Mala tutora ELLIE #2
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ELLIE #2

Me estiro más, agarrándome al borde de la encimera con la otra mano para mantener el equilibrio, y me alzo más sobre las puntas de los pies hasta que me arden las pantorrillas.

La sudadera se me sube. Soy consciente de ello.

Soy consciente de que ahora hay una franja de piel visible entre el dobladillo de la sudadera y la cinturilla de mis pantalones cortos.

Soy consciente de que él está detrás de mí. Soy consciente de todo.

Doy un pequeño salto. Un diminuto y patético brinco que me eleva aproximadamente dos centímetros y medio y me proporciona cero chocolate.

Y entonces lo siento.

No me toca, pero está ahí detrás de mí, lo suficientemente cerca como para que el aire entre nosotros cambie de composición. Se vuelve más cálido, más denso, cargado de un aroma que me recuerda al frío y al humo de leña.

Su brazo pasa junto a mí con facilidad. Sin siquiera extenderse del todo. Su antebrazo pasa tan cerca de mi hombro que siento el calor de su piel a través de la manga remangada.

Una sugerencia de contacto, que de alguna manera es peor que el contacto real.

Su mano se cierra alrededor de la tableta de chocolate en el estante superior y la baja. Durante un momento, uno o dos segundos, su pecho está a centímetros de mi espalda, y siento el calor, la pura masa física de su cuerpo.

Un rubor nace en la base de mi columna y asciende. Hay una tensión en la parte baja del estómago. Una conciencia repentina y vívida de cada punto donde su cuerpo casi toca el mío, pero no lo hace.

Me tiende el chocolate.

Lo cojo. Nuestros dedos no se tocan, pero sus ojos se encuentran con los míos cuando lo cojo. De cerca, sus ojos son más que azul pálido. Tienen capas. Hielo sobre agua.

—Gracias —susurro.

Da un paso atrás y regresa a su lado de la isla. Da un sorbo al vodka y no dice nada.

Toda la interacción ha durado menos de cinco segundos. Pero siento que mi cuerpo tardará toda una vida en procesarla.

Me vuelvo hacia los fogones y vierto la leche en el cazo. Pongo el fuego bajo. Me tiemblan las manos. No como temblaban fuera de mi apartamento cuando la mano de Landon me apretaba la garganta, sino con una sensación que nace en el pecho y se expande hacia fuera.

Basta ya, me digo a mí misma. Basta ya. Es tu empleador. Tu jefe. Te paga el sueldo. No puede haber pensamientos impuros.

Demasiado tarde para eso.

Parto el chocolate en trozos y los añado lentamente, como me enseñó papá.

Un trozo cada vez, dejando que se derrita antes de añadir el siguiente.

El ritmo ayuda. La familiaridad de los movimientos, el tintineo de la cuchara contra el cazo, el olor del chocolate calentándose en la leche.

Me devuelve a mí misma. A la razón por la que estoy aquí.

No por el hombre que tengo detrás. Por la niña de arriba.

Añado una pizca de azúcar y otra de sal, removiendo hasta que el color se vuelve un marrón intenso que papá habría aprobado.

Lo vierto en una taza, una sencilla taza blanca que encuentro en el armario de abajo, gracias a Dios, y me doy la vuelta.

El lugar donde estaba Rolan está vacío.

Su vaso está en la encimera, enjuagado y colocado boca abajo sobre un paño para que se seque. Sin desorden. Sin rastro. Como si nunca hubiera estado allí.

Exhalo. Me sale tembloroso.

Cojo el chocolate y subo.

La habitación de Anya está cuatro puertas más allá de la mía, en la misma planta.

Esto me pareció extraño cuando llegué. Esperaba que me alojaran en un ala de servicio o en un pasillo separado.

En algún lugar a una distancia apropiada.

Pero Mikhail me llevó a una habitación en el pasillo residencial principal.

Lo bastante cerca como para oír la puerta de Anya si se abre.

Lo bastante cerca como para que esta noche se colara un ruido diferente.

No estaba dormida. No duermo bien desde que llegué. No por la cama, que es obscenamente cómoda, sino porque mi cerebro no se apaga. Recorre el mismo bucle cada noche: la deuda, Landon, el próximo pago, el siguiente.

Así que estaba despierta, mirando al techo, cuando decidí salir a caminar un poco. Salí al pasillo en calcetines, y entonces lo oí: un gemido, amortiguado por una almohada.

La puerta de Anya estaba abierta. La lamparita de noche con forma de media luna bañaba la habitación en un dorado pálido.

Estaba acurrucada, hecha un ovillo, en el centro de su enorme cama: una preciosidad de armazón blanco con dosel. Digna de una princesa.

Temblaba, con el señor Bigotes aplastado contra la cara. Tenía las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándole las espinillas.

Casi no entro. No es mi hija. No me correspondía. Había límites, profesionales y personales, que sabía que debía respetar. Pero no podía oír aquello y marcharme sin más.

Llamé suavemente a la puerta abierta.

—¿Anya? Cariño, ¿estás bien?

Negó con la cabeza. Un movimiento diminuto y feroz, con la cara todavía hundida en el conejo.

—¿Has tenido una pesadilla?

Asintió.

—¿Quieres que te traiga un chocolate caliente? Mi padre solía hacérmelo cuando tenía pesadillas. Es el mejor del mundo. Te lo prometo.

