Mala leche y buen polvo Capítulo 25 — La junta final
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Capítulo 25 — La junta final

A las ocho menos diez ya no quedaban sillas.

Las doce plegables de la comunidad, más ocho de mi lechería que bajamos Susi y yo, más las esterillas de Iván enrolladas contra la pared por si la cosa se alargaba, y aun así hubo vecinos de pie, apoyados en las columnas del bajo B, porque a la junta del siglo no ha faltado nadie: ni la señora del primero con su rebeca de los plenos, ni el chaval del quinto con posición abierta en el bote, ni doña Visi, que llegó la primera y se sentó en el centro de la segunda fila, que es desde donde mejor se dispara.

Iván cedió el espacio sin condiciones y se quedó en su rincón, sobre su cojín, con el cuenco en el regazo, «por si el ambiente lo pide».

En la mesa presidencial, dos carpetas: la de gomas de Angelines, gorda de años, y un maletín fino de piel que el administrador abrió con dos chasquidos de cierre metálico que sonaron a lo que eran.

Y fuera, al otro lado del cristal del escaparate, en la acera, Óscar.

No puede entrar, que las juntas son de propietarios, y por eso asiste desde la calle, con las manos en los bolsillos del polo y su sonrisa de escrituras puesta, y la casualidad, que a veces trabaja para la literatura, ha querido que en el cristal del bajo B, con la luz de dentro y la noche de fuera, se refleje la fachada de enfrente: su toldo.

De manera que durante toda la junta, cada vez que yo miraba hacia la calle, veía a mi cuñado sonriendo con el «coffe» sin e flotándole en el pecho como una condecoración al revés, y les prometo que hay imágenes que valen un dossier.

Ceballos abrió la sesión a las ocho en punto, y durante veinte minutos fue el dueño del mundo.

Hay que reconocerle el oficio: desplegó el informe técnico con retroproyector de voz, patología por patología, foto por foto, y remató con el instrumento clásico del gremio, el miedo con membrete: «Si esta junta rechaza la intervención y mañana ocurre un siniestro, la responsabilidad patrimonial recaerá sobre cada uno de ustedes.

Sobre sus viviendas. Sobre sus herederos».

Los herederos. En un bajo lleno de gente mayor, el hombre sacó a pasear a los herederos, y el miedo hizo su ronda de silla en silla, respaldo a respaldo, y el primero, nuestro tránsfuga, empezó su tercera mudanza del mes ahí mismo, se le veía el equipaje en la cara.

Ceballos, además, jugaba con ventaja de cromos: siete representaciones de propietarios ausentes en el maletín, siete votos en el bolsillo de la piel.

El turno de la defensa lo pidió Susi, «en calidad de copropietaria del bajo A», y el administrador se lo concedió con la displicencia del que concede el último cigarro.

Mi hermana se levantó con su cuaderno cuadriculado, sin un papel de más, y estuvo doce minutos hablando de números con la voz de dictar teléfonos, y yo la miraba y veía a la niña que no estaba en los libros dictándole el futuro a un bajo entero.

Primero, el presupuesto: ciento treinta mil contra los cuarenta y dos mil y los cuarenta y siete mil de dos empresas con nombre y CIF, «aquí están, llámenlas ustedes, el teléfono lo dejo en la mesa».

Murmullo. Segundo, el coeficiente: la junta relámpago de julio, convocada con dos días cuando la ley pide más, «impugnable de oficio, y de esto hay jurisprudencia, y la traigo».

Murmullo creciendo. Y tercero, sin subir la voz ni un grado, el documento: el reconocimiento de deuda del Café Aroma esa mujer lo imprime todo, lleva años imprimiéndolo todo, y esta noche supimos por fin para qué—.

Y que esta presidencia, por tanto, ha sido utilizada como matasellos.

—Levantó la vista—. Eso no constaba. Desde esta noche, consta.

—Angelines, no convirtamos esto en algo personal...

—Tiene usted razón. Vamos a lo institucional. —Se quitó las gafas de leer, dejó solo las de ver, que es su formación de combate—. Punto sobrevenido que esta presidencia somete a votación conforme al artículo trece de los estatutos: cese de la administración de fincas. ¿Votos a favor?

El bosque de manos fue instantáneo y completo, con los brazos de la gente mayor subiendo a esa velocidad que solo alcanzan para parar un taxi o hacer justicia, y el cuenco de Iván, en su rincón, sonó solo, largo, un gong de combate que nadie tocó y todo el mundo agradeció.

