Capítulo 26 — Ricardo Navascués, en directo
La furgoneta de la productora aparcó medio subida a la acera, con esa confianza que solo tienen las cosas con logotipo.
Era martes, cuatro y media, la hora lenta, y yo estaba con los números de después de la victoria, que son los mismos números de antes de la victoria, porque las juntas se ganan y las cuentas siguen: la lechería salvada del enemigo y perdiendo dinero con la regularidad de siempre, la cuota del ascensor puntual cada mes, la catalogación en trámite, que protege del derribo pero no despacha, y la bandeja de la izquierda reservada.
En esas estaba, con el lápiz detrás del ticket, cuando vi bajar de la furgoneta a un cámara con la cámara al hombro, a una chica con tablilla y pinganillo, a una reportera de tarde con americana fucsia, y detrás de todos, con vaqueros de obra y una camiseta blanca de las que parecen normales, a Ricardo Navascués.
Cinco semanas y un día. No es que las contara: es que se cuentan solas.
Centenaria. Sesenta y nueve años. La tele redondea al alza, como los bares el hielo, y a mí me regalaron tres décadas en un rótulo sin pedirme el DNI.
Y empezó el directo, y empezó la cosa que todavía no sé contar sin pararme: Richi estuvo bien.
No bien de guapo, que eso venía de serie y lo daba el plano solo.
Bien de PROFESIONAL. La reportera le preguntó y el hombre contestó con frases que empezaban y terminaban, sin sinergias, sin niveles, con datos: que la lechería la fundó Amparo Espinosa en el 57 con un mostrador de mármol que sigue siendo el mismo; que la merengada se hace de madrugada con la receta original y deja un margen que ya lo quisieran los locales de diseño; que la clientela tiene nombre y apellidos y eso, en el sector, se llama fidelidad no replicable; y que una cadena, dijo, mirando a cámara como si llevara toda la vida mirando cámaras, que a lo mejor es que llevaba toda la vida y nadie le había dado un motivo, «una cadena puede abrir cuarenta locales iguales.
Pero solo puede comprar uno que no lo sea.
Y este no está en venta». Su anexo. El del dieciséis de junio, el que nadie leyó en central, recitado de memoria en horario de máxima audiencia de las tardes, palabra por palabra, delante de España entera y de una servidora, que lo escuchaba desde detrás de su propio escaparate con el trapo apretado en la mano.
El soso de La Isla de los Solteros 3, expulsado por la audiencia, colocando titulares como panes. Resulta que al hombre no le faltaba tele: le faltaba tema.
El barrio, mientras tanto, ejecutó su parte con la espontaneidad de una figuración pagada.
Fali pasó por detrás del plano tres veces, las tres en la misma dirección, cosa que en un universo con leyes físicas exige explicación; la del cuarto salió a regar un geranio que llevaba julio y agosto criando malvas, y lo regó orientada a cámara, con el brazo del riego en su ángulo bueno; el butanero descargó dos bombonas que nadie había pedido, despacio, en plano, con la técnica de los especialistas; y Encarni cruzó con el carro de la compra vacío, ida y vuelta, saludando a la reportera con la familiaridad de las tertulianas.
Nadie se lo pidió. Nadie lo ensayó. Este barrio lleva la figuración en la sangre desde los tiempos del NO-DO y no pierde el oficio.
Los momentos institucionales los pusieron ellas dos, cada una en su registro.
Angelines se personó a los cuatro minutos con su carpeta, se presentó a la reportera como «la presidencia de la comunidad», comunicó que el vecindario respaldaba al establecimiento «por acuerdo tácito y notorio», y remató pidiendo, con toda su alma administrativa, que aquello constara en acta.
La reportera, descolocada: «¿En qué acta?
». Y Angelines, con las dos gafas: «En la suya.
Alguna llevarán ustedes, digo yo, con la de cosas que dicen».
La reportera prometió que constaría. Mintió con profesionalidad y Angelines lo dio por bueno, que entre gremios de la constancia se reconocen los esfuerzos.
Y doña Visi acaparó plano. Lo acaparó con método: se colocó al borde del encuadre con su rebeca buena, la de los botones dorados, esperó a que la reportera buscara «color», que las tardes siempre buscan color y el color de esta calle tiene ochenta y un años y lo sabe, y cuando le pusieron el micro delante estrenó, en riguroso directo nacional, lore nuevo, recién inventado, del bueno: que esta lechería «les fiaba a las artistas del Molino cuando veníamos de gira, que aquí se han tomado merengadas figuras que ustedes no pueden ni nombrar por lo de los herederos»; que ella misma había visto en ese mostrador «cosas que no caben en su horario»; y que la merengada de la casa «la pedía siempre cierto cantante, con dos cañitas, y no digo más».
