MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 1
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MalaEspera (Ander Crespo 3)

MalaEspera (Ander Crespo 3)

Por Unai Goikoetxea

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Capítulo 1

Ander jadeaba al respirar aire puro. La adrenalina le corría por las venas, incapaz de ignorar el peligro que acechaba entre las sombras. El recuerdo de los disparos recientes había quedado impreso en su memoria. Avanzaba sin dejar de comprobar que nadie le siguiera.

Estaba empapado en sudor cuando llegó hasta el lugar en el que habían aparcado el coche. La noche oscura le atrajo a su regazo, con el ulular de la lechuza como testigo único.

El inspector acomodó a Miren en el asiento del copiloto, lo reclinó con cuidado y la aseguró con el cinturón. La agente tenía una herida fea en la cabeza y seguía inconsciente.

«Corre, Ander, corre», se apremió mientras rodeaba el vehículo. Abrió la puerta y se lanzó al interior de la cabina, dispuesto a partir a toda velocidad rumbo al Hospital de Galdakao.

Pero una imagen en la distancia lo frenó en seco.

En las crestas de los montes Amboto y Astxiki, unas luces oscilaban de izquierda a derecha.

Ander se giró y observó los bosques del otro lado.

Entre su espesura, multitud de diminutas luces parecían devolver el saludo a otras trémulas que provenían de lo alto del valle.

De pronto todos esos puntos luminosos se detuvieron y un clamor llenó el vacío de la quebrada.

Eran irrintzis expulsados a pleno pulmón que provenían de los picos altos y de los rincones más profundos.

De los barrios de Irazola, Sagasta, Axpe, Olazabal, Santiago, San Pedro, Goyerria, Marzana…

Gritos ancestrales que advertían de un peligro inminente.

Todo el valle de Atxondo se unía en aquel alarido coral.

Un torbellino de emociones se arremolinaba en el interior de Ander. Lo que acababa de vivir era tan salvaje que no había sido capaz de procesarlo; la angustia por el estado de salud de su compañera lo arrastraba sin remisión. Sin embargo, había algo en esas luces que le impelía a unirse a ellas.

Sintió un burbujeo dentro de él. Como si todos los malos humores —la rabia, el odio, el miedo, la culpa, los remordimientos— ascendieran hacia su laringe como una manada de reses desbocadas.

Soltó el volante y salió del automóvil. Posó las manos sobre el techo y, alzando la cabeza al firmamento estrellado, soltó un irrintzi que partió la noche como un trueno y se mezcló con el resto de las cacofonías.