ROLAN
Me está desafiando.
Está sentada en el tocador de mi baño, desnuda y sin el menor pudor, mordiéndose el labio.
Debería irritarme.
Me irrita.
La vi en las cámaras con Dmitri antes, y la bomba detonó. Sin previo aviso. Solo — su rostro vuelto hacia él, sus manos moviéndose como siempre que habla, expresivas y sin cohibirse.
No conocía la regla. Soy consciente de ello. La regla no existía antes de hoy, lo cual no voy a admitir en voz alta.
Ahora la conoce.
Y sigue sentada en mi tocador diciendo: ¿Y qué?
Doy un paso hacia ella.
—Baja, te reto.
Me mira. La veo hacer el cálculo, tomar la decisión.
Pone un pie en el suelo, hace una pausa y me mira.
No me muevo.
El segundo pie le sigue.
Ahí está.
Cubro la distancia en dos pasos.
Mis manos encuentran su garganta, sin apretar lo bastante para hacerle daño, solo lo suficiente para sentir cómo se le acelera el pulso bajo mis palmas, para comunicarle que el espacio entre nosotros ha cambiado y que no es ella quien decide cómo cambia.
Se le entrecorta la respiración. El rubor asciende desde su pecho, visible incluso con la luz tenue, su cuerpo delatando lo que su rostro intenta disimular.
—Date la vuelta.
Se da la vuelta.
Sus ojos encuentran los míos en el reflejo del espejo.
—Muy bien —digo. Mi voz sale más grave de lo que pretendía—. Te diste la vuelta. —Le sostengo la mirada en el espejo—. Pero te dije que te quedaras donde estabas.
Su barbilla se levanta una fracción.
—Lo sé.
—¿Y qué hiciste?
—Bajé. —Su voz suena controlada.
—Te dije que te quedaras. —Me acerco más. Mi pecho queda ahora contra su espalda, mis manos abandonan su garganta y se posan en sus caderas—. ¿Te arrepientes?
Sostiene mi mirada en el espejo, considera y decide.
—No.
Mi palma cae sobre ella.
Resuena. Jadea, y sus manos buscan el borde del tocador. Nudillos blancos.
—¿Disfrutas desobedecerme?
Respira hondo, sopesando su respuesta.
—Quizás.
El segundo golpe es más fuerte que el primero.
Suelta un gemido que me perseguirá los próximos tres días. Sus caderas se desplazan hacia atrás, hacia mí, la respuesta involuntaria que aún no ha aprendido a reprimir.
—Ya veremos —digo contra su nuca— si todavía piensas lo mismo cuando haya terminado contigo.
Me coloco y entro en ella de un solo movimiento.
El gemido que deja escapar me atraviesa. Tiro de su pelo y le echo la cabeza hacia atrás mientras observo su rostro en el espejo. La boca abierta. Los ojos entornados.
Me muevo y tiro de su pelo con más fuerza. Su espalda se arquea.
—¿Quieres correrte?
—Sí. —Inmediatamente. Sin aliento. Luego, como si hubiera recordado que se supone que debe negociar, con un tono más duro—: Sí.
—Entonces discúlpate.
Silencio.
Sus manos se aferran al tocador.
Mi mano se desliza hacia delante y encuentra el punto exacto. Todo su cuerpo responde. La siento contraerse a mi alrededor, la exhalación brusca, cómo sus caderas se inclinan buscando la sensación.
Me detengo.
Un sonido de pura frustración escapa de su boca. Bajo, íntimo y absolutamente devastador.
Bajo mi palma de nuevo.
Jadea. Su pelo sigue en mi puño. Sus ojos encuentran los míos en el espejo. Le sostengo la mirada y espero.
—Podemos quedarnos aquí toda la noche —digo en tono casual—. A mí no me supone ningún inconveniente.
Su mandíbula se tensa. La veo decidir si su orgullo vale más que lo que le estoy negando. Ya sé la respuesta.
Llevo mi mano hacia delante de nuevo y dejo que lo sienta. La retiro antes de que se corra.
Un sonido a medio camino entre gemido y jadeo, más desesperado. Su frente cae hacia el espejo.
