ELLIE
El domingo es mi día libre. Podría explorar la finca, intentar encontrar la biblioteca que Mikhail mencionó durante la orientación, o recorrer el perímetro del jardín, aprender los senderos y respirar aire fresco.
En cambio, estoy en la cama, en mi habitación.
En pijama —no el de Hello Kitty, ese ha sido desterrado al fondo de la maleta, donde vivirá el resto de sus días en el exilio—.
Llevo una sudadera de BU y mallas, apoyada contra el cabecero, fingiendo leer un libro que lleva abierto en la misma página cuarenta y siete minutos.
El libro trata sobre biología marina. Lo cogí prestado del estante del aula porque tiene fotos bonitas de arrecifes de coral, y pensé que me relajaría. Sorprendentemente, no funciona. Mi sistema nervioso lleva todo el rato con un zumbido de baja frecuencia.
Me quedo mirando las letras del libro, la frase que ya he leído cinco veces y que se niega a cobrar sentido.
Cómo dijo mi nombre. Elizabeth Calloway. El tono de su voz todavía me pone la piel de gallina.
El móvil vibra.
MARE
¿Cómo va el castillo de lujo? ¿El guardián ya ha dado la cara?
Respondo:
Lo conocí el viernes por la noche. En su cocina.
La respuesta es inmediata.
MARE
QUÉ. Llámame ahora mismo.
No lo hago porque todavía no puedo hablar de esto en voz alta. En voz alta se volvería real, y ahora mismo existe en ese espacio liminal entre lo que pasó y lo que podría haber soñado, y necesito que se quede ahí un poco más.
Es el padre de Anya.
Él había bajado a por algo de beber, y yo le estaba preparando un chocolate caliente a ella. Todo fue normal y profesional, y yo llevaba el pijama de Hello Kitty.
MARE
Ellie.
Lo sé.
MARE
¿Qué aspecto tiene?
Empiezo a escribir:
Bueno, veamos… Es tan alto como una pared, sus músculos parecen querer escapar de su traje caro, su cara parece esculpida en piedra preciosa, y tampoco puedo olvidar esos ojos que me recorrieron de arriba abajo y me dejaron con unas ganas tremendas de lanzarme sobre él.
Seguramente es el tío más atractivo que he visto en mi vida y…
Respiro hondo, borro el mensaje y envío en su lugar:
Es mi jefe.
MARE
Eso NO es lo que pregunté.
Parece algo que Miguel Ángel esculpiría si Miguel Ángel tuviera problemas de ira y un presupuesto para sastrería.
MARE
Voy a necesitar más detalles.
Buenas noches, Mare.
MARE
ELLIE.
Dejo el móvil boca abajo sobre el colchón y me subo las mantas hasta arriba, con la mirada fija en el techo.
La casa está en silencio otra vez. No oigo pasos ni puertas ni voces rusas.
Está en algún lugar de esta casa. Lo sé porque el aire cambia cuando él está entre estas paredes.
Me pregunto si él también estará pensando en la cocina.
Descarto el pensamiento de inmediato.
Rolan Belov no estaría tumbado en su habitación un domingo por la noche pensando en la tutora de su hija.
Los hombres como él tienen preocupaciones más importantes.
Seguramente está en su despacho, trabajando o haciendo lo que sea que hagan los empresarios adinerados.
No está pensando en mí. Seguramente olvidó lo de la cocina en cuanto salió de ella.
Cierro los ojos. El libro se desliza de mi pecho al edredón.
Veo su brazo extenderse junto a mí. Siento el calor de su pecho a mi espalda. Cómo me hizo sentir más pequeña.
Hundo la cara en la almohada.
El sueño tarda mucho en llegar.
El lunes se reanudan las clases, y me lanzo al trabajo como quien se ahoga se agarra a cualquier cosa que flote.
Anya y yo pintamos, leemos y trabajamos en una lección de matemáticas disfrazada de historia sobre Bernard el gorrión y su vida social cada vez más compleja.
Bernard ahora tiene amigos, lo que significa que tiene que compartir semillas, lo que significa fracciones, lo que significa que Anya está aprendiendo a dividir sin darse cuenta de que está aprendiendo a dividir, que es mi forma favorita de enseñar.
Por la tarde, no para de hablar. Me cuenta lo del pájaro que vio en el jardín esta mañana, y que el señor Bigotes soñó con zanahorias. Me dice que le gusta cómo leo las voces porque las hago sonar como personas de verdad.
El lunes es bueno.
El martes por la mañana va bien.
El martes por la tarde no va bien.
Empieza con un moqueo durante nuestra sesión de lectura, pequeño y apenas perceptible.
A las dos, el moqueo se ha convertido en tos.
A las tres, las mejillas de Anya están encendidas y sus ojos vidriosos.
Está acurrucada en el sillón con el señor Bigotes apretado contra la barbilla, temblando a pesar del calor del solárium.
Le pongo la mano en la frente. Está caliente, no ardiendo, pero lo suficiente para preocuparme.
—Oye, cariño. Creo que te estás poniendo malita.
—Estoy bien —insiste.
—Ya lo sé. Pero tu cuerpo me dice que necesita descansar.
Al menos conozco a una doctora excelente.
¡Hola! La niña a la que cuido está enferma.
Añado sus síntomas y su edad, y golpeteo el suelo con los pies mientras espero una respuesta. Tarda noventa segundos.
