ELLIE
Dos noches.
Dos noches tumbada en la oscuridad con los ojos abiertos mientras mi cuerpo repite en bucle algo que no puedo detener. Cada vez que cierro los ojos, su mano está ahí, entre mis piernas, dentro de mí.
Cada vez que cierro los ojos, me oigo decir por favor.
Y cada vez mi cuerpo responde igual. El calor se acumula en el bajo vientre, desciende, la humedad traidora regresa…
Dos veces apreté los muslos con fuerza, intentando que parara.
Una vez, a las tres de la madrugada, cedí con mi propia mano, mis propios dedos, los ojos apretados, persiguiendo el fantasma de lo que él hizo en menos de cuatro minutos.
No fue lo mismo. Ni de lejos.
No voy a hacer esto otra vez. No voy a quedarme tumbada en la oscuridad pensando en un hombre que me hizo correrme en la encimera de su cocina y se largó. Desapareció. Dos días, ni rastro.
No significa nada. No puede significar nada. No dejaré que signifique nada.
Me refugio en el trabajo. Desde que llegué, ha pasado de ser tímida a mantener conversaciones completas y mostrar un sentido del humor que asoma por momentos.
Bernard el gorrión ha evolucionado.
Lo que empezó como un recurso matemático, un personaje simple que inventé para hacer las multiplicaciones menos dolorosas, se ha convertido en todo un universo ficticio, y ya no estoy del todo segura de quién lleva las riendas.
—Helena no diría eso —me dice Anya, sin levantar la vista de la ilustración que está añadiendo al capítulo de hoy—. No es tan borde…
Helena es la corneja. La mejor amiga de Bernard, un personaje que Anya aprobó de inmediato.
—Tienes razón —digo—. ¿Cómo lo diría ella?
Anya deja el lápiz, pensando en la pregunta.
—Ella diría: Bernard, no digo que tu plan sea malo. Digo que no has pensado en qué pasará si llueve.
—Eso está mejor.
—Ya lo sé.
Luego está la paloma. El némesis. Anya lo llamó Gerald. Roba semillas a otros pájaros, se queda con los mejores sitios para posarse por medios dudosos y tiene una rivalidad constante con Bernard.
—Gerald seguro que intentaría arruinar la clase de natación —dice, volviendo a coger el lápiz—. Le diría a Bernard que el estanque es más profundo de lo que es en realidad.
—¿Por qué haría eso?
—Porque Gerald no quiere que Bernard aprenda cosas nuevas. Si Bernard mejora, Gerald ya no puede ganar.
La observo dibujar, con el ceño fruncido por la concentración.
El orgullo que siento me llena el pecho.
Volvemos del solárium con la mano de Anya en la mía, sus pasos acompasados con los míos como ha empezado a hacer últimamente, ajustando su ritmo al mío. Es entonces cuando lo oigo.
Dobla la esquina.
Camisa blanca. Pantalones oscuros. Mangas remangadas. El pelo echado hacia atrás. Parece que ha estado trabajando, o peleando, o haciendo lo que sea que tensa los músculos de su cuello y marca las venas de sus antebrazos y—
Para. Ellie. Para.
—¡Papá!
Anya suelta mi mano y va hacia él a una velocidad que me pilla desprevenida. No corre, pero camina rápido, más rápido de lo que la he visto moverse, y cuando lo alcanza, le rodea las piernas con los brazos.
Él se arrodilla de inmediato y la envuelve entre sus brazos. Ella desaparece en él, pequeña contra grande, su pelo oscuro contra su camisa blanca, el señor Bigotes aplastado entre los dos.
A su lado, él parece aún más grande de lo habitual. La escala es casi absurda. Su mano abarca toda la espalda de la niña, y sus brazos podrían rodearla dos veces.
La sostiene. Cierra los ojos una fracción de segundo.
Cuando los abre y encuentra los míos por encima de la cabeza de Anya, la expresión desprotegida desaparece.
—Buenas tardes, señorita Calloway.
Eso es todo. Eso es lo que dice. Como si la última vez que estuvimos en la misma habitación sus dedos no hubieran estado dentro de mí.
