Capítulo 30 — Leche del día, otra vez
«Y aquí se acaba mi letra. Lo demás lo escribirá quien siga cerrando esta caja.
Debe: lo que fue. Haber: lo que venga. Que la que lea esto último sepa una cosa, la única que sé yo de cierto después de tantos años de números: esto nunca fue una lechería.
Fue una manera de no estar sola, disfrazada de negocio para poder abrir cada día sin que se notara.
» — Última página del Libro de cuentas y de cuentos de Amparo Espinosa
La persiana de mi lechería pesa veintiocho kilos y esta mañana ha subido a la primera.
Bueno. Casi a la primera. Un tirón, un enganche, y arriba, fina, que después del engrase de septiembre la correa hace lo que le pido, aunque de vez en cuando, por carácter, se resiste un punto para que yo no me confíe, que las persianas de esta casa, como sus mujeres, colaboran pero no se rinden.
Son las siete menos cuarto de una mañana de junio, un año justo después de aquella otra en que un camión de mudanzas cortó esta calle, y el barrio, al oír subir mi persiana, sabe otra vez que he llegado, solo que ya no es el único ruido que anuncia esta casa: dentro, a mi espalda, Susi enciende los hornos, y los hornos también tienen su música, y entre la persiana y los hornos esta lechería suena por fin a las dos cosas que es, un negocio de dos hermanas y la manera que hemos encontrado de no estar solas.
Enfrente, cruzando la calle, ya no está el coffe.
El Café Aroma & Moments cerró en febrero, sin drama, como cierran los negocios financiados a un número de años que no se confiesa: un día el toldo con el «coffe» sin e amaneció descolgado, y a la semana había papel de embalar en los cristales, y al mes un cartel de SE ALQUILA con un teléfono, y ahora, desde hace poco, hay una tienda de móviles, de esas con carcasas de colores en el escaparate y un chico dentro que mira el suyo.
Óscar montó una franquicia de café para comerse mi lechería y ha acabado sustituido por una tienda que arregla pantallas rotas, que es una metáfora que no pienso subrayar porque se subraya sola.
De él sé poco y por Susi: que le va regular, que la deuda con Ceballos sigue ahí porque Ceballos, cesado de mi finca, no ha desaparecido del mundo, y que pregunta por su exmujer a través de terceros con una insistencia que a Susi le da igual, que mi hermana pasó página y la página, cuando se pasa de verdad, no se vuelve a leer ni por curiosidad.
Susi manda en la cocina. Su tarta de queso tiene ya no lista de espera sino lista de espera con reserva, y ha metido en carta unas pastas de té que vende a las señoras del barrio de al lado como si fueran contrabando.
Firma las entradas del libro con su letra de contable buena, archiva por fecha de pago —perdí ese litigio, y lo perdí con gusto, que perder contra tu hermana en tu propio libro es una forma de ganar que no veníamos practicando— y algunas mañanas, cuando cree que no la veo, se queda un segundo mirando la página del 96, la de «ayudó la nieta mayor», donde ahora, dos renglones más abajo, con fecha de este año, pone «se incorpora la nieta menor.
Ya iba siendo hora». Lo escribió ella. La hache la dejamos en el cristal y el «ya iba siendo hora» en el libro, que en esta familia las verdades importantes se ponen por escrito con una falta o con retraso, pero se ponen.
Richi lleva la caseta de la verbena, que este año nos ha vuelto a tocar, y no por sorteo: por costumbre.
Ha aprendido el oficio de las cafeteras de verdad y le arregla la Faema a medio barrio, que se ha corrido la voz, y tiene una tarjeta que se ha hecho él, plastificada, «Ricardo Navascués — Reparación de máquinas de café — Presencial», con el «presencial» puesto por él con toda la intención, que es su manera de reírse de sí mismo, que también la ha aprendido.
Vive en el tercero B todavía, que no hemos juntado las casas, que para qué las prisas, y sube y baja la escalera de las obras, que ya no son obras porque el ascensor funciona desde Navidad, aunque nadie lo usa para las cosas importantes, que las cosas importantes en este edificio se siguen diciendo en los rellanos, a oscuras, esperando a que se acabe la luz del temporizador.
Y esta mañana, a las diez y cuarto, entra un cliente nuevo.
Lo veo venir por la acera antes de que empuje la puerta: joven, con esas gafas en el pelo sin sol que las justifique, los cascos al cuello, el móvil en la mano.
De los que no había hace un año en esta calle y empieza a haber, que el barrio cambia, despacio, pero cambia, y una tienda de móviles enfrente es la primera golondrina de algo.
Entra, mira mi vitrina, mira mi pizarra de tiza con la letra que es mía y las haches que bailan porque las dejo bailar, y dice, con la seguridad del que lo ha pedido mil veces en mil sitios iguales:
—Buenas. ¿Me pones un flat white?
Y aquí está. Un año entero cabe en este momento, en este cliente, en esta pregunta, la misma con la que empezó todo, la misma que cruzó esa puerta un día de junio en la boca de un hombre guapo con una carpeta y un láser. Un flat white. En mi lechería.
Lo miro. Y por un segundo me pasa por encima el verano entero, el láser en el toldo, el vaso de cartón, el almacén, la persiana, la lata del Cola Cao, la bronca, el «voy».
Me pasa entero y me da tiempo, en ese segundo, a pensar lo que habría hecho la Mamen de hace un año: el rant, la nomenclatura láctea, el cortado servido con recargo y con retintín, la guerra por una palabra.
Y no lo hago. Porque también eso me lo ha enseñado este año, y no lo aprendí en la barra, lo aprendí en un rellano a oscuras: que llevar la última palabra no es ganar, que a veces ganar es servir el café y punto.
