Capítulo 29 — Dos tortillas
La idea fue de Susi, y fue idea de sobremesa, de las buenas.
«Nos presentamos las dos», dijo, un domingo después del vermú, recogiendo tápers.
«¿A qué?» «Al concurso. Juntas.» Y yo iba a decir que con cebolla o sin cebolla, que es la pregunta que ha partido a esta familia en dos mitades desde que tengo uso de sartén, cuando mi hermana, que ya no es la que se iba por la puerta, soltó la única solución que este país conoce para los cismas irreconciliables:
—Dos. Una con y una sin. Y las presentamos con el mismo nombre.
Dos tortillas. Claro. Cómo no se me había ocurrido en ocho años: no había que elegir cebolla, había que hacer dos tortillas, que es como España ha resuelto siempre lo que no tiene solución, no eligiendo, sino duplicando, que por eso tenemos dos de casi todo y funcionamos regular pero funcionamos.
Y el nombre lo puso ella también, mirándome, para ver si me atrevía:
—«La del entierro.»
Me atreví. Nos atrevimos. Porque una cosa que he aprendido este verano es que a los fantasmas de familia, o los invitas a cenar, o te vienen ellos a la hora que quieren, y las Espinosa decidimos invitar al nuestro, ponerle nombre en un cartelito de concurso y freírlo en dos versiones, que es la manera Espinosa de hacer las paces con un muerto: cocinándole el motivo de la discusión y firmándolo con el título del día en que empezó.
El pinche fue Richi, y de pinche estuvo a la altura de su currículum, es decir, sobrepasado y con buena cara.
Le tocó pelar, y peló tres kilos de patata con la solemnidad de quien no ha pelado tres kilos de nada en su vida, y le tocó pochar la cebolla de la mía bajo la supervisión doble de las dos hermanas, que es la peor supervisión que existe, porque discutíamos el punto de la cebolla en tiempo real y a él le llegaban órdenes contradictorias, «más fuego», «menos fuego», «tapa», «destapa», hasta que soltó la cuchara y dijo, con una dignidad nueva: «Vosotras decidís el punto y me avisáis, que yo remuevo, pero no me hago responsable de una cebolla con dos jefas».
Y tenía razón, y le hicimos caso, que también eso es nuevo en esta casa.
El concurso fue en la plaza del barrio de al lado, con jurado, y el jurado era el de siempre, es decir, corrupto de una manera artesanal y entrañable: tres señores del hogar del jubilado y una concejala, que puntúan menos la tortilla que la relación que tengan con quien la trae, y por eso las tortillas de las de casa, las locales, salían con ventaja de comité.
No ganamos. Quiero dejarlo claro para que no parezca un cuento: quedamos segundas.
Ganó, como estaba escrito en las estrellas y en el escalafón del hogar del jubilado, la tortilla de la Merche, la de toda la vida del barrio de al lado, que lleva ganando ese concurso desde antes de que la plaza tuviera el suelo nuevo, y que además, todo hay que decirlo, hace una tortilla que es una barbaridad.
Quedamos segundas de dos hermanas que hace cuatro meses no se hablaban, con dos tortillas llamadas «La del entierro», una con cebolla y otra sin, y la foto que nos hizo el de la ferretería, que vino de público, con las dos con el delantal de la abuela y la placa de plata entre las manos, esa foto es la reconciliación entera, la que nunca nos dijimos con palabras, revelada de una vez y colgada ahora en el cristal de la lechería, al lado del rótulo con la hache.
Segundas. Que es lo justo, y lo verosímil, y lo que a mí me sabe mejor que un primer premio, porque un primer premio habría sido un cuento y esto fue verdad: en esta familia no ganamos concursos, hacemos las paces, que rinde menos medallas y dura más.
Lo de las cartas fue esa misma noche, de vuelta, y fue Visi quien lo abrió, nunca mejor dicho.
Habíamos subido a llevarle un trozo de las dos tortillas, «para que el jurado de verdad las cate», y la mujer las probó las dos, la con y la sin, con la concentración de una catadora del Molino, y dictaminó: «La sin, para el diario.
La con, para las visitas y para llorar. Cada una tiene su función, como los maridos».
Y luego, con los dos platos vacíos delante y esa hora de la noche en que las casas viejas se ponen confesionales, se levantó, arrastró la banqueta hasta el armario —la misma banqueta de la caída, que ahora se sube con más respeto y con Richi de sujeción obligatoria— y bajó la lata.
La del Cola Cao. La de encima del armario, la que llevaba nombrando desde el hospital con su «no las mires todavía».
—Ya es todavía —dijo, y me la puso en las manos—. Ábrela tú, hija, que a mí las manos ya no me valen para según qué cierres.