Quiero gritar. Quiero agarrarlo por las mangas perfectamente remangadas y zarandearlo y decirle: Me hiciste suplicar en una encimera de cocina hace dos días, ¿y me sales con BUENAS TARDES?
—Buenas tardes, señor Belov —respondo en cambio.
Vuelve su atención a Anya.
—Malyshka. ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche?
—¿Qué tipo de cena?
—Lo que tú quieras.
—¿Lo que yo quiera? —lo desafía.
—Dentro de lo razonable —responde con una sonrisa sincera e inocente que hace que el corazón me dé un vuelco.
Ella lo considera.
—¿Puedo elegir lo que prepare Angelina?
—Sí.
Una pausa.
—¿Puedo tomar el postre antes de la cena?
—No.
Se encoge de hombros.
—Valía la pena intentarlo.
—Siempre.
Asiente hacia mí.
—¿Puede venir Ellie también?
Los ojos de Rolan se vuelven hacia mí. Su mirada es firme.
—Si la señorita Calloway quiere acompañarnos —dice—, será bienvenida.
Todos mis instintos me dicen que no. Cada célula racional de mi cerebro grita que sentarme a cenar frente a este hombre mientras su hija come entre nosotros es una idea terrible, catastrófica, un huracán de categoría cinco.
—Me encantaría —digo.
Asiente y se levanta. Al pasar junto a nosotras en el pasillo, está tan cerca que percibo su aroma, limpio y oscuro. El aroma que mi cuerpo asocia ya con encimeras de cocina y la palabra «por favor».
Me quedo en el pasillo con la mano de Anya de nuevo en la mía, una invitación a cenar que no puedo cancelar y la certeza absoluta de que esta noche va a ser un problema.
El móvil vibra mientras elijo qué ponerme.
Miro la pantalla, esperando que sea Mare y pueda ayudarme.
Número desconocido
Se me hiela la sangre.
Sé lo que significan los números desconocidos. Landon cambia de teléfono como quien cambia de calcetines, pasando de un móvil desechable a otro, borrando rastros, volviéndose imposible de localizar mientras a mí me tiene permanentemente localizada.
Abro el mensaje.
Hola, nena. Te he echado de menos. Pasé por tu casa y no estabas. Eso no me gusta, Ellie. Viajo unas semanas, vuelvo y mi chica no está donde debería estar. Tenemos que hablar. Pronto. Despeja tu agenda.
PD: Esto no es una sugerencia.
Me quedo mirando la pantalla. Las letras se difuminan.
Fue a mi apartamento y no estaba.
El último pago llegó a tiempo. He sido obediente. He estado callada. Pensé —estúpida, ingenuamente— que la obediencia me compraría su silencio. Que cogería el dinero y me dejaría en paz.
Estaba de viaje. Ocupado. Distraído con las prostitutas que mantenía incluso cuando estábamos juntos; mujeres a las que pagaba con el dinero que exprimía a gente como mi padre. No estuvo callado porque hubiera pasado página. Estuvo callado porque estaba ocupado.
Ahora ha vuelto y quiere verme.
Me siento en la cama con el teléfono en la mano y le doy vueltas.
Tengo que ir.
El problema es que no puedo. No puedo salir de esta propiedad sin el permiso de Rolan.
Tengo que pedírselo.
Solo pensarlo me revuelve el estómago. Pedirle permiso a Rolan para salir ya es humillante: una mujer adulta que tiene que pedir autorización para cruzar una verja.
Pedirle permiso a Rolan para ir a ver a Landon es territorio completamente distinto.
Requiere explicación y contexto. Vulnerabilidad que he estado atesorando como si fuera oro.
Pero la alternativa es peor: que Landon encuentre la finca, se presente en la verja y pregunte por mí. Sea lo que sea Rolan —hombre de negocios o lo que sea—, no quiero que esos dos mundos se toquen.
Miro la hora. Las cinco de la tarde. La cena es a las seis. Angelina confirmó que Rolan ha vuelto esta tarde. Está en su despacho.