Así que le sonrío, con la sonrisa buena, la que no lleva recargo, y pongo en marcha la Faema, que ronronea a la primera, agradecida, señora ya de una casa que va bien, y le digo:
—Te pongo un cortado. Confía en mí.
Y el cliente, que no sabe dónde ha entrado, que no sabe que esa frase lleva sesenta y nueve años perfeccionándose detrás de este mármol, me mira un momento, se encoge de hombros, guarda el móvil, y dice:
—Vale.
Confía. Le pongo el cortado, con su platillo y su cucharilla bien puesta, y lo prueba, y pone la cara que ponen todos, la de «ostras», y no dice nada porque no hace falta, y se queda en la barra, en la esquina, sin mirar el móvil, y yo pienso que a lo mejor vuelve, y que a lo mejor dentro de un año es de los de verdad, de los que tienen nombre, y que así es como se sostiene una casa: convirtiendo a los del flat white en parroquianos, de uno en uno, con paciencia y con buen café.
Lo de la placa fue en la junta de septiembre, la primera que presidió Angelines abriendo los ruegos y preguntas al principio «por si acaso», reforma constitucional que ha pasado a la historia de Esperanza 12 como la más sensata de su mandato.
Se aprobó, por unanimidad, esta vez de verdad, sin anexos fantasma ni manos cansadas, poner una placa en la fachada de la lechería.
La redactó Angelines, y es, como no podía ser de otra manera, un acta: «La comunidad de propietarios de la calle Esperanza número 12 hace constar que en este local, fundado en 1957, se despacha leche del día desde antes de que casi nadie de los aquí firmantes existiera, y que aquí se ganó, en el verano de que se hablará, la junta que salvó esta casa.
Y esto sí que consta, en bronce y para siempre».
En bronce y para siempre. La mujer ha encontrado el único soporte a la altura de su vocación: una placa no se puede editar, ni reenviar por error, ni eliminar a las 23:47.
Una placa consta y ya está. Creo que es lo más feliz que la he visto.
Del bote diré lo último, porque hay que cerrarlo, que lleva un año abierto y el Chino Paco se negaba a liquidar «con la pareja sin consolidar», exigencia notarial que a mí me hizo una gracia enorme.
Lo liquidó por fin la semana pasada, cuando Richi bajó una caja de sus cosas al tercero B —no todas, una caja, que ya he dicho que sin prisas— y la del cuarto lo reportó al mercado como «principio de convivencia, fase uno», hecho suficiente para el corredor.
Y el sobre lacrado, el que llevaba un año en la caja fuerte de las pilas de botón, el de la apuesta que necesitaba notaría, se abrió delante de testigos.
Lo había puesto Angelines. Y la apuesta, escrita con su letra de acta, decía: «Vuelven, pero tardando, y se sabrá por una persiana».
Ganó el bote entero. La presidenta. La que lo apunta todo, la que imprime, la que consta, había leído esta historia mejor que nadie y la había firmado con un año de antelación, y cuando le preguntaron cómo lo sabía, contestó lo único que podía contestar una mujer que lleva media vida oyendo este edificio por dentro:
—Yo no adivino. Yo tomo nota.
Y el Chino Paco, que en todo el libro no ha dado nada gratis, que ha cobrado cada consejo y cada palabra, al pagarle a Angelines la comisión y cerrar el cuaderno cuadriculado del mercado, me miró desde su mostrador, a mí, que había entrado a por unas pilas de las de siempre, y me dio, por primera y única vez, un consejo sin cobrarlo.
No les voy a decir cuál. Solo diré que era exacto, como todos los suyos, y que lo cumplí esa misma noche, y que hay cosas que una se guarda para sí aunque lleve un libro entero contándolo todo, porque el último consejo gratis del Chino Paco es mío, y algunas cuentas no se comparten ni con quien te ha leído hasta aquí.
Cierro a las nueve.
Cuadro la caja, que cuadra, y hace ya unos meses que cuadra sin que sea noticia, que es la mejor manera de cuadrar.
Ordeno los billetes mirando al mismo lado, cuento el cambio, y saco del cajón de abajo, que ya no es el archivo de mi ruina sino solo un cajón, el libro de la abuela, el viejo, el del 57, para guardarlo arriba con los otros.
Y antes de cerrarlo lo abro por la última página, la de su letra, la del «esto nunca fue una lechería», y debajo de su letra, por primera vez en ocho años, en un renglón que estaba en blanco esperándome, escribo yo.
Con mi letra, que se parece a la suya más de lo que me gustaría, con las haches donde deben y alguna donde no.
No escribo mucho. Escribo lo que hay que escribir cuando una hereda un libro y por fin entiende para qué era. Debe y haber, y debajo, saldado.
Richi me espera en la puerta, con la persiana a media asta, que ha bajado a ayudarme a cerrar, que es lo que hace ahora algunas noches, sin que se lo pida, que en esta casa eso es lo más grande que se puede hacer por alguien: bajarle los kilos.
—La caja se cierra —le digo, dándole al cajón el empujón de siempre, el de cuatro mil noches, el que dice lo que dice— porque cerrarla es decirle al día siguiente que aquí seguimos.
—¿Y quién es aquí? —pregunta él, que ya sabe la respuesta, que la aprendió en un almacén una noche de martes, pero le gusta oírmela decir, que para eso ha aprendido el idioma entero.
—Nosotros —digo yo. Y es la primera vez que ese plural sale de mi boca sin que me tiemble, sin nota a pie, sin recargo, un plural entero y pagado.
Y bajamos la persiana entre los dos, a cuatro manos, los veintiocho kilos, que es como se bajan las persianas que pesan: sin que las cargue una sola.
FIN