—Rolan.
—La palabra —digo.
Otro silencio. Más corto esta vez.
—Lo siento. —En voz baja—. Por desobedecerte.
—¿Vas a hacerlo de nuevo?
Niega con la cabeza. El movimiento tira de mi agarre en su pelo.
—Dilo.
—No. —Una respiración—. No, no lo haré.
—Pídelo.
—Por favor.
Una sola palabra. Vulnerable. Sin armadura.
—Una vez más.
—Por favor. —Esta sale casi rota.
Se lo doy todo.
Su cuerpo se contrae a mi alrededor mientras se corre, un estremecimiento que la recorre entera, las manos resbalándole sobre el mármol. Observo su rostro en el espejo y la sigo, corriéndome de nuevo dentro de ese coñito apretado.
La bañera lleva llenándose el tiempo suficiente para que el agua esté casi al borde.
Cierro los grifos y ella entra. Me deslizo detrás de ella, algo que no había planeado.
Y sin embargo aquí estoy, en mi bañera, con Elizabeth Calloway entre mis rodillas y su nuca apoyada contra mi pecho, el vapor elevándose en volutas perezosas sobre nosotros.
La observo.
El rubor de antes sigue en su rostro, las mejillas encendidas, los labios ligeramente hinchados, el cabello recogido con descuido y algunos mechones oscuros cayéndole sobre el cuello. Mira la pared del fondo.
La tensión en sus hombros es evidente.
—¿Qué? —pregunto.
Gira ligeramente la cabeza y me mira de reojo.
—¿Qué pasa ahora? —Su voz suena cautelosa—. ¿Es esta la parte en la que me despides?
La miro.
La pregunta es casi cómica; toda su jerarquía de prioridades condensada en una sola frase.
—No —digo.
—Entonces, ¿qué parte es?
—Ahora —digo— no puedes ir a ninguna parte.
Se gira ligeramente, atenta.
—Te llevaré donde yo quiera —continúo—. Cuando yo quiera. Y serás una buena chica y te portarás bien. —Le sostengo la mirada—. O no me quedará otra opción.
Sus muslos se aprietan bajo el agua de manera nada sutil. Disfruta con esto.
Bien.
Porque no va a ir a ninguna parte.
Al cabo de un rato, el agua empieza a enfriarse.
Debería mandarla de vuelta a su habitación.
No duermo con nadie. La última persona que compartió este espacio con cierta regularidad tenía su propia habitación en el ala este y usaba la mía como herramienta.
Lleva seis años muerta, y la lección que saqué de aquella situación fue reservarme la cama para mí solo.
Miro a Elizabeth.
Su cabeza sigue apoyada contra mi pecho y su respiración se ha vuelto lenta y acompasada, pero no está dormida. Lo noto por su quietud, esa ligera tensión que permanece en alguien consciente y presente. Pero se ha relajado como nunca la había visto.
Un pensamiento me asalta: Si la mando a su habitación, podría marcharse.
No de la finca. No puede abandonar la finca.
El contrato, la deuda y la realidad de su situación se lo impiden.
Pero podría marcharse de esto. Recomponerse durante la noche, reconstruir ese control meticuloso que aplica a todo, y presentarse a desayunar mañana con la distancia profesional restaurada y la armadura reconstruida.
Me sentaría frente a una mujer que ha decidido que esta noche fue una anomalía que prefiere no repetir.
No quiero eso. Es lo más honesto que he pensado en semanas.
—Te quedas —digo.
Levanta la cabeza y se vuelve para mirarme por encima del hombro. La sorpresa en su rostro es genuina.
—Tengo que preparar el chocolate de Anya esta noche —dice—. Se lo prometí.
—Pues ve a hacerlo —digo—. Y vuelve.
Me mira un momento más, leyéndome el rostro como siempre hace.
—De acuerdo —dice.
Sale.
Le paso una de mis camisas que cuelga detrás de la puerta del baño.
Se la pone y la tela gris oscuro le cae hasta medio muslo. Se enrolla las mangas dos veces y se mira un instante en el espejo.
Luego me mira y se va.