ELLIE #3
Cada vértebra de mi columna parece haberse sindicado durante la noche y haber presentado una queja formal contra el diván de terciopelo. Estoy enroscada en forma de coma, con el cuello en un ángulo que requerirá un exorcista para deshacerlo, y una pierna me cuelga por el borde del diván.
Parpadeo cuando la luz de la mañana se cuela por las cortinas de Anya e ilumina la enorme habitación.
Me quedo quieta un momento. Estuve aquí anoche, pero solo en la oscuridad, solo a retazos: el piloto con forma de luna creciente, la silueta de Anya acurrucada en la cama, el contorno de los muebles en penumbra. Ahora, a la luz del día, lo veo todo.
La habitación es blanca.
No un blanco cálido. No crema ni marfil ni ninguno de los veintisiete tonos de blanco roto sobre los que discuten los diseñadores de interiores.
Solo blanco. Las paredes, el techo, el marco de la cama, la cómoda, la estantería.
Hasta las cortinas. Todo del mismo blanco plano, prístino, intacto. El color de la nada.
Hay juguetes en la esquina, ordenados con esmero en una estantería.
Muñecas aún en su embalaje. Juegos de mesa con los precintos intactos.
Una casa de muñecas con los muebles perfectamente colocados en cada habitación diminuta, como si ninguna mano pequeña los hubiera movido jamás.
Lo único tocado, gastado, querido es el señor Bigotes, ahora mismo encajado entre la barbilla de Anya y la almohada.
El suelo es de mármol frío y pulido, precioso, pero no hay alfombra, ninguna superficie blanda donde una niña de seis años pueda sentarse a dibujar, lo que quizá explique por qué dibuja detrás de las cortinas y en todas las habitaciones de esta casa menos en la que se supone que es suya.
Es limpia y cara, pero también completamente desprovista de personalidad. No hay dibujos en las paredes. No hay color en ninguna parte, ni un solo destello del mundo vívido, detallado y extraordinario que vive en el cuaderno de Anya.
Sé que no me corresponde arreglarlo. Soy tutora, no decoradora, ni madre, ni un elemento permanente. Pero la blancura de esta habitación, su vacío, me dan ganas de ir a comprar un bote de pintura y dejar que Anya elija el color.
Sigue dormida.
Me incorporo despacio y mi espalda protesta con una sinfonía de crujidos.
Cojo la taza vacía de la mesita de noche y, al bajar la vista, me fijo en mi pijama.
Me sonrojo al recordar la vergüenza de anoche.
Miro hacia la puerta y al pasillo de más allá. La posibilidad teórica de encontrarme con otros seres humanos o, Dios no lo quiera, con un humano en concreto de ojos azules, mandíbula cincelada y la costumbre de aparecer en cocinas sin previo aviso me pone los nervios de punta.
Pero está vacío.
Llego a mi habitación en cuatro segundos justos, lo que podría ser un récord personal.
Cierro la puerta, me apoyo en ella y hago un voto solemne al techo y a cualquier deidad que vele por los mortales que se humillan delante de hombres guapos: «Nunca volveré a ponerme este pijama.
Lo quemaré. Salaré la tierra donde caiga».
Cojo el móvil para mirar los mensajes como hago cada mañana, pero la única notificación en la pantalla es una confirmación de ingreso. Mi pago semanal, puntual.
Dejo escapar un largo suspiro de alivio y me lo tomo como un recordatorio de por qué estoy aquí. De lo que me trajo a esta casa, a este contrato.
Abro la aplicación del banco, introduzco la cantidad —ajustada al aumento de este mes— y envío la transferencia a Landon.
Me ducho y me visto deprisa, recogiéndome el pelo en una coleta. Vaqueros oscuros, un jersey color crema y las bailarinas con las puntas rozadas.
El resto del día toca matemáticas.
