Mala tutora ROLAN
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ROLAN

El coche espera, listo para abandonar el almacén y dejar atrás a Viktor.

Me quito la chaqueta, la doblo y la coloco en la funda de ropa que cuelga del gancho de la puerta.

La camisa está limpia —no me acerco lo suficiente para mancharme, y el trabajo de Alexei es preciso— pero me cambio de todos modos.

Hay una camisa recién planchada en la funda, de esta mañana.

Me la abrocho mirando el espejo retrovisor. Tengo las manos firmes. A mi padre le temblaban en el coche después de estas… desagradables necesidades. Intentaba ocultarlo, pero yo lo veía.

Los hijos de hombres peligrosos aprenden a leer las manos como otros niños aprenden a leer libros.

El coche se desliza por la ciudad con Dmitri al volante. La ruta desde el distrito de almacenes hasta mi finca suele llevar cuarenta minutos. Si el tráfico coopera. Rara vez lo hace. Pero Dmitri tiene el don de doblegar el tiempo y el espacio a su voluntad.

Los semáforos en rojo parecen cambiar cuando nos acercamos. Los carriles se abren. No es sobrenatural. Es que la ciudad ha aprendido a quitarse de en medio cuando pasa Dmitri.

Mi teléfono vibra. Mikhail.

MIKHAIL

Los candidatos finales están preparados. Tres expedientes en tu escritorio. Horario de entrevistas para mañana confirmado.

Respondo.

Los revisaré esta noche.

Luego abro las cámaras de seguridad en el móvil.

Cámara seis, el solárium. Anya está allí.

Sentada en el alféizar con su cuaderno de dibujo y el señor Bigotes, el conejo de peluche que tiene desde los dos años.

Las piernas recogidas bajo el cuerpo. Su cabello, aún más oscuro que el mío, le cae sobre el rostro mientras dibuja.

Está sola. Desde que Marina se fue a Moscú para casarse con su prometido, todo se ha desmoronado. Era la única persona que había descifrado el código. Paciente, creativa y obstinada en la justa medida.

Marina nos dio cinco años. Cuando vino a mi despacho llorando y me dijo que se había enamorado y quería volver a casa, a Moscú, consideré todo lo que había hecho por mi hija y decidí recompensarla. —Vete —le dije—. Rápido. Antes de que cambie de opinión.

No ha pasado un día sin que cuestione mi decisión.

Cierro la imagen y guardo el móvil.

Hay una mancha en el puño. Miro más de cerca. No es nada, solo una sombra, un pliegue en la tela. Pero por un momento, bajo la luz gris del coche, parecía sangre.

Ese mundo no puede seguirme a casa.

Ser Pakhan me obliga a llevar dos personas en el mismo cuerpo. Una ordena ejecuciones. La otra observa a su hija de seis años por las cámaras y se preocupa de que esté sola.

Ambas son reales. Ninguna es suficiente.

La finca aparece gradualmente entre los árboles, y luego de golpe.

Las puertas se abren al acercarse el coche: escaneo biométrico del vehículo, reconocimiento de matrícula y confirmación visual desde la garita. Tres capas de seguridad antes de que los neumáticos toquen la grava.

Yo construí esto.

No la casa, esa era de mi padre, y de su padre antes que él. Pero la seguridad, los sistemas, los protocolos que convierten un hogar en una fortaleza.

Lo construí después de que naciera Anya. Cuando la sostuve por primera vez, comprendí con una claridad profunda e inquebrantable que quemaría civilizaciones enteras por mantenerla a salvo.

Se me tuercen los labios en una mueca de desprecio al pensar en su madre.

Katarina.

Mi difunta esposa. La mujer que se abrió camino hasta mi cama y mi linaje, que se quedó embarazada a propósito para asegurar su posición en la Bratva.

Me sonreía cada mañana mientras construía una jaula que no vi hasta que la puerta ya estaba cerrada.

Murió en el parto. Una complicación repentina, dijeron los médicos. Inevitable, una cruel lotería de la biología. Nunca me lo he terminado de creer. La crueldad, en mi experiencia, rara vez es aleatoria.

Karma, quizás.

Me dejó dos cosas: una hija por la que moriría y la convicción de que todo el que se acerca a mí busca algo. Cada sonrisa es una estrategia. Cada amabilidad, una transacción. Cada mujer que se cruza en mi camino ve primero la corona.

He acertado siempre. En siete años, ni una sola persona me ha dado motivos para creer lo contrario.

El coche se detiene. Dimitri se queda donde está mientras entro.

El vestíbulo está en silencio, como siempre. Subo las escaleras hasta la planta residencial.

La puerta de Anya está abierta —nunca la cierra—. Cuando una niña de su edad mantiene la puerta cerrada, significa que teme lo que hay fuera. Pero mi hija ha aprendido de mí que no tiene nada que temer. Protegerla no es su trabajo. Es el mío.

Me detengo en el umbral antes de que me vea, y la observo.

Estos momentos son demasiado valiosos para dejarlos escapar.

Ha construido una fortaleza.

Distingo una elaborada construcción de almohadas, cojines de la cama, dos sillitas arrastradas desde el rincón de lectura y lo que parece el mantel bueno del comedor, sobre el cual Angelina va a tener algo que decir.

El señor Bigotes está al frente, custodiando la entrada.

