ROLAN
El comedor está cálido.
No el comedor formal, sino el más pequeño, la sala familiar junto al corredor este que Angelina usa para las comidas privadas. La mesa es para seis. Esta noche, hay cuatro comensales, con un quinto puesto que me espera en la cabecera.
Elizabeth ya está sentada. Se ha puesto un jersey sencillo y oscuro, el cabello recogido con esa pinza que lleva durante las lecciones. El rostro limpio. Sereno. Ni rastro de la mujer que estaba de rodillas hace treinta minutos.
Es buena en esto. Mejor de lo que esperaba. La capacidad de compartimentar, de sellar una versión de sí misma tras una puerta y presentar otra, es una habilidad que conozco muy bien.
Lo que plantea la pregunta que no quiero hacer pero a la que mi mente no deja de dar vueltas. ¿Está actuando?
¿Es calculada la calidez que le da a Anya, ensayadas las sonrisas que distribuye a todos los demás, el cuidado que demuestra con tanta naturalidad solo otra máscara que lleva otra mujer que aprendió que el camino más rápido al poder en mi casa pasa por mi hija?
Katarina lo hizo. Katarina lo hizo tan bien que no vi las costuras hasta que el daño ya era estructural.
No creo que Elizabeth esté actuando.
Pero el picor está ahí. Tenue, persistente, arañando cada momento en que la observo, susurrando la pregunta que me odio por necesitar formular: ¿Y si vuelves a equivocarte?
Nuestras miradas se cruzan en el momento en que entro en la habitación, como si su cuerpo hubiera registrado mi presencia antes de que su cerebro pudiera confirmarlo, igual que el mío registra la suya. Aparta la vista de inmediato. Un titubeo. La única grieta en su compostura.
Me siento y me disculpo por llegar tarde. La mesa se llena con los sonidos de la casa adaptándose a una disposición poco habitual: Mikhail a mi derecha, Alexei frente a él, Anya junto a Elizabeth. Una cena familiar perfecta que no es exactamente una familia, pero es lo más parecido que tenemos.
Angelina trae la comida. Cordero asado, patatas y una ensalada que Anya ignorará. Vino para los adultos, agua para Anya.
Han pasado meses desde la última vez. La mesa era más pequeña entonces. Solo yo, Mikhail y Anya. Alexei estaba dirigiendo una operación en las afueras. Anya comía en silencio. Mikhail mantenía la conversación mientras yo apenas escuchaba. La comida era una obligación que se cumplía y se olvidaba.
—Entonces —dice Mikhail, sirviendo vino—, cuéntame. ¿Cómo van las lecciones, Anya?
Anya mira a Elizabeth. Una mirada rápida, buscando confirmación, como hace ahora, asegurándose de que la adulta en quien confía está presente y la aprueba. Elizabeth le responde con un asentimiento casi imperceptible.
—Bien —dice Anya. Luego, como si recordara que «bien» ya no es suficiente—: Estamos leyendo La telaraña de Carlota. Ellie hace las voces. Hace que Carlota suene sabia y Templeton grosero.
—Como debe sonar —dice Elizabeth—. Templeton es un incordio.
—Es un incomprendido —replica Anya.
La palabra hace que Mikhail arquee las cejas. Se me encoge el pecho.
No sé qué hizo Elizabeth para lograr esto. Anya siempre es tan callada con la gente, incluso con Mikhail, a quien conoce de toda la vida.
Debería estar satisfecho. Para esto la contraté.
En cambio, estoy observando a Elizabeth cortar el cordero de Anya en trozos pequeños sin que nadie se lo pida.
Se me hace la boca agua. No de hambre, sino con el recuerdo de ella.
Me revuelvo en la silla. La erección que había remitido vuelve a crecer.
Cojo la copa de vino.
La conversación continúa. Anya describe la última aventura de Bernard el gorrión, con una lección de natación y una corneja llamada Helena que desconfía del agua.
Alexei hace preguntas con el interés genuino de un hombre sin experiencia con niños pero que lo intenta. Anya responde con una franqueza que habría sido imposible hace dos meses.
Elizabeth escucha, interviene de vez en cuando y se ríe con las descripciones de Anya con una calidez que le transforma el rostro: la expresión cautelosa que mantiene en mi presencia se disuelve en una reacción luminosa y vulnerable, completamente centrada en la niña que tiene al lado.
Esa calidez no la dirige hacia mí. Ni una sola vez. Las sonrisas van para Anya, para Mikhail, para Alexei. Yo recibo el asentimiento profesional. El reconocimiento sereno. El mantenimiento cuidadoso de la distancia que yo creé y que ella ahora impone.
El plato principal se retira y la conversación deriva.
—Mi sobrina está creciendo demasiado rápido —dice Mikhail a Alexei, señalando a Anya con la copa de vino. Un comentario casual, pero entonces algo titila en su mirada.
Elizabeth levanta la vista del plato. —¿Sobrina?
