ELLIE
Una vez dentro, echo la llave. Cerrojo y cadena.
Luego reviso las ventanas, aunque estoy en un tercer piso y no se abren más de diez centímetros. Después, la ronda. El armario. El baño. Detrás de la cortina de la ducha. Debajo de la cama.
Cuando todo está despejado, me apoyo en la pared del baño.
Mierda.
Sabe lo de Maren. Sabe lo del café.
¿He sido demasiado descuidada? ¿O tiene a alguien vigilándome? ¿Todo el tiempo?
Me dejo caer al suelo del baño. El frío de las baldosas se filtra a través de los vaqueros, pero no me muevo. Me abrazo las rodillas contra el pecho e intento respirar hondo. Pero el aire no me responde. Sale en bocanadas cortas y superficiales que me agitan el pecho y me nublan la vista.
Apoyo la frente en las rodillas y cuento.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Me duele la garganta donde estuvo su mano.
Alzo la mano y me la toco. La piel está sensible. Mañana habrá marcas, seguro. Tenues, nada que alguien notaría a menos que supiera dónde buscar, pero yo lo sabré. Sentiré sus huellas en mi piel como un collar demasiado apretado que no puedo quitarme.
Seis. Siete. Ocho.
Pienso en llamar a Maren y contarle lo de Landon. Debería advertirle. Debería…
El pavor me invade las entrañas.
No. No puedo.
Si se lo cuento, llamará a alguien. A la policía.
A su familia. Landon se enterará de lo que ella sabe, y entonces Maren también se convertirá en un objetivo, y no puedo — no voy a, me niego a ser la razón por la que alguien más se vea arrastrado a esto.
Ya me ha costado la vida de mi padre. No me costará la de Maren.
Nueve. Diez.
Contar funciona. Siempre funciona, al final. El pánico retrocede como una marea, no desaparece del todo, pero se repliega a un lugar donde puedo seguir adelante. Abro los dedos, relajo la mandíbula y levanto la cabeza.
El apartamento está en silencio. En algún lugar debajo de mí, una tubería hace ruido. Fuera, pasa un coche con la música a todo volumen, los graves retumban a través de las paredes. Luego se desvanece, y vuelve el silencio.
Saco la vieja camisa de franela de mi padre de debajo de la almohada — la que cogí de su armario después de que muriera. Dejó de oler a él hace años, pero aun así me la acerco a la cara a veces.
Esta vez, la presiono contra la zona de la garganta donde estuvo la mano de Landon, como si el fantasma de mi padre pudiera cubrir las marcas.
—Lo estoy intentando, papá —susurro a la habitación vacía—. De verdad que lo estoy intentando.
Siento una opresión en el pecho. Pero no caen lágrimas. No puedo permitirme llorar. Tengo bastante por delante en las próximas cuarenta y ocho horas. No tiene sentido malgastar energía en esto.
En cambio, pienso en la entrevista.
Viernes. A las dos. La finca. La niña.
El estómago me da un vuelco al recordar las nuevas condiciones de Landon. Un aumento del veinte por ciento sobre el mínimo. Con mi antiguo salario, eso me habría arruinado. Con cinco veces mi antiguo salario, es asumible.
Si consigo el trabajo.
Si.
Aprieto la camisa de mi padre contra el pecho y miro al techo, preguntándome qué clase de persona acepta un trabajo en casa de un desconocido, para cuidar de su hija, cuando ni siquiera puede cuidar de sí misma.
La respuesta es sencilla: yo.
El jueves por la mañana amanece gris y frío. El cielo parece haberse olvidado de terminar de cargar poco después del alba. Me planto frente al armario en ropa interior y una vieja sudadera de BU, contemplando mis opciones.
Opciones. Eso es mucho decir.
Tengo tres conjuntos presentables. Dos son de la sección de rebajas de Target.
Un vestido negro que me queda algo ceñido en la cintura, y un conjunto de falda y blusa gris que me hace parecer una secretaria de 1987.
El tercero es un pantalón azul marino con una pequeña mancha de lejía en la rodilla izquierda que llevo seis meses fingiendo que no existe.
Ninguno de ellos dice «Contrátame para vivir en tu finca y educar a tu hija». Dicen «Estoy haciendo lo que puedo con un presupuesto que haría llorar a un universitario».