Anya está dentro, con las piernas cruzadas, el cuaderno de dibujo abierto sobre el regazo, los lápices de colores ordenados a su lado.

Me apoyo en el marco de la puerta y observo a esta pequeña y extraordinaria criatura que reorganiza el mundo a su medida.

Como si sintiera mi presencia, levanta la cabeza.

—¡Papá! —dice, y una sonrisa le curva los labios—. ¡Ven, mira lo que he construido!

Le devuelvo la sonrisa —la única vez que sonrío de forma natural— y cruzo la habitación para sentarme en el suelo junto a su fortaleza.

—¿Puedo verlo? —Señalo el dibujo.

Inclina el cuaderno hacia mí sin dudarlo. El dibujo de hoy es un gato que parece llevar armadura. Y capa.

—El gato tiene una capa —señalo.

—Es un caballero. Protege el reino.

—¿Qué reino?

Señala con un gesto amplio el fuerte de almohadas. Al señor Bigotes. A ella misma. El significado es claro: Este reino. Obviamente.

—¿Y de qué necesita protección el reino?

—Dragones.

Coge el lápiz verde y añade lo que podrían ser llamas, o árboles, que emergen del lado izquierdo de la página.

—Y gente aburrida.

La risa se me escapa antes de poder contenerla. Levanta la vista al oír el sonido, y un destello de satisfacción le cruza el rostro.

—Usaste el mantel bueno —señalo.

—Era del tamaño adecuado.

—Angelina se va a enfadar.

—Angelina dijo que podía.

—¿Ah, sí?

Una pausa. El lápiz se detiene.

—Dijo que podía usar un mantel.

—Y elegiste el más caro de la casa.

—Era el mejor para construir.

Sostengo su mirada. Ninguno de los dos pestañea. Esto es una negociación, y ella lo sabe.

Que tenga seis años y ya entienda las transacciones comerciales es o el mayor orgullo o la mayor preocupación de mi paternidad.

—Me encargaré de Angelina —concedo.

Asiente. Esto nunca estuvo en duda, así que vuelve a su gato acorazado.

La observo dibujar. Los movimientos pequeños y seguros de sus manos. La forma en que sostiene el lápiz y frunce ligeramente el ceño, igual que yo, según dicen.

—Papá.

—Mm.

—Puedes entrar si quieres —inclina la cabeza hacia el interior del fuerte—. Pero tienes que quitarte los zapatos.

Examino la entrada. No fue diseñada para un hombre de mis dimensiones. Entrar requerirá un nivel de compromiso físico que, francamente, me costará algo de dignidad. Salir será peor.

Me quito los zapatos.

Con algo de esfuerzo, logro entrar. Se recoloca para hacerme sitio, y me siento con las rodillas levantadas y la cabeza rozando el techo de mantel.

—El caballero necesita una espada —anuncia, volviendo a su dibujo—. ¿Puedes dibujar una espada?

—Puedo dibujar una espada.

Me entrega un lápiz negro y señala el espacio junto a la pata con guantelete del caballero. Dibujo una espada. Objetivamente, no es una buena espada. Se parece menos a un arma y más a un rectángulo ligeramente agresivo.

Anya la estudia durante un largo momento.

—Está bien —dice.

La amabilidad en su voz es devastadora.

—La arreglaré luego.

—Gracias por tu generosidad.

—De nada —me da una palmadita en el brazo antes de volver a su trabajo.

Nos quedamos así durante unos minutos. Parece feliz, pero sé que debe sentirse sola. Lo que me recuerda... todavía tengo que elegir una institutriz.

—Pronto tengo que irme a trabajar —logro decir finalmente.

—Lo sé. Siempre tienes trabajo.

Las palabras no llevan acusación ni resentimiento. Entiende que tengo que irme. También entiende que volveré.

—Vendré a darte las buenas noches —le digo.

—¿Lo prometes?

—Sí.

Parece satisfecha con eso.

Después de un rápido beso en la frente, me extraigo del fuerte de almohadas con bastante menos gracia de la que entré, me pongo los zapatos y me quedo de pie en medio de su dormitorio, contemplando el dosel de mantel y a la pequeña persona dentro que ahora mismo está equipando a su caballero con una espada mucho más competente que la que yo dibujé.

La leve sonrisa en mis labios perdura mientras me dirijo hacia el pasillo que conduce a mi despacho.

—Papá.

Me detengo.

—Tu espada en realidad no estaba tan mal.

Dejo que mi sonrisa se amplíe para ella.

—Gracias, malyshka.

Luego me dirijo hacia mi despacho.

Mikhail ya está allí.

Está de pie junto a la ventana con las manos entrelazadas detrás de la espalda, observando los terrenos con una quietud practicada y paciente.

Tiene sesenta y dos años. Cabello plateado, constitución delgada, ojos azul oscuro que procesan información más rápido que la mayoría de los ordenadores.

Fue la mano derecha de mi padre. Antes de eso, la de mi abuelo.

Lleva en esta familia más tiempo del que yo llevo vivo, y es la única persona en esta organización cuya lealtad no cuestiono.

—¿Tienes las candidatas? —pregunto, sentándome detrás de mi escritorio.

Cruza la habitación y coloca tres carpetas a la derecha y otro montón a la izquierda. Cada una es gruesa. No es el papeleo de una agencia, sino el de Mikhail.