Mala leche y buen polvo Capítulo 27 — El vermú
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Capítulo 27 — El vermú

La fama de la tele dura tres días. Tres.

Lo digo con la precisión de quien los ha contado desde detrás de una barra: el miércoles, la cola doblaba la esquina y venía gente de dos transbordos; el jueves, la cola llegaba a la ferretería y venía gente de uno; el viernes ya se pedía sin foto; y el sábado por la mañana la calle Esperanza volvía a ser la calle Esperanza, con su butanero, su cola del pan y su rumor de siempre, como el mar cuando se retira.

Porque la tele es eso, una marea: sube, lo moja todo, arrastra lo que pilla y se va por donde vino.

Lo que importa no es la ola. Lo que importa es lo que deja en la arena.

Y en mi arena, cuando bajó el agua, quedó esto: catorce clientes nuevos de los de verdad, de los que vuelven sin cámara, tres encargos semanales de merengada para dos bares del barrio de al lado, un señor de Usera que viene los martes «por la tortilla de la tele no, por el bizcocho, que eso no lo sacaron y es lo mejor», y una evidencia contable que mi hermana me puso delante el domingo con su calculadora de tecla gorda: por primera vez desde que llevo yo el libro, el mes que viene esta casa no va a perder dinero.

No a ganar, no nos volvamos locas. A no perder.

En la contabilidad de los Espinosa, el empate es una fiesta nacional.

Así que hicimos lo que se hace en este país con las fiestas nacionales: les pusimos vermú.

El grifo llegó el jueves, de segunda mano y de primera categoría, y llegó por el canal que ya es tradición de la casa: me lo consiguió el señor de la rebeca del polígono, el de la válvula, «que me dijo el chico que andabais creciendo», y no pregunté qué chico porque hay preguntas que ya vienen contestadas.

Lo instalamos el viernes por la noche entre Susi, Jandro y una servidora, con dos fugas, tres discusiones y un manual en italiano, y el domingo a la una, cuando abrí la espita y el vermú bajó rojo y frío con su rodajita, la lechería de mi abuela inauguró oficialmente su ser verdadero, el que llevaba sesenta y nueve años ensayando: el bar de todos.

Vermú de grifo los domingos, de una a tres, con banderilla de la casa y la merengada de guardia para los menores y los abstemios, que en esta calle son los mismos tres.

Del personal nuevo hay que hablar por orden de escalafón.

Susi se incorporó oficialmente el lunes pasado, con su alta, sus papeles y su manía de archivar por fecha de pago, que seguimos en litigio, y trajo dote: las tres recetas de memoria.

La de la abuela, la del bizcocho de yogur «mejorado, no me discutas», y una tarta de queso al horno que el primer domingo se acabó a la una y cuarenta y que ya tiene lista de espera, LISTA DE ESPERA, en un barrio donde la gente no espera ni al semáforo.

Mi hermana pasó cuarenta años con las recetas en la cabeza y sin sitio donde hacerlas, y verla ahora en mi obrador a las siete de la mañana, con el delantal de la abuela que le queda largo y no se lo pienso decir, mandando en los hornos como mandaba en los números, es una cosa que no pienso describir mejor porque me pongo tonta y hay género que atender.

E Iván fichó de camarero. Sí. El okupa. El del cuenco.

Resulta que el bienestar consciente, los domingos de una a tres, no factura, y que el hombre, puesto a elegir entre fluir y cotizar, ha decidido compatibilizar: entre semana respira y los domingos sirve, y sirve, tengo que decirlo, como los ángeles, con las dos manos, sin derramar una gota, describiéndole el vermú a la clientela con su voz de documental, «tiene notas de conversación larga», «este rojo pide banco y no taburete», y la parroquia, que venía a reírse de él, se queda a escucharle, porque el zen aplicado a la hostelería resulta que es simplemente un camarero que no tiene prisa, y eso en España se había extinguido.

