Mala tutora ELLIE
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ELLIE

El coche llega a las diez en punto. El mismo sedán oscuro que parece tragarse la luz, el mismo conductor silencioso. El mismo interior de cuero con olor a recién limpiado.

Esta vez, estoy nerviosa por una razón completamente diferente. Aunque el nudo en el estómago sigue ahí.

Subo con mi maleta, mi bolso y el corazón en un puño. Es demasiado. No puedo evitar parlotear.

—Bonito día, ¿verdad? Bueno, para ser noviembre. Hace frío, pero al menos luce el sol, que ya es algo.

Silencio.

—¿Le importa si le pregunto su nombre?

Una pausa. Luego, sin girarse:

—Dmitri.

Arqueo las cejas, sorprendida. No esperaba que respondiera.

—Dmitri —asiento con demasiada rapidez—. Encantada de conocerle, Dmitri.

No dice nada más. Mantiene los ojos en la carretera, las manos en el volante en la posición exacta de las diez y diez.

No voy a tentar a la suerte. Con que me haya respondido, me doy por satisfecha. Está claro que estoy subiendo en el escalafón.

Con una sonrisa incómoda que no consigo quitarme de la cara, cruzo las manos en el regazo y observo Chicago deslizarse tras la ventanilla.

No tarda mucho en que las calles conocidas den paso a avenidas más amplias, luego a carreteras flanqueadas de árboles, y finalmente al largo camino privado con sus árboles tiesos como soldados y su grava pretenciosa.

La verja se abre. El guardia me hace un escáner de reconocimiento facial. Esta vez, también me toma las huellas.

—Es para acceder a la finca —explica—. Se requieren datos biométricos para entrar y salir.

Suena excesivo, pero ¿quién soy yo para quejarme?

Cuando llegamos a la entrada de la casa, el mismo hombre que me hizo la entrevista me espera en el vestíbulo.

Mikhail, creo que se llama.

—Señorita Calloway. Bienvenida.

—Gracias, Mikhail. Y por favor, llámeme Ellie.

Asiente, pero sospecho que seguiré siendo la señorita Calloway durante bastante tiempo.

—Por aquí, por favor.

Me conduce escaleras arriba. La casa se despliega en pasillos y recodos que tardaré semanas en memorizar. Y la pregunta vuelve a asaltarme: ¿qué clase de personas viven en un lugar así, y no digamos ya quién lo construye?

Nos detenemos ante una puerta enorme. Madera oscura, tirador de latón.

—Esta es su habitación.

Tengo que contener un grito ahogado cuando la abre.

—Dios mío... —se me escapa mientras entro.

La habitación es enorme.

La cama también. A simple vista, diría que cabrían cuatro personas sin problema. Está cubierta con sábanas blancas y lo que parece ser un edredón de plumas.

El cabecero está tapizado en un gris suave. Las paredes son de un tono marfil cálido, y el suelo de madera queda parcialmente cubierto por una gruesa alfombra color crema.

Un escritorio junto a la ventana sostiene una lámpara y un pequeño jarrón con peonías blancas recién cortadas.

Mi apartamento cabría aquí tres veces.

—C-creo que ha habido un error —empiezo, pero me detengo al oír mi propia voz. Demasiado débil.

—¿Hay algún problema?

—No. Es solo que... no necesito tanto espacio... —esperaba un trastero reconvertido, al estilo Harry Potter. O un cuarto de servicio con un catre y baño compartido. No esto. No una habitación con peonías, una alfombra en la que se me hunden los pies y ventanas con vistas a un jardín.

—Me temo que no hay opciones más pequeñas —dice Mikhail—. Pero si lo considera necesario, puedo plantear la posibilidad de un cambio de habitación con...

—¡No! No. Por favor, estoy muy agradecida. Es perfecta —le interrumpo, odiando sonar ya como una pesada—. Seguro que me adapto enseguida. Gracias.

Mikhail me observa un momento. No parece acostumbrado a alguien como yo. Bienvenido al club, amigo. Yo tampoco estoy acostumbrada a gente como tú.

—El almuerzo se servirá en aproximadamente una hora —dice al fin—. Haré que le suban una bandeja mientras se instala.

—G-gracias —intento recomponerme—. Se lo agradezco mucho.

—Muy bien.

Se da la vuelta para marcharse, pero antes de que lo haga, la curiosidad me puede. Como siempre. Si fuera un gato, ya habría gastado todas mis vidas hace mucho.

—Los padres —suelto—. Quiero decir, mis empleadores. Eh... ¿cuándo tendré el honor de conocerlos?

Mikhail se detiene un instante.

—El señor Belov está de viaje y probablemente no volverá hasta la semana que viene —explica—. Mañana recibirá una orientación completa: normas de la casa, horarios y lo que se espera de usted. Su trabajo con Anya empieza el lunes.

—¿Puedo preguntar...? —vacilo—. La madre de Anya. ¿La conoceré también?

El cambio es inmediato. Un leve estremecimiento, y de pronto es como si una puerta se cerrara tras sus ojos.

—La madre de Anya falleció —dice, con los labios apretados—. En el parto. Comprobará que es un tema del que no se habla en esta casa.

