ROLAN #2
—¿Y si escala antes de que estemos listos?
—Entonces escalamos más rápido. Pero prefiero un enfoque quirúrgico a una guerra.
—Siempre prefieres el enfoque quirúrgico.
—Las guerras son caras. La cirugía es precisa.
Alexei asiente y pasa al siguiente tema.
Plazos de envío. Un soldado del círculo exterior que está gastando por encima de sus posibilidades: coche nuevo, piso nuevo, una novia con gustos que superan su sueldo.
Puede que esté sisando. Puede que esté vendiendo información. En cualquier caso, hay que vigilarlo.
—Ponle seguimiento —digo—. Dos semanas. Si está sucio, lo sabremos.
—¿Y si lo está?
—Entonces tendremos una conversación.
Las dos horas siguientes intento concentrarme en lo importante, pero mi mente me juega malas pasadas, porque cada treinta minutos, a veces diez, a veces cinco, abro el circuito de seguridad un momento. Solo para comprobar.
El jueves por la tarde, la cámara quince muestra a Elizabeth sentada en el banco de la ventana del salón acristalado, con una taza de té y un libro, lo que significa que las clases han debido de terminar. Anya está en el suelo, cerca, dibujando en su cuaderno de bocetos.
La distancia entre ellas se acorta.
Amplío la imagen de Elizabeth y observo cómo se coloca el pelo detrás de la oreja cuando lee, cómo sus labios se mueven ligeramente cuando está absorta en una página, el pequeño pliegue entre sus cejas que aparece cuando se concentra.
La curva de su cuello donde nace el hombro.
El hueco de su garganta donde casi distingo el pulso.
La estoy analizando con la misma lente que uso para los objetivos. Estudiando sus patrones, sus hábitos, sus momentos de guardia baja. Aprendiéndola como aprendo la distribución de un edificio antes de entrar. Cada salida, cada ángulo muerto, cada vulnerabilidad.
La diferencia es que estudio edificios para tomarlos. No sé para qué la estudio a ella.
Cierro la imagen, solo para volver a abrirla diecinueve minutos después, diciéndome que es un control de seguridad.
No es un puto control de seguridad.
Viernes.
Tengo que irme a una reunión con Yuri en el puerto sobre las contramedidas albanesas. Al salir, paso por el solárium. La puerta está entreabierta. Oigo una voz —la voz de Elizabeth— leyendo en voz alta.
Me detengo en el pasillo, oculto, y escucho.
No distingo las palabras, solo la melodía de su voz, que sube y baja, con las pausas propias de los cuentos. Y luego un sonido tan pequeño que casi se me escapa. Una risita. Aguda. Contenida y suelta en el espacio entre una frase y la siguiente.
Anya.
Mi hija se ha reído con una desconocida.
Por primera vez en no sé cuánto tiempo.
De camino al coche, llamo a Mikhail.
—¿Cómo van las cosas? —pregunto. Lo que en realidad significa: ¿Cómo está ella? ¿Está bien? ¿Sigue retrayéndose? ¿Ha sonreído?
—Las cosas van bien. La nueva es diferente.
—¿Diferente cómo?
—Paciente. No presiona. Anya no se esconde de ella.
—¿Y Elizabeth?
—Profesional. Callada cuando hace falta, lo cual es raro. La mujer habla con todo el mundo. Lleva días intentando hacerse amiga de Dmitri.
Una pausa.
—Dmitri no lo está llevando bien.
—Dmitri no lleva bien nada.
—Le preguntó cuál era su comida favorita. Reaccionó como si le hubiera pedido que desactivara una bomba.
Se me tuerce la boca antes de poder evitarlo.
—Me presentaré mañana —digo.
—Ya era hora. Seguro que piensa que su jefe es un fantasma.
—Mejor un fantasma que una amenaza.
—No eres una amenaza para ella, Rolan.
No respondo. Porque lo soy. Soy una amenaza para todos los que me rodean.
Mañana. La conoceré mañana.
El día siguiente no sale según lo planeado.
