Mala leche y buen polvo Capítulo 28 — La persiana
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Capítulo 28 — La persiana

Llegó con caja de herramientas.

Cuarenta minutos después del «voy», que los conté fregando lo que ya estaba fregado, sonaron dos golpes en la persiana echada, y cuando la subí un palmo por debajo, a la altura de las rodillas, lo que vi primero fueron unos zapatos que no eran de obra y una caja de herramientas nueva, de las de plástico rojo con bandejita, de estrenar, con la etiqueta todavía en el asa.

Subí la persiana del todo, fina y silenciosa como la dejó él en septiembre, y ahí estaba Ricardo Navascués, cinco semanas y pico después, recién duchado, con la caja en una mano y en la cara la determinación del que ha ensayado algo en el metro.

—Vengo a mirar la Faema —dijo—. Que hace un ruido raro.

—Hace un ruido raro —confirmé, y me aparté para dejarle entrar en mi propio delito.

Porque los dos sabíamos, desde el «voy», que la Faema no tiene nada.

La Faema está mejor que nunca, con su válvula del polígono y su matrícula de la nueva era.

Pero en esta casa las cosas importantes se dicen por debajo de una avería, que para eso está el idioma, y él entró, dejó la caja roja en el mármol, la abrió con un chasquido de estrenar, y sacó unas herramientas que aún olían a ferretería y que colocó en fila sobre un paño, con un orden de cirujano que no le conocía.

Yo me apoyé en la barra, de brazos cruzados, a supervisar la operación con cara de gerente, que es mi manera de temblar de pie.

—He hecho un curso —dijo, de espaldas, destornillando una tapa que no había que destornillar—.

De técnico de cafeteras. —Pausa. La tapa cedió—.

Presencial, Mamen. Presencial. Cuatro sábados en un taller de Villaverde, con un señor que se llama Anselmo y huele a café quemado, y un diploma que no es un PDF: es de papel, con mi nombre, y me lo dieron en la mano.

El primer papel que termino en mi vida. —Se volvió, con la tapa en una mano y el destornillador en la otra—.

Lo hice por si algún día me mandabas un mensaje diciendo que la Faema hacía un ruido raro. Para tener con qué venir.

Y ahí, señores, se me atascó a mí la registradora entera.

Porque una cosa es que un hombre te arregle la persiana con una gota de aceite a las siete de la mañana, que ya es mucho, y otra es que se pase cuatro sábados con un tal Anselmo aprendiendo un oficio de verdad por si acaso, por tener una llave con la que llamar a tu puerta el día que le dejaras.

Eso no es un detalle. Eso es un hombre construyéndose una excusa durante un mes por si le concedes el perdón, que es la forma más laboriosa y más torpe y más de esta casa de decir lo que él no sabe decir de otra manera.

Así que hice lo que hace mi familia cuando le toca pedir perdón, que es no pedirlo. Cogí aire y empecé por lo suyo, que es por donde se empieza aquí:

—Tú viniste a mi casa a medirla para vendérsela a una franquicia.

—Él abrió la boca; levanté la mano—. Déjame.

Viniste con tu láser y tu carpeta a ponerle precio a lo mío, y firmaste un informe recomendando que me la compraran, y eso, Ricardo, por muchos anexos que escribieras después, es como empezó esto.

Eso primero. —Bajé la voz un punto, que es donde va lo mío—.

Y luego, la otra noche, yo te dije tres cosas que sabía que te iban a hacer daño porque tú me habías enseñado dónde dártelas.

Lo del clip. Lo de tu madre. Lo del PDF.

Las dije a propósito y con puntería, y eso está mal, y lo estás oyendo, que es todo lo cerca que voy a pasar yo de la palabra perdón, así que aprovecha.

Se quedó un momento con la tapa en la mano, procesando la estructura, porque la sintaxis del perdón en idioma Espinosa tiene sus subordinadas y hay que saber leerlas.

Y cuando lo entendió, cuando entendió que aquello, con su reproche delante y su culpa metida en una frase de en medio, era lo más parecido a una disculpa que iba a salir de mí en la vida, no lo celebró.

Dejó la tapa en el mármol, muy despacio, y me pidió lo único que me podía pedir:

—¿Me dejas contestar entero? Sin cortarme. Que llevo tres meses sin terminar una frase en esta barra.

Y le dejé. Por primera vez en todo el verano, en toda la historia de esta guerra, le dejé llegar al final.

Y el hombre desplegó su alegato como despliega él las cosas, en diapositivas, se le veían pasar por la cara, una, dos, tres: que él vino a medir un activo y se encontró una casa, y que la diferencia entre esas dos palabras se la enseñé yo; que el informe de la compra lo firmó un hombre que aún no me conocía y que ese hombre ya no existe, que lo desguacé yo con la leche del día 4 y el espejo torcido; y que la bronca de la otra noche me la merecía yo entera, cada palabra, «porque ibas a venderlo todo tú sola por no deberle nada a nadie, y eso, Mamen, no es orgullo, es la manera más elegante de estar sola que he visto en mi vida, y yo he estado en muchos sitios elegantes».

Tres diapositivas. Las terminó todas. Y al final, cerrando la carpeta mental, añadió una cosa que no estaba en el guion, que se le notó porque le tembló:

—Y me fui a casa de mi madre a hacer nada, que es lo que mejor se me da, y a la semana ya no sabía estar en ningún sitio que no fuera este.

Toda mi vida he sabido irme de todas partes con una sonrisa.