Me trago el orgullo. Sabe a ceniza.
Llamo a su puerta.
—Adelante.
Está detrás del escritorio, igual que la primera vez que vine a este despacho.
—Señorita Calloway —levanta la vista del portátil—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Me muerdo el labio. Un tic nervioso. Un tic nervioso terrible delante de este hombre, porque sus ojos siguen el movimiento —un destello, apenas perceptible, su mirada baja a mi boca y vuelve a mis ojos en menos de un segundo.
Pero lo vi. Y mi cuerpo, ese traidor cortocircuitado que todavía se recupera de lo de la cocina, responde con un rubor que no puedo controlar.
—Necesito salir de la propiedad —digo—. Este domingo. Mi día libre.
Me preparo para el no. El «no» plano y monosilábico de la última vez. El muro.
No dice que no.
Se levanta y rodea el escritorio, pero se detiene en el borde delantero, se apoya contra él y cruza los brazos sobre el pecho. La postura le tensa la camisa sobre los hombros.
—Creo que fui claro —dice—. No se sale sin autorización. Hasta nuevo aviso.
—Lo entiendo. Pero esto es importante. Un asunto personal que necesito resolver en persona. Pido una excepción.
Me estudia. Los brazos siguen cruzados. La postura sigue siendo casual. Engañosamente casual.
—Si quiere salir —dice—, tendrá que pagar por ello.
Las palabras caen como un golpe.
Pagar por ello.
El modelo transaccional. Todo en esta casa es una transacción.
—¿Cuánto? —pregunto. Quizá pueda apartar algo de mi sueldo.
Su expresión cambia y descruza los brazos. No se mueve hacia mí, pero la energía cambia. La temperatura baja. O sube. Ya no sé distinguirlo.
—Siéntese —dice, señalando con la cabeza la silla frente al escritorio.
Dudo. La última vez que me dijo que me sentara, acabé en una encimera con los pantalones cortos en el suelo. Pero esto es una silla. Una silla normal. En su despacho. En horario laboral.
Me siento.
Él sigue de pie, apoyado contra el escritorio, mirándome desde su altura.
—¿Cuánto desea salir? —pregunta.
La pregunta es una trampa. Si digo «mucho», le doy ventaja. Si digo «no tanto», dirá que no.
—Mucho —decido.
Asiente. Un solo movimiento. Decisión tomada.
—Quítame el cinturón.
Se me escapa el aire de los pulmones.
Lo miro a los ojos, buscando la broma, la prueba.
Me tiemblan las manos. Me levanto y me dejo caer de rodillas sobre la alfombra. La silla se desliza hacia atrás. Está justo ahí, a centímetros, con el cinturón a la altura de mis ojos.
El cinturón es de cuero negro con hebilla plateada, sin adornos ni ostentación.
Trago saliva... y extiendo la mano hacia él. Mis dedos encuentran el metal. La hebilla está tibia. Suelto la aguja y tiro del cuero a través de la presilla. El susurro del cuero al deslizarse contra la tela es más fuerte de lo que debería.
—Continúa —dice.
Mis dedos forcejean con el botón hasta que la tela cede. Después, la cremallera: dientes metálicos que se abren bajo mis dedos con un sonido que me dispara el pulso por razones que nada tienen que ver con el miedo.
Sus pantalones caen un centímetro. Luego dos. Los sostienen sus caderas, el corte esbelto de su cuerpo, pero la V de la abertura revela la cinturilla de sus bóxers negros y, debajo, inconfundible, el contorno de lo que ya sabía que estaba ahí. Duro. Tenso contra la tela.
Me detengo y espero. Mis manos quedan suspendidas, mi respiración es superficial y el espacio entre nosotros está cargado.
—Termina —dice.
Engancho los dedos en la cinturilla y tiro hacia abajo. La tela lo libera, y ahí está. Grueso, duro. El tamaño es proporcional al resto de él. Considerable.
No me sorprende. No debería sorprenderme. Un hombre con la complexión de Rolan, con manos de ese tamaño y hombros de esa anchura... Pero la realidad aún me seca la boca y me humedece el centro.
