Capítulo 53
—Entonces ¿cuándo será la boda? Lo digo para no estar presente ese día. —Las palabras de Amaia resonaron rotundas en el interior del coche de Ander.
El inspector puso los ojos en blanco. Luego miró de reojo a Julia Romero, que, sentada en el asiento del copiloto, sonreía con discreción.
—Nadie ha hablado de boda, tan solo nos estamos conociendo.
—Ah, estupendo. En ese caso, avísame cuando hayáis terminado de conoceros. Más que nada para saber si tengo que instalar cámaras en vuestra casa. Esta mujer es un imán para las tendencias suicidas.
Ander se giró de golpe y fulminó a su hija con la mirada.
—¡No te pases, Amaia! Pídele perdón ahora mismo.
La psicóloga le puso la mano en el muslo y habló con voz serena.
—Déjala. Entiendo a la perfección su reacción, tiene miedo.
La mujer se giró hacia los asientos de atrás; la hija del policía le devolvió una mirada cargada de rabia. A su lado, su novio trataba de minimizar los movimientos para no caer víctima del fuego cruzado.
—No sé adónde nos llevará esta relación, Amaia. Pero quiero que sepas que te tengo muchísimo cariño y que puedes contar conmigo para lo que quieras.
—¿Cómo no? La tejedora de sueños manipulando la rueca a placer. —La joven apoyó el codo contra la ventana y dejó que su vista se perdiera en el paisaje idílico que se desplegaba ante ellos.
No tardaron en llegar a su destino.
La lluvia de la noche había limpiado la atmósfera.
Los cirros rasgaban el azul del firmamento, dibujando figuras elongadas similares a las estelas de los aviones.
La suave brisa de las montañas descendía gentilmente por las laderas, acariciando las copas de los árboles y arrullando sus hojas con cariño.
Parecía como si la propia naturaleza quisiese sumarse a la celebración del advenimiento del verano.
Sin duda, era un día fabuloso, un día de júbilo absoluto.
Aquel día Ander enterró a sus padres en el pequeño camposanto del valle.
El cementerio era un recinto acotado por muros de piedra de dos metros de altura y con una capacidad reducida en su interior.
Los habitantes del valle de Atxondo habían dejado de utilizarlo hacía muchos años, aunque algunas familias conservaban la propiedad sobre un número determinado de lápidas.
Ese era el caso de la familia Crespo Linaza, que mantenía el derecho de uso de cuatro de ellas.
Begoña y Carmelo habían elegido ser enterrados al abrigo de las montañas. En esas tierras que tanto amaban y por las que tanto habían sacrificado.
Ander sostenía entre las manos el eguzkilore familiar, aquel que su madre había hecho clavar en la puerta de su casa de Altamira.
A su lado, Amaia no podía reprimir el llanto.
La joven era presa de un torbellino de emociones producido por la muerte de su amado abuelo, la noticia de la breve reaparición de su abuela y, en menor medida, aunque ella dijera lo contrario, por la constatación de la relación sentimental que su padre había iniciado con Julia Romero.
Ander pasó el brazo sobre los hombros de su hija y la acercó hacia el pecho.
Julia y Oier habían quedado atrás, dejando espacio para que los Crespo afrontaran ese momento de profundo pesar en la intimidad.
El policía besó la coronilla de Amaia y trató de consolarla con palabras que ni él mismo se creía.
Las pérdidas, cuando son cercanas, tienen que doler.
El corazón ha de purgar la pena para poder vivir otro día más, pues la pena contenida emponzoña el alma. Eso el inspector bien lo sabía.
—Vamos, aita . Terminemos con esto cuanto antes.
Amaia tiró del brazo de su padre y juntos se dirigieron hacia una porción de césped cuidadosamente segado en el que sobresalían tres lápidas de un blanco rutilante.
El inspector alzó la vista mientras caminaba. La ladera que acogía el cementerio estaba a la sombra del gran monte Amboto. Desde su atalaya pétrea, parecía presidir la ceremonia de despedida con reverencia y respeto profundo. Las lágrimas volvieron a asomar en sus ojos.
