ELLIE
Es enorme.
Es lo primero que noto. No solo alto, aunque lo es. Absurdamente alto. El techo de la cocina parece de pronto más bajo y las paredes más cercanas. También es corpulento, con los hombros ocupando todo el espacio entre el frigorífico y la isla.
Lleva una camisa blanca, por fuera del pantalón, con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Incluso con la luz tenue, veo cómo la tela se tensa sobre su pecho y sus brazos, como si la camisa apenas pudiera contener su cuerpo.
La luz recorta los planos de su rostro: mandíbula afilada, pómulos altos y angulosos, una nariz que podría haberse roto alguna vez. Tiene el pelo oscuro, ligeramente peinado hacia atrás, como si se hubiera pasado la mano por él. Y sus ojos…
Entonces caigo en la cuenta. Son los ojos de Anya.
Azul pálido. Azul hielo. Exactamente el mismo tono que llevo viendo toda la semana, solo que distintos.
Los suyos son hielo que eligió seguir congelado.
Mismo color, misma intensidad, misma capacidad inquietante de hacerte sentir observada sin tu permiso.
Pero donde la mirada de Anya hace preguntas, la de él dicta veredictos.
Es su padre. Por supuesto que lo es. Ya lo sabía, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta tenerlo delante.
Es guapísimo. Ridículamente guapo. Una belleza de portada de revista y pasarela europea. No para estar plantado frente a mí mientras yo sostengo una botella de leche en pijama de Hello Kitty.
Dios mío.
El pijama de Hello Kitty.
Llevo mis pantalones cortos rosas, con la carita del gatito tonto estampada por todas partes, combinados con una camiseta azul demasiado corta para presentarme ante mi jefe.
Y no llevo sujetador…
Claro, así tenía que ser como conociera a mi nuevo jefe.
Típico de mi suerte.
—Debe de ser la tutora —dice—. Elizabeth Calloway, ¿verdad?
Aprieto la botella de leche contra el pecho.
Su voz. Dios mío, su voz.
Es profunda, no grave sino resonante, como si brotara de algún lugar de su pecho. Pronuncia mi nombre dándole peso. Cada sílaba es deliberada, y un levísimo rastro de acento envuelve las consonantes. Todas las neuronas funcionales de mi cerebro se desconectan a la vez.
Quiero pedirle que lo repita. Quiero decir: Disculpe, ¿podría repetir eso? No estaba escuchando porque su voz ha hecho algo con mi sistema nervioso central y necesito un momento para reiniciarme.
En cambio, digo:
—Sí. Y usted es…
Mi cerebro busca su nombre y no encuentra nada. Llevo una semana viviendo en la casa de este hombre y no sabía qué cara tenía ni cuál era su nombre de pila porque ha sido un fantasma.
—Usted… lo siento, usted es…
—Rolan Belov.
Rolan.
Por supuesto que se llama Rolan.
—Señor Belov —digo, y mi propia voz me suena extraña. Demasiado aguda, demasiado fina—. Es… sí. Hola.
Brillante. Absolutamente brillante. Tres años de carrera universitaria, y lo mejor que se me ocurre es «sí, hola».
No responde. Se queda ahí, imposiblemente alto, imposiblemente sereno, observándome. Su expresión no revela nada. Es como tener delante una pared. Una pared muy atractiva, extremadamente bien construida, pero una pared, al fin y al cabo.
Y entonces su mirada baja por mi cuerpo.
Desde mi cara a mis hombros, a los pantalones cortos de Hello Kitty, a mis piernas desnudas, a mis pies en calcetines sobre el suelo de mármol frío. Y vuelta arriba.
Un solo barrido pausado que dura unos dos segundos y recorre todo mi cuerpo, dejándome aturdida.
No dice nada.
Quiero morirme.
Para ser más exacta, quiero que el suelo de mármol se abra y me trague hasta el núcleo de la Tierra, donde pueda pasar el resto de mis días convertida en magma, lo cual es preferible a estar plantada frente a mi jefe en pijama de Hello Kitty.
—Es un placer conocerlo por fin —digo, y le tiendo la mano, porque es lo que se hace cuando conoces a tu jefe, aunque estés sujetando una botella de leche y tu cara esté generando calor suficiente para abastecer una ciudad pequeña.
Mi mano queda suspendida en el aire.
Un segundo.
Dos.
El tiempo suficiente para preguntarme si va a dejarla ahí. Si es de esos hombres que no estrechan la mano a sus empleados, o quizá a personas que parecen haber perdido una guerra de almohadas en una fiesta de pijamas.
Entonces alarga la mano, y la suya engulle la mía.
Tiene los dedos largos, la palma ancha y cálida, con callos en lugares que sugieren que hace algo más con las manos que firmar documentos.
El apretón es firme. No agresivo, sin intención de demostrar nada, pero delata a un hombre que no es consciente de su propia fuerza.
O que lo es perfectamente y elige contenerse.
La diferencia de tamaño es casi cómica. Mi mano desaparece dentro de la suya. De pronto soy muy consciente de lo pequeña que soy.