El cuenco tibetano, por cierto, ha encontrado también su vocación definitiva: está detrás de la barra y hace de campana de pedidos.

Cuando la cocina saca una tarta, Iván lo hace sonar, y el tañido cruza el local como un domingo dentro del domingo, y doña Visi sostiene que ese cuenco «ha valido más aquí en dos semanas que en un año de esterillas», y el interesado, en vez de ofenderse, dice que el cuenco «ha llegado a donde iba». Con esa gente no se puede.

La Faema aguanta la nueva era con dignidad de matriarca: dobla turnos, saca cortados en cadena, alimenta a la cola del vermú con sus cafés de después, y solo se permite, a eso de las dos y media del domingo, cuando el local está en su punto máximo de ruido bueno, un golpe de vapor largo, panorámico, sin función técnica ninguna, que yo interpreto como interpretan los entendidos los gestos de las viejas divas: no es una queja. Es una reverencia al aforo.

Y el rótulo. El rótulo merece punto y aparte.

Lo del cristal lo encargamos al de la ferretería, que además de toldos y furgonetas resulta que rotula, «de toda la vida, de cuando los cristales se escribían», y el sábado por la mañana se presentó con sus pinturas, su pincel de pelo largo y su pulso de otra época, y estuvo dos horas de espaldas a la calle, tapando el cristal con papel de embalar «que el arte no se mira a medias».

A la una descubrió. Y en el cristal de mi lechería, en letra inglesa con sombra dorada, una preciosidad de rótulo de los que ya no se hacen, ponía:

ESPINOSA HE HIJAS

He. Con hache. Espinosa he hijas, como quien conjuga el apellido en primera persona.

El hombre había escrito la conjunción con una hache intrusa, hermosísima, perfectamente sombreada en oro, y se quedó mirándonos con el pincel en la mano, esperando el veredicto, y Susi abrió la boca para decir lo que cualquier contable diría, y yo me adelanté, porque en ese medio segundo me acordé de una página de primavera y de una letra picuda con una hache repasada, la del «hoy hay arroz con leche», la hache que le bailaba a mi abuela y que mi abuela repasaba en vez de borrar.

En esta familia las haches siempre han bailado.

Nunca las hemos borrado: las hemos repasado.

—Se queda —dije.

—Mamen, lleva una falta del tamaño de...

—Se queda. —Y a mi hermana, más bajo, tocando el cristal por dentro, donde la hache—: Es de la casa.

Y mi hermana miró la hache, y le vi hacer la misma cuenta que había hecho yo, la de la página del 96 y todas las demás, y dijo «pues que conste que yo protesté», que en idioma Espinosa es amén, y el rótulo se quedó como está y como se va a quedar, Espinosa he hijas, con su falta asumida y sombreada en oro, y el de la ferretería cobró, recogió, y en la puerta dictaminó, muy serio: «Las letras con carácter son las que se recuerdan».

No sabe ese hombre la razón que tiene ni lo que ha escrito.

Del nuevo orden vecinal doy dos partes. El primero: Angelines es clienta fija.

Tiene su mesa, la segunda de la ventana, no la primera, que la primera lleva un cartelito de RESERVADA con vistas a diciembre y a cierta señora de Benidorm, y desde su mesa la presidenta despacha: baja a las nueve con su carpeta, pide su descafeinado «de máquina, que ya sé que sabéis», y atiende ahí las consultas de la comunidad, que desde el cese de Ceballos se administra en régimen de autogestión asistida, es decir, la administra ella con papeles de verdad y título de nada, mejor que nunca.

Mi lechería es ahora, de facto, el salón de actos de Esperanza 12, sede de la presidencia y registro de entrada, y hay mañanas en que se firma más aquí que en la notaría de la ronda, con la diferencia de que aquí las firmas llevan bizcocho.

El segundo parte es el del bote, que sigue abierto, y esto ya es un asunto de Estado.