Se me encoge el corazón. Pobre Anya.

Y pobre señor Belov también.

—Entiendo —asiento con gesto solemne—. Lo siento.

No se mueve. —Señorita Calloway. Hay algunas cosas que debe saber antes de la orientación de mañana.

Se me hace un nudo en el estómago.

—El ala este es la zona residencial: su habitación, la de Anya, el aula y las estancias familiares. Tiene acceso libre durante el día. A partir de las nueve de la noche, le ruego que se quede en su habitación o en el pasillo residencial.

—¿Después de las nueve?

—El señor Belov tiene reuniones de trabajo casi todas las noches. El resto de la casa está ocupada por el personal y sus colaboradores. Por su comodidad y privacidad, es preferible que permanezca en el ala residencial durante la noche.

Por mi comodidad.

—El ala oeste y el nivel inferior son zonas restringidas. Verá puertas con teclados numéricos. Por favor, no intente acceder a ellas. Son áreas administrativas. Si necesita algo de allí, pídaselo a Angelina o a mí. Ella será quien la atienda, y se lo traeremos.

—Por supuesto.

—Su teléfono funciona con normalidad dentro de la finca. La contraseña del wifi está en la tarjeta que hay en su escritorio. Debo mencionarle, eso sí, que la red de la finca está monitorizada por motivos de seguridad. Es lo habitual en una residencia privada de este tamaño.

Parpadeo. —¿Monitorizada?

—Seguridad rutinaria. Nada invasivo. Solo quiere decir que el tráfico de la red queda registrado. Si le preocupa, puede usar sus datos móviles para navegar.

Lo dice con naturalidad, pero lo que realmente me está diciendo es: «Vemos lo que haces en internet». Y que me lo diga abiertamente significa que, o bien confía en que lo acepte, o bien quiere que sepa que me vigilan.

Ambas opciones me ponen la piel de gallina.

No es que cambie nada.

—No me preocupa —le aseguro—. Gracias por avisarme.

Dicho esto, por fin se marcha. La puerta se cierra tras él con un suave clic.

Encontrarme de pronto sola aquí hace que todo parezca aún más un sueño.

Sin saber qué hacer, me quedo de pie en medio de la habitación. Esta habitación enorme y preciosa, de paredes color marfil, con sus peonías, sus cojines y sus vistas al jardín. Me quedo de pie y escucho.

Silencio.

El mismo silencio denso y opresivo de la entrevista, ese que me hace sentir los latidos de mi propio corazón.

En mi apartamento, el silencio es fino. Se oye todo a través de él: las tuberías, los vecinos, la calle. Es poroso. Este silencio es sólido. Te envuelve como una mano.

Deshago el equipaje. Apenas me lleva tiempo. La ropa va al armario, que es del tamaño de mi cocina y tiene estanterías empotradas y un espejo de cuerpo entero. Los artículos de aseo van al baño: mármol blanco, una ducha con tres cabezales y una bañera tan profunda que podría nadar en ella.

La camisa de franela de mi padre va debajo de la almohada.

El dinero de emergencia de Maren va al forro de mi abrigo de invierno, escondido entre la tela.

La tarde transcurre en silencio hasta que alguien llama a la puerta.

Los nervios siguen ahí, pero se han transformado en algo más parecido a la ansiedad.

Me levanto, me aliso la camisa y abro.

La mujer al otro lado es quizás dos o tres centímetros más alta que yo, lo cual, midiendo yo metro sesenta, no es difícil.

Es joven, quizás de mi edad, con el pelo oscuro recogido en un moño pulcro y unos cálidos ojos marrones.

Lleva una bandeja plateada y reluciente con un plato tapado, un vaso de agua, una servilleta de lino y un cuenco pequeño de fruta.

—¿Señorita Elizabeth? —sonríe. Es la primera sonrisa sincera que he visto desde que crucé esas puertas—. Soy Angelina. Trabajo en la casa.

—Hola. Pasa, por favor —me hago a un lado, todavía algo aturdida—. Y llámame Ellie, por favor.

Pasa junto a mí con la bandeja y la deja en una mesita cerca de la ventana.

—El almuerzo —dice Angelina, levantando la tapa del plato—. Pollo a la plancha, verduras asadas y una ensaladita.

—Huele de maravilla —suspiro.

Mi estómago, que lleva días sobreviviendo a base de barritas de cereales y ansiedad, suelta un rugido que espero que no oiga.

—Si tienes alguna restricción alimentaria, puedo avisar a la cocina.

—No, esto es fantástico. Gracias —hago una pausa—. Angelina, ¿puedo preguntarte algo?

Sonríe. —Claro.

Dudo un momento. —¿La casa es siempre tan...? —me quedo a medias, sin saber cómo preguntar lo obvio sin parecer una quejica.

—¿Silenciosa?

—Iba a decir «formal», pero silenciosa también vale.

Suelta una risita suave y educada. —La casa tiene sus ritmos. Ya los aprenderás —se dirige hacia la puerta—. Si necesitas algo, llámame. Suelo estar cerca.

—Gracias. De verdad.