De aquí no me sé ir. Es la primera vez. Apúntalo en tus cuentas, que tú lo apuntas todo: de aquí no me sé ir.

Y ya no había Faema, ni ruido raro, ni tapa que poner, ni barra de por medio, porque en algún momento de la tercera diapositiva yo había rodeado el mármol sin darme cuenta y estábamos los dos del mismo lado, que es un lado en el que no habíamos estado nunca sobrios y con la luz dada.

Y lo besé yo. Otra vez yo, que en esta relación las declaraciones las firmo yo aunque las hable él, y esta vez sin licor, sin verbena, sin hierbas del pueblo a las que echarle la culpa mañana: un domingo por la tarde, a la hora del vermú ya recogido, con toda la responsabilidad civil de mis actos.

Y fue justo entonces, cómo no, cuando bajó la persiana.

Porque al echarme yo hacia atrás buscando la barra para apoyarme, di con el hombro en la correa, en la maldita correa de veintiocho kilos que él dejó suave como la seda, y la persiana, obediente, engrasada, profesional, se soltó de su enganche y empezó a bajar sola, fina, silenciosa, flotando como llevaba haciendo desde septiembre, cerrando mi lechería sobre nosotros dos con la elegancia de una cortina de teatro que cae cuando debe.

Nos separamos del susto, los dos mirando cómo bajaba, y a mitad de recorrido la agarré, por instinto de comerciante, que una no deja caer veintiocho kilos ni enamorada.

Y ahí nos quedamos. Con la persiana a media asta, agarrada por mi mano, la calle entrando todavía por el hueco de abajo en una raya de luz naranja de farola, y los dos a un lado y a otro de la correa, muertos de risa.

De la risa esa que no se puede parar porque viene de haber perdido una guerra larga y de saber que perderla era lo mejor que te podía pasar.

Y entonces él, en vez de subir la persiana, puso su mano sobre la mía, en la correa, y tiró hacia abajo.

Suave. Y yo tiré con él. Y bajamos juntos los kilos que quedaban, a cuatro manos, desde dentro, cerrando la lechería a la calle, al barrio, a la farola y a los testigos, que haberlos había.

Porque los había. Fuera, en la acera, la terraza del bar de la esquina, que los domingos aguanta hasta el rosario, vio la persiana de Espinosa bajar con dos personas dentro a las ocho y media de la tarde, y estalló en el aplauso reglamentario, con su silbido y su «¡vivan!

» del graciosillo de siempre, que no falla ni en festivo.

Y por encima del aplauso, desde el balcón del cuarto, cayó a la calle la voz de doña Visi, nítida, triunfal, con la puntería de ochenta y un años:

—¡Ya era hora, hija! ¡Que tengo el bote puesto a septiembre y estamos a veintiocho!

El bote. La muy diversificada tenía posición en la fecha.

Media calle enterándose a la vez de que había cerrado el mercado y de quién se llevaba la comisión, y una servidora al otro lado de la persiana, sellada por dentro, sin poder ni querer salir a desmentir nada, porque por una vez la crónica del barrio y la verdad coincidían, y eso no pasa desde el gol de Señor.

Dentro, la lechería a oscuras tenía esa luz rayada que deja la farola por las rendijas de la persiana, franjas naranjas por el suelo y por el mármol y por él.

Fui a la cocina, sin encender, que ya me sé el camino a oscuras de otra madrugada, llené un vaso del grifo, bebí la mitad y se lo pasé, y se lo bebió mirándome por encima del cristal, igual que aquella otra vez, a las siete de la mañana, descalzos y de paso.

Solo que aquella vez el vaso de agua era una huida, el trago antes de bajar la escalera fingiendo que venías de correr.

Y este no. Este vaso no va a ninguna parte.

Nadie baja escaleras esta noche. La persiana está echada, el barrio ha cobrado su apuesta, y el agua del grifo, compartida sin plan de fuga, sabe distinta, sabe a quedarse, que es un sabor que yo no tenía en la carta.

—Por cierto —dijo él, dejando el vaso en el mármol, con las franjas de la farola cruzándole la cara—. La Faema no tiene nada. La válvula está perfecta. Lo he visto al abrirla.

—Ya lo sé. No tenía nada.

—Ya. —Y aquí, señores, llegó. El primer chiste que le sale bien a la primera en toda esta historia, después de un verano de literalidades y de deadpans sin querer—: Es que resulta que también sé fingir una avería cuando me conviene. Algo se me ha pegado de la casa.

Y me reí. Me reí de verdad, la última risa del día, porque el hombre había aprendido por fin el idioma entero, incluido lo más difícil, que es la mentira estratégica de esta familia, la de decir que algo hace un ruido raro cuando lo que se ha estropeado es una por dentro.

Discutimos, para acabar, quién había ganado.

Que si la declaración la había forzado él con lo del curso, que si el beso lo había puesto yo, que si el perdón lo pedí en subordinada y eso no cuenta, que sí cuenta, que quién cerró la persiana.

Y por primera vez en la historia documentada de los dos, ninguno se quedó la última palabra, porque los dos la soltamos a la vez y nos callamos a la vez, y lo dejamos en empate.

Un empate. Pactado, firmado a oscuras, el primero de una casa donde llevar la última palabra fue siempre ganar el día.

Resulta que se puede empatar. Nadie me lo había dicho en treinta y cuatro años.

Se llama Ricardo, no ha terminado nada en su vida menos un curso de cafeteras y un despido, y a mí me va a durar cuarenta años por lo menos, aunque solo sea por llevarle la contraria.