaba su atención; nervioso, agitaba la cola de izquierda a derecha.

—De acuerdo —dijo, incapaz de resistirse a lanzar el palo de su perro por última vez—. Pásate por aquí. Te espero en el acceso a mi calle, no quiero que despiertes a los vecinos.

No se paró a comprobar el arco que describía la vara en su vuelo. Su mente estaba puesta en el nuevo crimen que reclamaba su atención.

El inspector apretó las mandíbulas con fuerza. Un nuevo asesinato, un nuevo desafío, una nueva oportunidad de redimirse.