La reunión con Yuri se alarga. La red de empresas fantasma albanesas es más profunda de lo que pensábamos. Se extiende por seis estados y dos jurisdicciones extraterritoriales, cada una anidada dentro de la anterior como un juego de muñecas matrioshka diseñado por un contable forense.
Dushku no solo compite por contratos municipales. Está construyendo una infraestructura paralela con negocios legítimos, conexiones políticas y programas comunitarios.
Está haciendo lo que yo hice hace diez años. Construyendo desde dentro. Y eso lo hace más peligroso que cualquier hombre con un arma.
Cuando terminamos de trazar el primer nivel de empresas fantasma, ya es más de medianoche. Conduzco a casa en silencio, con la mente dándole vueltas a los registros mercantiles, las licitaciones de obra y la forma en que Besnik Dushku me sonrió en una gala benéfica hace dos años.
Necesito una copa.
La casa está a oscuras cuando entro. Cruzo el vestíbulo hacia la cocina privada del piso residencial. La cocina del servicio está abajo. La mía está más cerca y tiene mejor vodka.
El pasillo está en penumbra. Pero más adelante, tras la puerta de la cocina, distingo luz. Una fina línea ámbar bajo el marco. Los LED de los armarios.
¿Hay alguien en mi cocina?
No me anuncio. Mis pasos son silenciosos sobre la madera.
Llego al umbral y el tiempo se detiene.
Está ahí.
Elizabeth Calloway.
De pie junto a la nevera abierta, la luz blanca derramándose por el suelo y sobre ella, con un pijama de dibujos animados rosa y azul.
Lleva el pelo suelto, las ondas oscuras le caen por debajo de los hombros y capturan el ámbar de las luces bajo los armarios. Está descalza sobre el mármol —tiene los pies tan pequeños— y sostiene una botella de leche contra el pecho. Tiene una miga en la comisura de la boca.
Las cámaras mintieron.
Es aún más hermosa en persona.
Todavía no me ha visto. Cierra la nevera, se gira hacia la encimera y tararea —apenas audible, un fragmento de una melodía que no reconozco. El sonido es tan pequeño y doméstico que me detiene en el umbral.
Podría irme. Debería irme. Debería dar media vuelta, ir a mi despacho, servirme la copa allí y volver mañana. Esa sería la jugada inteligente. Las primeras impresiones son arquitectura, y no se construyen cimientos sobre un encuentro de cocina a medianoche.
Pero llevo siete días observando a esta mujer en pantallas, y las pantallas no fueron suficientes. Ahora, a menos de dos metros de ella en carne y hueso, entiendo por qué.
Puedes observar a alguien por una cámara y aprender sus patrones. Su horario. Cómo se mueve, cómo se sienta, cómo se aparta el pelo de la cara. Pero no puedes aprender a qué huele ni cómo suena su voz cuando cree que está sola.
Ningún expediente te prepara para cómo la luz le acaricia la piel cuando está descalza en tu cocina, ajena a tu presencia, sin poses, completa y devastadoramente ella misma.
Levanta la vista de la encimera.
La botella de leche se sacude contra su pecho.
Se le abren los ojos de par en par, atrapando la luz, las motas doradas brillantes de adrenalina.
Se le entreabren los labios y emite un sonido, una pequeña inspiración que no es un jadeo sino el preludio de uno, y todos los músculos de su cuerpo se tensan.
Es la reacción que reconozco tras años de ver a la gente percatarse de mi presencia por primera vez.
Miedo, del más primitivo.
Me tiene miedo. Y debería.
Nos quedamos inmóviles durante tres largos segundos. La cocina zumba. La nevera, el reloj, el murmullo distante de la casa haciendo lo que hacen las casas por la noche.
Agarra la botella de leche con ambas manos, los nudillos blancos, y el pecho le sube y baja con respiraciones demasiado rápidas, demasiado superficiales. Le veo el pulso en la garganta, un aleteo rápido y visible que las cámaras nunca me mostraron.
Debería decir algo. Lo que diría un empleador normal a una empleada normal.
Te he estado observando, pero eres aún mejor en persona.
No, obviamente eso no. Así que recurro a lo obvio.
—Debes de ser la tutora.