Mala tutora ELLIE
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ELLIE

Voy a morir esta noche.

Este vino va a matarme.

Es terrible, verdaderamente horroroso. Sabe como si alguien hubiera ahogado una uva en una botella de alcohol de farmacia y luego hubiera intentado encubrir el crimen poniéndole una etiqueta con un nombre afrancesado.

Pero cuesta cuatro dólares la copa en Rosie's, y cuatro dólares es todo lo que puedo permitirme gastar en algo que no sea mantenerme viva ahora mismo. Así que doy otro sorbo y finjo que es un Pinot Noir de un viñedo donde la gente viste de lino y habla de taninos y notas terrosas.

—Estás poniendo esa cara otra vez —dice Maren desde el otro lado de la mesa, con la barbilla apoyada en la mano.

Me observa como siempre, como si yo fuera un rompecabezas al que solo le quedan dos piezas para completar.

—¿Qué cara?

—La cara de «estoy bien». Esa en la que tu boca sonríe pero tus ojos todavía no se han enterado.

Da un sorbo a su vino y hace una mueca.

Pidió lo mismo que yo por solidaridad; otra razón más para la lista de novecientas por las que la quiero.

—Dios. Esto debería ser ilegal.

Me río. Una risa débil, un poco raída en los bordes, pero auténtica.

Maren Lavelle es mi mejor amiga desde primero en la Universidad de Boston, cuando me encontró llorando en el baño comunitario a las dos de la madrugada porque mi padre había llamado otra vez pidiendo dinero que yo no tenía.

Se sentó conmigo en el suelo de baldosas frías durante una hora y ni una sola vez me dijo que dejara de llorar. Solo me pasaba papel higiénico cuando se me acababan los pañuelos y dijo: «Vale. ¿Y ahora qué hacemos?».

Se mudó a Chicago un año antes que yo. Al principio consiguió un trabajo en captación de fondos para una ONG.

Encontró un piso diminuto en Logan Square con una escalera de incendios que usa de balcón.

Cuando le dije que estaba pensando en irme de Boston, no preguntó por qué.

Me envió un montón de anuncios de pisos de inmediato y dijo: «Elige uno.

¿Cuándo voy a ayudarte con la mudanza?».

Así es Maren. No espera a que pidas ayuda. Simplemente aparece.

Ahora mismo ha aparecido en una mesa pegajosa de un bar de mala muerte en el South Side. Y sé que nota que algo va mal porque lleva cinco minutos observándome en silencio mientras doy vueltas al vino, y Maren sabe de sobra que una Ellie callada es mala señal.

—Vinieron a mi puerta otra vez —digo por fin.

La copa de Maren se detiene a medio camino de su boca. La posa con cuidado.

—¿Cuándo?

—Ayer por la mañana. Dos. Matones distintos esta vez, no los del mes pasado.

Aprieto el pulgar contra el tallo de mi copa, centrándome en la presión, porque si pienso en cualquier otra cosa voy a llorar, y no pienso llorar en Rosie's un miércoles por la noche.

—Saben dónde trabajo. Se presentaron en Lincoln Elementary la semana pasada. Se quedaron plantados junto a la verja durante el recreo.

—Ellie...

—Lo sé.

—¿Ellos...?

—Uno de ellos me agarró del brazo cuando salí —confieso.

El rostro de Maren se queda inmóvil.

—No con fuerza. Solo... lo suficiente. Para que entendiera que pueden llegar a mí en cualquier parte.

Respiro hondo.

—Y luego mi directora me llamó a su despacho y me preguntó por qué había dos hombres en un todoterreno negro aparcados delante del colegio. ¿Qué se suponía que iba a decirle? Así que...

Me detengo. Trago saliva.

—Renuncié.

El silencio que sigue es denso. Casi puedo sentirlo apretándome la piel.

—¿Renunciaste? —La voz de Maren es baja. Cautelosa. Sin juzgar, nunca juzga, pero teñida de preocupación.

—No podía dejar que se acercaran a esos niños, Mare. No podía arriesgarme.

Se me cierra la garganta.

—Tienen cinco años. Llegan con sus mochilitas y sus sonrisas melladas, y confían en mí. No puedo ser la razón de que...

—Eh.

Su mano cubre la mía sobre la mesa.

—Hiciste lo correcto. ¿Me oyes? Protegiste a esos niños.

Suelto una risa rota.

—Sí. Y ahora estoy en paro con una deuda de quinientos mil dólares.

Me tiembla un poco la voz.

—Bueno... Cuatrocientos setenta y ocho mil quinientos cuarenta. Por ser exactas.

Maren guarda silencio un momento. Tiene este gesto cuando piensa mucho: aprieta los labios y gira ligeramente la cabeza hacia la izquierda.

—Vale —dice por fin—. Puedo conseguirte algo de dinero. Sabes que mi familia te ayudará, El. Podría llamar, preguntar si...

—No.

—Solo escúchame...

—Maren. No.

Retiro la mano con suavidad.

—No voy a pedirle dinero prestado a tu familia. No voy a arrastrar a nadie más a esto. Mi padre me arrastró a mí, y mira cómo he acabado.

La amargura me raspa la voz. Cierro los ojos un segundo.

—Perdona. No quería...

—No tienes que disculparte por estar cabreada con tu padre muerto, El. Es, literalmente, la emoción más válida del mundo.

Siento que me quitan un peso de encima. Siempre sabe qué decir.

Debería contarle el resto.

—Tengo una entrevista —suelto—. El viernes.

—¿Para qué?