—Abre la boca —ordena.
Levanto la vista; su rostro está sobre mí. Muy por encima. El ángulo es pronunciado, su mandíbula definida desde abajo, sus ojos clavados en los míos. No está preguntando.
Mi cuerpo, sintonizado ya con la frecuencia de su voz, responde antes de que mi mente pueda intervenir.
Abro la boca.
No se mueve de inmediato; deja que el momento exista: mi boca abierta, su cuerpo duro. La paciencia es cruel.
Entonces da un paso adelante. Lentamente. El primer contacto es cuidadoso. Presiona la punta de su polla contra mis labios, mi lengua; su anchura me estira la boca de un modo que me hace doler la mandíbula.
Se me llenan los ojos de lágrimas, y algo en lo más profundo de mi centro se contrae con un deseo tan agudo que roza el dolor.
Lo tomo.
Mi mano rodea la base —la parte que mi boca no alcanza— y su grosor en mi palma hace que los dedos apenas se toquen.
Acaricio al ritmo de mi boca. Es un movimiento fluido, coordinado, y cuando encuentro la presión adecuada, el ritmo justo, la combinación perfecta de lengua, mano y succión...
Emite un sonido.
Bajo. Gutural, entre un gemido y un gruñido. El sonido me atraviesa hasta el centro mientras su mano se posa en mi nuca.
Sus dedos se entrelazan en mi cabello con una suavidad que contradice todo lo demás de este momento. Pero la suavidad dura tres segundos antes de que el agarre se apriete, firme, dominante, e imponga un ritmo más rápido que el mío, más profundo.
Me ajusto: respiro por la nariz, relajo la garganta. Sus caderas comienzan a moverse, controladas al principio, con embestidas superficiales que me permiten mantener el ritmo, y luego menos controladas; el ritmo aumenta, su respiración cambia, la mano en mi cabello se aprieta.
Suelta un gruñido. Estoy empapada. Completa, desesperadamente empapada. Las bragas, arruinadas; los muslos, húmedos.
Mi centro se contrae mientras mi boca sigue trabajándolo. Mi mano lo agarra, y alguna parte rota y reconectada de mi cerebro está completamente inundada de éxtasis.
—Justo así —retumba.
Sus movimientos se vuelven más duros; exige más, toma más, sus caderas embisten hacia delante con una fuerza que me llena los ojos de lágrimas y me hace arder la mandíbula.
—¡Sí!
Su voz es como un trueno cuando se corre con un gemido. El calor me llena la boca.
—Traga —ordena.
No pienso, no dudo.
El sabor permanece en mis labios. En mi lengua. En el fondo de la garganta.
—Muy bien —asiente—. Puede abandonar las instalaciones el domingo, señorita Calloway. ¿Algo más?
Lo miro desde el suelo.
—Yo, eh... No —logro decir—. Gracias.
Gracias. ¿De verdad le di las gracias por eso? Debo de haber perdido la cabeza.
Me pongo de pie. Las piernas me tiemblan, no me sostienen como deberían.
En la puerta, miro hacia atrás.
Está detrás del escritorio, sentado y vestido, con el portátil abierto y un vaso de agua a su lado, ni un cabello fuera de lugar. Como si hubiera alucinado los últimos diez minutos.
Cierro la puerta tras de mí y camino hacia mi habitación. Cada paso es deliberado: pie izquierdo, pie derecho. No pienso, no proceso, solo camino.
Necesito una ducha fría, ropa limpia y unos quince minutos de agua caliente contra la piel para borrar el hecho de que estoy empapada, la humedad traspasando la ropa interior hasta la mitad de los muslos. El dolor entre las piernas es tan agudo que parece una afección médica.
La cena es en treinta minutos.
Voy a sentarme a la mesa con este hombre y su hija. Tengo que comer, mantener una conversación y fingir que no me duele la mandíbula.
Cierro la puerta de mi habitación y apoyo la espalda contra ella.
Respira.
Treinta minutos.
Puedo hacerlo.
Abro la ducha.