Porque el mercado exige liquidación: los del «vuelven» reclaman que el directo de la tele computa como vuelta, «que volvió a la acera, que la acera es el barrio»; los del «no vuelven» sostienen que sin cruzar la puerta no hay vuelta, «que la acera es municipal»; el chaval del quinto ha presentado un recurso por escrito invocando el precedente del edredón, nadie sabe muy bien en qué sentido; y el corredor, asediado en su propio mostrador por las dos aficiones, ha emitido la única resolución de su carrera que no cobró, porque la dijo para todos y las cosas de todos no tienen tarifa:

—Bote abierto. —Pausa. Torre de monedas de otro cliente, milimétrica—. Negocio abierto.

Y no ha habido más declaraciones, y el sobre lacrado sigue en la caja fuerte de las pilas de botón, esperando su día, y yo hago como que no pienso en él, con un éxito relativo.

¿Y yo? Pues yo dirijo el caos, que es un oficio que resulta que tengo.

Llevo la barra, el género, los encargos, el escalafón, la mesa reservada y el litigio del archivo, y el otro domingo, a las dos y cuarto, en mitad del lleno, con el cuenco sonando por una tarta, mi hermana riñéndole a un horno, Iván recitándole el vermú a la del cuarto y Angelines sellando algo en su mesa, me sorprendí a mí misma con las manos quietas en el mármol y una cosa rarísima instalada en el cuerpo, y tardé en diagnosticarla porque no tenía historial: era felicidad.

Felicidad operativa, de la que funciona.

Y quiero que conste mi reacción inmediata, porque me retrata: desconfié.

Yo es que no me fío de estar bien. Estar bien es lo que pasa justo antes de las goteras; pregúntenselo a esta finca, que cada vez que ha cuadrado algo se le ha picado una pared.

La dicha, como decía el libro de mi abuela, viene sin factura, y lo que viene sin factura o es un regalo o es un anticipo, y en mi experiencia contable los regalos escasean.

¿Que a lo mejor puedo simplemente estar bien y dejarme de auditorías?

A lo mejor. ¿Que esta semana he subido dos veces a la azotea a revisar el canalón por si acaso?

Tres. La tercera con linterna. Una no cambia de sistema operativo a los treinta y cuatro años; como mucho, instala parches.

Lo del domingo por la tarde fue después del cierre.

Se fueron todos a las tres y pico, Susi la última, con dos tápers y el litigio aplazado a mañana, y me quedé sola con el local en ese desorden bueno de después de un servicio grande, las sillas torcidas de conversación, el cuenco en su sitio, el suelo pidiendo fregona.

Y antes de fregar, por darme un premio, me hice merengada.

La saqué de la nevera, cogí el hielo, y las manos, que llevan todo el libro yendo por libre, hicieron lo suyo: fueron al estante y bajaron dos vasos.

Dos. Los dejaron en el mármol, uno al lado del otro, con la naturalidad de las costumbres asentadas, y siguieron a por la jarra, y fue al volverme con la jarra en la mano cuando lo vi.

El segundo vaso. De pie en mi mármol, esperando su parte, pedido por nadie, servido para nadie, puesto ahí por una costumbre que yo no sabía que tenía porque las costumbres de verdad se instalan sin pedir permiso, como los veranos y como cierta gente.

Lo vi de verdad. Con todo lo que hay que ver.

Y cogí el móvil del bolsillo del delantal. Escribí. Borré. Escribí otra vez, más corto. Borré. Y a la tercera escribí lo único que se puede escribir en el idioma de esta casa, cuatro palabras, y le di a enviar antes de que el sistema operativo viejo cancelara la operación:

«La Faema hace un ruido raro.»

La respuesta tardó cuatro segundos. Cuatro. Los conté por el pulso.

«Voy.»

La Faema no hace ningún ruido raro. La Faema y yo hemos llegado a un acuerdo.