MARE
Hay un virus circulando. Dale líquidos y deja que descanse. Paracetamol infantil. Si la temperatura supera los 39 grados o persiste más de 48 horas, tráela.
Cancelo la lección de la tarde, la envuelvo en una manta y la acomodo en el sofá mientras preparo chocolate caliente.
Sostiene la taza con ambas manos y me observa por encima del borde.
Pasamos la tarde en el sofá viendo Buscando a Nemo. En algún momento, su cabeza se ladea y acaba apoyada en mi brazo.
No me muevo, dejo que su cabeza se quede donde está mientras veo la película sin verla realmente. Al sentir el calor de esta niña pequeña, enferma y confiada contra mi brazo, algo encaja dentro de mí y queda fijo.
A las cinco, está dormida. La subo en brazos envuelta en manta y conejo y la arropo en su cama. Abre los ojos cuando le subo el edredón.
—Estoy aquí al lado —susurro—. Prométeme que me llamarás si necesitas algo.
—Vale —susurra.
Voy a mi habitación, pero no consigo dormir. Escucho atenta por si oigo tos o quejidos a través de la pared, deseando poder hacer más por ella. Deseando quitarle el dolor.
El miércoles por la mañana la fiebre ha bajado y Anya come media tostada, lo que considero una victoria. Sigue congestionada, sigue pálida, pero la mirada vidriosa ha desaparecido.
Estoy comprobándole la temperatura por tercera vez cuando llaman a la puerta. Mikhail.
—Señorita Calloway. ¿Un momento?
Salgo al pasillo.
—El señor Belov tiene una cena de negocios importante esta noche en el comedor principal —dice, aunque no tengo ni idea de dónde está el comedor principal—.
Es esencial que usted y Anya permanezcan en esta planta mientras dure.
Sus habitaciones, el pasillo, el salón del ala oeste, todo eso está bien. Pero no bajen. Por ningún motivo.
Asiento despacio.
—¿Puedo preguntar por qué?
—La reunión trata asuntos delicados. El señor Belov prefiere que el personal de servicio no esté presente en estas ocasiones.
Es una explicación razonable. La gente adinerada tiene reuniones privadas. Los directores ejecutivos tienen cenas en las que el servicio desaparece.
Pero Mikhail no ha dicho preferible. Ha dicho esencial. Y su tono, pese a ser tranquilo, sugiere una precisión que ha dejado de ser preferencia para convertirse en protocolo. Se me eriza la nuca.
—Por supuesto —digo—. Nos quedaremos arriba.
Asiente. Hace una pausa.
—Si necesita algo durante la noche, use el botón de llamada de su habitación. Alguien vendrá.
—Gracias, Mikhail.
Me quedo en el pasillo, viéndolo marchar, mientras la palabra esencial resuena en mi cabeza.
Por la noche, Anya y yo estamos en mi habitación.
Es más cálida que la suya, menos blanca, y ahora tiene el televisor que pedí.
Está tumbada en mi cama, apoyada en las almohadas con el señor Bigotes bajo el brazo.
Estamos viendo Buscando a Nemo por segunda vez —ella lo ha elegido— y no pienso discutir con una niña enferma que ha encontrado consuelo en un pez payaso.
A las siete y media de la tarde, se remueve y hace una mueca.
—Ellie, me duele la cabeza.
Silencio el televisor y le pongo el dorso de la mano en la frente.
Está ardiendo. No es la febrícula de ayer, sino un calor que noto antes de tocarla del todo. Tiene las mejillas de un rojo intenso y los ojos llorosos. El sudor le perla las sienes.
—Vale —digo, manteniendo la voz serena—. Tienes un poco de fiebre. Voy a buscar algo para bajártela.
Llamo a Maren y contesta al instante. Le doy la información y espero un milagro.
—¿Cuánta fiebre?
—No tengo termómetro. Está muy caliente. Visiblemente colorada.
—Dale una dosis de ibuprofeno infantil según su peso. Si no le baja en una hora, o si llega a 39,5, llévala a urgencias.
—No tengo ibuprofeno infantil ni termómetro. No sé dónde guardan las medicinas en esta casa.
—Entonces encuentra a alguien que sí sepa.
Presiono el botón de llamada junto a la cama y espero.
Nada.
Lo presiono de nuevo.
Sigue sin pasar nada.
Por supuesto. Todo el personal está abajo atendiendo la cena. La cena esencial de la que me ordenaron mantenerme alejada.
Vuelvo a mirar a Anya. Tiene el rostro enrojecido y húmedo. Me está mirando. Depende de mí.
La instrucción era quedarme arriba, pero no contemplaba que la temperatura de una niña se disparara ni que el sistema de llamadas dejara de funcionar.
Rolan Belov querría que alguien ayudara a su hija.
—Voy a buscarte medicina —digo—. Cinco minutos. Te lo prometo.
—Vale.
Me muevo tan rápido como puedo hacia la cocina privada, pero no encuentro medicina. Reviso cada armario, cada cajón. Nada.
La cocina del personal está abajo, donde me dijeron que no fuera.
Bajo por la escalera de servicio y el nivel inferior parece vacío. La cocina está a oscuras y las estaciones, desiertas. Han mandado a todos a la cena. Encuentro un botiquín de primeros auxilios debajo del fregadero. Vendas, gasas, antiséptico. Nada para bajar la fiebre. Ninguna medicina infantil.