Una corriente eléctrica me recorre al tocarnos. Un pulso cálido y sorprendente que viaja desde la palma, sube por la muñeca, recorre la columna y se instala detrás del esternón.
Involuntario e inmediato.
—Anya es maravillosa —digo mientras retiro la mano—. Es increíblemente lista. Estoy disfrutando mucho de trabajar con ella.
No dice nada. Su mirada se desplaza hacia la botella de leche en mi otra mano. Una ceja se mueve, no llega a arquearse, apenas un micromovimiento, casi imperceptible. La pregunta está tan claramente implícita que bien podría haberla formulado en voz alta.
—Ah, esto —levanto la botella a modo de prueba—.
Anya ha tenido una pesadilla. Estaba alterada, así que me ofrecí a hacerle chocolate caliente.
Es… era… la especialidad de mi padre cuando yo era pequeña.
Tenía esta receta. Bueno, en realidad no es una receta.
Es más bien una técnica. Calientas la leche despacio y añades el chocolate por etapas, para que no…
Me detengo.
—Es muy bueno —termino débilmente—. Lo prometo.
Rolan Belov me estudia una vez más. No sé si piensa que soy encantadora, que estoy loca o que ni siquiera merezco su atención.
Y el estómago se me encoge ante una horrible revelación. He estado leyendo a Anya toda la semana, así que sé cuándo está interesada, cuándo está en guardia, cuándo está a punto de sonreír.
A él no puedo leerlo en absoluto.
—Solo voy a... —hago una pausa y señalo vagamente hacia la cocina—. Me quito de en medio. Perdona por...
—Continúa.
Una sola palabra. Grave, directa, pronunciada sin inflexión, y me detiene en seco.
—¿Qué?
—Continúa con lo que estabas haciendo.
Se mueve. No hacia la puerta, que es lo que yo esperaba y deseaba, sino hacia el otro lado de la isla.
Hacia la vitrina. La abre y selecciona una botella con líquido transparente, sin etiqueta. Vodka, casi seguro. Se sirve dos dedos en un vaso de cristal con la facilidad de quien hace esto a menudo y la firmeza de quien hace todo con absoluta intención.
Se va a quedar.
Va a quedarse ahí, a un metro de distancia, bebiendo vodka, mientras yo preparo chocolate caliente en pijama.
Vale. Bien. Genial. Esto está bien.
Me fijo en cómo se mueve. Es similar a los guardias: economía de movimiento, ausencia de gestos innecesarios. Pero en él es más pronunciado.
Se mueve como los grandes depredadores en los documentales de naturaleza: despacio, con precisión, con un control fluido. Se desplazó desde la entrada hasta la vitrina sin hacer un solo ruido. Sin pasos. Sin roce de zapatos.
Mi padre era un hombre ruidoso. Llenaba las habitaciones con su voz, su risa, sus errores. Landon era lo opuesto. Silencioso y controlado. Un hombre que usaba la quietud como arma.
Rolan Belov es una criatura completamente diferente.
Me vuelvo hacia la encimera, dejo la leche y abro el frigorífico de nuevo para buscar... ¿qué necesito?
Mi mente se queda en blanco.
Conozco esta receta de memoria. Papá me la enseñó cuando tenía ocho años, subida a un taburete en nuestra cocina de Boston mientras él narraba cada paso.
«El secreto, Ellie-belly, es la paciencia.
No apresures la leche. Trata el chocolate como a una dama: añádelo despacio, deja que se derrita a su ritmo».
Necesito chocolate. Cacao en polvo, idealmente, pero una buena tableta de chocolate negro servirá. Azúcar. Una pizca de sal. Vainilla, si tienen.
Abro el armario más cercano. Platos. El siguiente. Vasos. El de después. Especias, pero no las que necesito.
—¿Buscas algo?
Me giro. Está apoyado contra la isla, vaso en mano, observándome con lo que podría ser curiosidad. No sabría decirlo. El rostro de este hombre es una caja fuerte cerrada.
—Chocolate —digo—. Todavía no he aprendido dónde está cada cosa.
Levanta la barbilla. Un gesto mínimo hacia los armarios superiores, montados en lo alto de la pared. Los diseñados para personas que miden más de metro sesenta.
—Estante de arriba —dice—. A la derecha.
Examino el armario y mi mirada sube hasta el estante de arriba. Calculo la distancia entre la punta de mis dedos estirados y el estante en cuestión, tengo en cuenta la altura de la encimera, resto mi alcance vertical total, y llego a un número que puede resumirse como: «ni hablar».
En un día normal, en una cocina normal, sin público, resolvería este problema como lo he resuelto toda mi vida: subiéndome a la encimera. Soy una excelente escaladora de encimeras. Lo llevo haciendo desde niña.
Pero no voy a subirme a una encimera delante de Rolan Belov. No voy a trepar por sus encimeras de mármol con mis pantalones cortos de Hello Kitty, la trenza deshecha y la dignidad ya en estado crítico.
Así que abro el armario, me pongo de puntillas y me estiro.
Mis dedos rozan el estante. No el chocolate. El estante. El chocolate está detrás, empujado hacia el fondo, inalcanzable por al menos diez centímetros que bien podrían ser diez kilómetros.