Susurró un sí apenas audible, con los ojos enrojecidos y enormes, y eso bastó.

Ahora he vuelto, de pie en su puerta con la taza caliente entre las manos, observándola en su cama de princesa. Sigue hecha un ovillo, aún aferrada al conejo, pero los hombros han dejado de temblarle.

Me siento con cuidado en el borde de la cama.

—Aquí tienes —digo, tendiéndole la taza—. Todavía está un poco caliente. Sorbitos pequeños.

La coge con las dos manos. Son tan pequeñas que apenas rodean la cerámica. Da un sorbo. Se le abren un poco los ojos.

—¿Está bueno?

Asiente mientras da otro sorbo.

—¿Quieres hablar del sueño?

Niega con la cabeza.

—No pasa nada. No tienes que hacerlo si no quieres.

Empiezo a levantarme para irme. Para darle espacio. Necesita saber que la puerta está abierta, pero tiene que ser ella quien decida cruzarla.

—¿Ellie?

Su voz es tan pequeña que casi no existe. Un susurro que apenas altera el aire.

Me vuelvo.

—¿Sí, cariño?

Abre la boca, la cierra y la vuelve a abrir.

—Da igual —dice—. No es nada.

Vuelvo a sentarme.

—No parece que sea nada.

—Es que... —juguetea con la oreja del conejo—. No tienes por qué.

—¿No tengo por qué qué?

Se encoge. Hunde los hombros, agacha la barbilla y se acurruca abrazando la taza y el conejo, tratando de ocupar el menor espacio posible.

—Quedarte —susurra—. No tienes que quedarte.

Las palabras me golpean en un lugar para el que no estaba preparada. Algo profundo, blando y desprotegido.

—Anya —digo, manteniendo la voz firme aunque el pecho se me está resquebrajando—. Me encantaría quedarme. ¿Puedo coger una almohada y una manta y dormir en el sofá?

Parpadea sorprendida.

—¿Tú... quieres?

—Claro que quiero. Ese sofá tiene una pinta de cómodo...

No la tiene. Es un pequeño diván tapizado en terciopelo en el que cabrá aproximadamente el ochenta por ciento de mi cuerpo, pero he dormido en sitios peores.

Dormí en una silla de hospital junto a la cama de mi padre durante tres noches seguidas.

Un sofá corto de terciopelo es un lujo en comparación.

Anya asiente. Un gesto pequeño, cauteloso.

—Vuelvo enseguida.

Voy a mi habitación a por la almohada y la manta que tengo a los pies de la cama. Al volver, me detengo en el pasillo.

Pienso en cómo apareció en la cocina sin hacer ruido, en cómo se quedó detrás de mí lo bastante cerca para sentirlo pero sin tocarme, en cómo se marchó sin decir palabra.

Pienso: «¿Qué clase de hombre se mueve así?».

Y entonces dejo de pensar, porque Anya me está esperando.

Cuando regreso, está sentada más erguida, bebiendo el chocolate, y su postura ha cambiado. Sigue pareciendo pequeña, pero ya no se encoge sobre sí misma con esa tensión desesperada.

Me acomodo en el diván. Es tan incómodo como imaginaba, pero me arropo las piernas con la manta y ahueco la almohada.

—Perfecto. ¿Ves? Alojamiento de cinco estrellas.

Casi sonríe. Nunca he logrado arrancarle una sonrisa completa, radiante y abierta, pero nos vamos acercando.

Anya termina el chocolate y, con ambas manos, coloca la taza con cuidado en la mesita de noche.

—¿Ellie?

—¿Sí?

—Gracias.

Una pausa.

—Por el chocolate.

Capto lo que quiere decir en realidad. «Gracias por venir. Gracias por no obligarme a pedírtelo. Gracias por quedarte sin tener que hacerlo».

—De nada, cariño. Cuando quieras.

Se acuesta, se sube el edredón y se queda mirando hacia la puerta.

A los cinco minutos, su respiración se vuelve más lenta.

Me quedo tumbada en el diván de terciopelo, mirando al techo, pensando en mi vida.

Pienso en mi padre y en las noches en que llegaba tarde a casa, oliendo a whisky, a humo de cigarrillo y a pérdida.

En cómo yo fingía estar dormida y él se quedaba en el umbral de mi habitación susurrando: «Lo siento, Ellie-belly.

Mañana lo haré mejor». En el chocolate, en que esta noche sabía igual que siempre, en que algunas recetas llevan personas dentro incluso después de que esas personas se hayan ido.

Mi mente vuelve una y otra vez a la deuda, al pago que Landon ajustó para recordarme que puede hacer lo que quiera, cuando quiera.

Luego se desvía hacia Rolan, que apareció y desapareció en la cocina como si nunca hubiera estado allí, y hacia cómo se quedó lo bastante cerca para sentirlo pero sin llegar a tocarme.

El calor de su pecho cerca de mi espalda. El momento en que su brazo pasó junto a mí y el aire entre nosotros se volvió denso, cargado, vivo.

Sus ojos clavados en mí.

Aparto el pensamiento y lo encierro en una caja.

Mi jefe. Mi salario. La barrera entre Landon y yo.

Nada más. Nada.

Pero la caja flota, y el cerrojo es endeble.

Cierro los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, me duermo enseguida.

Me despierto con la sensación de que algo pesado me aplasta entre los omóplatos.