La abrí. Y dentro no estaba lo que este barrio ha creído durante cincuenta años que estaba, porque el barrio, y yo con él, dábamos por hecho que en esa lata había recuerdos de Julio Iglesias, la prueba de la cara moderna, la reliquia de la gran historia rechazada.
No. Dentro había un fajo de cartas atadas con una goma reseca que se rompió al tocarla, y las cartas no eran de ningún cantante.
Eran de un tal Emilio. Escritas desde el economato de un cuartel de Zaragoza, entre el 57 y el 59, con una letra de hombre que no fue mucho a la escuela, con faltas, con los renglones cayéndose hacia la derecha, con manchas de lo que fuera.
El segundo marido. El guapo. El que ella nombraba de pasada y del que nunca contaba nada, el que se santiguaba al revés cuando salía en la conversación.
—Este es el que escribía —dijo, y no cogió las cartas, las miró desde lejos, con las manos en el regazo—.
Emilio. No sabía poner una tilde ni aunque le fuera la vida, mira esta, «te qiero» sin la u, toda la vida sin la u, y yo nunca se la corregí, que había que dejarle algo suyo.
Me escribía desde el cuartel dos veces por semana.
Tonterías. Que si había comido, que si hacía frío, que si me guardaba el sitio en el baile de la vuelta.
Nada. Lo más aburrido del mundo. —Se quedó un momento con la vista en la ventana, más allá de la ventana—.
Y lo de Julio, lo de la cara moderna, lo de la gran historia, todo eso lo conté durante cincuenta años porque el guapo de plató se cuenta mejor, hija, luce más en la farmacia, da más juego en las fiestas.
Nadie hace cola para oír que a una la quiso un chico de Zaragoza que escribía «te quiero» sin la u desde un economato.
Pero yo, cuando me quedo sola y me hace falta calor de verdad, no saco a Julio Iglesias.
—Tocó el borde de la lata con un dedo—. Saco la lata.
No dijimos nada. Susi tenía los ojos como yo los tenía, y Richi miraba el suelo, que es lo que hace la gente decente cuando le dejan mirar algo que pesa demasiado.
Y Visi, que no soporta un silencio sentimental más de lo que dura, cerró la lata ella misma, con la mano buena, y la tesis con la que cerró el asunto la voy a copiar aquí tal cual, porque es de las que se guardan:
—El guapo se cuenta mejor. Pero se quiere mejor al otro.
—Me miró, y me miró a mí, no a Susi, a mí, con toda la intención de las viejas que ya no tienen tiempo para las indirectas—.
Apúntatelo, que tú también tienes uno de cada en el mismo hombre, que no todo el mundo tiene esa suerte de que le vengan los dos en el mismo envase.
El tuyo es guapo para la calle y torpe para lo demás, y esa segunda parte es la que abriga.
—Puso la lata en mi regazo, encima de las cartas de Emilio—.
Y ahora bajad, que están dando los premios de la verbena y yo de segundona no hago cola, que segundona ya fui una vez y no me gustó el papel.
Bajamos. Y en la verbena, ya de madrugada, con la plaza del barrio de al lado en su punto de caldo, pasó lo del gol, que es como tenía que acabar esto y no de otra manera.
El pincha de la verbena, un chaval con más ganas que criterio, había montado una pantalla y echaba vídeos viejos entre canción y canción, y en una de esas puso, vaya usted a saber por qué algoritmo de nostalgia, el resumen del España-Malta del 83.
Doce a uno. Y Fali y Encarni, que estaban en una mesa con nosotros, tomándose lo suyo, se quedaron los dos mirando la pantalla, quietos, con los goles entrando otra vez cuarenta años después, y yo pensé, ay, aquí viene, la milésima edición de radio contra tele, ya está, no falla.
Y no vino. Encarni miró el gol, el último, el que la pilló pariendo, miró a su marido, y en vez del sainete de siempre, en vez de «lo cantó mejor la radio», dijo, bajito, para él:
—Lo cantó mejor la radio.
Y Fali, que llevaba cuarenta años defendiendo la tele con uñas y dientes, que se ha peleado por eso en mi barra un número incontable de veces, miró a su mujer, y le cogió la mano encima de la mesa, ya sin esconderla, que a estas alturas para qué, y dijo:
—Lo cantaste mejor tú.
Y ya está. Cuarenta años para llegar a esa frase.
Encarni no contestó, porque no había nada que contestar, porque él acababa de decir, con seis palabras y un gol de Malta, todo lo que no le había dicho en cuarenta años sobre el bar y el paritorio y el ramo comprado a deshora, y lo había dicho por fin por el único canal por el que ellos pueden decirse las cosas grandes, que es el fútbol de 1983.
Se quedaron con las manos cogidas mirando una pantalla, dos viejos, y a mí se me subió una cosa a la garganta que disimulé con el vermú, que para eso lo llevaba.
Cuarenta años para llegar a esa frase. En este barrio las cosas van lentas, pero llegan.