—Un puesto de tutora. Interna. Una familia privada.

Trazo un círculo en la mesa con la punta del dedo.

—El anuncio estaba en una de esas webs de agencias de niñeras, pero buscan una profesora. Una niña de seis años. Quieren a alguien con formación en educación para darle clases en casa.

—¿Vivir allí? —Maren arquea una ceja—. ¿En su casa?

—Por lo visto es una casa grande.

—¿Cómo de grande?

—En el anuncio ponía «finca».

Maren suelta un silbido bajo. —¿Y cuánto pagan?

Doy un sorbo al vino terrible. —Cinco veces lo que ganaba en Lincoln.

Abre los ojos como platos. Se inclina hacia delante. —Ellie. ¿Cinco veces?

—Lo sé.

—Eso es... haz las cuentas... eso es como...

—Ya hice las cuentas.

Las he hecho diecisiete veces. Con ese sueldo, podría saldar la deuda en menos de dos años.

Dos años, y entonces sería libre. La palabra me resulta extraña.

Imposible. —Pero había más de doscientos candidatos.

Apenas tengo experiencia dando clases particulares.

Solo llevo tres años enseñando. No me lo van a dar.

—Pero pasaste la primera ronda.

Asiento. —Pasé la primera ronda.

—Así que tienes una oportunidad.

Inclino la copa para apurar las últimas gotas de veneno. No sabe mejor al fondo.

—Tengo una oportunidad.

Un destello de preocupación asoma en el rostro de Maren. Abre la boca, pero se contiene.

—¿Qué?

—Nada. Es solo que...

Hace girar la copa por el pie. —Un puesto con alojamiento incluido. En una finca. Para una familia que puede pagar cinco veces el sueldo de una profesora. Eso es otro nivel de dinero. Y otro nivel de dinero a veces trae otro nivel de problemas.

—Lo sé.

—¿De verdad? Porque estás aquí sentada con un cardenal en el brazo por culpa de los problemas del último grupo de hombres ricos, y yo...

—Es un trabajo de profesora particular, Mare. Estaría dando clase a una niña de seis años. Lectura, mates, pintura con los dedos. Sea cual sea la rareza que venga con el dinero, puedo con ello.

Me mira un buen rato. Al final, asiente.

—De acuerdo. Pero prométeme algo.

—¿Qué?

—Si algo te da mala espina... cualquier cosa, El... me llamas. No lo racionalizas, no te dices que necesitas el dinero, no te convences de que sufrir es el precio de la supervivencia. Me llamas y te vas.

—Te lo prometo.

Sostiene mi mirada un momento más. Luego apura el vino con una mueca.

—Dios, esto es horrible.

Las horas pasan. Maren pide otra ronda. Hablamos de su trabajo, de su compañero pesado Greg, que calienta sardinas en el microondas de la oficina, y del drama con la boda de su hermana.

Cosas normales. Cosas ligeras. Sé que lo hace a propósito, rellenando los silencios para que yo no tenga que hacerlo.

Pero bajo la conversación, lo siento. El zumbido. Esa ansiedad sorda que vive en mi pecho como un segundo latido. Siempre ahí, siempre contando. Días hasta el próximo pago. Dólares en mi cuenta. Horas hasta que todo se vaya al traste.

A las 10:30 de la noche, estoy bostezando tapándome la boca, y ella mirando el móvil.

—Deberías irte a casa —dice—. Se te ve agotada.

—Vaya, gracias.

—Lo digo de la manera más cariñosa posible. Pareces un fantasma precioso.

Sonrío. De verdad esta vez.

—Vendí el coche —suelto.

Mierda. Maren tiene el don de hacerme soltar mis secretos vergonzosos. O quizá sea el vino barato.

—¿Qué? ¿Cu...?

Se detiene. El destello de dolor que cruza su rostro aparece y desaparece en medio segundo, pero lo capto. Sabe lo que significaba el coche.

Era un Honda Civic del 2013 con una abolladura en el parachoques trasero y una radio que solo funcionaba por un lado, pero era mío. Lo único que tenía realmente en propiedad. Ya no está, sacrificado para saciar el hambre de los lobos unas semanas más.

—Pediré un Uber —digo, sacando ya el móvil.

—Déjame pagarlo.

—Mare...

—Es un Uber, no un riñón. Déjame.

Quiero discutir, pero la verdad es que en mi cuenta hay cuarenta y siete dólares, y necesito comer esta semana. Así que asiento. Ella teclea un par de veces en el móvil, y el coche está en camino.

Nos abrazamos a la salida del bar. Prolonga el abrazo un poco más de lo habitual.

—Vas a estar bien —susurra junto a mi oído—. Lo sabes, ¿verdad?

No lo sé. En lo más mínimo.

Aun así, vuelvo a asentir. —Lo sé —digo, solo por ella.

Si hay algo que aprendí de mi padre, fue cómo mentirles a las personas que me importan.

Era el mejor mentiroso que conocí, y me amaba más que a nada. De alguna manera, ambas cosas eran ciertas al mismo tiempo.

El Uber me deja veinte minutos después frente a mi edificio, un estrecho bloque de ladrillo marrón sin ascensor en una calle tranquila que huele a suavizante y lluvia vieja.

No es gran cosa, pero es lo que puedo permitirme después de lo del coche y el pago de este mes. Tercer piso, un dormitorio, una cocina donde puedo tocar ambas paredes si estiro los brazos.

En cuanto salgo del coche, se me eriza el vello de la nuca.

La calle está en completo silencio.