Voy al baño a lavarme la cara. Frente al espejo, levanto la barbilla.
Efectivamente, las marcas están ahí. Cuatro óvalos tenues en el lado derecho del cuello. Una marca más alargada en el izquierdo, donde presionó el pulgar.
Podrían ser cualquier cosa. Un sarpullido, una quemadura de sol, la marca del cierre de un collar. Pero yo sé lo que son. Conozco la forma de la mano de Landon mejor que la mía. Ha pasado demasiadas veces para olvidarlo.
Me echo el pelo hacia delante y pruebo distintas posiciones. Suelto cubre casi todo. Un pañuelo lo taparía por completo, pero un pañuelo en una entrevista daría la impresión de que intento ocultar algo. Y así es, pero ellos no pueden saberlo.
Pelo suelto. Esa es la solución. Pelo suelto y una sonrisa. Es una actuación que llevo ensayando tanto tiempo que a veces olvido qué partes de mí son reales.
Cojo el abrigo y mis últimos veinte dólares del tarro de emergencias. Las tiendas de segunda mano de Milwaukee Avenue son mi coto de caza habitual. Las conozco a todas por nombre y por olor.
Segunda Oportunidad huele a lavanda y libros viejos. New To You huele a suavizante y leve arrepentimiento. Goodwill huele a Goodwill, que es una categoría en sí misma.
Empiezo en Segunda Oportunidad.
La dueña, Gloria, a veces me aparta cosas. Es una mujer dominicana de setenta años que llama a todo el mundo mi amor y una vez me regaló una bufanda de cachemira porque dijo que me hacía falta un poco de cariño.
Hoy, nada me queda bien. O mejor dicho, nada que me quede bien y sea apropiado para una entrevista. Me pruebo una chaqueta que me queda dos tallas más grande. Un vestido con una cremallera que no cierra. Una blusa con una mancha que no descubro hasta que ya me la estoy abrochando.
En New To You, la misma historia. Estoy en el estrecho probador bajo luces fluorescentes que tiñen mi piel de un verde enfermizo.
A las dos de la tarde, estoy sentada en un banco frente a un Walgreens con una barrita de cereales y una angustia que no para de crecer.
La entrevista es mañana a las dos. No tengo nada que ponerme.
Tengo diecisiete dólares. Tengo una deuda que me sigue como una segunda sombra, un exnovio maltratador que sabe dónde almuerza mi mejor amiga, y una lista de méritos que supongo será al menos tres páginas más corta que la de cualquier otro candidato.
Para.
No es el momento.
He pasado por cosas peores. Sostuve la mano de mi padre en una habitación de hospital y lo vi morir. Firmé una deuda que no era mía porque pensé que podría arreglar las cosas.
Y por si fuera poco, me mudé a una ciudad donde solo conocía a una persona y construí una vida de la nada. Demonios, y con menos de diecisiete dólares.
Si logré sobrevivir a todo eso, esto debería ser pan comido. De verdad, encontrar algo que ponerme no es nada en comparación.
Así que vuelvo a casa a toda prisa y rebusco con renovada convicción en mi armario. Al fondo, detrás de los abrigos de invierno y la caja de ropa para donar, encuentro una camisa blanca olvidada.
Sencilla. Limpia. Un poco arrugada, pero la plancha todavía funciona. La combino con un vestido negro que no me queda demasiado ajustado y tiene un escote lo bastante alto como para cubrir las marcas del cuello.
Los dejo sobre la cama y les paso la plancha de vapor. Luego lustro mis únicas bailarinas negras. Están desgastadas en las puntas, pero servirán.
No es perfecto. No es lo que elegiría si tuviera dinero, tiempo o el lujo de poder elegir. Pero está limpio y me queda bien.
Cuando me lo pruebo y me miro al espejo, las marcas quedan ocultas y tengo la mirada despejada. Casi paso por una persona que, con la luz adecuada, podría merecer una oportunidad.
Con un suspiro, cuelgo el conjunto detrás de la puerta de mi habitación y me siento en la cama.
No sé quién es esta familia. No sé si estoy cualificada. Pero sí sé que se me acaban las opciones. Las paredes se cierran a mi alrededor. Queda una puerta, y es la única que aún no he probado.
Lo que sea que haya al otro lado no puede ser peor que lo que dejo atrás, ¿verdad?