La mesa se tensa. La mandíbula de Alexei se aprieta una fracción. La postura de Mikhail cambia.
Podría redirigir. Cambiar de tema. El instinto de controlar la información es un reflejo. Cada enemigo que he tenido ha sabido que la forma más rápida de destruir a un hombre como yo es a través de las personas que ama.
Pero Elizabeth está mirando a Mikhail con curiosidad genuina.
—Mikhail es mi tío —digo—. El hermano de mi padre. Lleva en el negocio más tiempo que yo.
Observo a Elizabeth asimilar la información.
Mikhail no es solo un asesor. Es de mi sangre.
—No tenía ni idea —dice, mirando a Mikhail con más dulzura que antes.
Mikhail se encoge de hombros. —Rolan prefiere mantener las relaciones personales en privado. Un viejo hábito.
—Uno necesario —corrijo.
Elizabeth asiente, aceptando la respuesta, y se vuelve hacia Alexei. —¿Y tú, Alexei? ¿Qué papel tienes?
Alexei lo maneja bien. Siempre lo hace, con la soltura de quien lleva años respondiendo preguntas sobre su trabajo.
—Operaciones —dice—. Me encargo de la parte logística del negocio de Rolan. Me gusta considerarme su mano derecha, aunque él nunca lo admitiría.
Sonríe.
—¿Y Dmitri? —pregunta ella—. Tu conductor. ¿Qué pasa con él? Llevo seis semanas intentando mantener una conversación con él, y lo máximo que he conseguido es un gruñido.
La pregunta es ligera. Casual. La mesa se ríe. Mikhail suelta una risa queda, Alexei esboza una sonrisa, pero siento un hormigueo en la nuca, una irritación que no entiendo de inmediato.
¿Por qué quiere saber de Dmitri?
La pregunta es irracional. Solo está charlando, preguntando por alguien del servicio con quien trata a diario. Una pregunta que cualquiera haría.
Pero la irritación está ahí, territorial. El mismo instinto que se disparó cuando Marku habló de ella en la cena, la reacción animal ante alguien que se acerca a lo que he decidido que es mío.
Es una empleada. Una mujer a la que he metido los dedos, que ha tenido mi polla en la boca, y que no me debe nada más allá de sus obligaciones contractuales.
La posesividad es irracional.
—Así es Dmitri —dice Alexei—. El hombre se comunica exclusivamente mediante monosílabos y desaprobación. Llevamos años intentando descifrarlo.
—Una vez le pregunté por su comida favorita —dice Elizabeth—. Me miró como si hubiera amenazado a su familia.
La mesa vuelve a reír.
Observo. Bebo mi vino. Dejo que la velada sea lo que es. Lo más cercano a la normalidad que esta casa ha producido en años.
Llega el postre, una tarta de chocolate, densa y rica, que Anya ataca con el entusiasmo concentrado de una niña que lleva esperando este momento desde que empezó la comida.
La conversación continúa. Ligera. Fácil.
Mikhail cuenta una historia sobre un proveedor que confundió un envío —versión edulcorada, apta para oídos civiles, un error logístico, cuando en realidad fueron trescientos kilos de producto que llegaron al almacén equivocado. Alexei añade florituras.
Elizabeth escucha y participa. Cuando Anya pide chocolate caliente después del postre, Elizabeth niega con la cabeza.
—Esta noche no, cariño. Ya has tomado suficiente azúcar con la tarta.
El rostro de Anya recorre las etapas: protesta, negociación, aceptación.
—Pero...
—Mañana te preparo uno muy especial. Con el chocolate bueno. ¿Trato?
Anya lo considera, sopesa la idea, y la acepta con la gravedad de una diplomática que concede un punto menor.
—Trato.
No tiene miedo de decirle que no a la gente que le cae bien. Interesante.
La velada termina. Elizabeth se lleva a Anya arriba, prometiéndole el chocolate de la mañana y un nuevo capítulo de «La telaraña de Carlota». Mikhail carraspea. Alexei se endereza en su silla. La función doméstica ha terminado. Comienza la profesional.
Nos dirigimos hacia el despacho.
—La mayoría de los hoteles están liquidados —dice Alexei, acomodándose en la silla de cuero frente a mi escritorio.
Coloca una tableta sobre la superficie entre nosotros—.
Nueve propiedades atacadas simultáneamente, dos más en la hora siguiente.
Las cuatro restantes sufrieron daños suficientes para dejarlas inoperativas durante meses.
—¿Bajas?
—Mínimas de nuestro lado. Tres heridos, ninguno crítico. Su gente no esperaba ataques coordinados. La mayoría de los edificios tenían poco personal a esa hora.
—¿Y su red de lavado?
—Cortada. —Alexei se permite el más leve atisbo de satisfacción—.
Las estimaciones conservadoras sitúan sus pérdidas en varios millones al mes.