Los días siguientes a la aparición de los cadáveres de sus padres habían sido una locura absoluta.
A la pesadumbre devastadora que recorría su corazón, Ander tenía que sumar todas las aclaraciones que tuvo que dar ante sus superiores por los hechos delictivos que se habían desencadenado a raíz del descubrimiento de la galería en las profundidades de Miribilla.
El fallecimiento de sus padres no le exoneró de la obligación de redactar aquellos informes.
Iker Arteaga también le llamó nervioso ante las implicaciones que pudiera tener que los medios de comunicación conocieran el contenido de la inscripción del sello cilíndrico que Ander había sustraído clandestinamente de la comisaría.
El inspector se tomó el agobio del profesor con humor.
Ocupado como estaba en la reconstrucción de su alma malherida, una sanción por no cumplir los protocolos por saltarse la cadena de pruebas y el deber de confidencialidad le parecía una auténtica bobería.
Podría vivir con ello. Sin embargo, el revuelo que se montó fue, ciertamente, de unas dimensiones no previstas.
La mina Malaespera captó el foco mediático a nivel nacional e internacional.
El hallazgo de los restos de Zimri-Lim atrajo a la capital vizcaína a expertos asiriólogos de talla mundial.
Pronto los hoteles se llenaron de curiosos cuya única obsesión pivotaba alrededor del sepulcro del rey acadio y de los restos allí hallados.
El secreto de su madre, por otra parte, el del culto de la Gran Diosa, quedaba a salvo con él.
Jamás hablaría de ello con nadie, se lo llevaría a la tumba.
Era lo mínimo que podía hacer por sus padres y por toda la gente que trataba de preservar la verdadera fe en un mundo donde las creencias eran utilizadas como armas arrojadizas para subyugar a hermanos y hermanas por igual.
Una sociedad que vivía de espaldas a la Madre Tierra, creyéndose dueña de un mundo abocado al agostamiento y a la destrucción.
La imagen de Garbiñe Landeta le vino a la mente al pensar en ello.
El inspector pisó con fuerza la hierba, consciente de que, en algún lugar del valle, a varios metros bajo tierra, esa mujer se mantendría firme llevando a cabo la misión ancestral que le había sido encomendada.
Llegaron hasta las tres lápidas de mármol.
Ander hincó la rodilla frente a la piedra situada en el medio, la de su madre.
Enara y su padre la flanqueaban a poca distancia.
Dejó que sus ojos deambularan por los perfiles de las tres losas, incapaz de asumir que se encontraba ante una despedida definitiva.
Amaia lloraba detrás de él. Por ella, Ander sacó fuerzas de flaqueza.
Apoyó el eguzkilore contra la tumba de su madre.
Acarició con ternura los mechones entrelazados con la flor seca. Tomó aire y se reunió junto a su hija.
El sol lamía sus espaldas, prolongando sus sombras sobre las tres lápidas silenciosas. Ander tomó la mano de Amaia y continuaron el velatorio en un silencio respetuoso, roto, únicamente, por los gorjeos esporádicos de las aves que anidaban en los árboles cercanos.
Tres nuevas sombras fueron creciendo a sus pies, acortando la distancia con las suyas, hasta que ellas también cubrieron las tres tumbas.
Eran siluetas que Ander conocía a la perfección.
Una grande y voluminosa, otra pequeña y fibrosa, y la última elegante y fina que se delataba al ir apoyada en un par de muletas.
Un sentimiento de júbilo incipiente logró empujar a un rincón el dolor acumulado durante esos días de duelo.
Ander sonrió al descubrir a izquierda y derecha a los miembros de su grupo.
Los miembros de su nueva familia. Aquellos que estarían a su lado cada vez que cayera.
Los mismos que le empujarían en sus momentos de flaqueza y compartirían todos sus éxitos y alegrías.
El día más triste de su vida, Ander logró abrazar una felicidad sin dobleces.