Ceballos empezó a recoger su maletín fino, «esto tendrá consecuencias», y Angelines, ya de pie, dictándole a su propio boli, remató con la frase que este barrio va a bordar en un cojín:

—Se procede a prescindir de sus servicios con efecto inmediato. —Clic del boli—. Y esto sí que consta en acta.

Ceballos recogió su maletín fino con los dos chasquidos de la entrada, ahora en tono menor, y cruzó el bajo B hacia la puerta por el pasillo que le abrieron las sillas, y nadie le dijo nada.

Ni un reproche, ni un murmullo, ni una despedida: el silencio educado de veinte personas apartándose lo justo, que es el trato más duro que dispensa este barrio, y el butanero, que estaba junto a la salida, le sostuvo la puerta abierta con muchísima cortesía, y aquello fue lo peor que le hicieron en toda la noche.

Lo demás fue trámite y fue gloria. El punto único se votó con el anexo 4 sobre la mesa, la solicitud de catalogación de la lechería como comercio emblemático registrada la mañana anterior a las nueve y cero dos, sello incluido, «con lo cual cualquier obra que afecte al local requiere informe municipal previo y la urgencia decae»; con los contra-presupuestos circulando de mano en mano; y con el voto de Benidorm leído en alto por la presidencia, textual, porque la del ático lo mandó por escrito y con instrucciones de literalidad: «Voto NO a las obras, SÍ a que se estudie el toldo verde, y que conste mi protesta histórica por lo del vado, y a Ceballos que le den las buenas tardes de mi parte, que a mí un administrador me quiso subir el garaje en Benidorm y está ahora vendiendo pisos en Torrevieja, que es como acabáis todos».

La sala aplaudió el voto por correo, que no se había aplaudido un voto por correo en la historia de la democracia.

El recuento lo hizo Angelines en voz alta, mano a mano y coeficiente a coeficiente, con una lentitud de escrutinio provincial que nadie protestó porque las victorias hay que masticarlas: catorce noes de cabeza contra tres síes con la boca pequeña, y en coeficientes ni les cuento, que hasta la del ático pesó desde Benidorm.

NO a las obras por goleada, con los siete cromos del maletín convertidos en papel mojado porque tres de los siete representados, alertados por sus vecinos esa misma semana por teléfono, habían revocado el poder por burofax, que en esta finca hemos aprendido a jugar a todo.

Se levantó la sesión a las diez menos veinte.

La gente salió despacio, remoloneando, comentando, que las victorias de barrio no se van a casa: se quedan un rato en la puerta.

Y yo hice lo que llevo debiendo desde el capítulo tres de esta historia: no me fui.

Me quedé en el bajo B vacío, con Angelines y las veinte sillas, y cogí la primera y la plegué, y ella no dijo nada, y estuvimos las dos plegando y apilando en montones de tres, en silencio, con su técnica, que la tiene y ahora la sé: la mano en el respaldo, el pie en la trabilla, y pasarles la palma por el asiento antes de apilarlas.

—Veinte años llevándole las actas a este edificio —dijo al final, con la última silla en las manos, mirando el bajo vacío—. Y la primera vez que escribo una verdad entera me tiemblan las faltas de ortografía.

—Se le ha entendido todo.

—Ya. —Apiló la silla. Se recolocó la rebeca—.

¿Sabes qué es lo peor de esta noche? Que con la emoción no he abierto los ruegos y preguntas.

Veinte años esperando una junta perfecta y la estropeo por el final.

—Apagó la luz del fondo con el codo, de oficio—.

La próxima los abro los primeros, por si acaso.

En el portal, a esa hora, quedaba la última escena, y me tocó de testigo por llegar con las llaves en la mano.

Óscar había entrado desde la calle, por fin a un sitio donde podía entrar, y estaba al pie de la escalera, cortándole el paso a mi hermana sin cortárselo, con esa manera suya de ocupar.

Susi llevaba el cuaderno cuadriculado contra el pecho.

Yo me quedé en la puerta del bajo, a tres metros, sin esconderme y sin acercarme, que hay conversaciones que necesitan público exacto: uno.

—Susana. —La voz de folleto, gastada—. ¿Vienes a casa?

Mi hermana lo miró un momento. Se cambió el cuaderno de brazo, sin prisa, como quien se cambia de acera.

—No. —Y ya subiendo el primer escalón, sin volverse—: Y el aval tampoco.

Óscar se quedó al pie de la escalera con las manos fuera de los bolsillos por primera vez en su vida adulta, y por el cristal del portal, a su espalda, el toldo de enfrente seguía diciendo coffe, sin la e, para siempre.

Hay divorcios que se firman en un juzgado y otros en un descansillo. El de mi hermana ha sido de los buenos.