Solo reconstruir la infraestructura de procesamiento de efectivo le llevará casi un año, y eso suponiendo que pueda conseguir nuevas ubicaciones sin que las detectemos.
Me recuesto. La noticia debería saber a victoria, y estratégicamente lo es. Pero conozco a hombres como Dushku desde hace suficiente tiempo para saber que vaciarle los bolsillos no le vaciará la determinación. Si acaso, la afilará.
—¿Su respuesta? —pregunto.
Alexei y Mikhail intercambian una mirada.
—Esa es la preocupación —dice Mikhail. Habla desde la esquina donde permanece de pie, con los brazos cruzados—. Hemos enviado tres propuestas distintas por canales secundarios desde los ataques. Todas rechazadas. No quiere negociar.
—Quiere esta guerra —añade Alexei. Más bajo ahora—. Esto solo la empeoró. Destruimos sus ingresos, sí. Pero también lo humillamos. Nueve edificios en una noche. Eso no es una operación militar, es una declaración de intenciones. Y Dushku no encaja declaraciones. Las contesta.
—Marku quiere sangre. Dushku no parará hasta cobrarse su venganza —dice Mikhail. El nombre cae en la habitación con todo su peso.
El asesinato no fue un insulto profesional. Fue una ofensa de sangre. Los códigos de sangre albaneses son antiguos y rígidos. No negociará.
—Así que le cortamos el dinero y lo enfurecimos más —digo.
—Esencialmente —responde Mikhail.
—Bien. —Alcanzo el vodka del cajón inferior. Me sirvo un vaso—. Un hombre furioso con los bolsillos cada vez más vacíos comete errores. Un Dushku con fondos y paciencia es peligroso. Un Dushku arruinado y furioso es predecible.
—O desesperado —contraataca Alexei—. Los hombres desesperados dejan de seguir reglas. Golpeó un objetivo civil en Halsted cuando aún tenía recursos. Sin ellos...
—Entonces fortificamos todo lo que vale la pena proteger y hacemos que el coste de cada incursión sea más alto que el anterior.
—Dejo el vaso sobre la mesa—. ¿Quiere sangrar por esto?
Bien. Hacemos que cada gota sea cara. Lo hacemos insostenible.
Y cuando su gente empiece a calcular si la lealtad a un hombre muerto vale lo que les está costando, ahí es cuando aparecen las grietas.
Mikhail desdobla los brazos.
—¿Y si las grietas no aparecen?
—Siempre aparecen. —Le sostengo la mirada—. Los códigos de sangre mantienen unidas a las familias. No a los mercenarios. Y los albaneses que trajo de Nueva York no son familia. Son contratistas. Quieren dinero. Cuando deje de llegar, volverán a casa.
Silencio. Alexei asiente despacio. Mikhail procesa la lógica, le da vueltas, no encuentra ningún fallo que esté dispuesto a señalar.
—Otro asunto —digo—. A la señorita Calloway se le ha concedido permiso para este domingo. Estará fuera de la propiedad todo el día.
El ambiente cambia. Las cejas de Alexei se alzan. Los brazos de Mikhail vuelven a cruzarse.
—La dejas salir —dice Alexei. No es una pregunta.
—Irá acompañada.
—¿Por quién?
—Por mí.
Silencio.
—Rolan. —La voz de Mikhail es cautelosa. Medida—. Dushku ha estado vigilando la finca. Salir del perímetro con una civil...
—No saldrá como una civil. Saldrá conmigo, en un vehículo blindado, con un equipo de seguridad.
—¿Por qué no enviarla con un conductor y dos guardias? Si es un día libre...
—No es un día libre.
Otro silencio. Alexei mira a Mikhail, quien me mira a mí.
—¿Por qué vas personalmente? —pregunta Alexei.
—Eso es asunto mío.
—Con el debido respeto, Rolan, si vas a salir de la propiedad durante un conflicto activo con el jefe de la facción albanesa, es asunto de todos nosotros. Eres el objetivo principal. Exponerte para escoltar a una tutora en un paseo de domingo...
—Cuatro hombres —ordeno—. Armados. El Escalade blindado. Protocolo estándar. Quiero los detalles listos para las ocho del domingo por la mañana.
Alexei abre la boca para discutir, pero la cierra. Interpreta bien mi expresión.
—Lo organizaré —concede.
Mikhail no se ha movido de su rincón.
—¿Algo más? —pregunto.
Niegan con la cabeza, se levantan y se van.
La oficina queda en silencio. Me quedo detrás de mi escritorio, pensando en el domingo.
Pidió salir. «Un asunto personal», dijo. Las palabras medidas, la mirada cautelosa. No pregunté.
Pero lo sé. He leído el expediente.
Landon Webb.
Va a verlo.
Ese hijo de puta.
¿Se cree su dueño? ¿Ella cree que le debe algo a él?
No.
Es mía.
Y voy a dejárselo muy claro, joder.