Asiente y se marcha. La puerta se cierra con un clic.

Me doy la vuelta y me quedo mirando la comida. No parece real.

¿Cuándo fue la última vez que comí algo que oliera tan bien?

Me siento con cuidado a la mesa y observo el plato con cierta desconfianza. Pero cualquier precaución se esfuma en cuestión de segundos.

Me muero de hambre.

Al primer bocado le sigue enseguida un segundo. Pierdo la cuenta en un momento. El pollo es lo mejor que he probado en meses.

Me lo devoro todo sin ningún pudor. Cuando tu cuerpo lleva días funcionando a base de crema de cacahuete y barritas de cereales, acepta lo que le echen.

Después del almuerzo, me siento mucho mejor. Tanto que decido explorar el ala residencial, recorriendo los pasillos que me enseñó Mikhail y las habitaciones a las que puedo acceder.

El solárium es precioso, con ventanales del suelo al techo, plantas y luz cálida. Me imagino a Anya disfrutando de este espacio. El salón es formal, apenas se usa. La cocina principal de la planta baja es industrial, y se accede a ella por un pasillo de servicio que huele a lejía.

Todo está impecable, y en cada habitación percibo algo tenue, casi subliminal: la sensación de que me observan.

No logro localizar ninguna cámara. No veo objetivos ni luces rojas ni ninguna de las señales obvias, pero el hormigueo en la nuca, la tensión en los hombros, esa conciencia animal de estar siendo vigilada. .. está ahí.

Podría ser paranoia. Secuelas de Landon. La vigilancia, saber dónde como y qué pido, el desmantelamiento sistemático de cualquier ilusión de privacidad. Es lógico que proyecte esa sensación en un entorno nuevo, especialmente uno con guardias, verjas y códigos de acceso.

Pero no parece una proyección. Parece un reconocimiento.

En noviembre la noche cae temprano. A las cinco, las ventanas ya están a oscuras. A las seis, la casa se ha transformado.

Desde mi dormitorio, oigo pasos pesados en el pasillo de abajo. No es una persona, sino varias, que avanzan con determinación. Una puerta se abre y se cierra. Luego otra. Voces masculinas graves hablando en ruso. Las palabras llegan amortiguadas por el suelo, pero el tono no. Es cortante. Urgente.

Me siento en la cama y escucho.

Ahora se oyen más pasos en otra dirección, no debajo de mí, sino hacia el oeste. El ala restringida. Puertas pesadas se abren y cierran, un teclado emite un pitido y un cerrojo se libera.

Luego nada.

Un momento después, un golpe sordo que no logro identificar.

Tengo el pecho agitado. La ansiedad me rezuma por los poros.

El golpe se desvanece y el silencio vuelve a tragarse la casa. Pasan unos minutos y los pasos se alejan. Un coche arranca en algún lugar fuera.

Me quedo sentada en la oscuridad de mi hermosa habitación, contando las respiraciones.

Una. Dos. Tres. Aquí estoy a salvo.

Cuatro. Cinco. Seis. La verja está cerrada y los guardias van armados. Landon no puede llegar hasta mí.

Siete. Ocho. Nueve. Los sonidos no significan nada. Estoy dándole vueltas a todo porque mi sistema nervioso lleva cuatro años a base de adrenalina y no sabe cómo parar.

Diez.

Me levanto y voy al baño, donde me lavo la cara y me miro en el espejo.

Parezco agotada.

—Todo irá bien —le digo a mi reflejo. No parece servir de nada.

Pero cuando me meto en la cama, una sensación nueva se suma a las demás.

Dicha momentánea.

Las sábanas son increíblemente suaves. Las almohadas tienen la firmeza justa y el edredón abriga sin pesar. Debo de quedarme dormida al instante, porque cuando vuelvo a abrir los ojos, el reloj del móvil marca poco después de medianoche.

Y me muero por ir al baño.

Voy arrastrando los pies hasta el baño. A la vuelta, me detengo en la puerta del dormitorio y me sorprendo examinando el pomo y la cerradura.

Es una cerradura estándar. De las que tienen un botón en el interior que pulsas para cerrar. Normal. Corriente.

Pero hay algo más. Encima del pomo, empotrado en la madera, pequeño y discreto.

Abro la puerta despacio y miro el otro lado. El teclado está en el lado equivocado de la puerta.

Eso no es normal. No es normal en absoluto.

Porque un teclado en el exterior significa que alguien puede cerrar esta puerta desde el pasillo. Alguien puede sellar esta habitación conmigo dentro.

El corazón empieza a acelerárseme.

Intento justificarlo mientras repaso las posibilidades.

Podría ser una medida de seguridad. En una casa de este tamaño, con tanto dinero, con el nivel de protección que ya he visto, podría ser un mecanismo de confinamiento.

En caso de intrusión, el sistema bloquea cada habitación para proteger a los ocupantes.

Tiene sentido. Es la explicación que aceptaría una persona racional.

Soy una persona racional.

Lo acepto.

El corazón me sigue latiendo desbocado mientras vuelvo a meterme en la cama y me tapo con las mantas.

Esta vez, el sueño no llega tan fácil.