No hubo gira, no hubo figuras y el cantante lo estaba fabricando delante de mis ojos, pero lo contó con tanta técnica, con esa pausa suya de administrar los siglos, que la reportera pedía más con la mirada y el cámara cerró el plano solo.
Cuando la producción, en un aparte que oí porque el pinganillo de la chica iba alto, sugirió «¿la señora mayor podría emocionarse un poquito para el cierre?
», doña Visi, que oye lo que no debe desde el Concilio, contestó sin volverse: «Llorar cobra aparte, hija. Y en las tardes, tarifa doble».
A mí me tocó al final, porque me tenía que tocar.
Yo había resistido toda la conexión detrás de mi barra, en mi puesto, con el criterio firme de que el género da la cara y la gerencia no, pero las reporteras de tarde tienen un radar para la resistencia y un micro muy largo, y la fucsia se me plantó en la puerta con el cámara detrás, «y aquí está ella, la propietaria, la nieta de Ampara», Amparo, «¿nos atiende un segundito?
», y el segundito de las tardes es como el enseguida de los polígonos, y yo salí al quicio con el trapo en la mano porque una no recibe a España sin algo entre los dedos, y contesté lo justo, monosílabos de mostrador, hasta que la mujer, con ese instinto que tienen para encontrar la vena, me preguntó: «¿Y qué tiene este sitio que no tenga una cadena, Mamen? ».
Y me salió. No lo pensé, no lo preparé, me salió con la voz de despachar, mirando a la cámara como se mira a un cliente nuevo:
—Aquí no vendemos café de especialidad. Vendemos leche del día y verdades de siempre.
Silencio técnico de dos segundos. La reportera hizo con la cara el gesto de las tragaperras cuando dan premio.
«¡Lo tenemos, Menchu, te lo devuelvo!», dijo al pinganillo, y supe, con un horror tranquilo, que acababa de fabricar un eslogan.
Yo. Un eslogan. En horario de tarde. Mi abuela vendió leche cuarenta años sin decir una frase redonda y su nieta va y le suelta un titular a la primera cámara que la arrincona.
Tendré que ir a confesarme, y no sé de qué me van a absolver primero.
La conexión se cerró a las cinco y veinte.
La chica del pinganillo recogió cables, el cámara plegó el trípode, la reportera se despidió de Richi con dos besos de plató y una tarjeta, «tú tienes algo, llámame», que el hombre guardó en el bolsillo trasero sin mirarla, que eso también es nuevo.
Y entonces llegó el momento por el que estoy escribiendo este capítulo entero.
No entró.
Tenía la puerta a cuatro metros. Tenía el barrio entero mirando con el disimulo de siempre, que es ninguno.
Tenía todos los derechos adquiridos del mundo: acababa de regalarle a esta casa cinco minutos de televisión nacional con los datos de su anexo, acababa de convertir su ridículo antiguo en oficio nuevo delante del país que se rio de él.
Cualquiera habría entrado a cobrar, aunque fuera un cortado, aunque fuera una mirada.
Se quedó un momento en la acera, con las manos en los bolsillos de los vaqueros de obra, miró mi escaparate, me encontró detrás del cristal, me sostuvo los ojos el tiempo de un traspaso, dos segundos, tres, me hizo un gesto pequeño con la cabeza, de conforme, de albarán firmado, y se fue calle abajo, hacia el metro, hacia Vallecas, hacia su turno de tarde con la cuadrilla, dejando la plaza libre.
El gesto grande de un hombre pequeño es irse sin cobrar.
Eso no lo enseñan en ningún máster, ni en los de verdad, y este hombre, que no ha terminado un curso en su vida, lo ejecutó de primeras con la limpieza de los clásicos.
Y una servidora se quedó en el quicio de su puerta con el trapo en la mano, saludando a nadie, con media calle de testigos, que la del cuarto me lo va a recordar hasta en mi entierro y hará bien.
Lo de la cola fue al día siguiente.
A las siete y veinticinco, cuando subí la persiana, fina y silenciosa, ya había cuatro personas esperando, y a las nueve la cola doblaba la esquina de la ferretería, gente del barrio de al lado, gente de metro, dos chicas haciéndose fotos con el toldo, un señor que venía «por lo de la tele, ¿la merengada es aquí?
», y la Faema echando la mañana de su vida, y el bizcocho agotado a las diez y diez, y yo despachando sola con los brazos que tengo, que son dos, contra una demanda que ya no es de barrio: es de país.
Tenemos un problema nuevo. Es el mejor problema que hemos tenido nunca. Y no sé hacer tanta leche merengada sola.