O, más bien, debería serlo. Según el plan de estudios que he diseñado —un programa estructurado pero flexible que cubre lectura, escritura, matemáticas, ciencias y arte a lo largo de la semana—, los sábados por la mañana se dedican a los números. Patrones, contar y sumas básicas.
¿El problema? Anya odia las matemáticas.
Ni siquiera tiene que decirlo. Se le suben los hombros hasta las orejas, aprieta el lápiz con más fuerza y atrae al señor Bigotes más cerca de lo habitual. Mira los números como si la hubieran ofendido personalmente.
—Vale —digo cinco minutos después, viéndola dibujar el mismo número una y otra vez sin avanzar—. Cambio de plan.
Frunce el ceño.
—¿Cuántas plumas tiene un gorrión?
Parpadea.
—¿Qué?
—Un gorrión. El de tu dibujo. ¿Cuántas plumas crees que tiene?
—No... no lo sé.
—Vamos a averiguarlo.
Saco una hoja de papel y dibujo un pájaro espantoso. Deforme y asimétrico, con patas que parecen más una ramita clavada en una patata que las de un pájaro. A Anya se le mueve la comisura de la boca.
—Este es Bernardo —digo—. Bernardo necesita plumas. Digamos que necesita diez plumas en cada ala. ¿Cuántas plumas son en total?
Alterna la mirada entre Bernardo y yo. Los engranajes de su cabeza giran mientras se lleva el lápiz a los labios.
—Veinte —dice.
—Veinte. Perfecto. Ahora, Bernardo también necesita cinco plumas en la cola. Así que veinte más cinco es...
—Veinticinco.
—Eres un genio.
—No soy un genio.
—Eres un genio de las mates que todavía no sabe que lo es. De los mejores.
Pasamos la siguiente hora construyendo la anatomía de Bernardo con aritmética: plumas en las alas (introducción a la multiplicación), longitud de las rutas de vuelo (suma) y el número de gusanos comidos al día frente al número de gusanos que Bernardo quiere comer (resta, y también una historia sorprendentemente entretenida sobre un pájaro muy ambicioso).
Al final, Anya vuelve a dibujar a Bernardo. Su versión es infinitamente mejor que la mía: un gorrión pequeño y rechoncho, con personalidad en la mirada y veinticinco plumas dibujadas con precisión.
La tarde la dedicamos a ciencias. Vamos al jardín, que está casi en letargo pero aún conserva suficientes hojas muertas, tierra fría y ramas desnudas por el invierno para llenar una hora de observación y preguntas.
Lo toca todo: recoge una hoja y estudia sus nervaduras, encuentra un escarabajo y lo observa con la concentración de un cirujano.
Cuando volvemos a entrar, tiene las mejillas sonrosadas por el frío y sostiene cuatro tesoros que ha ido recogiendo: la hoja, una piedrecita, una ramita en forma de Y y una baya que encontró en un arbusto y que tuve que identificar a toda prisa como comestible antes de que se la metiera en la boca.
Ha sido un buen día. Un día completo, real, caótico y productivo, y cuando por fin me siento en mi habitación después de cenar, me invade una sensación de satisfacción.
Rolan no ha aparecido en todo el día.
Ni rastro de él, ni el eco de un paso. La casa es tan grande que dos personas pueden vivir en ella sin cruzarse jamás, y hoy, por lo visto, eso es exactamente lo que ha pasado.
El señor Belov estará de viaje otra vez, encerrado en su despacho, o simplemente habitando otra dimensión de esta enorme y silenciosa finca.
Y a mí me parece perfecto.
Porque cada vez que mi mente se ha ido hoy —y se ha ido más veces de las que me gustaría admitir—, ha vuelto al mismo sitio.
Tengo que parar. Es mi jefe. Es el padre de mi alumna. Es un hombre con el que apenas habré intercambiado catorce palabras, y doce de ellas fueron variaciones de «sí» y «gracias».
No necesito pensar en él.